El principio de la libertad


Émile Savitry (1903-1967)

No obstante, escondemos en la profundidad de nuestro psiquismo un anhelo de libertad que eclosiona, en contados momentos, con una contundente alegría en el ánimo. Nos desembarazamos por un instante de la funesta realidad y accedemos a algo superior, a una ebriedad de la existencia. Sucede que, al menos por un instante, conocemos la libertad, que nos abre camino a una realidad otra, superior, esa a la que la persona pugna por asir y considerar.
De este modo fugaz llegamos a habitar según el principio de la libertad y nos percatamos de lo bello que en verdad puede ser una realidad superior, la que resulta de una contingencia vuelta efectiva.

Alternativa sensata a la segregación socioespacial


Jacob Holdt

Nada de esto será posible sin una concertada política pública de redistribución equitativa del ingreso, una humanitaria gestión de las diferencias sociales y una promoción de los valores de la diversidad cultural. Las personas somos unas en nuestras circunstancias y sólo podemos salvarnos en nuestra condición si construimos el marco de situación que nos permita rescatarnos a nosotros mismos del presente.
Nos debemos, entonces, esbozos esperanzados de una alternativa sensata a la actual segregación socioespacial.

Gestión de las diferencias


Ricardo Canino

Así, cada sujeto aparece a la vera de un abismo, tan real como simbólico, en donde el miedo fundamental es caer desde una cierta posición socioeconómica hacia las simas de la deprivación. Así, cada sujeto se emplaza en el reducto urbano que sus ingresos pueden permitirle, tomando distancia del infierno tan temido. Así, cada urbanita busca la empobrecida coexistencia con aquellos que tiene por iguales, abominando los roces con los diversos, sobre todo con los pobladores de las profundidades de la riqueza relativa y el consumo.
El mecanismo es eficaz, implacable y sustancialmente perverso. Cada día las diferencias se ahondan y la segmentación socioespacial se perfecciona, sin que aparezca un culpable particular al que culpar. Así son las cosas.

La colorida heterogeneidad de la vida situada


Jacob Holdt

Así de compleja, así de rica. Así de colorida, así de rica. Así de heterogénea, así de rica. Es por esto por lo que la vida ciudadana en enclaves exclusivos dista de ser un privilegio de ricos, que levantan muros y distancias con la ciudad de los pobres. La vida ciudadana confinada en las piezas del discontinuo mosaico socioespacial es, simplemente, empobrecida. No merece ser llamada vida ciudadana. ¿Habrá un nombre para el establecimiento y población en esos confines homogeneizados, de vecindarios muy precisamente clasificados y agrupados por su nivel de ingresos y su disponibilidad de consumo?
La urbanización sin ciudad, de la que nos habla Jordi Borja es el nuevo escenario de la vida empobrecida de la actualidad.

La hospitalidad originaria de las ciudades


Ebbe Stub Wittrup

Garcés, 2016

Marina Garcés nos ha enseñado que la razón de ser de las ciudades es su hospitalidad originaria: los urbanitas son llegados, gentes diversas que allí se dan cita.
Es preciso remontarse a los días remotos en donde, en un cruce de sendas, se encontraron dos o más extraños y de este encuentro de diversos resultó eso tan interesante que es la proliferación de intercambios de cosas, servicios e ideas. Para esto se inventaron las ciudades, para convocar a los que llegan, siempre con algo que contar, siempre con algo que dar y siempre con mucho que recibir. Las ciudades, por esto y de suyo, son abiertas y deben ser hospitalarias.
Sólo a algunos espíritus deshumanizados se les ocurre que es factible erigir murallas y puertas que se cierran. Porque si una ciudad eleva sus muros y cierra sus puertas al que llega, deja, en el acto, de ser una ciudad para convertirse en quién sabe qué especie ominosa de cosa.


Hacer lugar: el altruismo


Cédric Gerbehaye (1977)

Pero hay una virtud propia de la situación que poblamos que nos hace optar por el altruismo. Porque el mundo que habitamos es mejor si abrimos de par en par nuestra condición liminar en favor del otro como tal. Porque el mundo que habitamos es mejor si traspasamos la extrañeza para hacer próximo al que será nuestro semejante cuando compartamos la mesa. Porque el mundo tiene que ser mejor de aquel en que nos encontramos, proliferado de fronteras hostiles para nuestra propia condición de humanos.

