Anderson Barbosa
Teoría del Habitar, Uruguay
"Sólo por la filosofía puede experimentar la inteligencia cómo sus pasiones llegan a conceptos". Peter Sloterdijk, 1998
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- Pasos dirigidos hacia una estética propia de la ar...
- Estructura fundamental del lugar
- Introducción discutida a la estética
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- Poética de los umbrales
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- Las prácticas sociales del habitar
- La ética arquitectónica y el derecho a habitar
- Sobre el oxímoron en arquitectura y la morada popu...
- Por qué una teoría del habitar
- Precisiones sobre el pensar arquitectónico
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- El derecho a habitar
- Una pintura del paisaje doméstico
- Poética de la habitación
- La segregación socioterritorial urbana
- Bibliografía actualizada
- Agenda urbana para la Teoría del Habitar
- Papeles sueltos sobre las azoteas
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- La Teoría del Habitar y la sombra del antropocentrismo
- Publicaciones del autor
El lugar del deseo
Émile Savitry
(1903-1967)
¿Puede que hayamos dado con la almendra
deseante de nuestra condición humana? No ansiamos, en el fondo, y según parece,
otra cosa que acontecer con plenitud en una circunstancia en que afrontemos el
deseo de estar allí donde nuestra existencia tenga pleno y rotundo lugar. Es
simple y profundo a la vez. Es preciso centrar la reflexión en el deseo del
lugar, así como el lugar del deseo. Lo que significa: el modo en que deseo,
lugar y libertad existencial se conjugan de un modo tal que ya no pueden ser
entendidos los términos si no es en su mutua implicación.
Y esta mutua implicación termina por
resplandecer con el brillo propio de una revelación que nos debemos a nosotros
mismos.
El deseo del lugar
Cuando
soñamos, puede creerse que nuestro deseo expande nuestra subjetividad hasta los
confines últimos de nuestro mundo.
Pero en
la vigilia, la cultura en que habitamos prolifera interponiendo, en cada
dirección en donde se mueva el deseo, la oferta de un engañoso sucedáneo. Así,
podemos desear un lugar para vivir en el mundo, mientras que el mercado nos
ofrece una mercancía a título de vivienda, en donde nos resignamos a recluir
nuestros horizontes. Podemos desear comunicarnos con nuestros semejantes a
efectos de contactar existencialmente con el Otro, mientras que en algún
comercio algún astuto mercader nos seduce con un teléfono celular u otro medio
tecnológico de comunicación equívoca. Podemos desear un lugar en el mundo desde
donde podamos aportar lo nuestro a la humanidad, mientras que nuestro sistema
de producción apenas nos da, en ocasiones, la posibilidad de trabajar y
consumir en consecuencia.
¿Qué
nos sucedería si dejásemos de creer, por un instante, en tales
sucedáneos? ¿Qué desearíamos si fuésemos capaces de romper los recintos que
encarcelan ilusoriamente la libertad del apetito? ¿Hasta dónde llegaríamos en
el goce pleno de una libertad que nos conociera como puros y auténticos
deseantes?
¿Hasta
dónde se extenderían los confines de nuestro mundo si no nos contentáramos con
otra cosa que con un prístino y hondo deseo de lugar?
La fuerza del anhelo liberador
Émile Savitry
(1903-1967)
Liberados de nuestras constricciones,
jugamos. Liberados de nuestros aherrojamientos, nos permitimos expandirnos en
nuestro ánimo. Liberados de las inercias y rutinas encontramos lo hermoso en el
mundo. Por estas y otras más profundas razones, el anhelo del decoro se asocia
con la libertad, la imaginación y el deseo. Lo bello de la existencia, en
verdad, es aquello que libera, gozosas, las más profundas reservas de energía
vital.
La efusión estética vuelve libre a las
personas y les permite, al menos por un instante, descubrir el velo tras el
cual otra existencia es posible. Por ello, la virtud estética del habitar no es
una facultativa característica que pueda decorar superficialmente las escasas
instancias felices, sino que es un factor constitucional de una plena condición
humana efectivamente vivida.
El principio de la libertad
Émile Savitry (1903-1967)
No obstante, escondemos en la
profundidad de nuestro psiquismo un anhelo de libertad que eclosiona, en
contados momentos, con una contundente alegría en el ánimo. Nos desembarazamos
por un instante de la funesta realidad y accedemos a algo superior, a una
ebriedad de la existencia. Sucede que, al menos por un instante, conocemos la
libertad, que nos abre camino a una realidad otra, superior, esa a la que la
persona pugna por asir y considerar.
