Plumas ajenas: Jorge Luis Borges


LAS COSAS

El bastón, las monedas, el llavero,
La dócil cerradura, las tardías
Notas que no leerán los pocos días
Que-me quedan, los naipes y el tablero,
Un libro y en sus páginas la ajada
Violeta, monumento de una tarde
Sin duda inolvidable y ya olvidada,
El rojo espejo occidental en que arde
Una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
Limas, umbrales, atlas, copas, clavos,
Nos sirven como tácitos esclavos,
Ciegas y extrañamente sigilosas
Durarán más allá de nuestro olvido;
No sabrán nunca que nos hemos ido.
Jorge Luis Borges, 1969

Experiencia habitable de los bordes


Caspar David Friedrich (1774 –1840) Acantilados blancos en Rügen (1818)

Los bordes fascinan.
Quizá esto se deba a que participan de la constitución de lugares umbrales, toda vez que puede uno emplazarse al abrigo del Lado de Acá y participar, expectante, de lo que ofrece la revelación de lo Otro. Si se considera con cierto detenimiento la cuestión, la habitación de un borde es casi la condición necesaria para la constitución de un paisaje. El borde, real, es el marco simbólico del cuadro en que se transforma el paisaje, mientras que lo que circula de Uno a Otro lado es un flujo imaginativo, reflexivo y persistente.
Puede que entre los múltiples aspectos del derecho a habitar se detalle contar con bordes habitables dispuestos para el bienestar humano universal.

Sobre el valor de la errancia


Hans Andersen Brendekilde (1857–1942) Camino boscoso en otoño (1902)

Toda senda merece ser poblada con un profundo sentido del valor de la errancia.
La marcha es la actividad real que mejor ilustra simbólicamente el propio vivir. Esto, porque aúna el espacio, el tiempo y la existencia. El desplazamiento persistente y ritmado es el significante, mientras que la vida misma es, en el fondo, su significado fundamental. Así como marchamos, así vivimos. Navigare necesse.
Pero también existe otra dimensión importante en la realización habitable de la senda. Caminando discurrimos, reflexionamos, imaginamos otras voces, otros ámbitos. Caminando es que entendemos —o creemos entender— que nuestra marcha efectiva es apenas una posibilidad entre otras, pero que, por fuerza de las circunstancias, optamos por un sendero. El nuestro.
El valor de la errancia no puede ser malbaratado en la mera circulación mecánica. Nos vale la propia vida que merece ser vivida

Estética arquitectónica: estética de la inmersión y del tacto


Monasterio de los Jerónimos, Lisboa

Todo puede comenzar por respirar la atmósfera del lugar. La arquitectura comienza por darle una cualidad especial al aire.
Pero esto es sólo el comienzo necesario y vital. La intromisión en el corazón palpitante del lugar es una experiencia de todo el cuerpo: una inmersión totalizadora. En tal intrusión la piel es el instrumento sensible por excelencia.
Pero si se habla de piel es inevitable mencionar el contenido erótico. Más propiamente, erototópico: el lugar exige una adhesión emocional, un compromiso, un interjuego. A las emociones profundas de la inmersión le corresponden las magias de las texturas y los ritmos, los tránsitos y las pausas.
Hay mucho que elaborar en torno a una estética propia de la inmersión del cuerpo, del recorrido de los lugares con la piel, de las formas del anhelo en las arquitecturas que palpitan con la habitación.

