Añoranzas de la ciudad compacta


Elio Ciol (1929)

Añoramos la ciudad compacta, ahora que la estamos perdiendo, quizá de modo irreversible. Añoramos la buena vida simple, ahora que la tenemos desagradable y complicada. Añoramos aquellos lugares que nos amparaban en nuestra condición constitucional de habitantes. De un modo oscuro, intuimos que no podremos desandar el sentido del tiempo. Pero nada nos priva de la esperanza de acometer un sendero de sensatez que nos suturen las heridas que hemos infligido a la ciudad en que nos hemos criado.

Escenografías urbanas


Elio Ciol (1929)

Uno de los ahuecamientos urbanos que experimenta el habitar contemporáneo consiste en la constitución de escenografías urbanas en beneficio de la industria turística.
Mientras la ciudad vivida languidece en los centros históricos, persisten las superficies portadoras de signos de tiempos pretéritos. Lo que quedan, no obstante, son las piedras y los signos, no la arquitectura palpitante de autenticidad, no el habitar coherente de los naturales en su lugar, sino los portadores de signos vacíos de otro tiempo, de otras vidas, de otras relaciones entre las personas y su entorno construido. Los centros históricos se ahuecan para mejor ser contemplados con extrañeza. Los centros históricos dejan a las piedras dormir al sol su condición de lápidas de lo que fue. Mientras tanto, alguien desde las sombras te ofrece, solícito y voraz, una silla para que contemples el espectáculo y de paso te tomes algo. Entonces, la escenografía urbana no es más que un recurso minuciosa y rapazmente explotado para que pagues el precio del café que allí consumes, extasiado. Es así como consumes la escenografía urbana del enclave histórico. Es así como habitas, por un breve instante, un ahuecamiento urbano.

Vacíos


Yasuhiro Ishimoto (1921-2012)

Por la ciudad consolidada, van abriéndose estos significantes ahuecados donde los ecos de los pasos resultan tan escandalosos que las personas circulan presurosas, apenas atravesándolos. Son los no lugares o, mejor dicho, los lugares que se van vaciando de significado, porque nadie tiene nada que hacer allí, salvo escurrirse rápido, con el andar propio de las cucarachas. Allí cuelgan lacios los significantes vacíos, allí se demoran las cosas huérfanas, allí es hostil el suelo. Allí y entonces se conforman los escenarios de la huida.
Así como la ciudad se desborda en el territorio hacia la abolición de los confines, su interior se rarifica.

Segregación socioespacial


Elio Ciol (1929)

La ciudad contemporánea es ahora un mosaico de enclaves sociales cada vez más nítidamente diferenciados entre sí y más homogéneos a su interior, desde el punto de vista socioeconómico. Los iguales se asocian sobre las teselas territoriales de la ciudad. Cada persona y cada familia queda perfectamente identificada por el estilo de vida que puede pagarse.
Recluidos y aislados, los urbanitas aprenden a temerse y odiarse allende las sendas que separan solidaridades.

La ciudad actual y los agregados residenciales


Elio Ciol (1929)

La lucha por el techo se resigna a la oferta de soluciones habitacionales. Así, un deseo entrañable se encarcela en mínimos y sumarios alojamientos, a veces tildados de viviendas de interés social. Tales viviendas constituyen satisfactores cosificados y mercantilizados de unas demandas mal atendidas y entendidas. Es lo que el sistema hace con nuestros deseos y demandas, en cualquier aspecto de la vida social. Responder a una pulsión honda y humana con una mercancía empobrecida material y simbólicamente. Así es que la ciudad asiste a la proliferación de agregados residenciales, en lugar de lugares orgánicamente dispuestos para amparar las intimidades protegidas.

El jardín de los senderos que se bifurcan


Karin Rosenthal (1945)

Habitar la ética. Se dice fácil.
Sin embargo, es lo que solemos hacer pensando en otra cosa. Parece que las cuestiones morales sólo emergen ante la conciencia cuando nos detenemos a reflexionar al respecto. Pero en verdad es cuando habitamos el jardín de los senderos que se bifurcan y cuando nuestra errancia es una sucesión incesante de opciones, precisamente en tales circunstancias es cuando vivimos moralmente y cuando la verdadera deliberación ética se ve encarnada.
Deberemos aprender a deliberar, entonces, sobre la marcha.

El cruce de los caminos


Karin Rosenthal (1945)

La ética idealista tiene a la buena senda por un sendero rectilíneo, pero la observación de la cruda realidad del día a día da cuenta de intrincados laberintos por donde conseguimos inmiscuirnos apenas para ponernos a salvo. Que ya es mucho, en los tiempos que corren. Es que es de humanos tener ilusiones que perder, certezas que disolver, esperanzas a las cuales nunca conseguir acceder.
Es preciso habitar la ética.

