Pero hay una virtud propia de la
situación que poblamos que nos hace optar por el altruismo. Porque el mundo que
habitamos es mejor si abrimos de par en par nuestra condición liminar en favor
del otro como tal. Porque el mundo que habitamos es mejor si traspasamos la
extrañeza para hacer próximo al que será nuestro semejante cuando compartamos
la mesa. Porque el mundo tiene que ser mejor de aquel en que nos encontramos,
proliferado de fronteras hostiles para nuestra propia condición de humanos.
Teoría del Habitar, Uruguay
"Sólo por la filosofía puede experimentar la inteligencia cómo sus pasiones llegan a conceptos". Peter Sloterdijk, 1998
Páginas
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- Pasos dirigidos hacia una estética propia de la ar...
- Estructura fundamental del lugar
- Introducción discutida a la estética
- 3. Los bares
- 2. Los restaurantes
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- Lugares de trabajo
- Poética de los umbrales
- Laberintos del agua y de los cuerpos
- Las prácticas sociales del habitar
- La ética arquitectónica y el derecho a habitar
- Sobre el oxímoron en arquitectura y la morada popu...
- Por qué una teoría del habitar
- Precisiones sobre el pensar arquitectónico
- Teoría del Habitar Una agenda
- El derecho a habitar
- Una pintura del paisaje doméstico
- Poética de la habitación
- La segregación socioterritorial urbana
- Bibliografía actualizada
- Agenda urbana para la Teoría del Habitar
- Papeles sueltos sobre las azoteas
- Disposiciones de las cosas
- La Teoría del Habitar y la sombra del antropocentrismo
- Publicaciones del autor
El género humano del lugar
Ricardo Canino
Lo de tener lugar no es “natural” al
hombre, sino constitucional. Quien tiene lugar es titular de una circunstancia,
señala un aquí y ahora, perturba el ambiente con presencia y población. Es de
humanos, entonces, hacer lugar, producir un acomodo de circunstancias para que
otro sujeto tenga presencia y población en la proximidad. Es de humanos operar
con fronteras abiertas, una vez que hemos abierto un umbral en el mundo al que
sólo a nosotros, según parece, nos es dado trasponer. Es de humanos oscilar, entonces,
en una proximidad que mucho conoce de alianzas y conflictos. Somos esa
sustancia de alianzas y conflictos. El lugar es constituyente, entonces, del
género humano y a ningún humano puede estar vedado el acceso. Antes bien, todo
lugar prodiga, en principio, en umbrales hospitalarios.
Pero sucede a veces que otras voces nos
nublan la memoria y entonces, nos impulsan a cerrar, insensatos, estos
umbrales.
El principio de la solidaridad
Sebastião
Salgado (1944)
Puede pensarse que existe, en el género
humano, un talante originario proclive a la aproximación, a la ayuda, a la
conmiseración. La mención al principio de solidaridad o fraternidad parece
evocar ancestrales sentimientos básicos. El pensar en la noción de solidaridad,
entonces, parece un ejercicio de anamnesis, un gesto
que desvela algo del que guardamos un genérico y atávico recuerdo. Allá en los
albores de la vida social, nuestra condición gregaria era apenas una efusión
resultante de un sentido de alianza, complicidad o fraternidad consustancial a
nuestra condición de semejantes por humanos.
Lo que ha sucedido, de manera crítica y
aguda, que esta semejanza genérica se ha visto minada por un orden social,
económico y político de cariz decididamente antihumanista, que se ha
desarrollado históricamente destruyendo estos recónditos resabios de venerable
sensibilidad. Hoy, contemplamos con estupor y angustia cómo nuestros congéneres
se han vuelto extraños, hostiles y distintos. Apenas si nos arrebujamos en un
timorato ámbito que reservamos para los últimos a los que, de momento, tenemos
por semejantes.
Alternativa a la inequidad
Henri Cartier
Bresson (1908-2004)
La
Teoría del habitar debe ofrecer una sólida alternativa a la inequidad
contemporánea.
Por
ello no basta invocar un principio abstracto y declarativo del principio de
igualdad. Tampoco basta con hacer acopio de una considerable reserva de
equidad. Es preciso, en todo caso, dolerse de las amenazas que penden sobre
nuestros congéneres más vulnerables. Es preciso fastidiarse con el triste
espectáculo de la inadecuación de los lugares que habitamos en lo que toca a su
necesaria hospitalidad con todos los humanos. Es preciso militar activamente
por la consecución de un orden social, económico y cultural proclive al
generalizado acceso a nuestro lugar en condiciones de brindar a cada uno su
lugar de magnitud conforme.
El
principio de igualdad es, en verdad, más que un punto de partida reflexivo, un
horizonte hacia el cual es preciso marchar.
