Los protagonistas del acto de habitar


James Van Der Zee (1886-1983)

Toda vez que el habitar es un acto, los gestos del cuerpo son los protagonistas efectivos de éste.
Las actitudes corporales, las coreografías, los ademanes, los roces son los actos eficaces con los que el cuerpo tiene lugar. Estos gestos son los primeros indicios emergentes de la arquitectura del lugar, son las formas primordiales que la modelan, son las formas fundamentales de una escritura y designio. Son concepciones tanto como prácticas y producciones. Son conjeturas tanto como conatos y esbozos. Son ideas, sí, pero, además, experiencias y performances. En virtud de estas características deben ser estudiados, interpretados y comprendidos.

El palpitar de la vida


Tony Vaccaro (1922)

Es preciso dejar ser al palpitar de la vida como poder que imprime una peculiar formatividad al lugar.
Si se cumpliera con este empoderamiento, la vida humana podría dejar de escabullirse en los entresijos de la arquitectura materialmente conformada, para resultar una emergencia triunfante, feliz y liberadora. Pero esta emergencia sólo se conseguiría a costas de unas condiciones sociales, económicas y políticas proclives a ello. Porque el empoderamiento del palpitar de la vida no es, de modo alguno, un problema apenas técnico arquitectónico sino político. Micropolítico.

La arquitectura del lugar


Tony Vaccaro (1922)

Es preciso munirse de una nueva sensibilidad y una especial acuidad perceptiva para reparar en la arquitectura del lugar, que es una arquitectura que precede, deriva y contornea a la que conocemos.
Antes que haya el más mínimo gesto constructivo material, puede constatarse que existen disposiciones del cuerpo, hábitos y sueños que demandan y conforman una arquitectura laxa hecha con los pormenores de la presencia y población de los lugares. Esta arquitectura blanda dirige a los cuerpos a tener lugar, a hacérselo, a ahuecar espacios y tiempos para celebrar los rituales vitales más imperiosos. Hay, pues, una arquitectura laxa en el deseo, el sueño y la demanda de transformaciones formales y materiales en el ambiente.
Y también hay arquitectura laxa después, por dentro y alrededor, de la arquitectura material, toda vez que la vida palpita allí. Pudiera pensarse  — desafiando al sentido común—que los esfuerzos constructivos no son más que meros instrumentos trabajosos, pesados y contundentes, que apenas si median entre las lábiles arquitecturas del lugar.

Formas sutiles, lábiles y evanescentes


Lewis Morley (1925-2013)

Las formas de la vida, si uno se fija en ellas, resultan sutiles, lábiles y evanescentes.
Aun así, debe asumirse que estas formas de la vida tienen una virtud común que permite, en cierta forma, su asedio sensible y científico. Tal virtud es un carácter arquitectónico como propiedad, esto es, que las formas de la vida adoptan, en su complejidad, una estructura de fines para alcanzar siempre un cometido superior. Y esto es una arquitectura como propiedad. Cada actitud corporal, cada ademán, cada gesto están dirigidos por ciertas leyes que le imprimen una coherencia especial y consiguen que la forma resultante resulte eficaz, digna y decorosa, según lo dictan estas propias leyes.
No debe verse aquí una analogía superficial entre las formas corporales y el diseño arquitectónico de las cosas. En este caso se trata de algo más hondo. Se trata de una armonía general de la economía de gestos y acciones del cuerpo que tiene que encontrar un correlato complementario en el orden de las cosas de vivir.
Vistas así las cosas, habría en los atrezos y en los pormenores particulares de las cosas que nos rodean cuando habitamos los lugares unos signos reveladores de las resultantes de las formas sutiles, lábiles y evanescentes de la vida.

El discurso del habitar


Marilyn Silverstone (1929-1999)

Por lo general, nos imaginamos al habitar como un relajado estado del ser en el lugar.
Sin embargo, habitar es todo menos un muelle estar contenido por una situación. Habitar es una continua, esforzada y obcecada tarea de producción de sentido de identidad y referencia de todo el cuerpo. No dejamos nunca de habitar. No dejamos nunca que nos venza la fatiga. No dejamos nunca de emplearnos a fondo en la tarea de proyectar nuestra existencia hacia el lugar donde hacemos presencia y población.
No dejamos nunca de proferir el discurso del habitar y no cesamos en la tarea de hacer un texto del lugar en donde estamos.