Ética del habitar como proceso crónico, contingente y revisable


Karin Rosenthal (1945)

Henos aquí. Siempre en el punto de partida de un discurrir que no hace otra cosa que recomenzar cada día. Un discurrir que avanza siempre por el jardín en donde sus senderos que se bifurcan. Y ante cada cruce de sendas, una instancia peculiar de decisión que en cada ocasión se estrena prístina. Casi cada paso puede ser, en todo caso, desandado, pero hay rumbos irremisibles. Aun así, puede uno detenerse a pensarlo todo de nuevo, resignificando principios y valores según las circunstancias los vayan iluminando.
En todo caso, parece que apenas si delineamos sobre nuestro escenario una límpida configuración de silueta que aloja en su seno la más honda sima de interrogantes intestinas.


Ética de la conducta habitable


Karin Rosenthal (1945)

Henos aquí. Una ética de la conducta habitable puede adoptar la forma operativa de una ética de la vida cotidiana. Una ética ésta que se aplica a los desvelos corrientes del día a día. Una ética al alcance de la mano, una ética en pantuflas, estratégicamente distanciada de las grandes y graves decisiones existenciales y próxima a las operaciones, usos e implementaciones recurrentes del lugar y situación habitados.
Puede pensarse en una ética de circunstancias, una ética de los exámenes de las situaciones concretas. Pero estas situaciones, en su variopinta constitución, no por ello dejarán de interrogar a una conciencia reflexiva, la misma que pertrecha a la vida de ideales y valores superiores. De este modo, el discurrir moral podría acaso construirse o reconstituirse desde abajo.
En todo caso, puede intuirse que se desarrollaría así una ética de la sostenibilidad (social, cultural, económica). Porque el lugar ocupado por cada uno de nosotros puede ser ocupado por cualquiera de nosotros y serán las mismas circunstancias las que nos interpelarán, aunque diversas sean los modos concretos en que se construya, en cada uno de nosotros, la peculiar contextura moral que nos hace únicos.

Cuestiones éticas de la situación: henos aquí


Karin Rosenthal (1945)

Henos aquí. No puede formularse de modo más conciso la condición situada que preludia al menos tres cuestiones principales.
La primera interrogante versa sobre la propia constitución situada, sobre su contextura y sobre las posibilidades efectivas de conocerla. Así, en principio sólo sabemos a ciencia cierta que estamos sumidos en una situación, pero de ahí a poder hacer plena y cabal conciencia hay un trecho fatigoso.
La segunda cuestión es qué hacer, esto es, conseguir dar con los márgenes de libertad e indeterminación que nos hacen humanos y no, simplemente, un componente sumergido del todo en la situación. ¿Andaremos siempre a tientas, ensayando con nuestro precario albedrío o asiremos con plena responsabilidad el margen de acción que la situación misma nos brinda?
La última aplica al extremo que la condición humana nos hace posible la producción constructiva de ciertos aspectos de nuestra situación. Se trata aquí de la cuestión poética que cierra nuestra condición humana de criaturas situadas.

Prácticas sociales y patologías del habitar


Karin Rosenthal (1945)

En efecto, es significativo que de los sueños de los sujetos apenas si se consigan unas consecuciones traidoras y desiguales, estafas sociales, defraudaciones que nos pueblan las vigilias. Así nos situamos, postrados, incapaces de erguirnos sobre nuestros pies y de hacernos cargo de la construcción histórica de nuestra condición de habitantes del mundo que poblamos.
¿O será que toda práctica social estribe en un soterramiento relativo del deseo en oposición pertinaz con una consecución material y efectiva?

Hacerse un lugar


Mario De Biasi, (1923-2013)

Esto de hacerse uno su lugar implica, de suyo, un hacer social, una realización de vida, una factura existencial y un gesto tan inaugural como apropiador. Con ello, se consigna una intrínseca complejidad y compromiso vital a la vez que se menciona una labor morosa desarrollada en el campo habitado, territorio en disputa y en concierto sociales. Este hacerse un lugar es el proceso que debe ser comprendido en toda su hondura y compromiso para comprender en dónde arraiga el fondo de toda demanda de acondicionamiento arquitectónico en primera persona.

Luchas por el territorio


Mario De Biasi, (1923-2013)

En los territorios habitados, más allá de un orden impuesto por el poder político, existe un escenario de luchas, no siempre sosegadas, por ganarse un lugar en un orden de disponibilidades que, si bien nunca es abierto de modo absoluto, tampoco es hermético. Habitar los territorios es, para muchos, un continuo proceso de entremeterse de los sujetos y sus actividades en los entresijos de los lugares habitados hasta dar con el enclave oportuno a sus intereses y expectativas.
A fuerza de codazos a diestra y siniestra, los sujetos se hacen propios y apropiados sus territorios.

