Arquitectura de actos de habitar


Garry Winogradpie

A las magníficas vacuidades de la arquitectura metafísica será posible, un cierto día, oponerle unas arquitecturas turgentes de vida humana, unas arquitecturas pletóricas de actos de habitar.
Mientras tanto, podemos observar, aquí y allá, ciertos fugaces emergentes en aquellos lugares en donde el habitar humano tiene éxito sobre los constreñimientos acostumbrados. Podríamos entrever cierta esperanza, acaso, en los lugares en donde la vida humana consigue prevalecer sobre el implacable disciplinamiento del poder que se ensaña sobre los cuerpos. Hacia donde, de un modo preciso, los cuerpos humanos encuentren su territorio de expansión libérrima, de cómodas holguras, de celebrada felicidad, hacia allí deberemos dirigir nuestra atención. Para aprender de los ejemplos.

Arquitecturas de acontecimientos: escenarios de la vida


Garry Winogradpie

De la comprensión honda de la contextura de acontecimientos se deriva una correspondiente arquitectura de acontecimientos, esto es, una arquitectura que oficia con plenitud su carácter de escenario de la vida.
Esta arquitectura de acontecimientos refiere mutua y significativamente a la vida como estructura de sucesos y a los escenarios que le confieren pleno sentido como contexto. Hay, entonces, una arquitectura frenética, apasionada y febril de los acontecimientos de la vida que interactúan con un escenario que sirve de referencia de sentido: un marco significativo para los sucesos. De esta manera, los acontecimientos no se recortan del lugar como figuras sobre un fondo amorfo, sino como historias que se desarrollan con diversos decursos temporales: uno, apresurado con las urgencias de la vida y otro, más lerdo, con la duración flemática de lo construido.

Contexturas de acontecimientos


Garry Winograd

La atención a las situaciones debe complementarse con el examen profundo de las contexturas de acontecimientos.
Estas contexturas de acontecimientos no son otra cosa que las secuencias coherentes de acciones que se suceden en un lugar habitado y que hacen de este último el escenario continente de la vida humana. Mientras que las situaciones tratan de los órdenes de coexistencias que fijan y establecen los elementos constitutivos del habitar, los acontecimientos son las sucesiones, los progresos y desarrollos de la acción en su dimensión temporal. En lo que toca a los acontecimientos, es la consecución de la acción la que dicta una ley interior que solicita al escenario constituir un continente adecuado para su logro efectivo, acomodado y estéticamente logrado.

Arquitecturas de situación: cada cosa en su lugar


Garry Winograd

La comprensión profunda de las contexturas de situación conduce a la consecución de unas correspondientes arquitecturas de situación.
En efecto, a la consideración de la constitución necesaria de una situación le corresponde un orden arquitectónico consecuente en donde personas y cosas se disponen mutuamente en sus lugares respectivos. Así, es la situación vital la que empuja desde dentro a la forma arquitectónica, sin imponerle una forma necesaria, sino introduciendo las ajustadas solicitaciones para que la vida se desarrolle con plena expansión, de un modo digno y decoroso.
Reservar para cada persona y para cada cosa del vivir su lugar adecuado según el orden que dicta la propia situación de habitación es una tarea de amparo de la vida, más que una imposición de una regla extraña a ella.

Contexturas de situación


Bruce Davidson

Puede comenzarse un nuevo camino si desarrollamos una peculiar acuidad perceptiva y una adecuada comprensión de las contexturas de situación.
Por contexturas de situación se entiende aquí y en principio las formas emergentes y perceptibles de la condición situada de cada habitante. Es preciso dirigir la atención a los distanciamientos y proximidades relativas que guardan las personas entre sí y con respecto a las cosas de vivir. Dar con las contexturas de situación implica dar cuenta del orden de coexistencias que los componentes y procesos de la habitación guardan entre sí, a efectos de descubrir la ley interior que la vida humana dicta a los lugares habitados.
Percibir y comprender las contexturas de situación es, entonces, dar con los elementos que las estructuras fundamentales del lugar fijan, establecen y equilibran sus elementos en el campo habitado.