Plumas ajenas: Tzvetan Todorov


La memoria no se opone en absoluto al olvido. Los dos términos que se oponen realmente, que forman contraste, son el olvido y la conservación; la memoria es siempre y necesariamente una forma de interacción entre los dos términos. La restitución integral del pasado es algo imposible, la memoria implica siempre una selección: algunos rasgos del hecho vivido son conservados, en cambio otros son apartados desde el inicio o progresivamente, es decir que son olvidados. Es por esta razón que es tan desconcertante el uso del término «memoria» para designar la capacidad de las computadoras de conservar la información pues para efectuar esta operación falta un rasgo constitutivo de la memoria: el olvido. Paradójicamente, se puede decir que lejos de oponerse, la memoria es el olvido; un olvido parcial y orientado en una dirección, un olvido indispensable.
Tzvetan Todorov, 2012

Espacio y tiempo abiertos a la disposición de lugares


Margarethe Michaelis (1902-1985)

Nuestra condición de seres situados nos abre posibilidades y nos responsabiliza.
El campo habitado, esto es, el espacio y tiempo abierto a nuestra disposición de lugares nos hace posibles de un modo hospitalario absoluto. Todo allí está por conquistar y es un tema de acciones corporales más que de poder, al menos en principio. Pero precisamente lo que nos abre posibilidades nos responsabiliza desde el punto ético. Allí donde tengamos posibilidad, tendremos obligada —no necesariamente— que adoptar una actitud pobladora activa, consciente y aplicada.
Por ello el habitar es una empresa tanto cognoscitiva como ética y estética.

Atrezos


Vikky Alexander (1959)

Es preciso entender que en el atrezo debemos afrontar una escritura peculiar.
Se trata de lo que el cuerpo hace por su proyección sobre el lugar. Y lo que hace no es una operación mecánica, sino una producción poética, en el sentido hondo de la expresión. No se trata exclusivamente de una relación entre el lugar habitado y la mente, sino del cuerpo vivo, de la mente encarnada que trabaja sin cesar —conscientemente y no— en la proyección de su identidad y referencia en los lugares. Sólo que no escuchamos con suficiente atención a estos nuestros signos. Sólo que no sabemos ver aún todo lo que tales signos dicen de nuestra condición de habitantes. Sólo que aun ahora, que estamos advertidos, podemos situarnos convenientemente ante el abismo de significados que se ahonda.


Proto arquitecturas


Margarethe Michaelis (1902-1985)

La Teoría del Habitar tiene todo un capítulo en la constitución constante y recurrente de proto arquitecturas.
Aquí podemos llamar así a las configuraciones que vinculan entre sí a las cosas de vivir, según unos rituales, que se cumplen como estructuras finalistas en ceremonias. Piénsese, a título de ejemplo, en la estructura que conforman los distintos útiles para preparar una infusión, en el ámbito de la cocina, lo que supone reunir el té, el agua caliente, la tetera, las tazas y demás utensilios, cada uno extraído de sus almacenamientos, reunidos y combinados entre sí de modo finalista para su servicio, consumo, limpieza y posterior guardado. Una danza ordenada de objetos, acciones y sensaciones que se desarrolla como acontecimiento en unos ámbitos arquitectónicos dispuestos estratégicamente al efecto.
Estas proto-arquitecturas constituyen la vida misma de las cosas al amparo de la arquitectura del lugar, que es el escenario y el atrezo de la vida en la arquitectura que estamos acostumbrados a considerar.