El género humano del lugar


Ricardo Canino

Lo de tener lugar no es “natural” al hombre, sino constitucional. Quien tiene lugar es titular de una circunstancia, señala un aquí y ahora, perturba el ambiente con presencia y población. Es de humanos, entonces, hacer lugar, producir un acomodo de circunstancias para que otro sujeto tenga presencia y población en la proximidad. Es de humanos operar con fronteras abiertas, una vez que hemos abierto un umbral en el mundo al que sólo a nosotros, según parece, nos es dado trasponer. Es de humanos oscilar, entonces, en una proximidad que mucho conoce de alianzas y conflictos. Somos esa sustancia de alianzas y conflictos. El lugar es constituyente, entonces, del género humano y a ningún humano puede estar vedado el acceso. Antes bien, todo lugar prodiga, en principio, en umbrales hospitalarios.
Pero sucede a veces que otras voces nos nublan la memoria y entonces, nos impulsan a cerrar, insensatos, estos umbrales.

El principio de la solidaridad


Sebastião Salgado (1944)

Puede pensarse que existe, en el género humano, un talante originario proclive a la aproximación, a la ayuda, a la conmiseración. La mención al principio de solidaridad o fraternidad parece evocar ancestrales sentimientos básicos. El pensar en la noción de solidaridad, entonces, parece un ejercicio de anamnesis, un gesto que desvela algo del que guardamos un genérico y atávico recuerdo. Allá en los albores de la vida social, nuestra condición gregaria era apenas una efusión resultante de un sentido de alianza, complicidad o fraternidad consustancial a nuestra condición de semejantes por humanos.
Lo que ha sucedido, de manera crítica y aguda, que esta semejanza genérica se ha visto minada por un orden social, económico y político de cariz decididamente antihumanista, que se ha desarrollado históricamente destruyendo estos recónditos resabios de venerable sensibilidad. Hoy, contemplamos con estupor y angustia cómo nuestros congéneres se han vuelto extraños, hostiles y distintos. Apenas si nos arrebujamos en un timorato ámbito que reservamos para los últimos a los que, de momento, tenemos por semejantes.

Alternativa a la inequidad


Henri Cartier Bresson (1908-2004)

La Teoría del habitar debe ofrecer una sólida alternativa a la inequidad contemporánea.
Por ello no basta invocar un principio abstracto y declarativo del principio de igualdad. Tampoco basta con hacer acopio de una considerable reserva de equidad. Es preciso, en todo caso, dolerse de las amenazas que penden sobre nuestros congéneres más vulnerables. Es preciso fastidiarse con el triste espectáculo de la inadecuación de los lugares que habitamos en lo que toca a su necesaria hospitalidad con todos los humanos. Es preciso militar activamente por la consecución de un orden social, económico y cultural proclive al generalizado acceso a nuestro lugar en condiciones de brindar a cada uno su lugar de magnitud conforme.
El principio de igualdad es, en verdad, más que un punto de partida reflexivo, un horizonte hacia el cual es preciso marchar.

Magnitud conforme


Henri Cartier Bresson (1908-2004)

Esto quiere decir que cada uno de nosotros tiene el derecho al lugar que le acomode según la peculiar circunstancia que viva. Esto significa que no es a mínimos racionalizados que tenemos derecho, sino, por lo contrario, al lugar que nos aloje como un guante confortable de la vida. Esto suena utópico en las actuales circunstancias en que a unos pocos se le destina el más escandaloso de los excesos y a la mayoría se le sume en la más desesperada carencia.
Sin embargo, hay que dar lugar a la consideración ética de la magnitud conforme, en sustitución de la dominante noción de derecho social a mínimos constrictivos. Porque es la dignidad y el decoro de las personas lo que está en juego, aparte de su condición común humana.

