El confort en el horizonte de la Teoría del Habitar


Pierre Jamet (1910-2000)

 

Una vez que se ha erguido, aun de forma modesta, el edificio de la Teoría del Habitar, desde la altura conseguida puede apreciarse un nuevo panorama. Es así como aparecen nuevos tópicos en el horizonte. Uno de ellos es el del confort.

Con el concepto de confort sucede algo extraño. Por una parte, la práctica confortable se suele asumir en forma falazmente naturalizada, cuando no se la entiende simplemente como la manera debida de vivir. Se olvida, por ejemplo, que disponer de agua limpia, abundante y templada para una ducha resultó toda una gozosa novedad para nuestros no muy lejanos antepasados. Mientras tanto, la idea de confort planea, descarnada, por las alturas a las que no llega más que el deseo y alguna envidia menor respecto a mejores condiciones de vida, siempre por encima de nuestro relativo nivel de ingresos.

Pero, en el contexto del desarrollo pleno de una Teoría del Habitar con sus consecuencias más evidentes, el concepto de confort debe ser profundamente reelaborado

La formación del sujeto estético habitante


Ad Van Denderen (1943)

 

Quizá sea una fortuna que la formación estética del sujeto habitante sea, por lo general, ayuna de toda asistencia académica.

Es una oportunidad para estudiar un sujeto estético autoformado por su propia peripecia vital, sin otro adiestramiento que su propia biografía y paisaje. Será tarea de afrontar con entusiasmo la de salir al encuentro de los desconocidos y consumados artistas del buen vivir. El desafío es encontrar a los sabios en la materia, interrogarlos en profundidad y con método, así como aprender a ver uno el mundo que le ha tocado con la sensibilidad aguda que merece.

El mundillo enrarecido de la teoría estética al uso bien ganaría con una excursión por el aire despejado de la vida.

El sentido del gusto por la habitación


Ad Van Denderen (1943)

 

Es pertrechado por una consciente sensación unitaria específica que los sujetos habitantes pueden desarrollar a sus anchas y en profundidad entrañable el sentido del gusto por la habitación.

Se trata de una alegría esencial por el constituir una situación, por el acto mismo de emplazarse, por el gesto primordial de sentar sus reales en el paisaje elegido. Una alegría esencial, porque aquello que nos hace humanos es, precisamente, lo que nos permite gozar con delectación única y propia de nuestra condición. Es una alegría esencial, toda vez que el acto de habitar se replica sensiblemente en su vivencia estética inmediata.

Es a este gesto sensible a la vez humilde y magnífico que la poética arquitectónica humanista debe su mejor honra y compromiso. ¿Estaremos alguna vez los arquitectos profesionales a la altura de tal homenaje?

La aisthesis del habitar


Ad Van Denderen (1943)

 

Una vez que se ha dado cuenta de la compleja contextura de la experiencia del habitar es preciso apreciar cómo resulta sintetizada en un modo contundente, bajo una única percepción unitaria. Eso que los antiguos griegos llamaban una aisthesis.

Porque en verdad lo maravilloso de nuestra existencia en el mundo es que todo el torbellino de sensaciones que uno tiene al habitar se encauce calmado en el simple y conclusivo acto de apreciar cómo nos hacemos lugar. Sólo cuando uno es capaz de poner en cuestión su plácido hábito del mundo es que nota el prodigio que se oculta en la transparencia tenue de estar allí. Luego de tal operación, es que uno comprueba por sí mismo que está en condiciones proclives a inaugurar una nueva estética al respecto

La experiencia del habitar (IV)


Ad Van Denderen (1943)

 

Hay también una cuarta y de momento última característica importante en la experiencia del habitar: se trata de la dimensión soñada del tiempo habitado.

