El principio de la solidaridad


Sebastião Salgado (1944)

Puede pensarse que existe, en el género humano, un talante originario proclive a la aproximación, a la ayuda, a la conmiseración. La mención al principio de solidaridad o fraternidad parece evocar ancestrales sentimientos básicos. El pensar en la noción de solidaridad, entonces, parece un ejercicio de anamnesis, un gesto que desvela algo del que guardamos un genérico y atávico recuerdo. Allá en los albores de la vida social, nuestra condición gregaria era apenas una efusión resultante de un sentido de alianza, complicidad o fraternidad consustancial a nuestra condición de semejantes por humanos.
Lo que ha sucedido, de manera crítica y aguda, que esta semejanza genérica se ha visto minada por un orden social, económico y político de cariz decididamente antihumanista, que se ha desarrollado históricamente destruyendo estos recónditos resabios de venerable sensibilidad. Hoy, contemplamos con estupor y angustia cómo nuestros congéneres se han vuelto extraños, hostiles y distintos. Apenas si nos arrebujamos en un timorato ámbito que reservamos para los últimos a los que, de momento, tenemos por semejantes.

Alternativa a la inequidad


Henri Cartier Bresson (1908-2004)

La Teoría del habitar debe ofrecer una sólida alternativa a la inequidad contemporánea.
Por ello no basta invocar un principio abstracto y declarativo del principio de igualdad. Tampoco basta con hacer acopio de una considerable reserva de equidad. Es preciso, en todo caso, dolerse de las amenazas que penden sobre nuestros congéneres más vulnerables. Es preciso fastidiarse con el triste espectáculo de la inadecuación de los lugares que habitamos en lo que toca a su necesaria hospitalidad con todos los humanos. Es preciso militar activamente por la consecución de un orden social, económico y cultural proclive al generalizado acceso a nuestro lugar en condiciones de brindar a cada uno su lugar de magnitud conforme.
El principio de igualdad es, en verdad, más que un punto de partida reflexivo, un horizonte hacia el cual es preciso marchar.

Magnitud conforme


Henri Cartier Bresson (1908-2004)

Esto quiere decir que cada uno de nosotros tiene el derecho al lugar que le acomode según la peculiar circunstancia que viva. Esto significa que no es a mínimos racionalizados que tenemos derecho, sino, por lo contrario, al lugar que nos aloje como un guante confortable de la vida. Esto suena utópico en las actuales circunstancias en que a unos pocos se le destina el más escandaloso de los excesos y a la mayoría se le sume en la más desesperada carencia.
Sin embargo, hay que dar lugar a la consideración ética de la magnitud conforme, en sustitución de la dominante noción de derecho social a mínimos constrictivos. Porque es la dignidad y el decoro de las personas lo que está en juego, aparte de su condición común humana.

Adecuación


Henri Cartier Bresson (1908-2004)

El primero de estos lugares adecuados lo constituye la vivienda, pero no es el único. El vecindario, la ciudad y el territorio, en cada una de sus diferentes escalas e instancias, debe ofrecer a todos una condigna adecuación. Por ello, la adecuación es exigible socialmente, de la misma forma que su consecución tiene también un carácter social y comunitario insoslayables. Como es fácil de comprender, sólo un orden jurídico, político, económico, cultural y social diferente al actual puede encarnar esta consigna.
Por tal orden social es preciso luchar.

La hospitalidad de hacer lugar


Henri Cartier Bresson (1908-2004)


Así, unas ciertas condiciones sociales y culturales se vuelven propicias para celebrar un pacto entre las personas y el lugar habitado. Un contrato social de habitación. Esta porción virtuosa de la humanidad puede celebrar el resplandor de su condición situada.
¿Cómo es que nuestra ciudad y nuestra sociedad no muestran nada de tal idílico aspecto? ¿Cómo hemos permitido que nuestra ciudad y su comunidad residente resulten tan inhóspitas para los niños, los pobres y los diferentes? ¿Cómo es que no nos permitimos la oportunidad de desarrollar un ánimo equitativo y de ejercer efectivamente un genérico principio de igualdad humana?
En verdad, no hemos sabido construir las condiciones políticas, sociales, económicas y culturales para que los lugares que poblamos en la actualidad lleguen a ser, por su propia virtud, hospitalarios. Así nos va.

