Es muy posible que futuros desarrollos reflexivos
encuentren, entre la hojarasca del día a día, ciertas claves en las formas
humildes y ordinarias de estar en el mundo y de participar sensiblemente de su
experiencia. Es muy posible que se encuentren ciertos elementos críticos para
la formación del sujeto estético, más allá de su formación académica. Es muy
posible, también, que emerjan ciertos componentes ocultos, pero fundamentales
de la experiencia estética de todo sujeto, toda vez que éste es una existencia
concreta, producto de una historia de vida y de una peripecia vital situada.
Teoría del Habitar, Uruguay
"Sólo por la filosofía puede experimentar la inteligencia cómo sus pasiones llegan a conceptos". Peter Sloterdijk, 1998
Páginas
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- Pasos dirigidos hacia una estética propia de la ar...
- Estructura fundamental del lugar
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- Sobre el oxímoron en arquitectura y la morada popu...
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- Bibliografía actualizada
- Agenda urbana para la Teoría del Habitar
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- La Teoría del Habitar y la sombra del antropocentrismo
- Publicaciones del autor
Vindicación de la estética de lo cotidiano
El papel del tiempo en la dimensión estética de lo ordinario
John Gutmann
(1905-1988)
Hace falta tiempo, en efecto, para que
todas y cada una de las vivencias de lo cotidiano vayan tejiendo un fondo de
memoria, allí donde se abrirá lugar hospitalario para el pleno y particular
sentido del suceso significativo, del evento crucial, del antes-y-después.
Con el tiempo, aprendemos a vivir la
vida reservando lugar al sentido del acontecimiento, a través del transcurrir
pausado y pacífico de la existencia cotidiana, donde casi nada parece pasar.
Pero lo que pasa es, precisamente, es el lugar de significado disponible,
vacante y abierto: el lugar del significado vital de lo que sobrevendrá.
Las primeras experiencias estéticas y la formación del sujeto estético
John Gutmann
(1905-1988)
Cuántos de nuestros más remotos
recuerdos consisten en sensaciones entrañables de una cierta felicidad en
momentos totalmente corrientes, en donde sólo la sensibilidad a flor de piel
del niño que fuimos nos ha revelado aquellas experiencias remotas de lo bello.
Cierto que recordamos instancias señaladas, pero también lo es el hecho en que
a la memoria le acechan lejanas escenas cotidianas que adquirieron, con el
tiempo, una leve pátina de primera maravilla.
Es de creer que tales añorados momentos
no son otra cosa que la experiencia tan profunda como primigenia del habitar lo
estético en una circunstancia por demás ordinaria. Quién pudiera recuperar del
niño que ha sido esta virtuosa capacidad para asistir inauguralmente a la
revelación de lo bello en el patio de sus juegos.
Las pequeñas epifanías del ser-en-el-mundo
John Gutmann
(1905-1988)
Pero no solemos reparar en las modalidades
humildes de la existencia, en las pequeñas epifanías del ser-en-el-mundo, en el
estar inmersos en los momentos corrientes de nuestra vida. De todo el vasto
laberinto que recorremos, parece que el interés se agota en los cambios súbitos
de dirección, en las instancias de decisión, más no en la marcha esforzada por
los largos pasillos de la vida. Pero así no pensamos en las prolongadas esperas
que insume nuestra vida, cuando aguardamos la emergencia de los
acontecimientos, las oportunidades, las opciones. Quizá debiésemos mirarnos a
nosotros mismos para reconocer mejor la figura que producimos en los tiempos de
demora, allí donde meditamos taciturnos sobre nuestra suerte, cuando nos
preparamos morosamente para afrontar los acontecimientos.
Porque bien pudiera ser que nuestra vida
es, con mucho, una demora prolongada pautada, aquí y allá, y muy de tanto en
tanto, por los eventos que nos van torciendo el camino.
Una experiencia estética de lo ordinario
John Gutmann
(1905-1988)
En la fotografía, como gesto, lo
ordinario revela sus ocultas virtudes: súbitos arreglos de lo casual componen
figuras allí donde cada elemento consigue integrarse en una reveladora
constelación. El cuadro que consigue la fotografía reúne una secreta conexión
entre sujetos, lugares y cosas, así como revela arquitecturas efímeras de luces
y sombras, que evocan otras sensaciones más complejas y evanescentes. La
fotografía, magia de la luz, permite la epifanía de las formas humildes de la
existencia.
Ahora, que hemos sido advertidos por una
fotografía de una experiencia estética de lo ordinario, no podemos hacer otra
cosa que detenernos en la obra de arte en que nos hallamos, sumergidos de forma
involuntaria, pero inevitable.
