El problema del desarrollo integral del hábitat

Zilda (s/d) Giuseppe & Pasquale (s/f)

Hay que reconocer que una cosa es el problema de la vivienda y otra el problema de la buena vivienda. Para lo primer basta un alojamiento decente como el que la arquitectura racionalista ha permitido construir. Lo segundo implica no solo estándares adecuados, en dimensiones y equipamientos, sino también condiciones ambientales, accesibilidad al trabajo, vecindario agradable, equipamientos colectivos utilizables. Algo mucho más complejo y delicado que construir polígonos de viviendas para las clases populares, y que pone en cuestión una parte de la práctica inmobiliaria y urbanística.
(Horacio Capel, 2003)

La nota del acápite merece en primer lugar un reconocimiento por su acertada orientación y un ajuste crítico y respetuoso de ciertos significativos detalles.
Hay que reconocer que una cosa es el problema de la vivienda y otra el problema de la buena vivienda. Lo que es más adecuado considerar es que una cosa es el “problema de la vivienda” y otra cosa es el problema de los lugares para vivir. En efecto, eso que es mucho más complejo y delicado que construir viviendas es desarrollar la ciudad generando lugares para vivir.
No es del todo exacto que el problema de la vivienda sea resuelto por la arquitectura racionalista. En realidad, esta arquitectura ofrece una pseudo solución a un problema insuficientemente caracterizado. Y una pseudo solución es, en sí misma, una fuente de problemas que hay que afrontar.
Si es cierto que la práctica inmobiliaria y urbanística está puesta en cuestión, pero también es cierto que falta aún bastante para considerar una revisión a fondo.

El problema empieza a caracterizarse mejor como el problema del desarrollo integral del hábitat.

La dimensión termotópica

Felix Valloton (1865- 1925) Mujer desnuda ante una salamandra (1900)

Hemos visto que la casa puede concebirse, como es usual, como una esfera acondicionada y también puede ser pensada como un nodo de un laberinto de caminos.
En el interior de la casa existe un foco en donde resplandece el fuego. No por nada hogar es utilizado como sinónimo de casa. En el interior de la casa también hay un laberinto de sendas que confluyen en el lugar sagrado de la llama.
No se trata sólo de geografías, sino, ante todo y además de historias. ¿Cuánto de la propia condición humana lo debemos a la proximidad con el fuego? Más allá de la pura supervivencia, alrededor de su calor hemos aprendido a imaginar, pensar y conversar. Por eso el fuego que custodiaba Hestia constituía tanto el amparo de la armonía doméstica como el garante de la paz social.

Los lugares que habitamos tienen una dimensión trascendente según se acerquen o distancien de ese lugar del fuego.

Decoro de la morada del hombre

Giuseppe Antonio Petrini (1677- 1758) San Jerónimo (1735)

El decoro exige que un edificio no tenga ni más ni menos magnificencia que la que conviene a su destino.
Marc-Antoine Laugier, 1755

Todo lugar que oficie de morada del hombre debe ser condigno de su condición.
El decoro no debe considerarse un añadido facultativo sino el ajuste de la forma a la dignidad del sujeto habitante. Y conviene repasar a fondo la magnitud de esta dignidad en lo que se expresa en la situación en los lugares. Así, la conveniencia es un ajuste que se promueve desde la dignidad del sujeto y se expresa en aspectos formales del lugar tales como las dimensiones, las proporciones, el equipamiento y el carácter identificador.
Toda constricción extraña de tales aspectos constituye un estigma, que sustituye a una cabal expresión de la dignidad propia del sujeto.

Lo que está en juego con el decoro de la morada del hombre es el principio de libertad, expresada en autodeterminación.

Artículo recomendado

Véase:
http://manueldelgadoruiz.blogspot.com/2014/08/en-los-objetos-usados-vive-lo-vivido.html

Plumas ajenas: Pedro Azara

Una construcción solo puede ser material. Una obra de arquitectura puede ser -o tiene que ser, quizá-, un sueño, un espacio imaginado: un lugar, real o soñado en el que uno querría estar para siempre, un lugar quizá inalcanzable pero que nos mantiene en vida por la promesa que ofrece de una vida plena.
Pedro Azara, 2016

¿Qué hace el cuerpo en los lugares habitados? II

Henry Herbert La Thangue (1859- 1929) En la huerta (1893)

En un artículo anterior se ha cuestionado el funcionalismo mecanicista propio de comienzos del siglo XX. Se admite allí y aquí que el cuerpo opera en los lugares, pero no de forma necesariamente mecanicista.
Cuando comprobamos que el cuerpo mide el lugar, entendemos que el cuerpo es un portador usuario de un delicado instrumento de medida que no puede ser reducido a un simple instrumento de medida de la extensión, tal como una regla. Y esto es porque en el seno del cuerpo se produce una operación complementaria y recíproca a la medición multidimensional del lugar. Esta operación es una compleja valoración que se sintetiza en un juicio de confort relativo.