Crisis de habitación


Segregación socioespacial, urbanización difusa, extensión irracional la circulación vehicular, anomia... La ciudad tardocapitalista padece una severa crisis de habitación y deberemos asumir tal hecho como el desafío sociopolítico de la hora.
Nuestras ciudades agonizan en la metropolización problemática y nos hemos constituido como un severo e insostenible impacto ambiental. No es de humanos resignarse a este condenado estado de cosas. Es preciso adoptar medidas. Ahora. Antes que sea demasiado tarde.
Es preciso sembrar estos territorios devastados por la especulación inmobiliaria, por la competencia suicida por los emplazamientos estratégicos, por las urbanizaciones defensivas y por las ofensivas de la disgregación social. Es preciso sembrar estos poblados baldíos, estos congestionados vacíos, estas ruinas de mañana. Es preciso sembrar esta árida superficie con gérmenes de nueva ciudad para ciudadanos.
Es preciso sembrar este paisaje maltratado de urbanógenos, gérmenes de futura ciudad adecuada, digna y decorosa para una humanidad que se haya ganado el derecho a habitarla.

Plumas ajenas: Jorge Luis Borges


LABERINTO

No habrá nunca una puerta. Estás adentro
Y el alcázar abarca el universo
Y no tiene ni anverso ni reverso
Ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino
Que tercamente se bifurca en otro,
Que tercamente se bifurca en otro,
Tendrá fin. Es de hierro tu destino
Como tu juez. No aguardes la embestida
Del toro que es un hombre y cuya extraña
Forma plural da horror a la maraña
De interminable piedra entretejida.
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
En el negro crepúsculo la fiera.  
Jorge Luis Borges, 1969

Dimensiones del derecho a la morada


Francesco Ballesio (1860- 1923) Odalisca (s/d)

Aparte de la dimensión real y concreta de disponer de amparo, una morada supone más aspectos en la contextura existencial.
En efecto, el derecho a la morada constituye también un derecho a construir signos efectivos de un habitar digno: el derecho a la morada contiene en su seno una dimensión simbólica tan importante como la propia realidad verificable. La morada es tanto la entidad real, así como es el signo de una situación que liga a una condición humana con su emplazamiento tanto físico como social.
Pero esto no es todo. También el derecho a la morada es un derecho a soñar, a imaginar alternativas, variantes y otras modalidades de lo posible. Porque una morada no sólo es una entidad en acto, sino que también es una entidad en potencia, es decir, se corresponde punto por punto con la contextura de proyecto que tiene toda existencia humana.
La morada palpita llena de vida de ambos lados del espejo.

¿Qué quedará de nosotros y de nuestro tiempo presente?


Duane Hanson (1925- 1996) Clienta de supermercado (1970)

¿Cómo no caer en el tragicómico prosaísmo de lo cotidiano?
¿Es que estamos condenados a ello?
¿Qué quedará de nosotros y de nuestro tiempo presente?
Hace tiempo que me rondan estas preguntas y no logro desprenderme de una persistente desazón. Porque bien pudiese ser que de nosotros no quede otra cosa que montañas planetarias de basura y una proliferación de ataúdes asaz anchos. Tengo la persistente sospecha que estamos cometiendo errores que con el tiempo llegarán a considerarse horrores.
¿De qué mundo seremos nosotros la prehistoria?

Plumas ajenas: Jorge Luis Borges


CERCANÍAS

Los patios y su antigua certidumbre,
los patios cimentados
en la tierra y el cielo.
Las ventanas con reja
desde la cual la calle
se vuelve familiar como una lámpara.
Las alcobas profundas
donde arde en quieta llama la caoba
y el espejo de tenues resplandores
es corno un remanso en la sombra.
Las encrucijadas oscuras
que lancean cuatro infinitas distancias
en arrabales de silencio.
He nombrado los sitios
donde se desparrama la ternura
y estoy solo y conmigo.  

Jorge Luis Borges, 1923

Urbanógenos, gérmenes de futura ciudad


24 de abril de 1925, Albert Einstein y el filósofo uruguayo Carlos Vaz Ferreira conversan en el banco de la antigua plaza Artola, en Montevideo.