Escrituras mitográficas


Margarethe Michaelis (1902-1985)

Con las cosas de vivir, agrupadas, ordenadas, seleccionadas y emplazadas de modo sistemático se constituye un caso de mitografía, esto es, una escritura que no registra hechos de lenguaje verbal, sino que conforma un sistema autónomo de éste.
Los trastos de una cocina, reposando juntos junto a un fregadero despliegan un texto que no puede traducirse del lenguaje verbal, sino de la vida misma en una cocina, en unas condiciones dadas. El contenido es un texto diversamente articulado y no-verbal. Son los objetos portadores de unidades textuales que no equivalen necesariamente a palabras, sino a discursos de vida que han operado para que tal cosa ocupe tal plaza, avecinándose diversamente con otras y articulando sus relaciones mutuas de modos complejos y, sin embargo, comprensibles. Son comprensibles porque el código es el mismo hábito que los hace llegar allí.

Inscripciones y textos


Margarethe Michaelis (1902-1985)

La enumeración analítica de los diversos modos de inscripción de la estructura del cuerpo en el lugar da cuenta apenas de un mecanismo.
En efecto, es la proyección puramente mecánica de dimensiones corporales desagregadas, la causa aparente de la proliferación de inscripciones que pueden observarse en los lugares habitados. Pero el cuerpo opera de un modo mucho más sofisticado que un simple y aluvional mecanismo. Proyecta textos y discursos. Escribe a su modo su propia peripecia en la piel del lugar.
Porque el cuerpo obra como una estructura estructurante sobre el horizonte que habita.

De las inscripciones a los textos: hacia el discurso del habitar


Margarethe Michaelis (1902-1985)

En la habitación plena del horizonte, el cuerpo no sólo se aplica a proliferar en meras inscripciones. Proyectando la estructura del cuerpo sobre la correspondiente del lugar, el cuerpo habitante elabora textos y discursos.
Las manos se dedican a colectar, agrupar, componer y disponer las cosas de vivir como enunciados de estilos de vida, de regímenes particulares de existencia, de economías de bienes, recursos y trabajos. Las cosas se avecinan de un modo que conforman advenimientos, revelaciones y emergencias de lo cotidiano. Las cosas enuncian su carácter de útiles de trabajo tanto como trastos queridos y bienes de memoria. El orden que guardan se vuelve significativo en sí mismo. Es que se verifica la emergencia de una sintaxis en la disposición de las cosas, que no se resigna a constituir un mero agrupamiento conveniente, sino que construye sentido. Las reglas del juego de la vida cotidiana se vuelven normas gramaticales para su escritura. Una escritura de cosas en su lugar. Un lugar de cada cosa que es un emplazamiento relativo siempre al habitante que no sólo tiene lugar allí, sino que confiere plazas a sus cosas.

El revelado de la luz, las penumbras y las sombras


Adi Dekel (1996)

En nuestra civilización proliferan las marcas visibles de la habitación de los lugares.
Así, las manipulaciones, los adentramientos, los advenimientos, las declinaciones y todos los otros gestos del cuerpo en el lugar consiguen en grado variable imprimir improntas sobre el lugar en la medida en que resulten visibilizadas en el superior juego de luces, penumbras y sombras en que habitamos. Por otra parte, estamos educados formal e informalmente para prestar honda atención a lo visual y a creer entender las cosas en la medida en que se nos presentan ante nuestra mirada. Lo que resulta de todo ello es que aquello que logramos construir como vivencias de los lugares está referido por sus imágenes visuales.
Parece que, por lo pronto, todo a lo que podemos aspirar es a promover el resto de nuestros sentidos hacia una superior acuidad perceptiva, a efectos de equipararla a la visión, que reina por ahora en solitario.

Marcas de confort térmico


Isa Marcelli (1958)

Arrebujarse constituye la marca de confort térmico por excelencia.
Aprendemos temprano a solazarnos con la fresca tibieza que alberga nuestro sueño inocente, nuestra piel apenas cansada, nuestro abstraído ensimismamiento. Cuando nos arropamos nos replegamos a las regiones remotas de la infancia, cuando el mundo nos pesaba menos y contábamos con un amparo seguro para soñar. Cada vez que encontramos la temperatura conveniente, el espíritu viaja hacia los apartados jóvenes de nuestra historia, hacia ciertas facultades básicas proclives a volver a pasar por el corazón lo ya vivido. Por ello, contar con un fresco abrigo constituye una demanda humana de primer orden, que no es otra cosa que disponer de las condiciones adecuadas para el ensueño.