De este modo fugaz llegamos a habitar
según el principio de la libertad y nos percatamos de lo bello que en verdad
puede ser una realidad superior, la que resulta de una contingencia vuelta
efectiva.
Alternativa sensata a la segregación socioespacial
Jacob Holdt
Nada de esto
será posible sin una concertada política pública de redistribución equitativa
del ingreso, una humanitaria gestión de las diferencias sociales y una
promoción de los valores de la diversidad cultural. Las personas somos unas en
nuestras circunstancias y sólo podemos salvarnos en nuestra condición si
construimos el marco de situación que nos permita rescatarnos a nosotros mismos
del presente.
Nos debemos,
entonces, esbozos esperanzados de una alternativa sensata a la actual
segregación socioespacial.
Gestión de las diferencias
Ricardo Canino
Así, cada sujeto aparece a la vera de un
abismo, tan real como simbólico, en donde el miedo fundamental es caer desde
una cierta posición socioeconómica hacia las simas de la deprivación. Así, cada
sujeto se emplaza en el reducto urbano que sus ingresos pueden permitirle,
tomando distancia del infierno tan temido. Así, cada urbanita busca la
empobrecida coexistencia con aquellos que tiene por iguales, abominando los
roces con los diversos, sobre todo con los pobladores de las profundidades de
la riqueza relativa y el consumo.
El mecanismo es eficaz, implacable y
sustancialmente perverso. Cada día las diferencias se ahondan y la segmentación
socioespacial se perfecciona, sin que aparezca un culpable particular al que
culpar. Así son las cosas.
La colorida heterogeneidad de la vida situada
Jacob Holdt
Así de compleja, así de rica. Así de
colorida, así de rica. Así de heterogénea, así de rica. Es por esto por lo que
la vida ciudadana en enclaves exclusivos dista de ser un privilegio de ricos,
que levantan muros y distancias con la ciudad de los pobres. La vida ciudadana
confinada en las piezas del discontinuo mosaico socioespacial es, simplemente,
empobrecida. No merece ser llamada vida ciudadana. ¿Habrá un nombre para el
establecimiento y población en esos confines homogeneizados, de vecindarios muy
precisamente clasificados y agrupados por su nivel de ingresos y su
disponibilidad de consumo?
La urbanización sin ciudad, de la que
nos habla Jordi Borja es el nuevo escenario de la vida empobrecida de la
actualidad.
La hospitalidad originaria de las ciudades
Ebbe Stub Wittrup
Garcés, 2016
Marina Garcés nos ha enseñado que la
razón de ser de las ciudades es su hospitalidad originaria: los urbanitas son
llegados, gentes diversas que allí se dan cita.
Es preciso remontarse a los días remotos
en donde, en un cruce de sendas, se encontraron dos o más extraños y de este
encuentro de diversos resultó eso tan interesante que es la proliferación de
intercambios de cosas, servicios e ideas. Para esto se inventaron las ciudades,
para convocar a los que llegan, siempre con algo que contar, siempre con algo que
dar y siempre con mucho que recibir. Las ciudades, por esto y de suyo, son
abiertas y deben ser hospitalarias.
Sólo a algunos espíritus deshumanizados
se les ocurre que es factible erigir murallas y puertas que se cierran. Porque
si una ciudad eleva sus muros y cierra sus puertas al que llega, deja, en el
acto, de ser una ciudad para convertirse en quién sabe qué especie ominosa de
cosa.
Hacer lugar: el altruismo
Pero hay una virtud propia de la
situación que poblamos que nos hace optar por el altruismo. Porque el mundo que
habitamos es mejor si abrimos de par en par nuestra condición liminar en favor
del otro como tal. Porque el mundo que habitamos es mejor si traspasamos la
extrañeza para hacer próximo al que será nuestro semejante cuando compartamos
la mesa. Porque el mundo tiene que ser mejor de aquel en que nos encontramos,
proliferado de fronteras hostiles para nuestra propia condición de humanos.
El género humano del lugar
Ricardo Canino
Lo de tener lugar no es “natural” al
hombre, sino constitucional. Quien tiene lugar es titular de una circunstancia,
señala un aquí y ahora, perturba el ambiente con presencia y población. Es de
humanos, entonces, hacer lugar, producir un acomodo de circunstancias para que
otro sujeto tenga presencia y población en la proximidad. Es de humanos operar
con fronteras abiertas, una vez que hemos abierto un umbral en el mundo al que
sólo a nosotros, según parece, nos es dado trasponer. Es de humanos oscilar, entonces,
en una proximidad que mucho conoce de alianzas y conflictos. Somos esa
sustancia de alianzas y conflictos. El lugar es constituyente, entonces, del
género humano y a ningún humano puede estar vedado el acceso. Antes bien, todo
lugar prodiga, en principio, en umbrales hospitalarios.
