Mostrando las entradas con la etiqueta tiempo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta tiempo. Mostrar todas las entradas

Cesuras, límites


Henri Cartier-Bresson (1908- 2004) Siphnos, Grecia (1961)

El límite es el verdadero protagonista del espacio, como el presente, otro límite, es el verdadero protagonista del tiempo.
Eduardo Chillida, 2004

Es cuando adviene un límite, una frontera, una cesura que cobramos conciencia tanto del espacio como del tiempo. Un lugar efectivamente vivido se contornea precisamente en la región espaciotemporal en que deja de serlo. Es por intercesión de las pausas que damos cuenta figurativa de la existencia cabal de aquello que nos concierne.
Para eso existe la arquitectura del lugar: para contornear articulada y tenuemente la existencia en las diversas figuras espacio temporales que denominamos aquí.

Se habitan geografías e historias

Nicolas Poussin (1594 1665) Et in Arcadia ego (1638)

Debido a nuestra pertinaz escisión conceptual entre espacio y tiempo, tendemos a considerar que habitamos el primero y olvidamos que también lo hacemos con el segundo.
En la realidad del lugar no existe tal escisión. Es por ello que tenemos aquí un problema epistémico. Nos cuesta asumir las consecuencias del hecho de que habitamos en una estructura espaciotemporal concreta, que se deja describir, a la vez, por las geografías y las historias propias del lugar. Apenas si en la actualidad ciertos geógrafos y quizá también algunos historiadores están cobrando conciencia operativa de ello. Habrá que seguir consecuentemente sus pasos.
Y, sin embargo, tal hecho se muestra en toda su muda elocuencia en un clásico cuadro del siglo XVII. Tanto nos cuesta ver lo evidente.

Sic transit


Le Corbusier (1887- 1965) Villa Savoye antes de su restauración

Ojalá nuestras algunas de nuestras obras envejezcan dignamente, como las mujeres verdaderamente hermosas.
Este deseo proviene de las continuas señales de alarma que uno puede apreciar en relación con la cada vez más pronunciada caducidad material, funcional y simbólica de las obras arquitectónicas contemporáneas. He visto una lujosa mezquita moderna con las piezas cerámicas ya cascadas cuando sobreviven templos y palacios de la más pronunciada antigüedad que han permanecido si no prístinos, sí dignos. Podemos ver, asimismo, cómo los programas funcionales en donde teóricamente hay un lugar para cada cosa, deben readaptarse ante las mutaciones casi inevitables en el uso. Es de sospechar también que el ejercicio arquitectónico actual cede terreno ante fenómenos tales como la moda vestimentaria, que hace lucir avejentadas las obras que resplandecieron apenas ayer.
¿Qué quedará de nuestros efímeros procederes que conmueva a nuestros descendientes?

Habitar el tiempo (V) La noche


Adolf Pirsch (1859- 1929) Dama en escena nocturna (s/f)

Por la noche el cielo se ahonda en beneficio de los desvelados, de los escrutadores de signos, de los lunáticos.
Durante milenios, la noche se reservaba para el retiro, el descanso y el sueño. Pero nunca faltaron las excepciones. Los astros inspiraron adivinaciones y ciencias, sueños y especulaciones, delirios y reflexiones.
En la actualidad, con el uso y el abuso de la iluminación artificial, la noche se desdibuja de su ancestral papel de ocasión para lo Otro, su vocación de alternativa a la razón solar, su escenario de jardines perfumados y pesadillas.
Por ello, es necesario apartarse mucho de la ciudad que homogeneiza el decurso del tiempo. Lejos de allí, aún lucen las estrellas, los presagios y las ensoñaciones.
Porque es para ello que necesitamos las noches límpidas y hondas.

Habitar el tiempo (IV) El atardecer


Oswald Achenbach (1827 – 1905) Atardecer en Nápoles (s/f)

Es preciso observar que la belleza tópica de algunos atardeceres no debe ocultar su valor intrínseco, que es el de la sublimidad inherente al traspaso irrevocable de los umbrales.
Las fatigas cotidianas ceden paso a la hora de la vuelta, la ocasión general del regreso. Ha sido dura la faena y algo magro el resultado, como siempre, pero es un homenaje a la vida habitar el atardecer con el espíritu de quien cree haber cumplido con su vida en la jornada. Los últimos resplandores suelen ser los mejores: signos inequívocos de que, tras el sueño reparador, todo volverá a recomenzar. Tal es la confianza ingenua, la rutina de los días, la inercia de la vida cotidiana.
Toda vida que se precie tiene que disponer de una pausa propia y apropiada, a la hora del crepúsculo.

