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Prácticas sociales y patologías del habitar


Karin Rosenthal (1945)

En efecto, es significativo que de los sueños de los sujetos apenas si se consigan unas consecuciones traidoras y desiguales, estafas sociales, defraudaciones que nos pueblan las vigilias. Así nos situamos, postrados, incapaces de erguirnos sobre nuestros pies y de hacernos cargo de la construcción histórica de nuestra condición de habitantes del mundo que poblamos.
¿O será que toda práctica social estribe en un soterramiento relativo del deseo en oposición pertinaz con una consecución material y efectiva?

Hacerse un lugar


Mario De Biasi, (1923-2013)

Esto de hacerse uno su lugar implica, de suyo, un hacer social, una realización de vida, una factura existencial y un gesto tan inaugural como apropiador. Con ello, se consigna una intrínseca complejidad y compromiso vital a la vez que se menciona una labor morosa desarrollada en el campo habitado, territorio en disputa y en concierto sociales. Este hacerse un lugar es el proceso que debe ser comprendido en toda su hondura y compromiso para comprender en dónde arraiga el fondo de toda demanda de acondicionamiento arquitectónico en primera persona.

Luchas por el territorio


Mario De Biasi, (1923-2013)

En los territorios habitados, más allá de un orden impuesto por el poder político, existe un escenario de luchas, no siempre sosegadas, por ganarse un lugar en un orden de disponibilidades que, si bien nunca es abierto de modo absoluto, tampoco es hermético. Habitar los territorios es, para muchos, un continuo proceso de entremeterse de los sujetos y sus actividades en los entresijos de los lugares habitados hasta dar con el enclave oportuno a sus intereses y expectativas.
A fuerza de codazos a diestra y siniestra, los sujetos se hacen propios y apropiados sus territorios.

La lucha por la ciudad


La lucha por una intimidad protegida se complementa con una estratégica lucha por un lugar en la ciudad.
Es que la ciudad no está abierta, disponible y hospitalaria per se, sino que los urbanitas deben aplicar no poco trabajo para su apertura, adentramiento y población. La condición de urbanita es una conquista de los sujetos, no algo con lo que se nazca. La conciencia al respecto es aún una novedad y por ello a la reivindicación tradicional del derecho a la vivienda le sigue ahora la entrevisión del derecho a la ciudad. Sólo ahora que la ciudad se nos revela extraña, progresivamente privatizada y discriminadora es que nos damos cuenta que nos pasamos la vida entera luchando por encontrar un lugar propio en la ciudad que habitamos. Lo que ha sucedido es que la conquista de lugares de estudio, trabajo y amenidad se nos ha superpuesto con la dura lucha por la existencia, toda vez que hemos soslayado el carácter concreto y localizado de este afán.

La lucha por el techo


Mario De Biasi, (1923-2013)

El imperio del realismo convierte esta entrañable iniciativa en una obstinada lucha por un techo. Un techo, en este caso, es la sinécdoque de un deseo de amparo fundamental. El más precario de los alojamientos, la choza más humilde, la habitación más modesta son las prefiguraciones idealizadas de un deseo de hacerse de un lugar íntimo y resguardado. Luego será asunto de la peripecia social y económica el conjunto de pormenores en donde el núcleo originario de la intimidad protegida devenga eso que aún acostumbramos a llamar casa. En efecto, sólo con el tiempo vivido, la casa irá construyendo memoria, presente y futuro alrededor de este sueño fundamental. ¿Hasta qué punto las casas que hoy habitamos conservan en su seno esa oscura almendra del deseo de aquel entonces?

Movilización



Llamamos iniciativa al impulso dirigido a marchar en una dirección y sentido cuando a la tarea de anhelar le sigue la movilización. El primer paso es, con mucho, el más arduo, pues implica abandonar el reposo para ganar movimiento. Este primer paso, entonces, debe dirigirse hacia una meta intermedia, a un objetivo relativamente más alcanzable. ¿Cómo administrar la proporción entre las magnitudes entre la posición inicial, las metas intermedias y los sueños? Esto es tarea de toda la vida.
Marchar es necesario.