Pero sucede a veces que otras voces nos
nublan la memoria y entonces, nos impulsan a cerrar, insensatos, estos
umbrales.
El principio de la solidaridad
Sebastião
Salgado (1944)
Puede pensarse que existe, en el género
humano, un talante originario proclive a la aproximación, a la ayuda, a la
conmiseración. La mención al principio de solidaridad o fraternidad parece
evocar ancestrales sentimientos básicos. El pensar en la noción de solidaridad,
entonces, parece un ejercicio de anamnesis, un gesto
que desvela algo del que guardamos un genérico y atávico recuerdo. Allá en los
albores de la vida social, nuestra condición gregaria era apenas una efusión
resultante de un sentido de alianza, complicidad o fraternidad consustancial a
nuestra condición de semejantes por humanos.
Lo que ha sucedido, de manera crítica y
aguda, que esta semejanza genérica se ha visto minada por un orden social,
económico y político de cariz decididamente antihumanista, que se ha
desarrollado históricamente destruyendo estos recónditos resabios de venerable
sensibilidad. Hoy, contemplamos con estupor y angustia cómo nuestros congéneres
se han vuelto extraños, hostiles y distintos. Apenas si nos arrebujamos en un
timorato ámbito que reservamos para los últimos a los que, de momento, tenemos
por semejantes.
Alternativa a la inequidad
Henri Cartier
Bresson (1908-2004)
La
Teoría del habitar debe ofrecer una sólida alternativa a la inequidad
contemporánea.
Por
ello no basta invocar un principio abstracto y declarativo del principio de
igualdad. Tampoco basta con hacer acopio de una considerable reserva de
equidad. Es preciso, en todo caso, dolerse de las amenazas que penden sobre
nuestros congéneres más vulnerables. Es preciso fastidiarse con el triste
espectáculo de la inadecuación de los lugares que habitamos en lo que toca a su
necesaria hospitalidad con todos los humanos. Es preciso militar activamente
por la consecución de un orden social, económico y cultural proclive al
generalizado acceso a nuestro lugar en condiciones de brindar a cada uno su
lugar de magnitud conforme.
El
principio de igualdad es, en verdad, más que un punto de partida reflexivo, un
horizonte hacia el cual es preciso marchar.
Magnitud conforme
Henri Cartier Bresson (1908-2004)
Esto quiere decir que cada uno de
nosotros tiene el derecho al lugar que le acomode según la peculiar
circunstancia que viva. Esto significa que no es a mínimos racionalizados que
tenemos derecho, sino, por lo contrario, al lugar que nos aloje como un guante
confortable de la vida. Esto suena utópico en las actuales circunstancias en
que a unos pocos se le destina el más escandaloso de los excesos y a la mayoría
se le sume en la más desesperada carencia.
Sin embargo, hay que dar lugar a la
consideración ética de la magnitud conforme, en sustitución de la dominante
noción de derecho social a mínimos constrictivos. Porque es la dignidad y el
decoro de las personas lo que está en juego, aparte de su condición común
humana.
Adecuación
Henri Cartier
Bresson (1908-2004)
El primero de estos lugares adecuados lo
constituye la vivienda, pero no es el único. El vecindario, la ciudad y el
territorio, en cada una de sus diferentes escalas e instancias, debe ofrecer a
todos una condigna adecuación. Por ello, la adecuación es exigible socialmente,
de la misma forma que su consecución tiene también un carácter social y
comunitario insoslayables. Como es fácil de comprender, sólo un orden jurídico,
político, económico, cultural y social diferente al actual puede encarnar esta
consigna.
Por tal orden social es preciso luchar.
La hospitalidad de hacer lugar
Henri Cartier
Bresson (1908-2004)
Así, unas ciertas condiciones sociales y
culturales se vuelven propicias para celebrar un pacto entre las personas y el
lugar habitado. Un contrato social de habitación. Esta porción virtuosa de la
humanidad puede celebrar el resplandor de su condición situada.
