Esto tiene consecuencias en el terreno
de la estética, en donde se acostumbra distinguir entre la refinada acuidad del
sentido del gusto de ciertas minorías, muy por encima del presunto basto
criterio de los más. Si consideramos la omnipresencia tanto como la complejidad
de la experiencia estética del habitar, resultaría temerario intentar siquiera discriminar
tales experiencias según su eventual refinamiento. Todo lo más que podría
considerarse es que las personas cultas o educadas podrían, en el mejor de los
casos, tener mejores herramientas comunicativas para dar cuenta de sus
experiencias. Esto parece situar el problema en un lugar inesperado: ¿A quién
recurriríamos en pos de la sabiduría estética del habitar y mediante qué asedio
psicoanalítico pudiésemos acaso registrar el fondo efectivo de sus vivencias?
Porque, a no dudarlo, lo que cuenta, en todo
caso, es la profundidad sensible de las vivencias de quienes demuestren ser
peculiarmente avisados en el arte de habitar



