Adecuación


Henri Cartier Bresson (1908-2004)

El primero de estos lugares adecuados lo constituye la vivienda, pero no es el único. El vecindario, la ciudad y el territorio, en cada una de sus diferentes escalas e instancias, debe ofrecer a todos una condigna adecuación. Por ello, la adecuación es exigible socialmente, de la misma forma que su consecución tiene también un carácter social y comunitario insoslayables. Como es fácil de comprender, sólo un orden jurídico, político, económico, cultural y social diferente al actual puede encarnar esta consigna.
Por tal orden social es preciso luchar.

La hospitalidad de hacer lugar


Henri Cartier Bresson (1908-2004)


Así, unas ciertas condiciones sociales y culturales se vuelven propicias para celebrar un pacto entre las personas y el lugar habitado. Un contrato social de habitación. Esta porción virtuosa de la humanidad puede celebrar el resplandor de su condición situada.
¿Cómo es que nuestra ciudad y nuestra sociedad no muestran nada de tal idílico aspecto? ¿Cómo hemos permitido que nuestra ciudad y su comunidad residente resulten tan inhóspitas para los niños, los pobres y los diferentes? ¿Cómo es que no nos permitimos la oportunidad de desarrollar un ánimo equitativo y de ejercer efectivamente un genérico principio de igualdad humana?
En verdad, no hemos sabido construir las condiciones políticas, sociales, económicas y culturales para que los lugares que poblamos en la actualidad lleguen a ser, por su propia virtud, hospitalarios. Así nos va.

La equidad en la teoría del habitar


Henri Cartier Bresson (1908-2004)

La equidad, entonces, es una actitud sociopolítica dirigida por el principio de igualdad que combate activamente toda forma de desigualdad social en pos de proveer a cada persona de aquello a lo que tiene efectivo y reconocido derecho. La equidad, en el frente ético de la Teoría del Habitar, es la actitud que lucha por la adecuación de las cosas de vivir, de la arquitectura de los lugares y del escenario ciudadano a las diversas solicitaciones subjetivas de los habitantes.
A cada cual, lo que merece, según su constitución humana, digna y decorosa. Tal la consigna de acción ética, económica y política.

El principio de la igualdad


Henri Cartier Bresson (1908-2004)

Somos iguales como seres humanos, somos iguales como seres situados, somos iguales en dignidad específica. Sin embargo, todo orden político, social y económico que la humanidad ha conocido a lo largo de su sufrida historia ha resultado el sostenedor de hirientes desigualdades jurídicas, políticas, sociales y, sobre todo, económicas y culturales.
Ha corrido sangre para que, al final, se considere razonable la casi igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, lo que no es poco, pero nada suficiente. La equiparación de todos los ciudadanos en derechos y obligaciones tiene aún un largo camino por recorrer, encontrándose por aquí y por allá con las más despiadadas desigualdades falazmente naturalizadas.
Es por ello por lo que la ética de la Teoría del Habitar debe comenzar por munirse de un principio de igualdad que obre como herramienta estratégica para erigirse digna de la condición humana que inviste.

El sentido del detalle en la arquitectura del lugar


Denis Roche (1937-2015)

Existe una dificultada añadida: "hacer una habitación" requiere de energías que no pueden ser aportadas, en exclusiva, por el arquitecto o por el habitante. La habitación es un lugar intermedio entre ambos. Se nutre de dos universos imaginativos y de los objetos que contiene. Así pues, es un lugar de encuentro y de cesión. Es un lugar intermedio, que no está formado por un listado de propiedades, paredes o cuerpos, sino que es precisamente lo que los mantiene unidos.
Santiago de Molina, 2020

De momento, de su efectiva constitución sólo podemos atisbar detalles, indicios, síntomas. Estos tienen lugar allí en donde el habitar roza las cosas de vivir y cuando tenemos la sabiduría, la prudencia y también la sensibilidad en concurrencia para percibir estos tenues fulgores reveladores. Ya llegará el día en que nuestra conciencia podrá dar cuenta cabal de la estructura de propiedades, situaciones y escenarios que conforman de modo efectivo la arquitectura vivida.
El sentido del detalle en la arquitectura del lugar es el umbral que deberemos trasponer para siempre para saber del esplendor de la buena vida en el escenario que la hace posible. Pero antes deberemos rumiar mucho las ideas, nociones y conceptos hospitalarios para recibir en su seno toda la profunda complejidad de la vida situada.