Cuando el cuerpo valora no opera mecanicistamente: no responde igual a similares condiciones ambientales del mismo modo en todas las circunstancias, sino que, de un modo propio, modula las respuestas con las circunstancias.

Lidiar con el horror, pero también con la fascinación por nuestras ciudades

Julio Alpuy (1919- 2009) Constructivo artes y oficios (1953)

Toda mirada crítica  sobre la ciudad reconoce horrores que hay que afrontar con entereza.
Los centros históricos desventrados, los asentamientos irregulares, las múltiples heridas de la segregación socioespacial son horrores que no sólo inspiran espanto, sino que constituyen acicates para la acción social y urbanística reparadora. No sabemos a ciencia cierta cómo se conjurarán estos padecimientos, pero por lo menos sabemos en alguna medida qué es lo que no nos merecemos.
Pero también se me da por pensar que existen aspectos de la ciudad actual que nos fascinan y que perderemos, ineluctablemente, en el futuro, tanto por la prosecución de los procesos urbanos degresivos, tanto por las medidas que los urbanistas introduzcan, aún con las mejores intenciones.
En efecto, cabe preguntarse por todos aquellos rasgos que creemos constituyentes necesarios y deseables en las ciudades actuales y que no repararemos en ellos sólo cuando los hayamos perdido irremediablemente.
Montevideo ha crecido en torno a la bahía de su puerto y, por mucho tiempo, la ha dado la espalda al frío y ventoso litoral platense. Con la construcción de la Rambla Sur, ganamos todos amplios horizontes y dramáticos atardeceres. Pero simultáneamente, nos vamos olvidando y dando ahora la espalda a la bahía, en donde el Cerro y el horizonte se ven hurtados por la presencia masiva de contenedores. Cierto es que la prosperidad de la ciudad es función no desdeñable del desarrollo de la actividad portuaria, pero ¿cuánto de las calidades del paisaje urbano estamos dispuestos a sacrificar?

También hay que lidiar con la fascinación que aún nos produce esta cruel ciudad en donde vivimos.

Luces, brillos, reflejos, penumbras, sombras

Jardín de Isome-shi  en Otsu,  Japón

Se ha dicho que la cocina japonesa no se come sino que se mira; en un caso así me atrevería a añadir: se mira, ¡pero además se piensa! Tal es, en efecto, el resultado de la silenciosa armonía entre el brillo de las velas que parpadean en la sombra y el reflejo de las lacas.
Junichiro Tanizaki. Elogio de la sombra, 1933

Nuestra cultura aprecia, quizá de modo algo exagerado, la apariencias intensas de la luz: brillos y reflejos; debemos aprender de los extremo-orientales la valoración de las penumbras y las sombras.
Solemos por aquí disfrutar el modo en que la luz nítida separa los planos de los relieves: las texturas se revelan contundentes mediante el contraste acusado de los valores opuestos de luz-y-sombra. Pero no tenemos, por lo general, un equiparable interés por las tenues modulaciones de las penumbras, tan estimadas por los japoneses.

A nosotros nos gusta esa claridad tenue, hecha de luz exterior y de apariencia incierta, atrapada en la superficie de las paredes de color crepuscular y que conserva apenas un último resto de vida. Para nosotros, esa claridad sobre una pared, o más bien esa penumbra, vale por todos los adornos del mundo y su visión no nos cansa jamás.
Tanizaki. íbid


Podemos crecer en nuestra acuidad perceptiva y sentido estético si nos animamos a poner en provisional entredicho aquello que tenemos por obvio y consultamos con provecho y respeto a otros congéneres.