La demora
John Gutmann
(1905-1988)
Podremos
llamar demora a la experiencia estética del habitar el tiempo como dimensión
fundamental.
El tiempo no se detiene, por supuesto.
La que se pausa o ralentiza es la existencia en su duración. Mediante la
demora, los sujetos pueden dejar asomar su vida ya vivida al borde de su sima
interior, en donde los posos se irán decantando en los pliegues de la memoria.
Mediante la demora, los sujetos pueden dejar volar a su aire y como
fantasmagorías sus barruntos del futuro. Mediante la demora, los sujetos pueden
habitar calmados y pacíficos su presente como tal, su precisa circunstancia, su
propia locación.
Habitando sus demoras, los sujetos
tienen la oportunidad de contemplar, absortos, su propia vida en el espejo del
tiempo, que sigue pasando, pero mejor advertido en su carácter de duración.
La dimensión estética de la vida corriente
John Gutmann
(1905-1988)
Tanto nos hemos acostumbrado a buscar lo
bello e interesante del mundo allí donde emergen eventos destacados, escasos y
llamativos, que nos hemos cegado a la posibilidad de resonar con las poéticas
del lenguaje ordinario, usual o, precisamente, habitual. Esto parece
justificarse con la costumbre de la reserva del arte en los museos, de la
literatura en las oscuras bibliotecas y en el disfrute de las élites. Mientras
tanto, en la calle queda el estrépito, la fealdad irredimible de lo frecuente y
el paisaje carente que es escenario de las vidas de las gentes del común.
Desde ya no se trata de volver
pintoresco lo banal, ni de lustrar las mezquinas superficies gastadas por la
vida y el uso. No, se trata de prestar oídos a las voces del fondo del
lenguaje, de respirar las armonías de la vida urbana allí donde se produzcan.
Se trata de poner en su valor el día a día tal cual aparece.
Una experiencia sensible específica
Bruno Barbey
(1941)
La
experiencia estética del habitar es una experiencia sensible particular y
específica.
El sujeto aparece inmerso en su
situación, cobijado por su objeto tanto en el espacio, pero, sobre todo, en el
tiempo, el tiempo propio vivido. Para ello, el sujeto hace ejercicio de un
sentido especial, que ahora podemos denominar demora. Una demora no es,
necesariamente, una espera, ni tampoco un ejercicio de la memoria de lo pasado,
sino la plena vivencia del tiempo que se vive en un presente revelado pacífico.
Una demora es la oportunidad que le damos al lugar para que éste despliegue
morosamente todos y cada uno de sus aspectos. Una demora es un decurso calmo de
la existencia cuando nos damos a nosotros mismos la oportunidad de apreciar, de
modo templado, nuestro discurrir.
Y así, demorados en el lugar de vida, es
que habitamos las moradas que hacemos nuestras.
Experiencia estética del tiempo habitado
Bruno Barbey
(1941)
El imperativo categórico de la
ontología agraria: ¡interésate por la cosecha! sólo puede seguirse mientras
exista una tensión razonable entre previsión y cumplimiento.
Según eso, la casa de los
primeros campesinos sería un reloj habitado. Es el lugar de nacimiento de dos
tipos de temporalidad: del tiempo que va al encuentro de los acontecimientos, y
del tiempo que, como si anduviera en círculo, sirve al eterno retorno de lo
mismo.
Sloterdijk,
2004
Es que aún es una novedad la
esclarecida expresión de nuestro filósofo. Toda construcción que haga lugar al
habitar humano es una suerte de reloj, de observatorio astronómico que envuelve
a los mortales en su observación detenida del paso del tiempo. Una casa es un
reloj habitado porque ampara a aquellos que tanto se detienen a verificar con
morosidad el decurso siempre progresivo de los acontecimientos de la propia
vida, así como observar, impávidos, cómo los ciclos cósmicos se repiten con
tenaz regularidad.
Una casa —toda casa— tiene la
misión primordial, y es estética, de cotejar entre sí ambas temporalidades con
su refinado sentido. Es
que así y no de otra manera es que el tiempo se deja habitar.
Experiencia estética inmersiva en su objeto
Bruno Barbey
(1941)
Habitar
supone, entonces, una experiencia estética inmersiva en su objeto.
La contextura del lugar inunda la
presencia del sujeto, y éste sólo a costa de una depurada actitud crítica
consigue reconocer esta peculiar condición de recepción estética. Al
confundirse con una efusión corriente de la vida, la experiencia estética del
habitar se vuelve engañosamente diáfana y leve. En tales condiciones, el juicio
estético no parece ser otra cosa que el juicio del confort.