Síntomas de vida decorosa


Denis Roche (1937-2015)

Es forzoso partir del punto de que el mundo, en sí, no es ninguna maravilla y, sin embargo, hace lugar, aquí y allá, a ciertos prodigios que sería en verdad imperdonable pasar por alto. Nuestros sentidos no son pasivos receptores de lo que nos llega apenas a pasar, sino operan como espías aplicados que escudriñan el entorno. Es preciso, por tanto, prestar atención a las más variadas manifestaciones de las cosas y situaciones que nos rodean para procurarnos la consumación sensible de todo aquello que merezca percibirse.
Pero la percepción es apenas una cara de la moneda. Por otro lado, queda la producción positiva del decoro que debe ampararnos.
La arquitectura del lugar es, por ello, el resultado sintético superior del aunamiento de las sensaciones profundas con la producción y arreglo decoroso de las cosas de vivir. Tenemos derecho a tal decoro, así como se nos impone el deber de consumarlo.

Síntomas de la buena vida


Denis Roche (1937-2015)

Para revelar ciertos detalles sintomáticos de la arquitectura del lugar, por otra parte, es preciso cultivar y poblar una buena vida.
Aquí la perspectiva propiciadora es ética y complementaria a la cognoscitiva de la que antes se ha hecho mención. Una buena vida es –a estos efectos, al menos– aquella que abre paso a una apacible felicidad, a una sencilla plenitud, a un sereno goce de todo aquello que a la vida le es grato. No supone esto ningún privilegio exclusivo, ninguna prerrogativa conseguida con la deprivación ajena, ni menos una abusiva objetivación de cualquier otro sujeto. La buena vida no explota recursos; los cultiva. La buena vida no extrae bienes; antes los produce. La buena vida no aniquila contrariedades; forja herramientas de trabajo.
Una buena vida así concebida es una vida que podrá comprobar, de suyo, cómo su propia proyección ética sobre las cosas logra iluminarlas con una emanación perceptible que modela a estas precisamente como cosas buenas para vivir con ellas. Porque la virtud de la arquitectura del lugar es la honra de la vida que allí respira.

Síntomas del saber vivir


Denis Roche (1937-2015)

Saber vivir, en el sentido que aquí se quiere cultivar, consiste en proyectar todas y cada una de las instancias sensibles de la existencia sobre las cosas que nos rodean, de tal modo que cada una quede iluminada con el fulgor de la atención acechante. De tal modo, es la propia vida que roza las cosas y las pule de tal modo que sus superficies revelan, como espejos, aquella constitución efectiva en el lugar.
Así, el conocimiento cabal de los síntomas de la arquitectura del lugar es la emergencia de la plenitud habitual de la vida, fruto de una honda cotidianidad henchida de sentido.

Detalles sintomáticos


Denis Roche (1937-2015)

Puede creerse que, en el estadio embrionario de nuestra actual situación cognoscitiva al respecto, la realidad efectiva de la constitución de la arquitectura del lugar sólo nos permita vislumbrar, aquí y allá, destellos de su manifestación. Por eso, es preciso considerarlos, de momento, como detalles. Y son detalles sintomáticos, ya que sólo un cuidadoso, sistemático y esforzado aunamiento de percepciones podrá, algún día, revelar toda la magnificencia de la arquitectura del lugar. Cuando ésta se perciba, comprenda y deguste en tanto tal.

Configuraciones de la arquitectura del lugar


Duane Michals

Aperturas y conexiones se yuxtaponen a confines y alejamientos: el espacio y el tiempo dejan de ser dimensiones homogéneas para ponerse al servicio de la configuración del campo habitado. Ciertos relojes y circunspectos andares miden de manera particular la contextura de los ámbitos. Por doquier se suceden los signos de una vida que busca sus espejos y sus sistemas de coordenadas. Confortados en su lugar, los sujetos habitantes se permiten soñar tanto la vida ya vivida y poblada de testimonios, tanto así como entrever aquello que asomará un día tras el horizonte acechado.
La arquitectura viva del lugar roza con levedad las texturas del ámbito construido tanto como las regiones hurtadas al furor materializador.