De qué hablamos cuando hablamos de actividad social de producción


Beaumont Newhall

Hablamos, en todo caso, de pasiones socialmente concertadas, de vidas estremecidas por el padecimiento de habitar como exiliados del Paraíso, de existencias que siempre buscan una ventana para contemplar lo que se recorta en el horizonte y lo que de este parece emerger. Hablamos de lenguajes sobreentendidos, de deseos sólo a medias formulados, de conatos de acción. Hablamos de sueños, sí, pero de realidades otras que un día serán a su turno negadas. Hablamos de proyectos, de diseño minucioso de utopías y también de heridas en lo real por obra de golpes de signos de lo que vendrá. Hablamos de construcciones demoledoras y constructos fértiles. Hablamos de la vida reflejada en las sombras del lugar. Hablamos de este condenado mundo nuestro, del que nos tenemos que hacer cargo.

El concepto de pasión


Lotte Jacobi

Aquello que sufrimos es una pasión. Pero, por otro lado, lo que nos impulsa apetitivamente a algo, lo que mueve nuestro ánimo para hacer las más diversas cosas, también es una pasión. Porque el doble significado refiere al hilvanado interno de la propia vida, la que puede ser tanto entendida como el resultado esforzado de un impulso vital, así como puede verse, retrospectivamente, como la hechura fatal del destino. Así es que se ve la pasión, así es que se ve la vida
Hablar de la pasión, en este contexto, es mentar la combustión interna de la vida y, al hacerlo, tener la oportunidad de observar cómo la vida humana del habitante se involucra en forma total con la arquitectura. Mucho más allá de lo que lo hacen los propios arquitectos, que apenas animan un conjunto limitado de aspectos.

Pasiones de la implementación


Lewis Hine (1874-1940)

Desde ya, es forzoso considerar que la implementación habitable implica una pasión de vida que es mucho más profunda, amplia y entrañable que la pura operación de una máquina de habitar. También forzoso es considerar que la implementación habitable es mucho más compleja y rica que un mero servirse de un artefacto útil. Es forzoso considerar, entonces, que la pasión habitable consuma el lugar, porque proyecta sobre éste toda su carga de identidad y referencia con la que la vida cobra sentido precisamente allí y en ese entonces. La pasión habitable hace del tener ésta su lugar una implementación radical, constituyente y absoluta.

Pasiones de la construcción


Lewis Hine (1874-1940)

¿Pueden acaso las cosas ser de otro modo? Pudiera pensarse en un construir concebido como un cultivar respetuoso, en donde se interrogaría con circunspección al genio del lugar para asegurarse que nuestra novedad es bienvenida allí. Luego, todo sería asunto de abrir el lugar hospitalario a una irrupción de aquello que le estaba haciendo falta. Entonces, el lugar cerraría con salud la herida infligida apenas y una construcción habría tenido origen, crecimiento y lugar oportunos y felices.

Pasiones de la producción social: los sueños, los proyectos, los diseños


Lewis Hine (1874-1940)

Somos de la materia de los sueños porque somos nuestro propio proyecto. Resultamos autodiseñados por un gesto antiguo de lanzarnos hacia adelante, hacia el futuro. Vivimos así en carne propia cómo nos sujeta el deseo, nos agita una vehemencia de vivir y nos lanza lejos, distantes y distintos. Somos sueños febriles, proyectos insensatos, diseños improbables.
Y así, apasionados en la flecha del tiempo, hacemos el mundo a nuestra imagen y semejanza. Todo proyecto, toda elucubración de estados futuros es apenas un eco operativo de un furor por habitar un mundo que negamos es su penosa actualidad, para arrojarnos hacia lo que vendrá.

Pasiones de la producción social: las demandas


Lewis Hine (1874-1940)

Es que hacerse un lugar en el mundo es más aún que forjarse una posición social, más aún que conseguir una situación relativamente satisfactoria en lo que toca a las condiciones materiales de la existencia y la reproducción, es más aún que arreglárselas para suceder en un acontecimiento favorable a las expectativas de realización. Hacerse un lugar en el mundo es una construcción morosa, microsocial, esforzada a partir de la cual uno puede lanzarse a desear un destino, un emplazamiento de partida, una morada mundana. Es dentro de esta pasión que debemos comprender, en toda su dimensión humana, la demanda por lugares que habitar con la familia, los compañeros de trabajo y estudio, con los nuestros, los próximos y aún con los extraños.