La equidad en la teoría del habitar


Henri Cartier Bresson (1908-2004)

La equidad, entonces, es una actitud sociopolítica dirigida por el principio de igualdad que combate activamente toda forma de desigualdad social en pos de proveer a cada persona de aquello a lo que tiene efectivo y reconocido derecho. La equidad, en el frente ético de la Teoría del Habitar, es la actitud que lucha por la adecuación de las cosas de vivir, de la arquitectura de los lugares y del escenario ciudadano a las diversas solicitaciones subjetivas de los habitantes.
A cada cual, lo que merece, según su constitución humana, digna y decorosa. Tal la consigna de acción ética, económica y política.

El principio de la igualdad


Henri Cartier Bresson (1908-2004)

Somos iguales como seres humanos, somos iguales como seres situados, somos iguales en dignidad específica. Sin embargo, todo orden político, social y económico que la humanidad ha conocido a lo largo de su sufrida historia ha resultado el sostenedor de hirientes desigualdades jurídicas, políticas, sociales y, sobre todo, económicas y culturales.
Ha corrido sangre para que, al final, se considere razonable la casi igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, lo que no es poco, pero nada suficiente. La equiparación de todos los ciudadanos en derechos y obligaciones tiene aún un largo camino por recorrer, encontrándose por aquí y por allá con las más despiadadas desigualdades falazmente naturalizadas.
Es por ello por lo que la ética de la Teoría del Habitar debe comenzar por munirse de un principio de igualdad que obre como herramienta estratégica para erigirse digna de la condición humana que inviste.

El sentido del detalle en la arquitectura del lugar


Denis Roche (1937-2015)

Existe una dificultada añadida: "hacer una habitación" requiere de energías que no pueden ser aportadas, en exclusiva, por el arquitecto o por el habitante. La habitación es un lugar intermedio entre ambos. Se nutre de dos universos imaginativos y de los objetos que contiene. Así pues, es un lugar de encuentro y de cesión. Es un lugar intermedio, que no está formado por un listado de propiedades, paredes o cuerpos, sino que es precisamente lo que los mantiene unidos.
Santiago de Molina, 2020

De momento, de su efectiva constitución sólo podemos atisbar detalles, indicios, síntomas. Estos tienen lugar allí en donde el habitar roza las cosas de vivir y cuando tenemos la sabiduría, la prudencia y también la sensibilidad en concurrencia para percibir estos tenues fulgores reveladores. Ya llegará el día en que nuestra conciencia podrá dar cuenta cabal de la estructura de propiedades, situaciones y escenarios que conforman de modo efectivo la arquitectura vivida.
El sentido del detalle en la arquitectura del lugar es el umbral que deberemos trasponer para siempre para saber del esplendor de la buena vida en el escenario que la hace posible. Pero antes deberemos rumiar mucho las ideas, nociones y conceptos hospitalarios para recibir en su seno toda la profunda complejidad de la vida situada.

Síntomas de vida decorosa


Denis Roche (1937-2015)

Es forzoso partir del punto de que el mundo, en sí, no es ninguna maravilla y, sin embargo, hace lugar, aquí y allá, a ciertos prodigios que sería en verdad imperdonable pasar por alto. Nuestros sentidos no son pasivos receptores de lo que nos llega apenas a pasar, sino operan como espías aplicados que escudriñan el entorno. Es preciso, por tanto, prestar atención a las más variadas manifestaciones de las cosas y situaciones que nos rodean para procurarnos la consumación sensible de todo aquello que merezca percibirse.
Pero la percepción es apenas una cara de la moneda. Por otro lado, queda la producción positiva del decoro que debe ampararnos.
La arquitectura del lugar es, por ello, el resultado sintético superior del aunamiento de las sensaciones profundas con la producción y arreglo decoroso de las cosas de vivir. Tenemos derecho a tal decoro, así como se nos impone el deber de consumarlo.