El compromiso social de la arquitectura y el urbanismo

Heinrich Zille (1858- 1929) Marcha de trabajadores (1906)

L'intellectuel est quelqu'un qui se mêle de ce qui ne le regarde pas
Jean Paul Sartre

Hoy nos interesa la relación de la arquitectura con el lugar, con la ciudad, con el medio ambiente y con una forma de vivir que siempre está cambiando, mientras se mantienen algunos puntos fijos. Hoy existe mucha libertad para interpretar un programa, una demanda individual o colectiva, pública o privada. Pero continua siendo necesaria la actitud analítica, experimental y autocrítica, teniendo en cuenta todo lo que condiciona, todo lo que son datos empíricos del lugar, al mismo tiempo que las demandas de la gente y no necesariamente para responder a ellas, sino para reinterpretarlas proyectualmente. Hay ahí una distancia que tiene que ver con el acto de la creación, con el proyecto arquitectónico y urbanístico, entendidos ambos como mediación entre una serie de datos heterogéneos.
Jorge Mario Jáuregui

Entre muchas otras formas, existe un compromiso social de la arquitectura y el urbanismo que parte de prestar peculiar atención a los modos de vivir de las personas. Así, lo que hacen, sueñan y construyen las personas es el punto de partida de toda la reflexión disciplinar.
La precisa observación y la honda interpretación del habitar de las personas en los lugares es otro punto destacado de la arquitectura comprometida socialmente, en lo que toca en principio al pensamiento arquitectónico y al obrar en consecuencia. De este modo, la construcción de edificios deja de ser un fin en sí mismo y pasa a constituir sólo un medio para responder a diversas demandas sociales.
Por otra parte, los arquitectos y urbanistas comprometidos partimos del principio que, por cierto, no vivimos ni en el mejor de los mundos posibles, ni en la ciudad que merece nuestra gente. Contribuir reflexiva y pragmáticamente al esclarecimiento de la conciencia social sobre el hábitat es una tarea ardua, necesaria e impostergable.

La arquitectura socialmente comprometida a veces osa desentenderse por un momento de diseños y construcciones materiales para ocuparse de aquello “que no importa” a otros actores sociales.

Tierra

Escultura de Madre Tierra en la iglesia de Santa Gertrudis en Güstrow (Alemania)

…el adobe es frágil. Las formas de arcilla se desmoronan rápidamente. Las construcciones deben ser restauradas, o incluso reconstruidas constantemente. Duran lo que una vida humana dura. Después de todo, casas y humanos han sido fabricados con el mismo material. Mitos mesopotámicos y griegos nos lo recuerdan. Pero la arcilla es la carne de la diosa madre de los inicios. Los edificios vibran: viven -y se desintegran.
Pedro Azara, 2016

La tierra es el elemento operado por nuestras extremidades.
Tener los pies en la tierra es garantía de realismo y buen sentido. Por otra parte, tierra es lo que tenemos a la mano. Por ello, la arcilla es un material primordial en arquitectura. Por ello, la figura que habitamos se denomina territorio.
La tierra es la porción de la estructura fundamental del lugar que se deja someter a nuestras diversas quiropraxias, esto es, manipulaciones que extraen componentes de la naturaleza, los vuelven primero objetos y, en ocasiones, los descubren como cosas, a veces útiles. Hacemos un mundo con las manos hundidas en la tierra.

En un sentido simbólico profundo, la Tierra —con las debidas mayúsculas— es una Madre: vive y engendra vida. Tenemos lugar, entonces, como sus criaturas.

Cuatro años

Albrecht Dürer (1471 -1528) San Antonio (1519)


Ya son cuatro años. Alejado ya de la Ciudad y de su Academia, taciturno y esperando las Voces, como siempre.

¿Qué hace el cuerpo en los lugares habitados? I

Le Corbusier El Modulor

Une maison est une machine à habiter.
Le Corbusier, 1923

Para gran parte del funcionalismo del siglo XX, la respuesta inmediata a la pregunta del título era: opera mecanicistamente, esto es, se sirve de o sirve a algún mecanismo.
Cabe matizar esta idea: el cuerpo opera, sí, pero de forma no necesariamente mecanicista, sino propia de la condición humana. Esto tiene importantes implicaciones.
El cuerpo mide el lugar con la marcha de los pasos, con la extensión de los brazos, con la percepción visual, con la reverberación del sonido, con el ritmo de la respiración, incluso con el olfato. El lugar se deja medir por el cuerpo en un conjunto de dimensiones que configuran un todo que desborda a las clásicas dimensiones de espacio y tiempo.
Pero el cuerpo no es una regla, sino un portador usuario de un instrumento delicado, flexible y sofisticado de medida. No se puede equiparar un cuerpo a una figura puramente extensional.