Arquitectura como actividad social de producción: el concepto de pasión


Lewis Hine (1874-1940)

En efecto, pasión es el apetito de algo o afición vehemente a ello, profesada por comitentes, empresarios y arquitectos, que se corresponde con el padecimiento —corporal, emocional, reflexivo— que experimentan los trabajadores que se encaraman sobre el vacío para que se dé efectivo curso a la consecución de obras magníficas. Un aspecto de la misma pasión es complementado por otro. Por ello, el furor arquitectónico no se desencadena si no es con una perturbación o afecto desordenado del ánimo. Erigir edificios es asunto apasionado, en todas las acepciones del término.
Mas la consecución de lugares para habitar es aún más apasionada, porque es una labor más rica y compleja que la empresa de erigir edificios. Aun así, debemos comenzar por reparar en la honda meditación que puede realizar el obrero, acaballado en las alturas, allí donde las vigas consiguen unirse. Desde tal punto de vista, las cosas adquieren un cariz especial y revelador.
Convendrá reparar en el concepto mismo de pasión, para entender a fondo la arquitectura como actividad social de producción.

Arquitecturas de acontecimientos y referencia


André de Dienes (1913-1985)

Una arquitectura de acontecimientos es una que ofrece hitos firmes al sucederse de los actos de habitación en el tiempo.
Una arquitectura de acontecimientos no se hunde en el marasmo de lo que ocurre mudando de aires, sino que guarda registro claro y preciso de lo que permanece en la medida en que sus relaciones con lo que cambia es precisamente lo que permite percibir y conceder sentido a lo ocurrido. Porque todo cambia, sí, pero también es cierto que todo cambio es relativo. Y esta relatividad generalizada tiene, en la teoría del habitar, un nombre propio y un mandato: arquitectura como escenario de la vida.

Arquitecturas de situación e identidad


Denis Roche (1937-2015)

Mediante la forja de la propia situación, los sujetos construyen su propia identidad localizada.
Por esto, una arquitectura de situaciones es una arquitectura que permite a quienes la pueblan proyectar allí su propia identidad y, al hacerlo, conseguir imponer su propio y legítimo dominio. Una arquitectura de situaciones es aquella que prodiga espejos en donde las personas gustan percibirse. ¿Será posible acaso una arquitectura que deje que sea la vida de quienes la pueblen las que se apropien del lugar en forma honda, legítima y absoluta?

Arquitectura viva


Duane Michals

Bienvenida la eclosión agitada de vida en los lugares.
En vez de la maravilla del espacio despoblado, nos estremeceremos con la agitación de las manifestaciones de cambio y crecimiento. En vez de las estáticas armonías de tres dimensiones cuidadosamente seleccionadas, abogaremos por las complejas mutaciones de lo que se desarrolla en el tiempo. En vez de la arquitectura reposada en el vacío, una arquitectura por fin grávida de existencia.
Una arquitectura como matriz.

Arquitectura de actos de habitar


Garry Winogradpie

A las magníficas vacuidades de la arquitectura metafísica será posible, un cierto día, oponerle unas arquitecturas turgentes de vida humana, unas arquitecturas pletóricas de actos de habitar.
Mientras tanto, podemos observar, aquí y allá, ciertos fugaces emergentes en aquellos lugares en donde el habitar humano tiene éxito sobre los constreñimientos acostumbrados. Podríamos entrever cierta esperanza, acaso, en los lugares en donde la vida humana consigue prevalecer sobre el implacable disciplinamiento del poder que se ensaña sobre los cuerpos. Hacia donde, de un modo preciso, los cuerpos humanos encuentren su territorio de expansión libérrima, de cómodas holguras, de celebrada felicidad, hacia allí deberemos dirigir nuestra atención. Para aprender de los ejemplos.

Arquitecturas de acontecimientos: escenarios de la vida


Garry Winogradpie

De la comprensión honda de la contextura de acontecimientos se deriva una correspondiente arquitectura de acontecimientos, esto es, una arquitectura que oficia con plenitud su carácter de escenario de la vida.
Esta arquitectura de acontecimientos refiere mutua y significativamente a la vida como estructura de sucesos y a los escenarios que le confieren pleno sentido como contexto. Hay, entonces, una arquitectura frenética, apasionada y febril de los acontecimientos de la vida que interactúan con un escenario que sirve de referencia de sentido: un marco significativo para los sucesos. De esta manera, los acontecimientos no se recortan del lugar como figuras sobre un fondo amorfo, sino como historias que se desarrollan con diversos decursos temporales: uno, apresurado con las urgencias de la vida y otro, más lerdo, con la duración flemática de lo construido.

