Pierre Jamet (1910-2000)
Teoría del Habitar, Uruguay
"Sólo por la filosofía puede experimentar la inteligencia cómo sus pasiones llegan a conceptos". Peter Sloterdijk, 1998
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¿Una anatomía y fisiología del confort?
El confort y las condiciones desahogadas de existencia
Pierre Jamet
(1910-2000)
Tal falacia estriba en que es nada
“natural” la infrecuencia de tales condiciones desahogadas de existencia, sino que
es una precisa segmentación construida por el acceso social desigual a las
condiciones materiales medias que un estadio socioeconómico puede brindar a las
más amplias mayorías sociales. El sentido común yerra en reservar la idea de
confort a las condiciones que sólo alcanzan las minorías sociales privilegiadas.
Mientras tanto, el buen sentido aconseja a conocer y a reconocer cómo el avance
social puede ser apreciado y medido según qué situaciones de vida confortable
se aseguran a las cada vez más amplias de la población. Después de todo, el
disfrute sano, digno y decoroso de la vida nunca puede ser pensado como un
privilegio, sino como un estadio civilizatorio ampliamente difundido en el
cuerpo social, tanto como práctica y también como concepto y percepción.
Cierto silencio culpable acerca del confort
Pierre Jamet
(1910-2000)
Todo
indica que existiría una suerte de mala conciencia o cierto silencio culpable
al respecto.
Tan acostumbrados estamos a desdeñar las
condiciones materiales de nuestra existencia para privilegiar el estatuto de
las ideas, que nos resulta difícil tratar cara a cara con nuestro nivel de
confort efectivamente ejercido, para tratar la idea que se asocia,
generalmente, a la aspiración culposa a un presunto nivel más sofisticado de
vida, en donde participaríamos del régimen cotidiano de los pocos felices que
detentan el capital material y cultural para un cierto general refinamiento en
su existencia.
Operando de este modo, la conciencia se
priva de conocer la necesidad humana y social generalizada de confort, para
suponerla una suerte de privilegio de las minorías sociales que consiguen
habitar en los estratos sociales más encumbrados.
El confort en el horizonte de la Teoría del Habitar
Pierre Jamet
(1910-2000)
Con el concepto de confort sucede algo extraño.
Por una parte, la práctica confortable se suele asumir en forma falazmente
naturalizada, cuando no se la entiende simplemente como la manera debida de
vivir. Se olvida, por ejemplo, que disponer de agua limpia, abundante y
templada para una ducha resultó toda una gozosa novedad para nuestros no muy
lejanos antepasados. Mientras tanto, la idea de confort planea, descarnada, por
las alturas a las que no llega más que el deseo y alguna envidia menor respecto
a mejores condiciones de vida, siempre por encima de nuestro relativo nivel de
ingresos.
Pero, en el contexto del desarrollo
pleno de una Teoría del Habitar con sus consecuencias más evidentes, el
concepto de confort debe ser profundamente reelaborado
La formación del sujeto estético habitante

Ad Van Denderen
(1943)
Es una oportunidad para estudiar un
sujeto estético autoformado por su propia peripecia vital, sin otro
adiestramiento que su propia biografía y paisaje. Será tarea de afrontar con
entusiasmo la de salir al encuentro de los desconocidos y consumados artistas
del buen vivir. El desafío es encontrar a los sabios en la materia,
interrogarlos en profundidad y con método, así como aprender a ver uno el mundo
que le ha tocado con la sensibilidad aguda que merece.
El mundillo enrarecido de la teoría
estética al uso bien ganaría con una excursión por el aire despejado de la
vida.
El sentido del gusto por la habitación
Ad Van Denderen
(1943)
Se trata de una alegría esencial por el
constituir una situación, por el acto mismo de emplazarse, por el gesto
primordial de sentar sus reales en el paisaje elegido. Una alegría esencial,
porque aquello que nos hace humanos es, precisamente, lo que nos permite gozar
con delectación única y propia de nuestra condición. Es una alegría esencial,
toda vez que el acto de habitar se replica sensiblemente en su vivencia
estética inmediata.
Es a este gesto sensible a la vez
humilde y magnífico que la poética arquitectónica humanista debe su mejor honra
y compromiso. ¿Estaremos alguna vez los arquitectos profesionales a la altura
de tal homenaje?