Nuestra languideciente ciudad contemporánea precisa la siembra metódica y el cultivo esmerado de urbanógenos, antes que sea demasiado tarde y nos encontremos habitando el puro infierno del cadáver maloliente de la no-ciudad.
Aquí denominamos urbanógenos a aquellos elementos, pletóricos de vida humana, que dan origen al fenómeno urbano sano, sustentable y decoroso en su habitar. Esto quiere decir, focos a partir de los cuales la ciudad en sí, como hecho humano de interacción e intercambio social generalizado cobra pleno sentido. Esto quiere decir, gérmenes de una futura ciudad digna de ser vivida por una humanidad en el sentido más profundo del término.
Cosas como un banco de plaza bien situado en una plaza bien plantada, con actores que honren el lugar que pueblan. Con cosas así es que Montevideo pudo suceder un día.

Un fluido deslizarse


Frederick Arthur Bridgman (1847 – 1928) Un juego interesante (1881)

Vivir es pasar de un espacio a otro sin golpearse.
Georges Perec

Uno quisiera que la arquitectura tenue del cuerpo se deslizara fluidamente en los pormenores de la arquitectura construida.
A esto podría llamársele el grado cero del confort. Apenas un comienzo, pero comienzo al fin. Apenas una condición fundamental, pero toda una promesa de bienestar construida sobre este cimiento sólido y contundente: pasar de un ámbito a otro sin golpearse con las constricciones indebidas de las formas crueles e inhumanas de la especulación comercial inmobiliaria.
Un fluido deslizarse es una ofrenda razonable de libertad.

Arquitectura de paisajes


Jenny Saville (1970) Apoyada (1992)

En realidad, toda mi obra ha sido una especie de paisaje, el paisaje del cuerpo, o la arquitectura del cuerpo en la naturaleza, o la naturaleza de la carne, o la forma en que la luz afecta al cuerpo.
Jenny Saville, 2016

Encuentro algo especial en la pintura de Jenny Saville.
Un hálito cognoscitivo, ético y estético que roza precisamente no ya la realidad episódica de un cuerpo, sino del propio cuerpo. Hay una atmósfera ligeramente inquietante en ese ir hacia el encuentro quizá demasiado cercano con el cuerpo. Hay un espíritu inclemente con una verdad quizá indecible de la humanidad, pero que se vuelve patente por obra de la operación estética que abandona sus formas habituales. Y hay un resultado que abofetea y despabila: he ahí algo que deberíamos haber visto ya.
También es una revelación que la artista confiese su adhesión a la pintura de paisaje, que es la disciplina artística con ánimo heurístico por excelencia.

Véase la entrevista a la artista en:

Ut serviam


Alvar Aalto (1898- 1976) Universidad Politécnica de Helsinski (1964)

Hacer más humana la arquitectura significa hacer mejor arquitectura y conseguir un funcionalismo mucho más amplio que el puramente técnico.
Alvar Aalto

Hacer más humana la arquitectura comienza por desplazar la atención de las cosas construidas hacia aquello que las personas hacen allí.
¿Significa hacer mejor arquitectura? ¿En qué sentido? Se puede creer, al respecto, en tres aspectos principales:
  1. Mejor es una arquitectura puesta al servicio del hombre, de sus demandas y solicitaciones.
  2. Mejor es una arquitectura que responda al llamado profundo de la propia humanidad, antes que de un principio abstracto o el presunto espíritu de una época histórica.
  3. Mejor es una arquitectura que no sólo se contente con dejar ser operada como un mecanismo, para volverse pleno y gozoso escenario de la vida.
Porque el verdadero servicio de la arquitectura constituye mucho más que un funcionalismo puramente técnico

La arquitectura del cuerpo


Andrew Wyeth (1917- 2009) Viento del mar (1947)

El cuerpo del habitante es el autor flagrante de la síntesis de la forma de las atmósferas habitadas. El cuerpo busca y consigue, por ello, respirar a sus anchas.
El contento con toda situación favorable se denota con una satisfecha inspiración. Por cierto, el asombro por lo meramente escultórico o espacial de ciertos ámbitos, tiende a cortarnos la respiración. Pero la localización verdaderamente confortable satisface una situación de respiración profunda y calma. Suele atribuirse una propiedad especialmente cálida y fresca a la vez al aire que se comparte cuando nos encontramos a gusto en un lugar.
La arquitectura propuesta por el cuerpo de los habitantes suele agradecer las tenues cortinas rozadas por los soplos, la frescura en la piel y el bienestar fundamental de la ventilación.