Contexturas de acontecimientos


Garry Winograd

La atención a las situaciones debe complementarse con el examen profundo de las contexturas de acontecimientos.
Estas contexturas de acontecimientos no son otra cosa que las secuencias coherentes de acciones que se suceden en un lugar habitado y que hacen de este último el escenario continente de la vida humana. Mientras que las situaciones tratan de los órdenes de coexistencias que fijan y establecen los elementos constitutivos del habitar, los acontecimientos son las sucesiones, los progresos y desarrollos de la acción en su dimensión temporal. En lo que toca a los acontecimientos, es la consecución de la acción la que dicta una ley interior que solicita al escenario constituir un continente adecuado para su logro efectivo, acomodado y estéticamente logrado.

Arquitecturas de situación: cada cosa en su lugar


Garry Winograd

La comprensión profunda de las contexturas de situación conduce a la consecución de unas correspondientes arquitecturas de situación.
En efecto, a la consideración de la constitución necesaria de una situación le corresponde un orden arquitectónico consecuente en donde personas y cosas se disponen mutuamente en sus lugares respectivos. Así, es la situación vital la que empuja desde dentro a la forma arquitectónica, sin imponerle una forma necesaria, sino introduciendo las ajustadas solicitaciones para que la vida se desarrolle con plena expansión, de un modo digno y decoroso.
Reservar para cada persona y para cada cosa del vivir su lugar adecuado según el orden que dicta la propia situación de habitación es una tarea de amparo de la vida, más que una imposición de una regla extraña a ella.

Contexturas de situación


Bruce Davidson

Puede comenzarse un nuevo camino si desarrollamos una peculiar acuidad perceptiva y una adecuada comprensión de las contexturas de situación.
Por contexturas de situación se entiende aquí y en principio las formas emergentes y perceptibles de la condición situada de cada habitante. Es preciso dirigir la atención a los distanciamientos y proximidades relativas que guardan las personas entre sí y con respecto a las cosas de vivir. Dar con las contexturas de situación implica dar cuenta del orden de coexistencias que los componentes y procesos de la habitación guardan entre sí, a efectos de descubrir la ley interior que la vida humana dicta a los lugares habitados.
Percibir y comprender las contexturas de situación es, entonces, dar con los elementos que las estructuras fundamentales del lugar fijan, establecen y equilibran sus elementos en el campo habitado.

Arquitectura de situaciones y acontecimientos


Diana Markosian (1989)

¿Por qué no una arquitectura de situaciones y acontecimientos?
Frente a una arquitectura de muros y cubiertas, puertas y ventanas, suelos y terrazas, una arquitectura que tenga origen en los amparos de las situaciones existenciales, en las trasposiciones de umbrales, en los tránsitos. Una arquitectura, entonces, de actos de habitación antes que facturas constructivas, que devendrían después y en consecuencia de las primeras. Una arquitectura dibujada por las danzas de la vida, antes que por las elucubraciones autoritarias de los administradores del aire.
Una arquitectura que nos debe ser posible.

La vida empuja a las arquitecturas desde dentro


Sam Abell (1945)

Mientras que al arquitecto demiurgo le complace el empoderamiento del lápiz que empuña implacable sobre un papel siempre en blanco, que origina en el tablero abstraído de su conciencia de hacedor de arquitecturas corsé, debemos darnos al menos la oportunidad de imaginar una arquitectura empujada desde dentro por los gestos de la vida.
Una arquitectura que crecería con los ademanes del cuerpo, con las figuras magníficas de su coreografía, con las parsimonias del modo biológico de suceder. Una arquitectura que resultara del contorneo cuidadoso de las envolventes de la existencia. Ni más, ni menos. Una arquitectura originada en su única simiente legítima y razonable: la vida vivida en situación y acontecimiento.