La lucha por la ciudad


La lucha por una intimidad protegida se complementa con una estratégica lucha por un lugar en la ciudad.
Es que la ciudad no está abierta, disponible y hospitalaria per se, sino que los urbanitas deben aplicar no poco trabajo para su apertura, adentramiento y población. La condición de urbanita es una conquista de los sujetos, no algo con lo que se nazca. La conciencia al respecto es aún una novedad y por ello a la reivindicación tradicional del derecho a la vivienda le sigue ahora la entrevisión del derecho a la ciudad. Sólo ahora que la ciudad se nos revela extraña, progresivamente privatizada y discriminadora es que nos damos cuenta que nos pasamos la vida entera luchando por encontrar un lugar propio en la ciudad que habitamos. Lo que ha sucedido es que la conquista de lugares de estudio, trabajo y amenidad se nos ha superpuesto con la dura lucha por la existencia, toda vez que hemos soslayado el carácter concreto y localizado de este afán.

La lucha por el techo


Mario De Biasi, (1923-2013)

El imperio del realismo convierte esta entrañable iniciativa en una obstinada lucha por un techo. Un techo, en este caso, es la sinécdoque de un deseo de amparo fundamental. El más precario de los alojamientos, la choza más humilde, la habitación más modesta son las prefiguraciones idealizadas de un deseo de hacerse de un lugar íntimo y resguardado. Luego será asunto de la peripecia social y económica el conjunto de pormenores en donde el núcleo originario de la intimidad protegida devenga eso que aún acostumbramos a llamar casa. En efecto, sólo con el tiempo vivido, la casa irá construyendo memoria, presente y futuro alrededor de este sueño fundamental. ¿Hasta qué punto las casas que hoy habitamos conservan en su seno esa oscura almendra del deseo de aquel entonces?

Movilización



Llamamos iniciativa al impulso dirigido a marchar en una dirección y sentido cuando a la tarea de anhelar le sigue la movilización. El primer paso es, con mucho, el más arduo, pues implica abandonar el reposo para ganar movimiento. Este primer paso, entonces, debe dirigirse hacia una meta intermedia, a un objetivo relativamente más alcanzable. ¿Cómo administrar la proporción entre las magnitudes entre la posición inicial, las metas intermedias y los sueños? Esto es tarea de toda la vida.
Marchar es necesario.

De qué hablamos cuando hablamos de actividad social de producción


Beaumont Newhall

Hablamos, en todo caso, de pasiones socialmente concertadas, de vidas estremecidas por el padecimiento de habitar como exiliados del Paraíso, de existencias que siempre buscan una ventana para contemplar lo que se recorta en el horizonte y lo que de este parece emerger. Hablamos de lenguajes sobreentendidos, de deseos sólo a medias formulados, de conatos de acción. Hablamos de sueños, sí, pero de realidades otras que un día serán a su turno negadas. Hablamos de proyectos, de diseño minucioso de utopías y también de heridas en lo real por obra de golpes de signos de lo que vendrá. Hablamos de construcciones demoledoras y constructos fértiles. Hablamos de la vida reflejada en las sombras del lugar. Hablamos de este condenado mundo nuestro, del que nos tenemos que hacer cargo.

El concepto de pasión


Lotte Jacobi

Aquello que sufrimos es una pasión. Pero, por otro lado, lo que nos impulsa apetitivamente a algo, lo que mueve nuestro ánimo para hacer las más diversas cosas, también es una pasión. Porque el doble significado refiere al hilvanado interno de la propia vida, la que puede ser tanto entendida como el resultado esforzado de un impulso vital, así como puede verse, retrospectivamente, como la hechura fatal del destino. Así es que se ve la pasión, así es que se ve la vida
Hablar de la pasión, en este contexto, es mentar la combustión interna de la vida y, al hacerlo, tener la oportunidad de observar cómo la vida humana del habitante se involucra en forma total con la arquitectura. Mucho más allá de lo que lo hacen los propios arquitectos, que apenas animan un conjunto limitado de aspectos.

Pasiones de la implementación


Lewis Hine (1874-1940)

Desde ya, es forzoso considerar que la implementación habitable implica una pasión de vida que es mucho más profunda, amplia y entrañable que la pura operación de una máquina de habitar. También forzoso es considerar que la implementación habitable es mucho más compleja y rica que un mero servirse de un artefacto útil. Es forzoso considerar, entonces, que la pasión habitable consuma el lugar, porque proyecta sobre éste toda su carga de identidad y referencia con la que la vida cobra sentido precisamente allí y en ese entonces. La pasión habitable hace del tener ésta su lugar una implementación radical, constituyente y absoluta.

Pasiones de la construcción


Lewis Hine (1874-1940)

¿Pueden acaso las cosas ser de otro modo? Pudiera pensarse en un construir concebido como un cultivar respetuoso, en donde se interrogaría con circunspección al genio del lugar para asegurarse que nuestra novedad es bienvenida allí. Luego, todo sería asunto de abrir el lugar hospitalario a una irrupción de aquello que le estaba haciendo falta. Entonces, el lugar cerraría con salud la herida infligida apenas y una construcción habría tenido origen, crecimiento y lugar oportunos y felices.