Bieke Depoorter
(1986)
La más clara y acuciante es la esperanza
que busca amparar un presente de intimidad protegida. Es una apetencia profunda
por recortar del mundo una porción a la que volver propia y reservada.
También hay, por cierto, un anhelo hondo
de una ventana a través de la cual divisar lo que vendrá. Es esta una pulsión
por disponer de un otero que permita avizorar el futuro.
Pero, asimismo se anida la confección
morosa de un rincón poblado de trastos de recuerdos. Un interior penumbroso de
un pasado ya vivido.
Mientras que el deseo se muestra en su
humilde condición sinecdótica —el techo como epítome de la morada—, la
esperanza es honda, oscura y compleja. Es que así son las esperanzas de vida.



