Danzas de la vida



Sam Abell (1945)

Es preciso abrir el lugar señalado para las danzas de la vida.
Que no es de modo alguno hacer un sitio; es mucho más complejo que eso. Porque hacer un sitio es negar a algo su lugar para aviar un espacio. Pero abrir el lugar para las danzas de la vida es descubrir, aquí y allá, los puntos sensibles del campo habitado por donde discurrirá la vida cuando tenga lugar allí. Es ser capaz de percibir los derroteros, las derivas, la trama de senderos que se abren a las marchas de los viandantes. Es ser sensible para dar cuenta de las moradas del cuerpo, allí donde se detendrán, cada tanto y a su aire, los ligeros habitantes. Es ser cuidadoso en la tutela decorosa de los umbrales que los cuerpos gustarán trasponer, estremecidos de existencia vivida. Para que la vida celebre su ocurrencia plena, gozosa y libre, para eso es preciso abrir el lugar señalado para las danzas de la vida.

Cuerpos palpitantes


Sam Abell (1945)

Una arquitectura concreta debe abandonar la geometría abstracta del espacio para abordar la compleja estructura dimensional del lugar vivido.
Es que no se trata ya del espacio, sino del lugar. La arquitectura concreta tiene efectiva existencia allí donde los cuerpos palpitantes estremecen el campo habitado. La arquitectura concreta, por otra parte, no se reduce a ser operada mecánicamente, ni a ser usada reductivamente. La arquitectura concreta se consuma en el acto de habitarla según unos modos que deberemos aprender a percibir, respetar y cultivar.
La arquitectura guante es aquella concreción servicial, digna de la condición humana y decorosa en un plano superior estético, en donde la vida humana tiene su lugar señalado.

Arquitectura como guante


Henri de Toulouse-Lautrec (1864–1901) Mujer con guantes (1890)

A la arquitectura metafísica es preciso oponerle una concreta. Y a una arquitectura corsé debe oponérsele una arquitectura guante.
¿Cómo caracterizar a una arquitectura guante? Como una arquitectura que sigue las líneas de la vida, que ampara los gestos más sutiles del cuerpo, que contornea sutil y elegante la figura del habitante. Mientras que la arquitectura corsé disciplina el cuerpo con un poder extraño al cuerpo, la arquitectura guante obedece de buen grado a cada ademán del cuerpo vivo y empoderado.
La arquitectura guante es, de modo cabal, una arquitectura concreta pues está henchida de vida humana, a diferencia de la arquitectura metafísica, que reposa en su magnífica vacuidad autosuficiente. La arquitectura guante es una arquitectura concreta porque se estremece con las palpitaciones de la vida que allí tiene lugar. La arquitectura guante es una arquitectura concreta porque adquiere su significado propio con el roce del cuerpo.

Arquitectura como corsé de la vida


Newsha Tavakolian (1981)

La arquitectura centrada en el objeto construido como fin en sí mismo constituye un corsé para la vida que en ella habita.
Tal arquitectura resulta de la imposición del poder sobre el cuerpo sometido del habitante, cuerpo de un sujeto paciente, cuerpo de un puro consumidor. El cuerpo del habitante está constreñido por un diseño que lo soslaya, por un proyecto social que lo olvida, por una estructura productiva que se aplica apenas a maximizar beneficios y tiempos de recuperación del capital invertido. El cuerpo del habitante está angostado en máquinas deficientes de alojar, precarias en su constitución formal y material y carentes de contenido simbólico, como no sea su inconmovible desesperanza. La vida languidece allí, respira con dificultad y se proyecta como una sombra abandonada sobre los tabiques demasiado próximos que amparan su soledad esencial.

Arquitectura metafísica


Kevin Saint Grey (1978)

La arquitectura centrada en el objeto construido como fin en sí mismo sólo puede evolucionar hacia una arquitectura metafísica.
Es que, si proseguimos en forma implacable con el proceso de depuración de contenido y valor arquitectónico, no llegaremos a otro sitio que al vacío monumental como resultado material, social y simbólico. La depurada cosificación del producto arquitectónico está cerca de alcanzar su objetivo: dar con su arjé, con su marca abstracta y vacua de excelencia en el juego abstracto de las formas puramente espaciales.
Pudiera pensarse que este proceso histórico comprende apenas a una parte del ejercicio profesional de la arquitectura, mientras que, por otro lado, se sucede, como proceso también arquitectónico pero paralelo al citado, una práctica que atiende en cierta forma las solicitaciones de la demanda social de lugares para habitar. Sin embargo, hay que replicar a esto que la orientación decidida a la arquitectura metafísica es hegemónica tanto en la conciencia profesional de los arquitectos en la actualidad, así como hondamente influyente en otros sectores dominantes en la promoción y construcción de la ciudad contemporánea.