Habitar el tiempo (III) La tarde


Francis Cadell (1883 –1937) Tarde (1913)

Con el correr de la tarde, la luz vira hacia valores más cálidos, la atmósfera se carga de efluvios y las cosas mudan sus colores a matices más maduros.
Las lasitudes del día van acumulando esperas, las ceremonias se vuelven más cansinas y cada quien busca llegar a término en sus ocupaciones. Atardece y el tiempo vivido parece estirarse en un curso más sosegado.
El ritual inglés del té de las cinco parece señalar una suerte de conclusión de los ajetreos del día, una instancia de pausa social en donde se celebran, tácita y explícitamente, los acuerdos, los cierres, las conclusiones del día.
La vida humana parece madurar a su modo en las tardes y el acondicionamiento arquitectónico de las estancias que entonces se pueblan debe reparar en esta humana condición.

Habitar el tiempo (II) La mañana


Alfred Sisley (1839 – 1899) Amanecer en junio en Saint-Mammès (1892)

Por la mañana es cuando la luz natural, el aire y los colores de las cosas relucen límpidos, frescos, recién inaugurados.
Las renovadas energías de los cuerpos se aplican a emprender con ahínco los proyectos del día. Por ello, las cosas suelen lucir en su aspecto más prometedor. Para muchos es la parte de la jornada más propicia para la actividad, el estudio y el ejercicio corporal. Aunque hay excepciones, la habitación de la mañana suele vibrar con una especial intensidad. A través de las ventanas que dan al oriente, la luz solar energiza el fondo de las estancias, la brisa matutina ventila las alcobas aún aturdidas por los vapores del sueño y los colores de las cosas se prodigan en brillos y fulgores nuevos.
La vida humana puebla con cierto entusiasmo las mañanas y las arquitecturas basadas en el servicio atento a la condición humana deberían tener esto en cuenta.

Habitar el tiempo (I) El amanecer


A. Rötting (s/d) En la mañana (1840)

Hay un habitar el tiempo que sigue su caída ineluctable hacia el futuro, hasta el confín de cuando ya nada importe.
Pero también hay un habitar el tiempo que se prodiga en recurrencias cíclicas. Es un continuo recaer en ciertas vivencias que se suceden alternadas y constituyen aquello que llamamos vida, en el sentido cotidiano de la expresión.
Es así que todo parece recomenzar cuando atravesamos el umbral que une y separa el sueño de la vigilia. En el momento que la luz matutina nos inaugura y la frescura del nuevo día por vivir nos disipa las últimas nieblas del sueño.
Hora de levantarse. Hora de retomar la acción, posando los pies en el duro suelo de la vigilia. Hora de afrontar el espejo inclemente y el mundo que no se muestra mucho mejor.
Todo está por hacerse al amanecer. El acondicionamiento arquitectónico de la alcoba debería ajustarse con piedad y simpatía a las hondas solicitaciones de quien que se despereza.

Estructura fundamental del lugar: Laberinto

Beatriz González  Paseantes (2013)

Por un laberinto, en principio, todo es errar.
La marcha no se detiene más que breve y apenas: el sentido del laberinto es su propio acontecer perplejo. La cadencia de las alturas se sucede con el ritmo de la alternancia de ámbitos públicos y privados, las amplitudes relativas alternan ámbitos propios y extraños.
Las derivas hacen ocurrir ámbitos murmurantes, zonas de estrés acústico y silentes reductos íntimos. Suceden las variantes térmicas y lumínicas que ofrecen novedad y acontecimiento a los estremecimientos de la piel y las acechanzas de la mirada. Vagas alternancias olfativas nos guían mediante discretas adhesiones y rechazos.
Mientras que la marcha le otorga hegemonía al protagonismo de las piernas, las manos operan apenas sumarias. Los cuerpos ya excavan cavidades, ya buscan la luz, el aire y el lugar libres. También se suceden y mudan de carácter las reglas, los trabajos, los afectos

En los laberintos, la ley interior la dicta el tiempo, los latidos, los resuellos de la respiración, los pasos.

En la dimensión osmotópica del habitar (II)

Cocina integrada en una vivienda mínima

La frenética compresión de las áreas construidas conduce ineluctablemente a las denominadas cocinas integradas, que tan coquetas lucen en las imágenes.
El pequeño detalle es que las fotografías no tienen olor. El problema con estas cocinas integradas es que los aromas que pueden resultar incitantes en el momento del apetito, suelen resultar deplorables en la ocasión de la saciedad. Piénsese en un sofrito, sin ir más lejos. Su olor resulta primoroso en la sartén, pero un incordio en los almohadones.