Es preciso reconocerlo: así como somos memoria de lo vivido, también nos vivifica el hálito ligero de los sueños. Para reponer fuerzas de la dura refriega cotidiana con la realidad, nos damos la oportunidad de descansar en el regazo del deseo que nos conforta elevándonos. A la sombra del sueño habitamos quizá mejor, afrontando nuestra condición desnuda, inermes, puros gozadores de existir. Habitando el sueño encontramos las claves perdidas por la vida en la vigilia, cruzamos enteros los umbrales que de día se nos presentan penosamente cerrados y poblamos los más recónditos pasillos de nuestros propios laberintos,

Una vez que nos agota el arduo esfuerzo onírico, nos despertamos con ánimo renovado para afrontar un nuevo desvelo.

La experiencia del habitar (III)


Ad Van Denderen (1943)

 

Una tercera característica de la experiencia del habitar consiste en su condición de memoria vivida.

La experiencia del habitar se desarrolla de modo consecuente con el transcurrir del tiempo y se sedimenta de modo de suyo metódico en la memoria. En cierto sentido, somos la memoria tanto de lo que hemos sido, así como lo que conformamos habitando un presente cargado de las acechanzas de la vida ya vivida. Interrogarse por la dimensión estética de la experiencia del habitar supone, entonces, repasar el Bildungsroman que cada uno de nosotros ha protagonizado en primera persona, allí en donde tuvimos efectivo lugar. Importa, pues, tanto el paisaje que hemos poblado, así como el modo peculiar en que nos hemos arreglado para tener lugar allí. Y esto, no sólo cuando y entonces lo hemos vivido en la brisa de la historia, sino también cuando lo portamos en las alforjas de la memoria, en las arrugas del tiempo, en el polvo de lo vivido.

La experiencia del habitar (II)


Ad Van Denderen (1943)

 

Otro aspecto especialmente señalado de la experiencia del habitar es su carácter intrínsecamente complejo.

Esto tiene consecuencias en el terreno de la estética, en donde se acostumbra distinguir entre la refinada acuidad del sentido del gusto de ciertas minorías, muy por encima del presunto basto criterio de los más. Si consideramos la omnipresencia tanto como la complejidad de la experiencia estética del habitar, resultaría temerario intentar siquiera discriminar tales experiencias según su eventual refinamiento. Todo lo más que podría considerarse es que las personas cultas o educadas podrían, en el mejor de los casos, tener mejores herramientas comunicativas para dar cuenta de sus experiencias. Esto parece situar el problema en un lugar inesperado: ¿A quién recurriríamos en pos de la sabiduría estética del habitar y mediante qué asedio psicoanalítico pudiésemos acaso registrar el fondo efectivo de sus vivencias?

Porque, a no dudarlo, lo que cuenta, en todo caso, es la profundidad sensible de las vivencias de quienes demuestren ser peculiarmente avisados en el arte de habitar

La experiencia del habitar (I)


Ad Van Denderen (1943)

 

No hay situación humana, por precaria que pueda resultar, que no suponga un presente vivido como experiencia estética.

El carácter de la experiencia estética no es un lujo de la existencia que sólo se alcanza cuando los extremos acuciantes de la vida se logran encauzar. La experiencia estética del habitar es una experiencia omnipresente en la vida humana. Si se considera esto con firme determinación, lo que pasa a ser extraño a la conciencia es el hecho, hasta ahora pacíficamente aceptado, de la excepcionalidad de lo estético en la existencia. Corresponde interrogarse por las sinrazones que asimilan lo estético al refinamiento excelso de unos pocos que tienen la supervivencia asegurada. Y, asimismo, preguntarse por la asociación, frecuente aún, entre lo estético y lo infrecuente o lo excepcional.

Porque lo que hace miserable nuestra existencia es precisamente la ignorancia de la omnipresencia de la experiencia sensible del habitar de todos y cada uno.

Vindicación de la estética de lo cotidiano


John Gutmann (1905-1988)

 

En el marco del examen de la estética del habitar es preciso prestar atención a los aspectos aún poco explorados de la estética de lo cotidiano.