Escultura y arquitectura


Kevin Saint Grey (1978)

Si abstraemos toda la complejidad teleológica propia de la arquitectura como actividad social de producción, obtendremos como resultado un arte plástico puramente espacial, una cierta forma de escultura de gran formato, en la que, incidentalmente la vida a veces consigue hacerse lugar.
Sólo la complejidad social de la implementación a la vez cognoscitiva, práctica y estética de la arquitectura es garantía de su especificidad e identidad como disciplina. Esto, si de arquitectura concreta se trata. Porque si se trata de arquitectura metafísica, entonces la cuestión es otra.

Geometrías e historias de la gesta tectónica


Kevin Saint Grey (1978)

Para la conveniente consecución de una arquitectura del puro artefacto construido fue necesario un proceso histórico de depuración. Esta depuración comienza a escindir de la realidad compleja y viva del lugar un puro espacio tridimensional, por un lado, soslayando el tiempo. Este puro espacio tridimensional se deja dominar por una geometría operativa que aparece “naturalmente” hermanada con el esfuerzo del diseño arquitectónico.
Por otra parte, se sucede otro proceso de depuración —éste de carácter histórico-tectónico— en donde se seleccionan normativamente ciertos modos de producir la forma debida a ciertos artefactos como el templo religioso. El proceso histórico no cesa sino con una codificación precisa de elementos, diseños y proporciones que conducen a la buena forma normativa. Con la convergencia de ambos procesos, más allá de la crisis del llamado lenguaje clásico de la arquitectura, lo que resulta es un renovado espíritu aplicado a la depuración de la forma según el procedimiento geométrico de diseño. La arquitectura moderna resulta, así, un ejercicio de mondas formas abstractas en donde se echa en falta el palpitar anhelante de quienes la habitan.

El artefacto construido como cosa en sí


Kevin Saint Grey (1978)

Existe una prolongada tradición en la conciencia arquitectónica que se desvela por artefacto construido como cosa en sí.
Es que el desafío físico y matemático del principio de la firmitas vitruviana es singular en su contextura y magnitud física y también metafísica. La pasión constructiva conduce a producir más alto, más rápido y más fuerte. Es comprensible que el poder político y económico tenga en el esfuerzo hercúleo por construir una expresión propia: construir es un acto y empresa regias. Luchar y vencer sobre la materia, el espacio y el tiempo es, quizá, la expresión palpable y perdurable del poder por excelencia. Para ello, el talento de los oficiantes profesionales es, comprensiblemente, adecuadamente valorado y remunerado. El diseño al servicio del poder paga. Y porque paga, entonces es valioso como cosa en sí, como pasión que se cumple con el edificio erigido y triunfante como cosa en sí, como finalidad superior, implementable en su propia eminencia.

La caricia íntima al lugar de todo habitante


Evelyn Hofer (1922-2009)

Es posible pensar ahora que habitar supone una caricia íntima al lugar por parte de sus habitantes.
Con un gesto que tiene mucho de amoroso, el cuerpo irradia entonces su estructura sobre el lugar, dilatando a su aire una esfera sutil que llega a rozar ciertas zonas sensibles de la arquitectura materialmente conformada. Con una actitud corporal solícita, el cuerpo trabaja constante y empecinadamente por la conformación efectiva de una estructura estructurante que dota de forma sensible al lugar habitado. Con la regla de una superior coreografía, el cuerpo juega su pasión en el área amparada.
Todo un profundo sentido emerge de la habitación de la arquitectura del lugar. El sentido que proviene de una caricia a la vez juguetona, esforzada y amorosa.

Roces del habitar en la arquitectura construida


Leonard McCombe (1923)

Llegados a este punto, cabe preguntarse por esa especial región en donde se rozan, no sin placer, la arquitectura laxa del lugar con la arquitectura materialmente conformada.
Es por cierto una verdadera zona erógena, un territorio apasionado en donde el placer de vivir tiene efectivo lugar. Allí todo encaja del mejor modo y los roces son los estremecimientos felices de la existencia. Allí resuenan los ecos de las palpitaciones de la vida con peculiar reverberación. Allí, en los rincones virtuosos de la arquitectura efectivamente vivida, todo es una vibrante penumbra.
A las zonas de roce, entonces, deberemos prestar una atenta percepción, con el ánimo bien dispuesto y simpático.