La atención a la dimensión osmotópica del habitar permite percibir que no sólo habitamos sumidos en el espacio, sino también y fundamentalmente, en el tiempo, allí donde hay unas secuencias entre los perfumes de un antes y los tufos de un después. Y nosotros en medio, siempre con una misma nariz.

El lugar de lo que dejamos siempre atrás

Edvard Petersen (1841- 1911) Emigrantes en Larsens Square (1890)

Nuestro habitar es una continua marcha hacia adelante, dirigidos con no poca atención hacia la dimensión alethotópica del habitar.
Esta dimensión es la propia de lo que adviene como revelación, como manifestación, como desvelamiento y es opuesta y simétrica con otra dimensión también importante del habitar. En efecto, así como avanzamos, dejamos atrás lugares, espacios y tiempos. Y al dejarlos atrás los sumimos en las profundidades de la memoria y del olvido. Esta dimensión que se abre tras nosotros y nos sigue en forma inquietante es la denominada dimensión tanatotópica, esto es, la experiencia de lo ya vivido, de lo muerto, de lo que creemos vencer con nuestra empecinada supervivencia.

Y cada día que nos pasa, los lugares, los espacios y los tiempos ya ocurridos se nos aproximan y nos pesan más sobre la espalda. Hasta que nos alcanzan.

Viejas cuestiones (XLII): Los sujetos y sus circunstancias

Carlos Federico Sáez (1878-  1901) Cabeza de viejo (1899)

¿Cómo puede una teoría del habitar discriminar las diferentes vocaciones y expectativas al respecto que tienen las personas según su edad?

Una teoría del habitar que se precie de vocación humanista debe comprender a fondo la realidad del tiempo. Antes que detenerse en hermosas imágenes estáticas, debe acostumbrar tratar con procesos. Antes que considerar las figuras de lo humano, debe considerar y afrontar la propia realidad de la condición humana, condición de tiempo y circunstancias.

Es, por cierto un compromiso arduo, pero tiene que sernos posible.

Viejas cuestiones (XXI): La física del lugar

Peter Sloterdijk

Se puede comprobar que los lugares son anisótropos, heterogéneos, discontinuos, articulados.
El espacio euclidiano-newtoniano, por el contrario, es isótropo, homogéneo y continuo.
¿Este espacio euclidiano-newtoniano es apropiado para concebir, proyectar y desarrollar la arquitectura? ¿Con qué concepción del espacio deberemos manejarnos en el futuro?

Todo hace sospechar que el tratamiento metódico del lugar exigirá en el futuro una conceptualización de éste como un campo, esto es, una estructura espacio-temporal condicionada por unas concretas dimensiones existenciales de cuya naturaleza el filósofo alemán Peter Sloterdijk ha dado esclarecedora noticia.

Todavía no hacemos más que movernos a tientas, sumidos en una niebla de complejidad, pero deberemos estar a la altura del desafío de disiparla.

Viejas cuestiones (XIV): El tiempo

Raimundo de Madrazo (1841- 1920) Salida de la iglesia (s/f)

Se ha reivindicado aquí que los lugares concretos deben considerarse en su constitución física de campos, esto es, estructuras espacio-temporales, en que se desarrolla el fenómeno del habitar. Por otra parte y desde fines del siglo XIX, se ha considerado que la arquitectura es un arte o técnica del espacio.
¿Resulta necesario, oportuno y útil incorporar la dimensión temporal en la arquitectura? ¿Por qué?

Resulta necesario considerar la dimensión temporal en arquitectura toda vez que los lugares existen concretamente tanto en el espacio como en el tiempo. Si la arquitectura trata de la concepción, proyecto, construcción y habitación de lugares, el tiempo no puede abstraerse sin mutilar a su objeto de una dimensión constitucional.
Resulta oportuno incorporar la dimensión temporal en la arquitectura ya que es imperioso tratar con los lugares en su concreción, ya no en la abstracción, siquiera operativa, del espacio.

Resulta útil tratar el problema del tiempo en la arquitectura, porque la pura  espacialización de ésta nos conduce a un callejón sin salida.

De cómo la vida aja y percude las arquitecturas

La casa de Charles y Ray Eames

Las casas de los arquitectos lucen espléndidas en las fotografías, porque los estudiantes de arquitectura aprenden mucho de su disciplina a través del puro sentido de la vista.

Por ello, lo primero que hacen los arquitectos cuando culminan una obra es fotografiarlo en estado prístino, antes que la vida aje y percuda estos magníficos artefactos. Pero si también fotografiaran los días sucesivos podrían mostrar algo menos vistoso, pero mucho más importante: que esos magníficos artefactos están destinados a ser implementados en una forma mucho más integral y humana que la mera contemplación extasiada.