La imagen del Modulor es apenas una emergencia visible y abstracta de una realidad mucho más compleja y sutil. En el fondo, como en tantas otras cosas, Le Corbusier acierta-y-yerra a la vez. 

Honra del lugar

Julio Vilamajó Ventorrillo de la Buena Vista

Hay ocasiones en que el lugar es honrado particularmente por la obra que en éste se desarrolla.
A pesar de su intrínseca contingencia, en estos casos la arquitectura parece necesaria, obligada, casi natural. Quiere el azar de la fortuna que el lugar consiga el talento de un arquitecto que descubra, desvele o deje engendrar la obra que a su lugar pertenece con contundente convicción.

Es una lástima que tales hechos sean una rareza. Es una pena porque no todos los lugares acogen la obra que merecen. Es a veces un dolor que el Código Penal no tenga en cuenta en sus figuras delictivas el atentado al paisaje.
Por eso, cuando el lugar consigue la obra que merece, nos admiramos tanto.

La casa como laberinto

Charles Demuth (1883- 1935) Comodidades modernas (1921)

Desde la casa, el hombre se asoma al mundo. La casa es el origen de cada viaje: de todos los viajes. La casa es, pues, ese invento humano al que uno vuelve, como un Ulises a su Ítaca, como un toxicómano reincidente. O como un sonámbulo. Esto se debe a que en la estructura mítica de la casa se encierra el mito de volver a ella. Hasta el punto que se podría definir la casa como aquello a lo que volvemos bajo la implícita promesa de la protección.
Sin la casa no hay ni viaje ni viajero posible.
Santiago de Molina, 2015

La casa es un punto trascendente en el laberinto que habitamos.
Todas las sendas parten de allí y hacia ese lugar vuelven, reinciden, recaen. La casa, entonces prolifera en sendas. Este hecho hace abandonar la idea persistente que la casa se conforma meramente con el recinto de sus muros exteriores y su cubierta. Es un cruce de caminos, nada más ni nada menos.
Por otra parte, como nuestro autor afirma con perspicacia ejemplar, en la estructura mítica de la casa se encierra el mito de volver a ella. Una casa es una querencia, un hábito, un regreso antes de constituirse físicamente.

A la tradicional idea de casa como esfera debe agregarse la idea de laberinto.

Dormir, por fin

Pietro Marussig (1879-1937) Mujer que duerme (1917)

Bajo las condiciones vigentes, un lugar es: […] un garante de la noche subjetiva.
(Sloterdijk, 2004:383)
Un lugar habitado tiene la hondura del sueño.
Queremos dormir allí donde reine la más absoluta serenidad, alejados de todo temor. Por eso, solemos recluirnos en lugares recónditos, a salvo de las intromisiones, de las acechanzas y de las perturbaciones.
Solemos confiarnos en la calma de la noche, tras de las fatigas del día y de las alegrías del amor. Nos mece la confianza cuanto la navegación onírica sobre Otros Territorios.
Inermes y frágiles en nuestra condición y estado, el lugar de nuestro dormir es el lugar más seguro que podamos obtener. Es por ello el signo de nuestra solvencia. Una y otra vez incurriremos en el sueño, de donde las circunstancias y ocasiones del dormir constituyan un factor estructural de nuestra habituación.

Cuán profunda es la habitación de un interior la mide el calado sosegado de nuestro sueño.

El derecho a habitar

Julius Jacob el Joven (1842- 1929) Wilhelmplatz (Berlin) en primavera (1886)