Los protagonistas del acto de habitar


James Van Der Zee (1886-1983)

Toda vez que el habitar es un acto, los gestos del cuerpo son los protagonistas efectivos de éste.
Las actitudes corporales, las coreografías, los ademanes, los roces son los actos eficaces con los que el cuerpo tiene lugar. Estos gestos son los primeros indicios emergentes de la arquitectura del lugar, son las formas primordiales que la modelan, son las formas fundamentales de una escritura y designio. Son concepciones tanto como prácticas y producciones. Son conjeturas tanto como conatos y esbozos. Son ideas, sí, pero, además, experiencias y performances. En virtud de estas características deben ser estudiados, interpretados y comprendidos.

El palpitar de la vida


Tony Vaccaro (1922)

Es preciso dejar ser al palpitar de la vida como poder que imprime una peculiar formatividad al lugar.
Si se cumpliera con este empoderamiento, la vida humana podría dejar de escabullirse en los entresijos de la arquitectura materialmente conformada, para resultar una emergencia triunfante, feliz y liberadora. Pero esta emergencia sólo se conseguiría a costas de unas condiciones sociales, económicas y políticas proclives a ello. Porque el empoderamiento del palpitar de la vida no es, de modo alguno, un problema apenas técnico arquitectónico sino político. Micropolítico.

La arquitectura del lugar


Tony Vaccaro (1922)

Es preciso munirse de una nueva sensibilidad y una especial acuidad perceptiva para reparar en la arquitectura del lugar, que es una arquitectura que precede, deriva y contornea a la que conocemos.
Antes que haya el más mínimo gesto constructivo material, puede constatarse que existen disposiciones del cuerpo, hábitos y sueños que demandan y conforman una arquitectura laxa hecha con los pormenores de la presencia y población de los lugares. Esta arquitectura blanda dirige a los cuerpos a tener lugar, a hacérselo, a ahuecar espacios y tiempos para celebrar los rituales vitales más imperiosos. Hay, pues, una arquitectura laxa en el deseo, el sueño y la demanda de transformaciones formales y materiales en el ambiente.
Y también hay arquitectura laxa después, por dentro y alrededor, de la arquitectura material, toda vez que la vida palpita allí. Pudiera pensarse  — desafiando al sentido común—que los esfuerzos constructivos no son más que meros instrumentos trabajosos, pesados y contundentes, que apenas si median entre las lábiles arquitecturas del lugar.

Formas sutiles, lábiles y evanescentes


Lewis Morley (1925-2013)

Las formas de la vida, si uno se fija en ellas, resultan sutiles, lábiles y evanescentes.
Aun así, debe asumirse que estas formas de la vida tienen una virtud común que permite, en cierta forma, su asedio sensible y científico. Tal virtud es un carácter arquitectónico como propiedad, esto es, que las formas de la vida adoptan, en su complejidad, una estructura de fines para alcanzar siempre un cometido superior. Y esto es una arquitectura como propiedad. Cada actitud corporal, cada ademán, cada gesto están dirigidos por ciertas leyes que le imprimen una coherencia especial y consiguen que la forma resultante resulte eficaz, digna y decorosa, según lo dictan estas propias leyes.
No debe verse aquí una analogía superficial entre las formas corporales y el diseño arquitectónico de las cosas. En este caso se trata de algo más hondo. Se trata de una armonía general de la economía de gestos y acciones del cuerpo que tiene que encontrar un correlato complementario en el orden de las cosas de vivir.
Vistas así las cosas, habría en los atrezos y en los pormenores particulares de las cosas que nos rodean cuando habitamos los lugares unos signos reveladores de las resultantes de las formas sutiles, lábiles y evanescentes de la vida.

El discurso del habitar


Marilyn Silverstone (1929-1999)

Por lo general, nos imaginamos al habitar como un relajado estado del ser en el lugar.
Sin embargo, habitar es todo menos un muelle estar contenido por una situación. Habitar es una continua, esforzada y obcecada tarea de producción de sentido de identidad y referencia de todo el cuerpo. No dejamos nunca de habitar. No dejamos nunca que nos venza la fatiga. No dejamos nunca de emplearnos a fondo en la tarea de proyectar nuestra existencia hacia el lugar donde hacemos presencia y población.
No dejamos nunca de proferir el discurso del habitar y no cesamos en la tarea de hacer un texto del lugar en donde estamos.