Síntomas de la buena vida


Denis Roche (1937-2015)

Para revelar ciertos detalles sintomáticos de la arquitectura del lugar, por otra parte, es preciso cultivar y poblar una buena vida.
Aquí la perspectiva propiciadora es ética y complementaria a la cognoscitiva de la que antes se ha hecho mención. Una buena vida es –a estos efectos, al menos– aquella que abre paso a una apacible felicidad, a una sencilla plenitud, a un sereno goce de todo aquello que a la vida le es grato. No supone esto ningún privilegio exclusivo, ninguna prerrogativa conseguida con la deprivación ajena, ni menos una abusiva objetivación de cualquier otro sujeto. La buena vida no explota recursos; los cultiva. La buena vida no extrae bienes; antes los produce. La buena vida no aniquila contrariedades; forja herramientas de trabajo.
Una buena vida así concebida es una vida que podrá comprobar, de suyo, cómo su propia proyección ética sobre las cosas logra iluminarlas con una emanación perceptible que modela a estas precisamente como cosas buenas para vivir con ellas. Porque la virtud de la arquitectura del lugar es la honra de la vida que allí respira.

Síntomas del saber vivir


Denis Roche (1937-2015)

Saber vivir, en el sentido que aquí se quiere cultivar, consiste en proyectar todas y cada una de las instancias sensibles de la existencia sobre las cosas que nos rodean, de tal modo que cada una quede iluminada con el fulgor de la atención acechante. De tal modo, es la propia vida que roza las cosas y las pule de tal modo que sus superficies revelan, como espejos, aquella constitución efectiva en el lugar.
Así, el conocimiento cabal de los síntomas de la arquitectura del lugar es la emergencia de la plenitud habitual de la vida, fruto de una honda cotidianidad henchida de sentido.

Detalles sintomáticos


Denis Roche (1937-2015)

Puede creerse que, en el estadio embrionario de nuestra actual situación cognoscitiva al respecto, la realidad efectiva de la constitución de la arquitectura del lugar sólo nos permita vislumbrar, aquí y allá, destellos de su manifestación. Por eso, es preciso considerarlos, de momento, como detalles. Y son detalles sintomáticos, ya que sólo un cuidadoso, sistemático y esforzado aunamiento de percepciones podrá, algún día, revelar toda la magnificencia de la arquitectura del lugar. Cuando ésta se perciba, comprenda y deguste en tanto tal.

Configuraciones de la arquitectura del lugar


Duane Michals

Aperturas y conexiones se yuxtaponen a confines y alejamientos: el espacio y el tiempo dejan de ser dimensiones homogéneas para ponerse al servicio de la configuración del campo habitado. Ciertos relojes y circunspectos andares miden de manera particular la contextura de los ámbitos. Por doquier se suceden los signos de una vida que busca sus espejos y sus sistemas de coordenadas. Confortados en su lugar, los sujetos habitantes se permiten soñar tanto la vida ya vivida y poblada de testimonios, tanto así como entrever aquello que asomará un día tras el horizonte acechado.
La arquitectura viva del lugar roza con levedad las texturas del ámbito construido tanto como las regiones hurtadas al furor materializador.

Conformaciones de la arquitectura del lugar


Duane Michals

El lugar, plenamente conformado, tiene una peculiar arquitectura como propiedad.
Esta propiedad es aquella que permite que conozcamos, practiquemos y produzcamos el lugar como performance de la vida. Ya no se trata de la subyacente estructura fundamental, acechante tras la emergencia sensible. La arquitectura del lugar es la forma en que éste se manifiesta, sutil y palpitante, evanescente y manifiesto, patente y potencial.
La arquitectura del lugar conoce de distancias antes que muros y abrigos antes que cubiertas. Y sabe de penumbras, de peculiares resonancias, de señaladas fragancias, de frescuras hospitalarias.
Conoce la arquitectura del lugar poco de estilos y mucho de modos irrepetibles de vivir la vida.

La urbanización sin ciudad



Elio Ciol (1929)

Cuando al anhelo de intimidad protegida se le responde socialmente con meros alojamientos, suceden esos polígonos residenciales que por estas latitudes reciben el nombre equívoco de conjuntos habitacionales.
Esto resulta en una rarificación de la trama ciudadana: una urbanización sin ciudad, una urbanización con virtudes de metástasis constructiva, una urbanización carente. En efecto, el tejido denso de funciones complementarias que supone el escenario urbano se ve invadido por una proliferación de puros alojamientos agrupados masiva y simplificadamente, desprovistos de las complementariedades de la ciudad compacta. Las prácticas sociales de concepción y demanda social resultan, con ello, doblemente traicionadas.
Lo que resulta trágicamente risible es que esta operación se presenta, ante la opinión pública, como una respuesta pública ante una demanda social especificada. ¿Es mejor que nada? Es difícil responder a esta cuestión, porque, si la respuesta pública es omisa, entonces sucede la ciudad informal, orgánica, tal vez, casi espontánea, pero pletórica de infraviviendas.