Las formulaciones comúnmente aceptadas del llamado derecho a la vivienda son apenas un emergente, en la conciencia social y política, de un derecho mucho más general —en lo que toca a sus aspectos— y con mucho más sentido humano —en lo que hace a la adecuada caracterización de su sujeto—.
Consideremos lo que dice nuestra constitución con respecto al derecho a la vivienda:
Todo habitante de la República tiene derecho a gozar de vivienda decorosa. La ley propenderá a asegurar la vivienda higiénica y económica, facilitando su adquisición y estimulando la inversión de capitales privados para ese fin.
Pero nótese, gozar es tener o poseer algo bueno, útil o agradable. Esto apenas es un aspecto —muy parcial— de un derecho que un ser humano es titular, en virtud de su condición de existente, dispone de lugares para desarrollar todos y cada uno de todos los aspectos de su vida. Disponer es más amplio, general y profundo que gozar.
Por otra parte, la especificación objetiva en términos de vivienda decorosa es también parcial. En realidad, los seres humanos tenemos derecho de disponer de lugares adecuados, dignos y decorosos, no sólo para residir en ellos, sino para trabajar, estudiar, transitar o cualquier otro aspecto concebible de la vida.
Reformulemos
Todo habitante de la República tiene derecho de disponer de lugares adecuados, dignos y decorosos para desarrollar todos los aspectos de la vida. La ley propenderá al desarrollo sistemático del hábitat a través de la planificación, promoción, proyecto, construcción y acceso de todos y cada uno de los actores sociales, asegurando condiciones de libertad, igualdad y solidaridad.

¿Promovemos una reforma constitucional al respecto?


Dejemos hablar al viento


Se ha conocido una segunda propuesta del Arquitecto Rafael Viñoly con respecto a San Rafael. Dejemos hoy hablar al proyecto y al propio proyectista sin agregar nada a lo dicho ya en





La arquitectura es hoy cada vez más un ejercicio de conciliación[...]
La responsabilidad del arquitecto es absorber esos comentarios para producir una solución que no disminuya las expectativas concretas mesurables de cualquier emprendimiento ni las aspiraciones intelectuales que están en la esencia de nuestra profesión. Y, por lo general, si uno tiene experiencia y práctica para escuchar, eso resulta en una mejor propuesta
Arquitecto Rafael Viñoly, 2018

Plumas ajenas: Serrano Muñoz

La cada vez más aguda crisis de la vivienda es más bien una crisis de la habitación, entendiendo por tal, tanto el contenedor espacial como el acto de habitar, ambas cosas a la vez. Este problema desborda por completo a lo que corrientemente se entiende por vivienda, pues el habitar tiene lugar también fuera de la vivienda, en el contexto urbano y por otro lado ésta no se reduce a un mero instrumento puesto a disposición de determinados sujetos, sus usuarios.
Eduardo Serrano Muñoz, 2003

Véase el artículo completo en

Atmósferas

Peder Severin Krøyer (1851- 1909) La familia Hirshsprung (1881)

El aire nietzscheano es entonces una extraña sustancia, es la sustancia sin cualidades sustanciales. Puede, por lo tanto, caracterizar al ser como adecuado a una filosofía del devenir total. En el reino de la imaginación, el aire nos libera de las ensoñaciones sustanciales, íntimas, digestivas. Nos libera de nuestra adhesión a las materias: es, pues, la materia de nuestra libertad. A Nietzsche el aire no le trae nada. No le da nada. Es la inmensa gloria de una Nada. Pero no dar nada ¿no es el más grande de los dones? El gran donador de las manos vacías nos libera de los deseos de la mano tendida. Nos acostumbramos a no recibir nada, en consecuencia a tomarlo todo.
Bachelard, 1953

Si nos gana el ensueño del aire, entonces nos rendimos a la evidencia que, ante todo, habitamos atmósferas.
Respiramos con serenidad el lugar que nos acoge de buen modo y nos irrita cualquier leve dificultad al respecto. Una atmósfera irrespirable nos desasosiega simbólicamente y nos asfixia físicamente. Una atmósfera propicia es aquella que nos inspira, esto es, que estimula el genio interior mediante hálitos propicios.
Adherimos con placer a esa sustancia sutil, diáfana y fresca como apreciamos el valor de lo puro, despejado y límpido. El aire, afirma con razón Bachelard, es la sustancia por excelencia de la libertad. No hay miedo mayor, quizá, que la condena a la angustia del confinamiento opresivo.
Una fresca brisa siempre es una bienvenida novedad, mientras que la atmósfera despejada es un valor fundamental de nuestra calidad de vida. Una atmósfera sana es sinónimo de un ambiente que hace posible la alegría. El aire, decía Le Corbusier, constituye una alegría esencial de la vida.

Gran parte del desvelo arquitectónico debería propender a proteger y promover la constitución de atmósferas adecuadas, dignas y también decorosas. No se trata sólo del aire, sino de los que lo habitan.