Arquitectura de situaciones y acontecimientos


Diana Markosian (1989)

¿Por qué no una arquitectura de situaciones y acontecimientos?
Frente a una arquitectura de muros y cubiertas, puertas y ventanas, suelos y terrazas, una arquitectura que tenga origen en los amparos de las situaciones existenciales, en las trasposiciones de umbrales, en los tránsitos. Una arquitectura, entonces, de actos de habitación antes que facturas constructivas, que devendrían después y en consecuencia de las primeras. Una arquitectura dibujada por las danzas de la vida, antes que por las elucubraciones autoritarias de los administradores del aire.
Una arquitectura que nos debe ser posible.

La vida empuja a las arquitecturas desde dentro


Sam Abell (1945)

Mientras que al arquitecto demiurgo le complace el empoderamiento del lápiz que empuña implacable sobre un papel siempre en blanco, que origina en el tablero abstraído de su conciencia de hacedor de arquitecturas corsé, debemos darnos al menos la oportunidad de imaginar una arquitectura empujada desde dentro por los gestos de la vida.
Una arquitectura que crecería con los ademanes del cuerpo, con las figuras magníficas de su coreografía, con las parsimonias del modo biológico de suceder. Una arquitectura que resultara del contorneo cuidadoso de las envolventes de la existencia. Ni más, ni menos. Una arquitectura originada en su única simiente legítima y razonable: la vida vivida en situación y acontecimiento.

Danzas de la vida



Sam Abell (1945)

Es preciso abrir el lugar señalado para las danzas de la vida.
Que no es de modo alguno hacer un sitio; es mucho más complejo que eso. Porque hacer un sitio es negar a algo su lugar para aviar un espacio. Pero abrir el lugar para las danzas de la vida es descubrir, aquí y allá, los puntos sensibles del campo habitado por donde discurrirá la vida cuando tenga lugar allí. Es ser capaz de percibir los derroteros, las derivas, la trama de senderos que se abren a las marchas de los viandantes. Es ser sensible para dar cuenta de las moradas del cuerpo, allí donde se detendrán, cada tanto y a su aire, los ligeros habitantes. Es ser cuidadoso en la tutela decorosa de los umbrales que los cuerpos gustarán trasponer, estremecidos de existencia vivida. Para que la vida celebre su ocurrencia plena, gozosa y libre, para eso es preciso abrir el lugar señalado para las danzas de la vida.

Cuerpos palpitantes


Sam Abell (1945)

Una arquitectura concreta debe abandonar la geometría abstracta del espacio para abordar la compleja estructura dimensional del lugar vivido.
Es que no se trata ya del espacio, sino del lugar. La arquitectura concreta tiene efectiva existencia allí donde los cuerpos palpitantes estremecen el campo habitado. La arquitectura concreta, por otra parte, no se reduce a ser operada mecánicamente, ni a ser usada reductivamente. La arquitectura concreta se consuma en el acto de habitarla según unos modos que deberemos aprender a percibir, respetar y cultivar.
La arquitectura guante es aquella concreción servicial, digna de la condición humana y decorosa en un plano superior estético, en donde la vida humana tiene su lugar señalado.

Arquitectura como guante


Henri de Toulouse-Lautrec (1864–1901) Mujer con guantes (1890)

A la arquitectura metafísica es preciso oponerle una concreta. Y a una arquitectura corsé debe oponérsele una arquitectura guante.
¿Cómo caracterizar a una arquitectura guante? Como una arquitectura que sigue las líneas de la vida, que ampara los gestos más sutiles del cuerpo, que contornea sutil y elegante la figura del habitante. Mientras que la arquitectura corsé disciplina el cuerpo con un poder extraño al cuerpo, la arquitectura guante obedece de buen grado a cada ademán del cuerpo vivo y empoderado.
La arquitectura guante es, de modo cabal, una arquitectura concreta pues está henchida de vida humana, a diferencia de la arquitectura metafísica, que reposa en su magnífica vacuidad autosuficiente. La arquitectura guante es una arquitectura concreta porque se estremece con las palpitaciones de la vida que allí tiene lugar. La arquitectura guante es una arquitectura concreta porque adquiere su significado propio con el roce del cuerpo.