Es muy posible que futuros desarrollos reflexivos encuentren, entre la hojarasca del día a día, ciertas claves en las formas humildes y ordinarias de estar en el mundo y de participar sensiblemente de su experiencia. Es muy posible que se encuentren ciertos elementos críticos para la formación del sujeto estético, más allá de su formación académica. Es muy posible, también, que emerjan ciertos componentes ocultos, pero fundamentales de la experiencia estética de todo sujeto, toda vez que éste es una existencia concreta, producto de una historia de vida y de una peripecia vital situada.

El papel del tiempo en la dimensión estética de lo ordinario


John Gutmann (1905-1988)

 

En la experiencia estética de lo ordinario, el tiempo juega un papel protagónico: hilvana la memoria y el aprendizaje.

Hace falta tiempo, en efecto, para que todas y cada una de las vivencias de lo cotidiano vayan tejiendo un fondo de memoria, allí donde se abrirá lugar hospitalario para el pleno y particular sentido del suceso significativo, del evento crucial, del antes-y-después.

Con el tiempo, aprendemos a vivir la vida reservando lugar al sentido del acontecimiento, a través del transcurrir pausado y pacífico de la existencia cotidiana, donde casi nada parece pasar. Pero lo que pasa es, precisamente, es el lugar de significado disponible, vacante y abierto: el lugar del significado vital de lo que sobrevendrá.

Las primeras experiencias estéticas y la formación del sujeto estético


John Gutmann (1905-1988)

 

Conviene reparar en nuestras primeras experiencias estéticas, a efectos de repasar nuestro propio proceso de formación como sujeto estético.

Cuántos de nuestros más remotos recuerdos consisten en sensaciones entrañables de una cierta felicidad en momentos totalmente corrientes, en donde sólo la sensibilidad a flor de piel del niño que fuimos nos ha revelado aquellas experiencias remotas de lo bello. Cierto que recordamos instancias señaladas, pero también lo es el hecho en que a la memoria le acechan lejanas escenas cotidianas que adquirieron, con el tiempo, una leve pátina de primera maravilla.

Es de creer que tales añorados momentos no son otra cosa que la experiencia tan profunda como primigenia del habitar lo estético en una circunstancia por demás ordinaria. Quién pudiera recuperar del niño que ha sido esta virtuosa capacidad para asistir inauguralmente a la revelación de lo bello en el patio de sus juegos.

Las pequeñas epifanías del ser-en-el-mundo


John Gutmann (1905-1988)

 

Cuando se reflexiona sobre la existencia, por lo general se piensa en cómo afrontamos, erguidos sobre nuestra dignidad, aquellos eventos especialmente cruciales de nuestra vida.

Pero no solemos reparar en las modalidades humildes de la existencia, en las pequeñas epifanías del ser-en-el-mundo, en el estar inmersos en los momentos corrientes de nuestra vida. De todo el vasto laberinto que recorremos, parece que el interés se agota en los cambios súbitos de dirección, en las instancias de decisión, más no en la marcha esforzada por los largos pasillos de la vida. Pero así no pensamos en las prolongadas esperas que insume nuestra vida, cuando aguardamos la emergencia de los acontecimientos, las oportunidades, las opciones. Quizá debiésemos mirarnos a nosotros mismos para reconocer mejor la figura que producimos en los tiempos de demora, allí donde meditamos taciturnos sobre nuestra suerte, cuando nos preparamos morosamente para afrontar los acontecimientos.

Porque bien pudiera ser que nuestra vida es, con mucho, una demora prolongada pautada, aquí y allá, y muy de tanto en tanto, por los eventos que nos van torciendo el camino.

Una experiencia estética de lo ordinario


John Gutmann (1905-1988)

 

Todo el arte de la fotografía parece condensarse allí donde un instante cualquiera de vida queda sustraído para siempre del continuo fluir del tiempo.