Magnitud conforme
Henri Cartier Bresson (1908-2004)
Esto quiere decir que cada uno de
nosotros tiene el derecho al lugar que le acomode según la peculiar
circunstancia que viva. Esto significa que no es a mínimos racionalizados que
tenemos derecho, sino, por lo contrario, al lugar que nos aloje como un guante
confortable de la vida. Esto suena utópico en las actuales circunstancias en
que a unos pocos se le destina el más escandaloso de los excesos y a la mayoría
se le sume en la más desesperada carencia.
Sin embargo, hay que dar lugar a la
consideración ética de la magnitud conforme, en sustitución de la dominante
noción de derecho social a mínimos constrictivos. Porque es la dignidad y el
decoro de las personas lo que está en juego, aparte de su condición común
humana.
Adecuación
Henri Cartier
Bresson (1908-2004)
El primero de estos lugares adecuados lo
constituye la vivienda, pero no es el único. El vecindario, la ciudad y el
territorio, en cada una de sus diferentes escalas e instancias, debe ofrecer a
todos una condigna adecuación. Por ello, la adecuación es exigible socialmente,
de la misma forma que su consecución tiene también un carácter social y
comunitario insoslayables. Como es fácil de comprender, sólo un orden jurídico,
político, económico, cultural y social diferente al actual puede encarnar esta
consigna.
Por tal orden social es preciso luchar.
La hospitalidad de hacer lugar
Henri Cartier
Bresson (1908-2004)
Así, unas ciertas condiciones sociales y
culturales se vuelven propicias para celebrar un pacto entre las personas y el
lugar habitado. Un contrato social de habitación. Esta porción virtuosa de la
humanidad puede celebrar el resplandor de su condición situada.
¿Cómo es que nuestra ciudad y nuestra
sociedad no muestran nada de tal idílico aspecto? ¿Cómo hemos permitido que
nuestra ciudad y su comunidad residente resulten tan inhóspitas para los niños,
los pobres y los diferentes? ¿Cómo es que no nos permitimos la oportunidad de
desarrollar un ánimo equitativo y de ejercer efectivamente un genérico
principio de igualdad humana?
En verdad, no hemos sabido construir las
condiciones políticas, sociales, económicas y culturales para que los lugares
que poblamos en la actualidad lleguen a ser, por su propia virtud,
hospitalarios. Así nos va.
La equidad en la teoría del habitar
Henri Cartier
Bresson (1908-2004)
La equidad, entonces, es una actitud
sociopolítica dirigida por el principio de igualdad que combate activamente
toda forma de desigualdad social en pos de proveer a cada persona de aquello a
lo que tiene efectivo y reconocido derecho. La equidad, en el frente ético de
la Teoría del Habitar, es la actitud que lucha por la adecuación de las cosas
de vivir, de la arquitectura de los lugares y del escenario ciudadano a las
diversas solicitaciones subjetivas de los habitantes.
A cada cual, lo que merece, según su
constitución humana, digna y decorosa. Tal la consigna de acción ética,
económica y política.
El principio de la igualdad
Henri Cartier
Bresson (1908-2004)
Somos iguales como seres humanos, somos
iguales como seres situados, somos iguales en dignidad específica. Sin embargo,
todo orden político, social y económico que la humanidad ha conocido a lo largo
de su sufrida historia ha resultado el sostenedor de hirientes desigualdades
jurídicas, políticas, sociales y, sobre todo, económicas y culturales.
Ha corrido sangre para que, al final, se
considere razonable la casi igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, lo
que no es poco, pero nada suficiente. La equiparación de todos los ciudadanos
en derechos y obligaciones tiene aún un largo camino por recorrer,
encontrándose por aquí y por allá con las más despiadadas desigualdades
falazmente naturalizadas.
Es por ello por lo que la ética de la
Teoría del Habitar debe comenzar por munirse de un principio de igualdad que
obre como herramienta estratégica para erigirse digna de la condición humana
que inviste.
El sentido del detalle en la arquitectura del lugar
Denis Roche
(1937-2015)
Existe
una dificultada añadida: "hacer una habitación" requiere de energías
que no pueden ser aportadas, en exclusiva, por el arquitecto o por el
habitante. La habitación es un lugar intermedio entre ambos. Se nutre de dos
universos imaginativos y de los objetos que contiene. Así pues, es un lugar de
encuentro y de cesión. Es un lugar intermedio, que no está formado por un
listado de propiedades, paredes o cuerpos, sino que es precisamente lo que los
mantiene unidos.