Añoranzas de la ciudad compacta


Elio Ciol (1929)

Añoramos la ciudad compacta, ahora que la estamos perdiendo, quizá de modo irreversible. Añoramos la buena vida simple, ahora que la tenemos desagradable y complicada. Añoramos aquellos lugares que nos amparaban en nuestra condición constitucional de habitantes. De un modo oscuro, intuimos que no podremos desandar el sentido del tiempo. Pero nada nos priva de la esperanza de acometer un sendero de sensatez que nos suturen las heridas que hemos infligido a la ciudad en que nos hemos criado.

Escenografías urbanas


Elio Ciol (1929)

Uno de los ahuecamientos urbanos que experimenta el habitar contemporáneo consiste en la constitución de escenografías urbanas en beneficio de la industria turística.
Mientras la ciudad vivida languidece en los centros históricos, persisten las superficies portadoras de signos de tiempos pretéritos. Lo que quedan, no obstante, son las piedras y los signos, no la arquitectura palpitante de autenticidad, no el habitar coherente de los naturales en su lugar, sino los portadores de signos vacíos de otro tiempo, de otras vidas, de otras relaciones entre las personas y su entorno construido. Los centros históricos se ahuecan para mejor ser contemplados con extrañeza. Los centros históricos dejan a las piedras dormir al sol su condición de lápidas de lo que fue. Mientras tanto, alguien desde las sombras te ofrece, solícito y voraz, una silla para que contemples el espectáculo y de paso te tomes algo. Entonces, la escenografía urbana no es más que un recurso minuciosa y rapazmente explotado para que pagues el precio del café que allí consumes, extasiado. Es así como consumes la escenografía urbana del enclave histórico. Es así como habitas, por un breve instante, un ahuecamiento urbano.

Vacíos


Yasuhiro Ishimoto (1921-2012)

Por la ciudad consolidada, van abriéndose estos significantes ahuecados donde los ecos de los pasos resultan tan escandalosos que las personas circulan presurosas, apenas atravesándolos. Son los no lugares o, mejor dicho, los lugares que se van vaciando de significado, porque nadie tiene nada que hacer allí, salvo escurrirse rápido, con el andar propio de las cucarachas. Allí cuelgan lacios los significantes vacíos, allí se demoran las cosas huérfanas, allí es hostil el suelo. Allí y entonces se conforman los escenarios de la huida.
Así como la ciudad se desborda en el territorio hacia la abolición de los confines, su interior se rarifica.

Segregación socioespacial


Elio Ciol (1929)

La ciudad contemporánea es ahora un mosaico de enclaves sociales cada vez más nítidamente diferenciados entre sí y más homogéneos a su interior, desde el punto de vista socioeconómico. Los iguales se asocian sobre las teselas territoriales de la ciudad. Cada persona y cada familia queda perfectamente identificada por el estilo de vida que puede pagarse.
Recluidos y aislados, los urbanitas aprenden a temerse y odiarse allende las sendas que separan solidaridades.

La ciudad actual y los agregados residenciales


Elio Ciol (1929)

La lucha por el techo se resigna a la oferta de soluciones habitacionales. Así, un deseo entrañable se encarcela en mínimos y sumarios alojamientos, a veces tildados de viviendas de interés social. Tales viviendas constituyen satisfactores cosificados y mercantilizados de unas demandas mal atendidas y entendidas. Es lo que el sistema hace con nuestros deseos y demandas, en cualquier aspecto de la vida social. Responder a una pulsión honda y humana con una mercancía empobrecida material y simbólicamente. Así es que la ciudad asiste a la proliferación de agregados residenciales, en lugar de lugares orgánicamente dispuestos para amparar las intimidades protegidas.