Plumas ajenas: Manuel Delgado


Hablar de la ciudad como un campo de significado es hacerlo homologando la ciudad a un mito, no en el sentido en que lo haría Barthes –el mito como mixtificación o reducción falsificadora de lo real–, sino en el sentido lévi-straussiano, es decir del mito como instancia inteligente en la que los tres niveles en los que se expresa el mundo a los humanos –lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario– coexisten mezclándose. En la ciudad vemos la misma sobreposición de instancias –la de lo Real y la de lo Imaginario– a las que se suma enseguida el trabajo de lo Simbólico –que, por otra parte, no es otra cosa que eso, es decir un trabajo o producción– en una tarea que en el fondo no muy distinta que la que hemos visto ejercer siempre a los mitos, empeñados una y otra vez en jugar con los distintos planos de la experiencia hasta hacerlos indistinguibles.  
Manuel Delgado, 2018

La ciudad que merecemos


Aunque nos pese, nuestra ciudad y nuestro habitar en ella, es un resultado del grado relativo de sensatez política de nuestra sociedad. Las llagas de la ciudad son las emergencias perceptibles de nuestra inopia sociopolítica actual.
¿Acaso la actual conurbación difusa no es sino el resultado de dos vectores opuestos, uno, que nos insta a las ventajas de la vida urbana, mientras que el otro nos aleja mutuamente? Las pesadillas del trasporte, la extensión irracional de las infraestructuras y la rarificación de las ciudades compactas en beneficio de la metrópolis difusa son el primer emergente del imperio del actual estado de la conciencia político social dominante.
¿Acaso la segregación socioespacial que hace de nuestras ciudades unos mosaicos de confinamiento de poblaciones clasificada por su nivel de ingreso es resultado de un azaroso proceso de clivaje? Es el mercado y las dinámicas recíprocas de los promotores inmobiliarios y los consumidores de suelo urbano los responsables de tal situación.
Por otro lado, ¿qué decir de la aguda anomia que aqueja la vida social de la ciudad, en que cada urbanita se vuelve un extraño ominoso a los ojos de su vecino? Es fácil quejarse del miedo emergente. Lo difícil es asumir en primera persona la cuota de responsabilidad que a cada uno le cabe.

Dimensiones del decoro


Álvaro Siza (1938- ) Casa Fez (2010)

Cuando, por fin, llegamos a considerar el decoro, nos encontramos con un obstáculo epistemológico casi infranqueable para determinar su dimensión real. Si bien esta debe, por fuerza, existir, hay que admitir lo arduo que resulta no sólo definir conceptualmente lo decoroso, sino fijar las medidas y tasas aceptables de tal condición. Igualmente problemático sería dar con una verificación cabal bajo algún aspecto experimental.
También en lo que hace a su ineludible dimensión simbólica parece haber dificultades tanto para definir convencionalmente el decoro, ya para indicarlo en su emergencia positiva. Todo lo más que podemos, parece ser, es señalar una ausencia relativa de decoro en una situación, sin poder indicar, a ciencia cierta, cuál aspecto particular podría subsanar esta circunstancia.
Todo parece indicar que la dimensión dominante del decoro pertenece al orden de lo imaginario. Y esto plantea un problema asaz complejo. Si el decoro, condición exigible al lugar habitado, tiene una clara dimensión imaginaria, no debe creerse que su consecución deba abandonarse a la fortuna y a la feliz conjunción de medios materiales y talento artístico, sino que compromete el esfuerzo de nuestros científicos sociales para indagar el fondo de nuestros psiquismos para encontrar allí las claves.