La aisthesis del habitar
Ad Van Denderen (1943)
Porque en verdad lo maravilloso de
nuestra existencia en el mundo es que todo el torbellino de sensaciones que uno
tiene al habitar se encauce calmado en el simple y conclusivo acto de apreciar
cómo nos hacemos lugar. Sólo cuando uno es capaz de poner en cuestión su
plácido hábito del mundo es que nota el prodigio que se oculta en la
transparencia tenue de estar allí. Luego de tal operación, es que uno comprueba
por sí mismo que está en condiciones proclives a inaugurar una nueva estética
al respecto
La experiencia del habitar (IV)
Ad Van Denderen
(1943)
Es preciso reconocerlo: así como somos
memoria de lo vivido, también nos vivifica el hálito ligero de los sueños. Para
reponer fuerzas de la dura refriega cotidiana con la realidad, nos damos la
oportunidad de descansar en el regazo del deseo que nos conforta elevándonos. A
la sombra del sueño habitamos quizá mejor, afrontando nuestra condición
desnuda, inermes, puros gozadores de existir. Habitando el sueño encontramos
las claves perdidas por la vida en la vigilia, cruzamos enteros los umbrales
que de día se nos presentan penosamente cerrados y poblamos los más recónditos
pasillos de nuestros propios laberintos,
Una vez que nos agota el arduo esfuerzo
onírico, nos despertamos con ánimo renovado para afrontar un nuevo desvelo.
La experiencia del habitar (III)
Ad Van Denderen
(1943)
Una tercera característica de la experiencia del habitar
consiste en su condición de memoria vivida.
La experiencia del habitar se desarrolla
de modo consecuente con el transcurrir del tiempo y se sedimenta de modo de
suyo metódico en la memoria. En cierto sentido, somos la memoria tanto de lo
que hemos sido, así como lo que conformamos habitando un presente cargado de
las acechanzas de la vida ya vivida. Interrogarse por la dimensión estética de
la experiencia del habitar supone, entonces, repasar el Bildungsroman
que cada uno de nosotros ha protagonizado en primera persona, allí en donde
tuvimos efectivo lugar. Importa, pues, tanto el paisaje que hemos poblado, así
como el modo peculiar en que nos hemos arreglado para tener lugar allí. Y esto,
no sólo cuando y entonces lo hemos vivido en la brisa de la historia, sino
también cuando lo portamos en las alforjas de la memoria, en las arrugas del
tiempo, en el polvo de lo vivido.
La experiencia del habitar (II)
Esto tiene consecuencias en el terreno
de la estética, en donde se acostumbra distinguir entre la refinada acuidad del
sentido del gusto de ciertas minorías, muy por encima del presunto basto
criterio de los más. Si consideramos la omnipresencia tanto como la complejidad
de la experiencia estética del habitar, resultaría temerario intentar siquiera discriminar
tales experiencias según su eventual refinamiento. Todo lo más que podría
considerarse es que las personas cultas o educadas podrían, en el mejor de los
casos, tener mejores herramientas comunicativas para dar cuenta de sus
experiencias. Esto parece situar el problema en un lugar inesperado: ¿A quién
recurriríamos en pos de la sabiduría estética del habitar y mediante qué asedio
psicoanalítico pudiésemos acaso registrar el fondo efectivo de sus vivencias?
Porque, a no dudarlo, lo que cuenta, en todo
caso, es la profundidad sensible de las vivencias de quienes demuestren ser
peculiarmente avisados en el arte de habitar
La experiencia del habitar (I)
Ad Van Denderen
(1943)
El carácter de la experiencia estética
no es un lujo de la existencia que sólo se alcanza cuando los extremos
acuciantes de la vida se logran encauzar. La experiencia estética del habitar
es una experiencia omnipresente en la vida humana. Si se considera esto con
firme determinación, lo que pasa a ser extraño a la conciencia es el hecho, hasta
ahora pacíficamente aceptado, de la excepcionalidad de lo estético en la
existencia. Corresponde interrogarse por las sinrazones que asimilan lo
estético al refinamiento excelso de unos pocos que tienen la supervivencia
asegurada. Y, asimismo, preguntarse por la asociación, frecuente aún, entre lo
estético y lo infrecuente o lo excepcional.