Santiago
de Molina, 2020
De momento, de su efectiva constitución
sólo podemos atisbar detalles, indicios, síntomas. Estos tienen lugar allí en
donde el habitar roza las cosas de vivir y cuando tenemos la sabiduría, la
prudencia y también la sensibilidad en concurrencia para percibir estos tenues
fulgores reveladores. Ya llegará el día en que nuestra conciencia podrá dar
cuenta cabal de la estructura de propiedades, situaciones y escenarios que
conforman de modo efectivo la arquitectura vivida.
El sentido del detalle en la
arquitectura del lugar es el umbral que deberemos trasponer para siempre para
saber del esplendor de la buena vida en el escenario que la hace posible. Pero
antes deberemos rumiar mucho las ideas, nociones y conceptos hospitalarios para
recibir en su seno toda la profunda complejidad de la vida situada.
Síntomas de vida decorosa
Denis Roche
(1937-2015)
Es forzoso partir del punto de que el
mundo, en sí, no es ninguna maravilla y, sin embargo, hace lugar, aquí y allá,
a ciertos prodigios que sería en verdad imperdonable pasar por alto. Nuestros
sentidos no son pasivos receptores de lo que nos llega apenas a pasar, sino
operan como espías aplicados que escudriñan el entorno. Es preciso, por tanto,
prestar atención a las más variadas manifestaciones de las cosas y situaciones
que nos rodean para procurarnos la consumación sensible de todo aquello que
merezca percibirse.
Pero la percepción es apenas una cara de
la moneda. Por otro lado, queda la producción positiva del decoro que debe
ampararnos.
La arquitectura del lugar es, por ello,
el resultado sintético superior del aunamiento de las sensaciones profundas con
la producción y arreglo decoroso de las cosas de vivir. Tenemos derecho a tal
decoro, así como se nos impone el deber de consumarlo.
Síntomas de la buena vida
Denis Roche
(1937-2015)
Para
revelar ciertos detalles sintomáticos de la arquitectura del lugar, por otra
parte, es preciso cultivar y poblar una buena vida.
Aquí la
perspectiva propiciadora es ética y complementaria a la cognoscitiva de la que
antes se ha hecho mención. Una buena vida es –a estos efectos, al menos–
aquella que abre paso a una apacible felicidad, a una sencilla plenitud, a un
sereno goce de todo aquello que a la vida le es grato. No supone esto ningún
privilegio exclusivo, ninguna prerrogativa conseguida con la deprivación ajena,
ni menos una abusiva objetivación de cualquier otro sujeto. La buena vida no
explota recursos; los cultiva. La buena vida no extrae bienes; antes los
produce. La buena vida no aniquila contrariedades; forja herramientas de
trabajo.
Una
buena vida así concebida es una vida que podrá comprobar, de suyo, cómo su
propia proyección ética sobre las cosas logra iluminarlas con una emanación
perceptible que modela a estas precisamente como cosas buenas para vivir con
ellas. Porque la virtud de la arquitectura del lugar es la honra de la vida que
allí respira.
Síntomas del saber vivir
Denis Roche
(1937-2015)
Saber vivir, en el sentido que aquí se
quiere cultivar, consiste en proyectar todas y cada una de las instancias
sensibles de la existencia sobre las cosas que nos rodean, de tal modo que cada
una quede iluminada con el fulgor de la atención acechante. De tal modo, es la
propia vida que roza las cosas y las pule de tal modo que sus superficies
revelan, como espejos, aquella constitución efectiva en el lugar.
Así, el conocimiento cabal de los
síntomas de la arquitectura del lugar es la emergencia de la plenitud habitual
de la vida, fruto de una honda cotidianidad henchida de sentido.
Detalles sintomáticos
Denis Roche
(1937-2015)
Puede creerse que, en el estadio
embrionario de nuestra actual situación cognoscitiva al respecto, la realidad
efectiva de la constitución de la arquitectura del lugar sólo nos permita vislumbrar,
aquí y allá, destellos de su manifestación. Por eso, es preciso considerarlos,
de momento, como detalles. Y son detalles sintomáticos, ya que sólo un
cuidadoso, sistemático y esforzado aunamiento de percepciones podrá, algún día,
revelar toda la magnificencia de la arquitectura del lugar. Cuando ésta se
perciba, comprenda y deguste en tanto tal.
Configuraciones de la arquitectura del lugar
Duane Michals
Aperturas y conexiones se yuxtaponen a
confines y alejamientos: el espacio y el tiempo dejan de ser dimensiones
homogéneas para ponerse al servicio de la configuración del campo habitado.
Ciertos relojes y circunspectos andares miden de manera particular la
contextura de los ámbitos. Por doquier se suceden los signos de una vida que
busca sus espejos y sus sistemas de coordenadas. Confortados en su lugar, los
sujetos habitantes se permiten soñar tanto la vida ya vivida y poblada de
testimonios, tanto así como entrever aquello que asomará un día tras el
horizonte acechado.