Arquitectura como corsé de la vida


Newsha Tavakolian (1981)

La arquitectura centrada en el objeto construido como fin en sí mismo constituye un corsé para la vida que en ella habita.
Tal arquitectura resulta de la imposición del poder sobre el cuerpo sometido del habitante, cuerpo de un sujeto paciente, cuerpo de un puro consumidor. El cuerpo del habitante está constreñido por un diseño que lo soslaya, por un proyecto social que lo olvida, por una estructura productiva que se aplica apenas a maximizar beneficios y tiempos de recuperación del capital invertido. El cuerpo del habitante está angostado en máquinas deficientes de alojar, precarias en su constitución formal y material y carentes de contenido simbólico, como no sea su inconmovible desesperanza. La vida languidece allí, respira con dificultad y se proyecta como una sombra abandonada sobre los tabiques demasiado próximos que amparan su soledad esencial.

Arquitectura metafísica


Kevin Saint Grey (1978)

La arquitectura centrada en el objeto construido como fin en sí mismo sólo puede evolucionar hacia una arquitectura metafísica.
Es que, si proseguimos en forma implacable con el proceso de depuración de contenido y valor arquitectónico, no llegaremos a otro sitio que al vacío monumental como resultado material, social y simbólico. La depurada cosificación del producto arquitectónico está cerca de alcanzar su objetivo: dar con su arjé, con su marca abstracta y vacua de excelencia en el juego abstracto de las formas puramente espaciales.
Pudiera pensarse que este proceso histórico comprende apenas a una parte del ejercicio profesional de la arquitectura, mientras que, por otro lado, se sucede, como proceso también arquitectónico pero paralelo al citado, una práctica que atiende en cierta forma las solicitaciones de la demanda social de lugares para habitar. Sin embargo, hay que replicar a esto que la orientación decidida a la arquitectura metafísica es hegemónica tanto en la conciencia profesional de los arquitectos en la actualidad, así como hondamente influyente en otros sectores dominantes en la promoción y construcción de la ciudad contemporánea.

Escultura y arquitectura


Kevin Saint Grey (1978)

Si abstraemos toda la complejidad teleológica propia de la arquitectura como actividad social de producción, obtendremos como resultado un arte plástico puramente espacial, una cierta forma de escultura de gran formato, en la que, incidentalmente la vida a veces consigue hacerse lugar.
Sólo la complejidad social de la implementación a la vez cognoscitiva, práctica y estética de la arquitectura es garantía de su especificidad e identidad como disciplina. Esto, si de arquitectura concreta se trata. Porque si se trata de arquitectura metafísica, entonces la cuestión es otra.

Geometrías e historias de la gesta tectónica


Kevin Saint Grey (1978)

Para la conveniente consecución de una arquitectura del puro artefacto construido fue necesario un proceso histórico de depuración. Esta depuración comienza a escindir de la realidad compleja y viva del lugar un puro espacio tridimensional, por un lado, soslayando el tiempo. Este puro espacio tridimensional se deja dominar por una geometría operativa que aparece “naturalmente” hermanada con el esfuerzo del diseño arquitectónico.
Por otra parte, se sucede otro proceso de depuración —éste de carácter histórico-tectónico— en donde se seleccionan normativamente ciertos modos de producir la forma debida a ciertos artefactos como el templo religioso. El proceso histórico no cesa sino con una codificación precisa de elementos, diseños y proporciones que conducen a la buena forma normativa. Con la convergencia de ambos procesos, más allá de la crisis del llamado lenguaje clásico de la arquitectura, lo que resulta es un renovado espíritu aplicado a la depuración de la forma según el procedimiento geométrico de diseño. La arquitectura moderna resulta, así, un ejercicio de mondas formas abstractas en donde se echa en falta el palpitar anhelante de quienes la habitan.

El artefacto construido como cosa en sí


Kevin Saint Grey (1978)

Existe una prolongada tradición en la conciencia arquitectónica que se desvela por artefacto construido como cosa en sí.
Es que el desafío físico y matemático del principio de la firmitas vitruviana es singular en su contextura y magnitud física y también metafísica. La pasión constructiva conduce a producir más alto, más rápido y más fuerte. Es comprensible que el poder político y económico tenga en el esfuerzo hercúleo por construir una expresión propia: construir es un acto y empresa regias. Luchar y vencer sobre la materia, el espacio y el tiempo es, quizá, la expresión palpable y perdurable del poder por excelencia. Para ello, el talento de los oficiantes profesionales es, comprensiblemente, adecuadamente valorado y remunerado. El diseño al servicio del poder paga. Y porque paga, entonces es valioso como cosa en sí, como pasión que se cumple con el edificio erigido y triunfante como cosa en sí, como finalidad superior, implementable en su propia eminencia.