Porque lo que hace miserable nuestra
existencia es precisamente la ignorancia de la omnipresencia de la experiencia
sensible del habitar de todos y cada uno.
Vindicación de la estética de lo cotidiano
Es muy posible que futuros desarrollos reflexivos
encuentren, entre la hojarasca del día a día, ciertas claves en las formas
humildes y ordinarias de estar en el mundo y de participar sensiblemente de su
experiencia. Es muy posible que se encuentren ciertos elementos críticos para
la formación del sujeto estético, más allá de su formación académica. Es muy
posible, también, que emerjan ciertos componentes ocultos, pero fundamentales
de la experiencia estética de todo sujeto, toda vez que éste es una existencia
concreta, producto de una historia de vida y de una peripecia vital situada.
El papel del tiempo en la dimensión estética de lo ordinario
John Gutmann
(1905-1988)
Hace falta tiempo, en efecto, para que
todas y cada una de las vivencias de lo cotidiano vayan tejiendo un fondo de
memoria, allí donde se abrirá lugar hospitalario para el pleno y particular
sentido del suceso significativo, del evento crucial, del antes-y-después.
Con el tiempo, aprendemos a vivir la
vida reservando lugar al sentido del acontecimiento, a través del transcurrir
pausado y pacífico de la existencia cotidiana, donde casi nada parece pasar.
Pero lo que pasa es, precisamente, es el lugar de significado disponible,
vacante y abierto: el lugar del significado vital de lo que sobrevendrá.
Las primeras experiencias estéticas y la formación del sujeto estético
John Gutmann
(1905-1988)
Cuántos de nuestros más remotos
recuerdos consisten en sensaciones entrañables de una cierta felicidad en
momentos totalmente corrientes, en donde sólo la sensibilidad a flor de piel
del niño que fuimos nos ha revelado aquellas experiencias remotas de lo bello.
Cierto que recordamos instancias señaladas, pero también lo es el hecho en que
a la memoria le acechan lejanas escenas cotidianas que adquirieron, con el
tiempo, una leve pátina de primera maravilla.
Es de creer que tales añorados momentos
no son otra cosa que la experiencia tan profunda como primigenia del habitar lo
estético en una circunstancia por demás ordinaria. Quién pudiera recuperar del
niño que ha sido esta virtuosa capacidad para asistir inauguralmente a la
revelación de lo bello en el patio de sus juegos.
Las pequeñas epifanías del ser-en-el-mundo
John Gutmann
(1905-1988)
Pero no solemos reparar en las modalidades
humildes de la existencia, en las pequeñas epifanías del ser-en-el-mundo, en el
estar inmersos en los momentos corrientes de nuestra vida. De todo el vasto
laberinto que recorremos, parece que el interés se agota en los cambios súbitos
de dirección, en las instancias de decisión, más no en la marcha esforzada por
los largos pasillos de la vida. Pero así no pensamos en las prolongadas esperas
que insume nuestra vida, cuando aguardamos la emergencia de los
acontecimientos, las oportunidades, las opciones. Quizá debiésemos mirarnos a
nosotros mismos para reconocer mejor la figura que producimos en los tiempos de
demora, allí donde meditamos taciturnos sobre nuestra suerte, cuando nos
preparamos morosamente para afrontar los acontecimientos.
Porque bien pudiera ser que nuestra vida
es, con mucho, una demora prolongada pautada, aquí y allá, y muy de tanto en
tanto, por los eventos que nos van torciendo el camino.
Una experiencia estética de lo ordinario
John Gutmann
(1905-1988)
En la fotografía, como gesto, lo
ordinario revela sus ocultas virtudes: súbitos arreglos de lo casual componen
figuras allí donde cada elemento consigue integrarse en una reveladora
constelación. El cuadro que consigue la fotografía reúne una secreta conexión
entre sujetos, lugares y cosas, así como revela arquitecturas efímeras de luces
y sombras, que evocan otras sensaciones más complejas y evanescentes. La
fotografía, magia de la luz, permite la epifanía de las formas humildes de la
existencia.
Ahora, que hemos sido advertidos por una
fotografía de una experiencia estética de lo ordinario, no podemos hacer otra
cosa que detenernos en la obra de arte en que nos hallamos, sumergidos de forma
involuntaria, pero inevitable.