Rumores de vida


Silvia Grav (1993)

La vida humana es rumorosa, por lo que el modo de habitar implica prestar oídos al persistente murmullo en que nos envolvemos.
Por todas partes se difunden las percusiones cotidianas, los roces con las cosas de vivir, el entrechocarse de los trastos de la existencia. Es difícil que oigamos el batir de nuestra propia respiración, salvo en el momento en que nos alcanza a vencer el sueño. Vivimos sumergidos en músicas, estrépitos y habladurías de tal forma que alcanzar a percibir el roce de una liviana cortina con la brisa suele ser la marca oportuna de la calma, tan infrecuente y por ello tan apreciada. Andamos por todos lados protegiéndonos del ruido ambiente que la habitación de la orilla del agua se vuelve inenarrable por contraste.
Así vamos, siempre en la búsqueda de la música apacible de la existencia, de los rumores asordinados de la vida sosegada, de la respiración queda del mundo, de la música que sólo puede oír, en el final, Isolda.

Husmeos


Monik Molinet

Vamos por el mundo dejando impregnado nuestro paso por los lugares.
Empezamos a poblar una casa nueva sólo cuando disipamos con las trazas de nuestra presencia los aromas de pinturas y barnices de obra. Cuando recluimos el polvo en ciertos rincones. Cuando, imperceptibles aún, los microorganismos que se nos asocian pueblan las regiones más recónditas. Cuando transpiramos los humores de la vida y van quedando por aquí y allá, invencibles frente a la ventilación avara y a la insolación exigua.
No hay fragancias comerciales que puedan con el aroma propio y diferencial de la casa, con las inscripciones osmotópicas de sus habitantes.

Marcas que son jugadas


Abbey Drucker (1987)

A los seres humanos nos encanta jugar.
Tanto nos gusta el juego que nadie es capaz de concebir el mínimo gesto, por nimio que pueda parecer, que pueda realizarse sino con observancia relativa de una regla, con una prescripción del modo aceptable de realizarlo. Todo cuanto hacemos, queremos hacerlo como es debido. Y las cosas hacederas del mundo tienen siempre una exhaustiva enumeración, explícita y tácita de regulaciones que la vuelven ya aceptables, ya inapropiadas, dentro o fuera de los vastos territorios del omnipresente juego de ser humanos.

Marcas de lo íntimo


Abbey Drucker (1987)

Es con un especial afecto que realizamos inscripciones en el lugar que habitamos.
El prolongado trato que tiene el cuerpo con el lugar en que moramos hace que nuestro cubil resulte acariciado a carta cabal. Con las emociones del amor al lugar conseguimos pulir hasta una única tersura la superficie interior, sensible y trémula de nuestras arquitecturas. De tal forma, las regiones erógenas del lugar se lustran con la vida que las tienta y ésta se prodiga en gestos de una ternura que reservamos para lo mejor de nuestro ámbito íntimo.
Mientras que la operación desgasta los mecanismos y mientras el uso injuria la piel interior de las arquitecturas, la consumación amorosa del lugar hace resplandecer sus penumbras. Y entonces es una gloria de la vida habitar allí.

Inscripciones laboriosas


Annemarieke van Drimmelen (1978)

A pesar de la omnipresencia hegemónica del consumo en la actualidad, el mundo habitado siempre ha contado con marcas claras y distintas del trabajo animoso por habitar los lugares.
Todavía pueden verse, aquí y allá, los pormenores de una faena porfiada de la vida que se prodiga en sobreproducciones, toda vez que a todo trabajo se le agrega un plus simbólico que denota esmero, aplicación y satisfacción con las cosas bien hechas. Y es que estas cosas bien hechas lo son no sólo cuando se consuman en su implementación en el puro uso, sino que lo hacen en el plano superior de la realización, como símbolo de consumación poética del propio homo faber.