Conformaciones de la arquitectura del lugar


Duane Michals

El lugar, plenamente conformado, tiene una peculiar arquitectura como propiedad.
Esta propiedad es aquella que permite que conozcamos, practiquemos y produzcamos el lugar como performance de la vida. Ya no se trata de la subyacente estructura fundamental, acechante tras la emergencia sensible. La arquitectura del lugar es la forma en que éste se manifiesta, sutil y palpitante, evanescente y manifiesto, patente y potencial.
La arquitectura del lugar conoce de distancias antes que muros y abrigos antes que cubiertas. Y sabe de penumbras, de peculiares resonancias, de señaladas fragancias, de frescuras hospitalarias.
Conoce la arquitectura del lugar poco de estilos y mucho de modos irrepetibles de vivir la vida.

La urbanización sin ciudad



Elio Ciol (1929)

Cuando al anhelo de intimidad protegida se le responde socialmente con meros alojamientos, suceden esos polígonos residenciales que por estas latitudes reciben el nombre equívoco de conjuntos habitacionales.
Esto resulta en una rarificación de la trama ciudadana: una urbanización sin ciudad, una urbanización con virtudes de metástasis constructiva, una urbanización carente. En efecto, el tejido denso de funciones complementarias que supone el escenario urbano se ve invadido por una proliferación de puros alojamientos agrupados masiva y simplificadamente, desprovistos de las complementariedades de la ciudad compacta. Las prácticas sociales de concepción y demanda social resultan, con ello, doblemente traicionadas.
Lo que resulta trágicamente risible es que esta operación se presenta, ante la opinión pública, como una respuesta pública ante una demanda social especificada. ¿Es mejor que nada? Es difícil responder a esta cuestión, porque, si la respuesta pública es omisa, entonces sucede la ciudad informal, orgánica, tal vez, casi espontánea, pero pletórica de infraviviendas.

Añoranzas de la ciudad compacta


Elio Ciol (1929)

Añoramos la ciudad compacta, ahora que la estamos perdiendo, quizá de modo irreversible. Añoramos la buena vida simple, ahora que la tenemos desagradable y complicada. Añoramos aquellos lugares que nos amparaban en nuestra condición constitucional de habitantes. De un modo oscuro, intuimos que no podremos desandar el sentido del tiempo. Pero nada nos priva de la esperanza de acometer un sendero de sensatez que nos suturen las heridas que hemos infligido a la ciudad en que nos hemos criado.

Escenografías urbanas


Elio Ciol (1929)

Uno de los ahuecamientos urbanos que experimenta el habitar contemporáneo consiste en la constitución de escenografías urbanas en beneficio de la industria turística.
Mientras la ciudad vivida languidece en los centros históricos, persisten las superficies portadoras de signos de tiempos pretéritos. Lo que quedan, no obstante, son las piedras y los signos, no la arquitectura palpitante de autenticidad, no el habitar coherente de los naturales en su lugar, sino los portadores de signos vacíos de otro tiempo, de otras vidas, de otras relaciones entre las personas y su entorno construido. Los centros históricos se ahuecan para mejor ser contemplados con extrañeza. Los centros históricos dejan a las piedras dormir al sol su condición de lápidas de lo que fue. Mientras tanto, alguien desde las sombras te ofrece, solícito y voraz, una silla para que contemples el espectáculo y de paso te tomes algo. Entonces, la escenografía urbana no es más que un recurso minuciosa y rapazmente explotado para que pagues el precio del café que allí consumes, extasiado. Es así como consumes la escenografía urbana del enclave histórico. Es así como habitas, por un breve instante, un ahuecamiento urbano.

Vacíos


Yasuhiro Ishimoto (1921-2012)

Por la ciudad consolidada, van abriéndose estos significantes ahuecados donde los ecos de los pasos resultan tan escandalosos que las personas circulan presurosas, apenas atravesándolos. Son los no lugares o, mejor dicho, los lugares que se van vaciando de significado, porque nadie tiene nada que hacer allí, salvo escurrirse rápido, con el andar propio de las cucarachas. Allí cuelgan lacios los significantes vacíos, allí se demoran las cosas huérfanas, allí es hostil el suelo. Allí y entonces se conforman los escenarios de la huida.
Así como la ciudad se desborda en el territorio hacia la abolición de los confines, su interior se rarifica.