En la fotografía, como gesto, lo ordinario revela sus ocultas virtudes: súbitos arreglos de lo casual componen figuras allí donde cada elemento consigue integrarse en una reveladora constelación. El cuadro que consigue la fotografía reúne una secreta conexión entre sujetos, lugares y cosas, así como revela arquitecturas efímeras de luces y sombras, que evocan otras sensaciones más complejas y evanescentes. La fotografía, magia de la luz, permite la epifanía de las formas humildes de la existencia.

Ahora, que hemos sido advertidos por una fotografía de una experiencia estética de lo ordinario, no podemos hacer otra cosa que detenernos en la obra de arte en que nos hallamos, sumergidos de forma involuntaria, pero inevitable.

La demora


John Gutmann (1905-1988)

 

Podremos llamar demora a la experiencia estética del habitar el tiempo como dimensión fundamental.

El tiempo no se detiene, por supuesto. La que se pausa o ralentiza es la existencia en su duración. Mediante la demora, los sujetos pueden dejar asomar su vida ya vivida al borde de su sima interior, en donde los posos se irán decantando en los pliegues de la memoria. Mediante la demora, los sujetos pueden dejar volar a su aire y como fantasmagorías sus barruntos del futuro. Mediante la demora, los sujetos pueden habitar calmados y pacíficos su presente como tal, su precisa circunstancia, su propia locación.

Habitando sus demoras, los sujetos tienen la oportunidad de contemplar, absortos, su propia vida en el espejo del tiempo, que sigue pasando, pero mejor advertido en su carácter de duración.

La dimensión estética de la vida corriente


John Gutmann (1905-1988)

 

La estética del habitar debe desarrollarse también sobre el esclarecimiento de la dimensión estética de la vida corriente.

Tanto nos hemos acostumbrado a buscar lo bello e interesante del mundo allí donde emergen eventos destacados, escasos y llamativos, que nos hemos cegado a la posibilidad de resonar con las poéticas del lenguaje ordinario, usual o, precisamente, habitual. Esto parece justificarse con la costumbre de la reserva del arte en los museos, de la literatura en las oscuras bibliotecas y en el disfrute de las élites. Mientras tanto, en la calle queda el estrépito, la fealdad irredimible de lo frecuente y el paisaje carente que es escenario de las vidas de las gentes del común.

Desde ya no se trata de volver pintoresco lo banal, ni de lustrar las mezquinas superficies gastadas por la vida y el uso. No, se trata de prestar oídos a las voces del fondo del lenguaje, de respirar las armonías de la vida urbana allí donde se produzcan. Se trata de poner en su valor el día a día tal cual aparece.

Una experiencia sensible específica


Bruno Barbey (1941)

 

La experiencia estética del habitar es una experiencia sensible particular y específica.

El sujeto aparece inmerso en su situación, cobijado por su objeto tanto en el espacio, pero, sobre todo, en el tiempo, el tiempo propio vivido. Para ello, el sujeto hace ejercicio de un sentido especial, que ahora podemos denominar demora. Una demora no es, necesariamente, una espera, ni tampoco un ejercicio de la memoria de lo pasado, sino la plena vivencia del tiempo que se vive en un presente revelado pacífico. Una demora es la oportunidad que le damos al lugar para que éste despliegue morosamente todos y cada uno de sus aspectos. Una demora es un decurso calmo de la existencia cuando nos damos a nosotros mismos la oportunidad de apreciar, de modo templado, nuestro discurrir.

Y así, demorados en el lugar de vida, es que habitamos las moradas que hacemos nuestras.

Experiencia estética del tiempo habitado


Bruno Barbey (1941)

 

El imperativo categórico de la ontología agraria: ¡interésate por la cosecha! sólo puede seguirse mientras exista una tensión razonable entre previsión y cumplimiento.

Según eso, la casa de los primeros campesinos sería un reloj habitado. Es el lugar de nacimiento de dos tipos de temporalidad: del tiempo que va al encuentro de los acontecimientos, y del tiempo que, como si anduviera en círculo, sirve al eterno retorno de lo mismo.