¿Cómo es que nuestra ciudad y nuestra
sociedad no muestran nada de tal idílico aspecto? ¿Cómo hemos permitido que
nuestra ciudad y su comunidad residente resulten tan inhóspitas para los niños,
los pobres y los diferentes? ¿Cómo es que no nos permitimos la oportunidad de
desarrollar un ánimo equitativo y de ejercer efectivamente un genérico
principio de igualdad humana?
En verdad, no hemos sabido construir las
condiciones políticas, sociales, económicas y culturales para que los lugares
que poblamos en la actualidad lleguen a ser, por su propia virtud,
hospitalarios. Así nos va.
La equidad en la teoría del habitar
Henri Cartier
Bresson (1908-2004)
La equidad, entonces, es una actitud
sociopolítica dirigida por el principio de igualdad que combate activamente
toda forma de desigualdad social en pos de proveer a cada persona de aquello a
lo que tiene efectivo y reconocido derecho. La equidad, en el frente ético de
la Teoría del Habitar, es la actitud que lucha por la adecuación de las cosas
de vivir, de la arquitectura de los lugares y del escenario ciudadano a las
diversas solicitaciones subjetivas de los habitantes.
A cada cual, lo que merece, según su
constitución humana, digna y decorosa. Tal la consigna de acción ética,
económica y política.
El principio de la igualdad
Henri Cartier
Bresson (1908-2004)
Somos iguales como seres humanos, somos
iguales como seres situados, somos iguales en dignidad específica. Sin embargo,
todo orden político, social y económico que la humanidad ha conocido a lo largo
de su sufrida historia ha resultado el sostenedor de hirientes desigualdades
jurídicas, políticas, sociales y, sobre todo, económicas y culturales.
Ha corrido sangre para que, al final, se
considere razonable la casi igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, lo
que no es poco, pero nada suficiente. La equiparación de todos los ciudadanos
en derechos y obligaciones tiene aún un largo camino por recorrer,
encontrándose por aquí y por allá con las más despiadadas desigualdades
falazmente naturalizadas.
Es por ello por lo que la ética de la
Teoría del Habitar debe comenzar por munirse de un principio de igualdad que
obre como herramienta estratégica para erigirse digna de la condición humana
que inviste.
El sentido del detalle en la arquitectura del lugar
Denis Roche
(1937-2015)
Existe
una dificultada añadida: "hacer una habitación" requiere de energías
que no pueden ser aportadas, en exclusiva, por el arquitecto o por el
habitante. La habitación es un lugar intermedio entre ambos. Se nutre de dos
universos imaginativos y de los objetos que contiene. Así pues, es un lugar de
encuentro y de cesión. Es un lugar intermedio, que no está formado por un
listado de propiedades, paredes o cuerpos, sino que es precisamente lo que los
mantiene unidos.
Santiago
de Molina, 2020
De momento, de su efectiva constitución
sólo podemos atisbar detalles, indicios, síntomas. Estos tienen lugar allí en
donde el habitar roza las cosas de vivir y cuando tenemos la sabiduría, la
prudencia y también la sensibilidad en concurrencia para percibir estos tenues
fulgores reveladores. Ya llegará el día en que nuestra conciencia podrá dar
cuenta cabal de la estructura de propiedades, situaciones y escenarios que
conforman de modo efectivo la arquitectura vivida.
El sentido del detalle en la
arquitectura del lugar es el umbral que deberemos trasponer para siempre para
saber del esplendor de la buena vida en el escenario que la hace posible. Pero
antes deberemos rumiar mucho las ideas, nociones y conceptos hospitalarios para
recibir en su seno toda la profunda complejidad de la vida situada.
Síntomas de vida decorosa
Denis Roche
(1937-2015)
Es forzoso partir del punto de que el
mundo, en sí, no es ninguna maravilla y, sin embargo, hace lugar, aquí y allá,
a ciertos prodigios que sería en verdad imperdonable pasar por alto. Nuestros
sentidos no son pasivos receptores de lo que nos llega apenas a pasar, sino
operan como espías aplicados que escudriñan el entorno. Es preciso, por tanto,
prestar atención a las más variadas manifestaciones de las cosas y situaciones
que nos rodean para procurarnos la consumación sensible de todo aquello que
merezca percibirse.
Pero la percepción es apenas una cara de
la moneda. Por otro lado, queda la producción positiva del decoro que debe
ampararnos.
La arquitectura del lugar es, por ello,
el resultado sintético superior del aunamiento de las sensaciones profundas con
la producción y arreglo decoroso de las cosas de vivir. Tenemos derecho a tal
decoro, así como se nos impone el deber de consumarlo.
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