Bruno Barbey
(1941)
Habitar
supone, entonces, una experiencia estética inmersiva en su objeto.
La contextura del lugar inunda la
presencia del sujeto, y éste sólo a costa de una depurada actitud crítica
consigue reconocer esta peculiar condición de recepción estética. Al
confundirse con una efusión corriente de la vida, la experiencia estética del
habitar se vuelve engañosamente diáfana y leve. En tales condiciones, el juicio
estético no parece ser otra cosa que el juicio del confort.
Pero, a no dudarlo, este juicio del
confort no puede ser quizá nunca un depurado juicio estético como le agradaría
a más de un teórico de la especialidad. Porque el juicio de confort, es tanto
cognoscitivo como ético. Y también, y concurrentemente, estético.



