Segregación socioespacial


Elio Ciol (1929)

La ciudad contemporánea es ahora un mosaico de enclaves sociales cada vez más nítidamente diferenciados entre sí y más homogéneos a su interior, desde el punto de vista socioeconómico. Los iguales se asocian sobre las teselas territoriales de la ciudad. Cada persona y cada familia queda perfectamente identificada por el estilo de vida que puede pagarse.
Recluidos y aislados, los urbanitas aprenden a temerse y odiarse allende las sendas que separan solidaridades.

La ciudad actual y los agregados residenciales


Elio Ciol (1929)

La lucha por el techo se resigna a la oferta de soluciones habitacionales. Así, un deseo entrañable se encarcela en mínimos y sumarios alojamientos, a veces tildados de viviendas de interés social. Tales viviendas constituyen satisfactores cosificados y mercantilizados de unas demandas mal atendidas y entendidas. Es lo que el sistema hace con nuestros deseos y demandas, en cualquier aspecto de la vida social. Responder a una pulsión honda y humana con una mercancía empobrecida material y simbólicamente. Así es que la ciudad asiste a la proliferación de agregados residenciales, en lugar de lugares orgánicamente dispuestos para amparar las intimidades protegidas.

El jardín de los senderos que se bifurcan


Karin Rosenthal (1945)

Habitar la ética. Se dice fácil.
Sin embargo, es lo que solemos hacer pensando en otra cosa. Parece que las cuestiones morales sólo emergen ante la conciencia cuando nos detenemos a reflexionar al respecto. Pero en verdad es cuando habitamos el jardín de los senderos que se bifurcan y cuando nuestra errancia es una sucesión incesante de opciones, precisamente en tales circunstancias es cuando vivimos moralmente y cuando la verdadera deliberación ética se ve encarnada.
Deberemos aprender a deliberar, entonces, sobre la marcha.

El cruce de los caminos


Karin Rosenthal (1945)

La ética idealista tiene a la buena senda por un sendero rectilíneo, pero la observación de la cruda realidad del día a día da cuenta de intrincados laberintos por donde conseguimos inmiscuirnos apenas para ponernos a salvo. Que ya es mucho, en los tiempos que corren. Es que es de humanos tener ilusiones que perder, certezas que disolver, esperanzas a las cuales nunca conseguir acceder.
Es preciso habitar la ética.

Ética del habitar como proceso crónico, contingente y revisable


Karin Rosenthal (1945)

Henos aquí. Siempre en el punto de partida de un discurrir que no hace otra cosa que recomenzar cada día. Un discurrir que avanza siempre por el jardín en donde sus senderos que se bifurcan. Y ante cada cruce de sendas, una instancia peculiar de decisión que en cada ocasión se estrena prístina. Casi cada paso puede ser, en todo caso, desandado, pero hay rumbos irremisibles. Aun así, puede uno detenerse a pensarlo todo de nuevo, resignificando principios y valores según las circunstancias los vayan iluminando.
En todo caso, parece que apenas si delineamos sobre nuestro escenario una límpida configuración de silueta que aloja en su seno la más honda sima de interrogantes intestinas.


Ética de la conducta habitable


Karin Rosenthal (1945)

Henos aquí. Una ética de la conducta habitable puede adoptar la forma operativa de una ética de la vida cotidiana. Una ética ésta que se aplica a los desvelos corrientes del día a día. Una ética al alcance de la mano, una ética en pantuflas, estratégicamente distanciada de las grandes y graves decisiones existenciales y próxima a las operaciones, usos e implementaciones recurrentes del lugar y situación habitados.
Puede pensarse en una ética de circunstancias, una ética de los exámenes de las situaciones concretas. Pero estas situaciones, en su variopinta constitución, no por ello dejarán de interrogar a una conciencia reflexiva, la misma que pertrecha a la vida de ideales y valores superiores. De este modo, el discurrir moral podría acaso construirse o reconstituirse desde abajo.
En todo caso, puede intuirse que se desarrollaría así una ética de la sostenibilidad (social, cultural, económica). Porque el lugar ocupado por cada uno de nosotros puede ser ocupado por cualquiera de nosotros y serán las mismas circunstancias las que nos interpelarán, aunque diversas sean los modos concretos en que se construya, en cada uno de nosotros, la peculiar contextura moral que nos hace únicos.