Sloterdijk, 2004

 

Es fácil concebir una experiencia estética inmersiva en el espacio, pero más sutil es considerarla, en lo que le es propio, en el tiempo.

Es que aún es una novedad la esclarecida expresión de nuestro filósofo. Toda construcción que haga lugar al habitar humano es una suerte de reloj, de observatorio astronómico que envuelve a los mortales en su observación detenida del paso del tiempo. Una casa es un reloj habitado porque ampara a aquellos que tanto se detienen a verificar con morosidad el decurso siempre progresivo de los acontecimientos de la propia vida, así como observar, impávidos, cómo los ciclos cósmicos se repiten con tenaz regularidad.

Una casa —toda casa— tiene la misión primordial, y es estética, de cotejar entre sí ambas temporalidades con su refinado sentido. Es que así y no de otra manera es que el tiempo se deja habitar.

Experiencia estética inmersiva en su objeto


Bruno Barbey (1941)

 

Habitar supone, entonces, una experiencia estética inmersiva en su objeto.

La contextura del lugar inunda la presencia del sujeto, y éste sólo a costa de una depurada actitud crítica consigue reconocer esta peculiar condición de recepción estética. Al confundirse con una efusión corriente de la vida, la experiencia estética del habitar se vuelve engañosamente diáfana y leve. En tales condiciones, el juicio estético no parece ser otra cosa que el juicio del confort.

Pero, a no dudarlo, este juicio del confort no puede ser quizá nunca un depurado juicio estético como le agradaría a más de un teórico de la especialidad. Porque el juicio de confort, es tanto cognoscitivo como ético. Y también, y concurrentemente, estético.

Experiencia estética del sujeto alojado


Bruno Barbey (1941)

 

Cuando se reflexiona sobre la experiencia estética del habitar, resulta casi inevitable recordar la idea wagneriana de obra de arte total (Gesamtkunstwerk). Esto, toda vez que hay en ambas una común integralidad, una totalidad sensible puesta en síntesis superior. No obstante, existe una crucial diferencia.

Cuando se acerca el final de La caída de los dioses, el talante totalizador del autor envuelve de tal modo al espectador, que lo confina, lo encanta y lo sojuzga de tal suerte que sólo con estentóreos y apasionados aplausos las audiencias consiguen abrir la puerta para recuperarse al fin de su total inmersión. Es de admirar este superior talento artístico y —también hay que decirlo—es de temer algo el espíritu demiúrgico de la empresa.

Pero en la experiencia estética del habitar, el sujeto se enseñorea, libérrimo, en su propio tener lugar. Acaso no hay confinamiento, porque, en la oportunidad de una consumada experiencia estética, el tamaño del alojamiento es en todo caso de magnitud conforme a la plena expansión del ser situado de la persona. Cuando un habitante consigue tener efectivo lugar, su ánimo pacífico vaga alígero sobre el lugar. Tan libre, que puede distraerse de sí, de tal modo que confunda la experiencia estética del habitar allí y en ese entonces, con la respiración morosa de la vida misma.

Estética de la situación


Bruno Barbey (1941)

 

Cuando observo este mundo, no soy de este mundo; me asomo a este mundo.

Antonio Porchia

 

La abrumadora mayoría de las estéticas se han construido sobre el fundamento de la contemplación. Pero la estética del habitar es diferente. Es una estética de la situación.

La diferencia estriba en que una estética de la contemplación se establece sobre un prudente y metódico distanciamiento entre el sujeto y su objeto de referencia. Este distanciamiento es una garantía de pureza y especificidad para el vínculo estético. Pero tal virtud no puede predicarse de una estética del habitar.

Tal estética está necesariamente fundada en la pertenencia total del sujeto al mundo que habita. Es una estética propia de los que son de este mundo y no de los que se pretenden asomados a éste. No hay en el habitar otra situación que pueda aislarse en forma pura y específica. La experiencia estética del habitar tiene a su sujeto totalmente contaminado por su pertenencia a la situación que puebla.