Dimensiones de la dignidad


Albert Müller-Lingke (1844- 1930) Familia con bebé en la cocina (s/d) 

Si se atiende a la dignidad, es preciso reconocer las dificultades casi insalvables para dar cuenta de su dimensión real. Por mucho que nos interroguemos no podemos verificarla en los hechos, por así decirlo.
Sin embargo, su dimensión simbólica es clara, nítida y uno podría creer que casi es por entero constitucional. Resultar una condición alguna como situación digna puede, en efecto, agotarse en un puro acto de significado. Quizá tengamos dificultades para expresar en forma pormenorizada qué —y sobre todo por qué— una circunstancia resulta digna, pero no tenemos muchos apuros para indicarla como tal, en forma por lo demás clara y distinta.
Pero también es preciso considerar que existe una ineludible dimensión imaginaria, toda vez que toda situación humana es un conato o proyecto. Si bien podemos indicarnos en una situación digna instantánea, forzoso es considerar también cómo devendría con el correr del tiempo, la historia y la peripecia vital.

Dimensiones de la adecuación


Antonio Bonet, Juan Kurchan y Jorge Ferrari, arqs. Sillón BKF (1938)

Para ver una cosa hay que comprenderla. El sillón presupone el cuerpo humano, sus articulaciones y partes; las tijeras, el acto de cortar. ¿Qué decir de una lámpara o de un vehículo? El salvaje no puede percibir la biblia del misionero; el pasajero no ve el mismo cordaje que los hombres de a bordo. Si viéramos realmente el universo, tal vez lo entenderíamos.  
Jorge Luis Borges, 1975

En principio, parecería que la adecuación tiene una clara dimensión real: el cuerpo comprueba experimental, manifiesta y directamente, qué dispositivos y disposiciones resultan efectivamente adecuadas. Puede que el aspecto de algún implemento pueda parecernos extraño, pero la adecuación parece verificarse en la realidad contundente del uso o de la implementación.
Sin embargo, es necesario consignar que la adecuación de una entidad a su función tiene un componente simbólico que no debe desdeñarse. La habituación funciona como un código convencional en donde aquellas formas que tenemos como familiares se reconocen en su adecuación figurativa antes de la concluyente verificación en la práctica.
Pero aún existe otra dimensión singularmente interesante, que es la imaginaria. Opera con complejos y oscuros desplazamientos en las ideas recibidas acerca de la adecuación forma-función. El interés por esta dimensión radica en su potencial creativo que puede conmover las dimensiones simbólicas y reales para operar transformaciones tanto en la conciencia social, así como en las formas convencionales tenidas como adecuadas.

Plumas ajenas: Jorge Luis Borges


AFTERGLOW

Siempre es conmovedor el ocaso
por indigente o charro que sea,
pero más conmovedor todavía
es aquel brillo desesperado y final
que herrumbra la llanura
cuando el sol último se ha hundido.
Nos duele sostener esa luz tirante y distinta,
esa alucinación que impone al espacio
el unánime miedo de la sombra
y que cesa de golpe
cuando notamos su falsía,
como cesan los sueños
cuando sabemos que soñamos.
Jorge Luis Borges, 1923

Desde el elemento germinal



Si se ignora al hombre, la arquitectura es innecesaria.
Álvaro Siza

Hay que encontrar el necesario nudo borromeo1 que vincule entre sí las formas imaginarias, las simbólicas y las realidades de la domesticidad contemporánea.
Esta operación se justifica para la consecución de lo esencial de la arquitectura de la morada contemporánea en un modo que refleje las verdaderas solicitaciones del sujeto habitante. A la arquitectura de la casa se llegaría por una senda que se originaría en lo hondo del psiquismo de las personas de carne y hueso. A esta arquitectura se llegaría concebida desde su necesario elemento germinal.
Puede sonar arduo, pero ¿no es reconfortante emprender el camino con tal esperanza?

1 Se llama nudo borromeo al constituido por tres aros enlazados de tal forma que, al separar uno cualquiera de los tres, se liberan los otros dos.