Habitamos en lo que nos queda del tiempo

Antoni Piotrowski (1853- 1924) Caminante (1896)

Vivimos en un tiempo y habitamos en la memoria.
José Saramago

La frase es clarividente: articula en la debida forma la vida con el habitar.
Uno debe rendirse a la evidencia: mientras que el latir de la vida atraviesa el tiempo, habitamos precisamente en aquello en lo que nos queda de su devenir.
Por ello, es preciso medir con mucho cuidado la dimensión temporal del habitar: la vida pende allí y la apreciación adecuada de su magnitud puede constituir asunto de la mayor importancia para la consecución de los lugares.
¿Albergarán los lugares proyectados y construidos por los arquitectos nuestra mejor cuidada memoria? Y si así no fuera ¿cómo podríamos indicarles el camino correcto para su adecuada consecución?


Esperas

Henri de Tolouse-Lautrec (1864- 1901) Salón de la Rue des Moulins (1894)

Cuando le roban el tiempo a un sujeto, entonces éste se resigna a esperar.
El aburrimiento es el precio que paga el expropiado. Se aburre el paciente esperando la consulta con su médico. Se aburre el ciudadano esperando la atención de los oficinistas. Se aburre la prostituta esperando su cliente.

La espera se está volviendo una condición crónica de nuestra vida cotidiana. A no ser que nos rebelemos contra el poder que nos roba nuestro tiempo.

Una mirada otra

Caspar David Friedrich (1774–1840) Monasterio en ruinas (1825)

El romanticismo no se halla ni en la elección de los temas ni en su verdad exacta, sino en el modo de sentir. Para mí, el romanticismo es la expresión más reciente y actual de la belleza. Y quien dice romanticismo dice arte moderno, es decir, intimidad, espiritualidad, color y tendencia al infinito, expresados por todos los medios de los que disponen las artes.
Baudelaire, 1846

Ante el espectáculo de una ruina arquitectónica, George Simmel ha observado la resolución de un conflicto entre la humana voluntad de conformación y la oposición activa de la naturaleza, resuelto este dilema en favor de ésta última. También es dable ver que la ruina revela el tiempo como dimensión de lo arquitectónico, por sobre la configuración espacial. Lo que parece también claro es que la escena romántica de unas ruinas es un relato de una lucha que interpela al sujeto contemplador, invitándolo al compromiso emocional de la melancolía.

El ideal romántico reside en transmitir la recreación de cierta belleza que aporta la confluencia del tiempo de lo pasado con el tiempo de lo percibido. La decadencia de la ruina como paso del tiempo configura un gusto hacia la degradación, lo desconocido y el misterio de lo deshabitado o no habitable.  
Rafael Gómez Alonso, 2016


Una mirada otra nos descubre nuestra necesaria participación emocional con una descubierta naturaleza vital, conflictiva y temporal de los lugares habitados por el hombre.

Arquitecturas pintadas de tiempo

Lothar von Seebach (1853- 1930)  La calle de la Aduana en Estrasburgo bajo la lluvia (1895)

Las revistas de arquitectura muestran, por lo general, las arquitecturas en estado prístino: recién terminadas y aún no liberadas a su ocupación y uso.
Pero la ciudad suele mostrar su arquitectura luego que el tiempo ha coloreado las superficies, luego que las alternativas del ambiente han dejado sus improntas, luego que las luces han mostrado diversos aspectos hasta revelar el momento exacto que alegrará a los fotógrafos.
Se ha repetido hasta el hartazgo que la arquitectura es arte del espacio. En este sitio se ha insistido en su configuración temporal. Y los arquitectos deberíamos tomarnos el tiempo más en consideración, porque nuestras obras envejecerán perdurando.

Ojalá nuestras obras envejezcan dignamente, como las mujeres verdaderamente hermosas.

El tiempo de nuestras estancias

Henri de Braekeleer (1840- 1888) La comida (1885)

Hay ocasiones en donde las estancias ocurren en calma. Hay un estado emocional singularmente sereno que anima estas situaciones. Por cierto, es un estado que ocurre escasamente y por lapsos muy breves. Es quizá por la alternancia con otros momentos más ajetreados que podemos ponerlos en valor.
Se trata del valor del bienestar en el reposo, en el relajado recuperar las fuerzas, en el tiempo de deliberar, de recordar, o de dejar viajar libre la imaginación. Se trata de respirar detenido de la atmósfera, de apreciar los juegos furtivos de la luz sobre las cosas, de distraerse con murmullos lejanos, de asir las cosas con especial consideración y de hacer inmersión en los aromas del lugar.

El tiempo propio de nuestras estancias es el de una vida en queda suspensión que a veces nos damos el lujo de conseguir.