La caricia íntima al lugar de todo habitante


Evelyn Hofer (1922-2009)

Es posible pensar ahora que habitar supone una caricia íntima al lugar por parte de sus habitantes.
Con un gesto que tiene mucho de amoroso, el cuerpo irradia entonces su estructura sobre el lugar, dilatando a su aire una esfera sutil que llega a rozar ciertas zonas sensibles de la arquitectura materialmente conformada. Con una actitud corporal solícita, el cuerpo trabaja constante y empecinadamente por la conformación efectiva de una estructura estructurante que dota de forma sensible al lugar habitado. Con la regla de una superior coreografía, el cuerpo juega su pasión en el área amparada.
Todo un profundo sentido emerge de la habitación de la arquitectura del lugar. El sentido que proviene de una caricia a la vez juguetona, esforzada y amorosa.

Roces del habitar en la arquitectura construida


Leonard McCombe (1923)

Llegados a este punto, cabe preguntarse por esa especial región en donde se rozan, no sin placer, la arquitectura laxa del lugar con la arquitectura materialmente conformada.
Es por cierto una verdadera zona erógena, un territorio apasionado en donde el placer de vivir tiene efectivo lugar. Allí todo encaja del mejor modo y los roces son los estremecimientos felices de la existencia. Allí resuenan los ecos de las palpitaciones de la vida con peculiar reverberación. Allí, en los rincones virtuosos de la arquitectura efectivamente vivida, todo es una vibrante penumbra.
A las zonas de roce, entonces, deberemos prestar una atenta percepción, con el ánimo bien dispuesto y simpático.

Los protagonistas del acto de habitar


James Van Der Zee (1886-1983)

Toda vez que el habitar es un acto, los gestos del cuerpo son los protagonistas efectivos de éste.
Las actitudes corporales, las coreografías, los ademanes, los roces son los actos eficaces con los que el cuerpo tiene lugar. Estos gestos son los primeros indicios emergentes de la arquitectura del lugar, son las formas primordiales que la modelan, son las formas fundamentales de una escritura y designio. Son concepciones tanto como prácticas y producciones. Son conjeturas tanto como conatos y esbozos. Son ideas, sí, pero, además, experiencias y performances. En virtud de estas características deben ser estudiados, interpretados y comprendidos.

El palpitar de la vida


Tony Vaccaro (1922)

Es preciso dejar ser al palpitar de la vida como poder que imprime una peculiar formatividad al lugar.
Si se cumpliera con este empoderamiento, la vida humana podría dejar de escabullirse en los entresijos de la arquitectura materialmente conformada, para resultar una emergencia triunfante, feliz y liberadora. Pero esta emergencia sólo se conseguiría a costas de unas condiciones sociales, económicas y políticas proclives a ello. Porque el empoderamiento del palpitar de la vida no es, de modo alguno, un problema apenas técnico arquitectónico sino político. Micropolítico.

La arquitectura del lugar


Tony Vaccaro (1922)

Es preciso munirse de una nueva sensibilidad y una especial acuidad perceptiva para reparar en la arquitectura del lugar, que es una arquitectura que precede, deriva y contornea a la que conocemos.
Antes que haya el más mínimo gesto constructivo material, puede constatarse que existen disposiciones del cuerpo, hábitos y sueños que demandan y conforman una arquitectura laxa hecha con los pormenores de la presencia y población de los lugares. Esta arquitectura blanda dirige a los cuerpos a tener lugar, a hacérselo, a ahuecar espacios y tiempos para celebrar los rituales vitales más imperiosos. Hay, pues, una arquitectura laxa en el deseo, el sueño y la demanda de transformaciones formales y materiales en el ambiente.
Y también hay arquitectura laxa después, por dentro y alrededor, de la arquitectura material, toda vez que la vida palpita allí. Pudiera pensarse  — desafiando al sentido común—que los esfuerzos constructivos no son más que meros instrumentos trabajosos, pesados y contundentes, que apenas si median entre las lábiles arquitecturas del lugar.