La arquitectura viva del lugar roza con
levedad las texturas del ámbito construido tanto como las regiones hurtadas al
furor materializador.
Conformaciones de la arquitectura del lugar
Duane Michals
El
lugar, plenamente conformado, tiene una peculiar arquitectura como propiedad.
Esta
propiedad es aquella que permite que conozcamos, practiquemos y produzcamos el
lugar como performance de la vida. Ya no se trata de la subyacente estructura
fundamental, acechante tras la emergencia sensible. La arquitectura del lugar
es la forma en que éste se manifiesta, sutil y palpitante, evanescente y
manifiesto, patente y potencial.
La
arquitectura del lugar conoce de distancias antes que muros y abrigos antes que
cubiertas. Y sabe de penumbras, de peculiares resonancias, de señaladas
fragancias, de frescuras hospitalarias.
Conoce
la arquitectura del lugar poco de estilos y mucho de modos irrepetibles de
vivir la vida.
La urbanización sin ciudad
Cuando
al anhelo de intimidad protegida se le responde socialmente con meros alojamientos,
suceden esos polígonos residenciales que por estas latitudes reciben el nombre
equívoco de conjuntos habitacionales.
Esto
resulta en una rarificación de la trama ciudadana: una urbanización sin ciudad,
una urbanización con virtudes de metástasis constructiva, una urbanización
carente. En efecto, el tejido denso de funciones complementarias que supone el
escenario urbano se ve invadido por una proliferación de puros alojamientos
agrupados masiva y simplificadamente, desprovistos de las complementariedades
de la ciudad compacta. Las prácticas sociales de concepción y demanda social
resultan, con ello, doblemente traicionadas.
Lo que
resulta trágicamente risible es que esta operación se presenta, ante la opinión
pública, como una respuesta pública ante una demanda social especificada. ¿Es
mejor que nada? Es difícil responder a esta cuestión, porque, si la respuesta
pública es omisa, entonces sucede la ciudad informal, orgánica, tal vez, casi
espontánea, pero pletórica de infraviviendas.
Añoranzas de la ciudad compacta
Elio Ciol (1929)
Añoramos la ciudad compacta, ahora que
la estamos perdiendo, quizá de modo irreversible. Añoramos la buena vida
simple, ahora que la tenemos desagradable y complicada. Añoramos aquellos
lugares que nos amparaban en nuestra condición constitucional de habitantes. De
un modo oscuro, intuimos que no podremos desandar el sentido del tiempo. Pero
nada nos priva de la esperanza de acometer un sendero de sensatez que nos
suturen las heridas que hemos infligido a la ciudad en que nos hemos criado.
Escenografías urbanas
Elio Ciol (1929)
Uno de
los ahuecamientos urbanos que experimenta el habitar contemporáneo consiste en
la constitución de escenografías urbanas en beneficio de la industria
turística.
Mientras
la ciudad vivida languidece en los centros históricos, persisten las
superficies portadoras de signos de tiempos pretéritos. Lo que quedan, no
obstante, son las piedras y los signos, no la arquitectura palpitante de
autenticidad, no el habitar coherente de los naturales en su lugar, sino los
portadores de signos vacíos de otro tiempo, de otras vidas, de otras relaciones
entre las personas y su entorno construido. Los centros históricos se ahuecan
para mejor ser contemplados con extrañeza. Los centros históricos dejan a las
piedras dormir al sol su condición de lápidas de lo que fue. Mientras tanto,
alguien desde las sombras te ofrece, solícito y voraz, una silla para que
contemples el espectáculo y de paso te tomes algo. Entonces, la escenografía
urbana no es más que un recurso minuciosa y rapazmente explotado para que
pagues el precio del café que allí consumes, extasiado. Es así como consumes la
escenografía urbana del enclave histórico. Es así como habitas, por un breve
instante, un ahuecamiento urbano.
Vacíos
Yasuhiro
Ishimoto (1921-2012)
Por la ciudad consolidada, van
abriéndose estos significantes ahuecados donde los ecos de los pasos resultan
tan escandalosos que las personas circulan presurosas, apenas atravesándolos.
Son los no lugares o, mejor dicho, los lugares que se van vaciando de
significado, porque nadie tiene nada que hacer allí, salvo escurrirse rápido,
con el andar propio de las cucarachas. Allí cuelgan lacios los significantes
vacíos, allí se demoran las cosas huérfanas, allí es hostil el suelo. Allí y
entonces se conforman los escenarios de la huida.
Así como la ciudad se desborda en el
territorio hacia la abolición de los confines, su interior se rarifica.
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