Pero, a no dudarlo, este juicio del
confort no puede ser quizá nunca un depurado juicio estético como le agradaría
a más de un teórico de la especialidad. Porque el juicio de confort, es tanto
cognoscitivo como ético. Y también, y concurrentemente, estético.
Experiencia estética del sujeto alojado
Bruno Barbey
(1941)
Cuando se acerca el final de La caída
de los dioses, el talante totalizador del autor envuelve de tal modo al
espectador, que lo confina, lo encanta y lo sojuzga de tal suerte que sólo con
estentóreos y apasionados aplausos las audiencias consiguen abrir la puerta
para recuperarse al fin de su total inmersión. Es de admirar este superior
talento artístico y —también hay que decirlo—es de temer algo el espíritu
demiúrgico de la empresa.
Pero en la experiencia estética del
habitar, el sujeto se enseñorea, libérrimo, en su propio tener lugar. Acaso no
hay confinamiento, porque, en la oportunidad de una consumada experiencia
estética, el tamaño del alojamiento es en todo caso de magnitud conforme a la
plena expansión del ser situado de la persona. Cuando un habitante consigue
tener efectivo lugar, su ánimo pacífico vaga alígero sobre el lugar. Tan libre,
que puede distraerse de sí, de tal modo que confunda la experiencia estética del
habitar allí y en ese entonces, con la respiración morosa de la vida misma.
Estética de la situación
Bruno Barbey
(1941)
Cuando
observo este mundo, no soy de este mundo; me asomo a este mundo.
Antonio
Porchia
La diferencia estriba en que una
estética de la contemplación se establece sobre un prudente y metódico
distanciamiento entre el sujeto y su objeto de referencia. Este distanciamiento
es una garantía de pureza y especificidad para el vínculo estético. Pero tal
virtud no puede predicarse de una estética del habitar.
Tal estética está necesariamente fundada
en la pertenencia total del sujeto al mundo que habita. Es una estética propia
de los que son de este mundo y no de los que se pretenden asomados a éste. No
hay en el habitar otra situación que pueda aislarse en forma pura y específica.
La experiencia estética del habitar tiene a su sujeto totalmente contaminado
por su pertenencia a la situación que puebla.
Una experiencia estética omnipresente
Bruno Barbey
(1941)
En
cada ocasión en que tenemos lugar emerge una experiencia estética específica de
tal situación.
Podríamos ignorar con contundencia
universal cualquier forma de arte, pero no podemos privarnos de la experiencia
estética de visitar, un día sí y otro también, el siempre abierto y
hospitalario museo del arte del habitar. No hacemos, a lo largo de toda nuestra
existencia, más que sumergirnos dóciles en el lugar y así inundarnos de las más
variadas sensaciones. Mientras marchamos absortos por los corredores de la
vida, se nos hace carne esta inmersión crónica y tópica.
Es acaso tan omnipresente esta
experiencia estética que nos damos el lujo de pasar distraídos por ella,
olvidados de nuestra constitucional condición de seres situados.
De todos los sentidos el sentido
Denis Roche
(1937-2015)
Hay quien propone que el sentido del
tacto pudiera constituir esta virtud fundamental. Aquí se sospecha en un
sentido aún más entrañable, un sentido sin nombre preciso, ni, quizá, órgano
puntualmente responsable. Un sentido que se mueva con eficacia en la dimensión
del tiempo.
Esta dimensión del tiempo es la que
aparece, en principio, en la marcha, aliando la profundidad perspectiva
espacial con el desarrollo del desplazamiento inquisitivo. Esta dimensión del
tiempo, asimismo, asoma hilvanando el conjunto variado de otras sensaciones en
la duración de los eventos de habitación, allí donde la miríada de dimensiones
encuentra una disciplina que la ordena y compone. Y, no menos importante, el
sentido del tiempo propio de la memoria, que coteja toda novedad con las
improntas de lo vivido.
Tal parece que habría, a punto ya de ser
distinguido, de todos los sentidos el sentido propio y específico del habitar
el cuerpo los lugares. Un sentido capaz de volcar en las profundidades del
habitante su total pertenencia al lugar que puebla.
El sentido de la vivencia arquitectónica
Denis Roche
(1937-2015)
Es
preciso capturar el preciso sentido de la vivencia arquitectónica.
Esta vivencia no se agota en aquello que
se cree que revela la visión. Antes bien, es una efusión de todo el cuerpo, con
toda la sensibilidad puesta en juego y con todo su accionar puesto de
manifiesto. Es un contento total de la vida cuando tiene lugar, porque éste y
no otro es su sino. Por ello, más que la revelación de un sentido particular,
es la síntesis superior y profunda de toda sensación. La vivencia
arquitectónica, protagonizada en primera persona por su habitante, es una
composición concertada bajo la dirección de un sentido que aúna la calma
alegría de vivir propia del cuerpo cuando encuentra el lugar que le conviene.