Plumas ajenas: Tzvetan Todorov


La memoria no se opone en absoluto al olvido. Los dos términos que se oponen realmente, que forman contraste, son el olvido y la conservación; la memoria es siempre y necesariamente una forma de interacción entre los dos términos. La restitución integral del pasado es algo imposible, la memoria implica siempre una selección: algunos rasgos del hecho vivido son conservados, en cambio otros son apartados desde el inicio o progresivamente, es decir que son olvidados. Es por esta razón que es tan desconcertante el uso del término «memoria» para designar la capacidad de las computadoras de conservar la información pues para efectuar esta operación falta un rasgo constitutivo de la memoria: el olvido. Paradójicamente, se puede decir que lejos de oponerse, la memoria es el olvido; un olvido parcial y orientado en una dirección, un olvido indispensable.
Tzvetan Todorov, 2012

Espacio y tiempo abiertos a la disposición de lugares


Margarethe Michaelis (1902-1985)

Nuestra condición de seres situados nos abre posibilidades y nos responsabiliza.
El campo habitado, esto es, el espacio y tiempo abierto a nuestra disposición de lugares nos hace posibles de un modo hospitalario absoluto. Todo allí está por conquistar y es un tema de acciones corporales más que de poder, al menos en principio. Pero precisamente lo que nos abre posibilidades nos responsabiliza desde el punto ético. Allí donde tengamos posibilidad, tendremos obligada —no necesariamente— que adoptar una actitud pobladora activa, consciente y aplicada.
Por ello el habitar es una empresa tanto cognoscitiva como ética y estética.

Atrezos


Vikky Alexander (1959)

Es preciso entender que en el atrezo debemos afrontar una escritura peculiar.
Se trata de lo que el cuerpo hace por su proyección sobre el lugar. Y lo que hace no es una operación mecánica, sino una producción poética, en el sentido hondo de la expresión. No se trata exclusivamente de una relación entre el lugar habitado y la mente, sino del cuerpo vivo, de la mente encarnada que trabaja sin cesar —conscientemente y no— en la proyección de su identidad y referencia en los lugares. Sólo que no escuchamos con suficiente atención a estos nuestros signos. Sólo que no sabemos ver aún todo lo que tales signos dicen de nuestra condición de habitantes. Sólo que aun ahora, que estamos advertidos, podemos situarnos convenientemente ante el abismo de significados que se ahonda.


Proto arquitecturas


Margarethe Michaelis (1902-1985)

La Teoría del Habitar tiene todo un capítulo en la constitución constante y recurrente de proto arquitecturas.
Aquí podemos llamar así a las configuraciones que vinculan entre sí a las cosas de vivir, según unos rituales, que se cumplen como estructuras finalistas en ceremonias. Piénsese, a título de ejemplo, en la estructura que conforman los distintos útiles para preparar una infusión, en el ámbito de la cocina, lo que supone reunir el té, el agua caliente, la tetera, las tazas y demás utensilios, cada uno extraído de sus almacenamientos, reunidos y combinados entre sí de modo finalista para su servicio, consumo, limpieza y posterior guardado. Una danza ordenada de objetos, acciones y sensaciones que se desarrolla como acontecimiento en unos ámbitos arquitectónicos dispuestos estratégicamente al efecto.
Estas proto-arquitecturas constituyen la vida misma de las cosas al amparo de la arquitectura del lugar, que es el escenario y el atrezo de la vida en la arquitectura que estamos acostumbrados a considerar.

Escrituras mitográficas


Margarethe Michaelis (1902-1985)

Con las cosas de vivir, agrupadas, ordenadas, seleccionadas y emplazadas de modo sistemático se constituye un caso de mitografía, esto es, una escritura que no registra hechos de lenguaje verbal, sino que conforma un sistema autónomo de éste.
Los trastos de una cocina, reposando juntos junto a un fregadero despliegan un texto que no puede traducirse del lenguaje verbal, sino de la vida misma en una cocina, en unas condiciones dadas. El contenido es un texto diversamente articulado y no-verbal. Son los objetos portadores de unidades textuales que no equivalen necesariamente a palabras, sino a discursos de vida que han operado para que tal cosa ocupe tal plaza, avecinándose diversamente con otras y articulando sus relaciones mutuas de modos complejos y, sin embargo, comprensibles. Son comprensibles porque el código es el mismo hábito que los hace llegar allí.