La demora
John Gutmann
(1905-1988)
Podremos
llamar demora a la experiencia estética del habitar el tiempo como dimensión
fundamental.
El tiempo no se detiene, por supuesto.
La que se pausa o ralentiza es la existencia en su duración. Mediante la
demora, los sujetos pueden dejar asomar su vida ya vivida al borde de su sima
interior, en donde los posos se irán decantando en los pliegues de la memoria.
Mediante la demora, los sujetos pueden dejar volar a su aire y como
fantasmagorías sus barruntos del futuro. Mediante la demora, los sujetos pueden
habitar calmados y pacíficos su presente como tal, su precisa circunstancia, su
propia locación.
Habitando sus demoras, los sujetos
tienen la oportunidad de contemplar, absortos, su propia vida en el espejo del
tiempo, que sigue pasando, pero mejor advertido en su carácter de duración.
La dimensión estética de la vida corriente
John Gutmann
(1905-1988)
Tanto nos hemos acostumbrado a buscar lo
bello e interesante del mundo allí donde emergen eventos destacados, escasos y
llamativos, que nos hemos cegado a la posibilidad de resonar con las poéticas
del lenguaje ordinario, usual o, precisamente, habitual. Esto parece
justificarse con la costumbre de la reserva del arte en los museos, de la
literatura en las oscuras bibliotecas y en el disfrute de las élites. Mientras
tanto, en la calle queda el estrépito, la fealdad irredimible de lo frecuente y
el paisaje carente que es escenario de las vidas de las gentes del común.
Desde ya no se trata de volver
pintoresco lo banal, ni de lustrar las mezquinas superficies gastadas por la
vida y el uso. No, se trata de prestar oídos a las voces del fondo del
lenguaje, de respirar las armonías de la vida urbana allí donde se produzcan.
Se trata de poner en su valor el día a día tal cual aparece.
Una experiencia sensible específica
Bruno Barbey
(1941)
La
experiencia estética del habitar es una experiencia sensible particular y
específica.
El sujeto aparece inmerso en su
situación, cobijado por su objeto tanto en el espacio, pero, sobre todo, en el
tiempo, el tiempo propio vivido. Para ello, el sujeto hace ejercicio de un
sentido especial, que ahora podemos denominar demora. Una demora no es,
necesariamente, una espera, ni tampoco un ejercicio de la memoria de lo pasado,
sino la plena vivencia del tiempo que se vive en un presente revelado pacífico.
Una demora es la oportunidad que le damos al lugar para que éste despliegue
morosamente todos y cada uno de sus aspectos. Una demora es un decurso calmo de
la existencia cuando nos damos a nosotros mismos la oportunidad de apreciar, de
modo templado, nuestro discurrir.
Y así, demorados en el lugar de vida, es
que habitamos las moradas que hacemos nuestras.
Experiencia estética del tiempo habitado
Bruno Barbey
(1941)
El imperativo categórico de la
ontología agraria: ¡interésate por la cosecha! sólo puede seguirse mientras
exista una tensión razonable entre previsión y cumplimiento.
Según eso, la casa de los
primeros campesinos sería un reloj habitado. Es el lugar de nacimiento de dos
tipos de temporalidad: del tiempo que va al encuentro de los acontecimientos, y
del tiempo que, como si anduviera en círculo, sirve al eterno retorno de lo
mismo.
Sloterdijk,
2004
Es que aún es una novedad la
esclarecida expresión de nuestro filósofo. Toda construcción que haga lugar al
habitar humano es una suerte de reloj, de observatorio astronómico que envuelve
a los mortales en su observación detenida del paso del tiempo. Una casa es un
reloj habitado porque ampara a aquellos que tanto se detienen a verificar con
morosidad el decurso siempre progresivo de los acontecimientos de la propia
vida, así como observar, impávidos, cómo los ciclos cósmicos se repiten con
tenaz regularidad.
Una casa —toda casa— tiene la
misión primordial, y es estética, de cotejar entre sí ambas temporalidades con
su refinado sentido. Es
que así y no de otra manera es que el tiempo se deja habitar.


