Una experiencia estética compleja
Denis Roche
(1937-2015)
La
experiencia estética del habitar es una experiencia compleja.
Es preciso reparar en aquello que los
habitantes practican cuando tienen lugar. Los habitantes marchan, se
yerguen, experimentan las amplitudes. Manipulan las cosas, se adentran en los
interiores, trabajan, juegan y aman. Oyen y se arropan, contemplan y huelen.
Todas estas prácticas implican miríadas de sensaciones, sutiles sinestesias,
complejas asociaciones. Todos los sentidos se confabulan, todas las sensaciones
concurren, todas las asociaciones se concertan en la vivencia cabal y honda del
habitar.
El espacio euclidiano es apenas una
abstracción operativa, mediante la cual se han conseguido proezas
arquitectónicas, por cierto. Pero no es menos cierto que la experiencia
concreta del habitar es mucho más rica y compleja y que es una experiencia que
está a la mano de todo habitante, soberano poblador de su lugar.
Y este soberano poblador de su lugar,
—es preciso reconocerlo— es a la vez el arquitecto responsable de su peculiar
contextura, de su particular arquitectura del lugar.
Vindicación del tiempo
Denis Roche
(1937-2015)
Así, nuestros maestros y profesores nos
han instruido en la necesidad de comprenderlo, esto es, aprehender ciertas
nociones operativas del espacio, con el fin de conferirle forma mediante la
disposición de masas, volúmenes y vacíos. La clave estaría en adquirir la
capacidad de representarlo con el objetivo de mejor manipularlo, en beneficio
de la magnificencia del resultado.
No obstante, se echa en falta cualquier
mención sensata del tiempo y su papel como dimensión propia de los lugares
habitados, y el papel que la duración tiene en la experiencia arquitectónica,
por más que a nadie se le escapa que a la arquitectura se la aprecia
recorriéndola.
Ahora llegamos a sospechar que, en
realidad, creyendo operar sobre el espacio y a pesar de ignorarlo casi todo
sobre el tiempo, nuestro oficio radica en realizar lugares, esto es, campos o
estructuras espacio-temporales en donde sea posible habitar. Esto tiene
consecuencias en la teoría estética, ya que debe enfatizarse el papel del
tiempo en la coreografía del habitante, por una parte, y, por otra, el papel de
la duración y la memoria en la integración compleja del conjunto variado de sensaciones
que supone la experiencia estética del lugar.
La experiencia estética del lugar es una
experiencia profunda del tiempo habitado.
La experiencia estética de la vida habitando
Denis Roche
(1937-2015)
Me explicaré. Para ver una cosa
hay que comprenderla. El sillón presupone el cuerpo humano, sus articulaciones
y partes; las tijeras, el acto de cortar. ¿Qué decir de una lámpara o de un
vehículo? El salvaje no puede percibir la Biblia del misionero; el pasajero no
ve el mismo cordaje que los hombres de a bordo. Si viéramos realmente el
universo, tal vez lo entenderíamos.
Borges,
1975
La experiencia estética de la vida que
habita no pretende comprender la contextura constructiva o formal del lugar,
sino que se aplica a cumplirse sensible y palpitante en cuanto tal. La razón de
ser de tal estética no es cognoscitiva, sino existencial. Por ello, la
experiencia estética de la vida que habita es una experiencia que ampara la
condición humana en sus dimensiones y compromisos más profundos y quizá,
fundamentales.
La experiencia estética como punto de partida
El centrarse en la experiencia estética
concreta tiene la ventaja de reconstruir cognoscitivamente tanto al sujeto como
al propio objeto estético. En efecto, si fundamos nuestra reflexión en la
experiencia estética propia de los habitantes de un lugar, dirigimos nuestra
atención a la naturaleza y variedad de vínculos que los implican mutuamente,
con lo que tanto los habitantes como el lugar recuperan su concreta
complejidad. Ya no se trata de una estética propia de especialistas, un
conjunto especialmente calificado y segmentado de las personas, sino el
conjunto variopinto de todo ser humano que haga presencia y población. Ya no se
trata de una estética de una operación supuestamente restringida al espacio
operativamente considerado, sino de tratar con el lugar allí donde tienen
concreta y efectiva situación las personas.
La experiencia estética del habitante
será, entonces, nuestro punto de partida.



