Cuestiones éticas de la situación: henos aquí


Karin Rosenthal (1945)

Henos aquí. No puede formularse de modo más conciso la condición situada que preludia al menos tres cuestiones principales.
La primera interrogante versa sobre la propia constitución situada, sobre su contextura y sobre las posibilidades efectivas de conocerla. Así, en principio sólo sabemos a ciencia cierta que estamos sumidos en una situación, pero de ahí a poder hacer plena y cabal conciencia hay un trecho fatigoso.
La segunda cuestión es qué hacer, esto es, conseguir dar con los márgenes de libertad e indeterminación que nos hacen humanos y no, simplemente, un componente sumergido del todo en la situación. ¿Andaremos siempre a tientas, ensayando con nuestro precario albedrío o asiremos con plena responsabilidad el margen de acción que la situación misma nos brinda?
La última aplica al extremo que la condición humana nos hace posible la producción constructiva de ciertos aspectos de nuestra situación. Se trata aquí de la cuestión poética que cierra nuestra condición humana de criaturas situadas.

Prácticas sociales y patologías del habitar


Karin Rosenthal (1945)

En efecto, es significativo que de los sueños de los sujetos apenas si se consigan unas consecuciones traidoras y desiguales, estafas sociales, defraudaciones que nos pueblan las vigilias. Así nos situamos, postrados, incapaces de erguirnos sobre nuestros pies y de hacernos cargo de la construcción histórica de nuestra condición de habitantes del mundo que poblamos.
¿O será que toda práctica social estribe en un soterramiento relativo del deseo en oposición pertinaz con una consecución material y efectiva?

Hacerse un lugar


Mario De Biasi, (1923-2013)

Esto de hacerse uno su lugar implica, de suyo, un hacer social, una realización de vida, una factura existencial y un gesto tan inaugural como apropiador. Con ello, se consigna una intrínseca complejidad y compromiso vital a la vez que se menciona una labor morosa desarrollada en el campo habitado, territorio en disputa y en concierto sociales. Este hacerse un lugar es el proceso que debe ser comprendido en toda su hondura y compromiso para comprender en dónde arraiga el fondo de toda demanda de acondicionamiento arquitectónico en primera persona.

Luchas por el territorio


Mario De Biasi, (1923-2013)

En los territorios habitados, más allá de un orden impuesto por el poder político, existe un escenario de luchas, no siempre sosegadas, por ganarse un lugar en un orden de disponibilidades que, si bien nunca es abierto de modo absoluto, tampoco es hermético. Habitar los territorios es, para muchos, un continuo proceso de entremeterse de los sujetos y sus actividades en los entresijos de los lugares habitados hasta dar con el enclave oportuno a sus intereses y expectativas.
A fuerza de codazos a diestra y siniestra, los sujetos se hacen propios y apropiados sus territorios.

La lucha por la ciudad


La lucha por una intimidad protegida se complementa con una estratégica lucha por un lugar en la ciudad.
Es que la ciudad no está abierta, disponible y hospitalaria per se, sino que los urbanitas deben aplicar no poco trabajo para su apertura, adentramiento y población. La condición de urbanita es una conquista de los sujetos, no algo con lo que se nazca. La conciencia al respecto es aún una novedad y por ello a la reivindicación tradicional del derecho a la vivienda le sigue ahora la entrevisión del derecho a la ciudad. Sólo ahora que la ciudad se nos revela extraña, progresivamente privatizada y discriminadora es que nos damos cuenta que nos pasamos la vida entera luchando por encontrar un lugar propio en la ciudad que habitamos. Lo que ha sucedido es que la conquista de lugares de estudio, trabajo y amenidad se nos ha superpuesto con la dura lucha por la existencia, toda vez que hemos soslayado el carácter concreto y localizado de este afán.