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Los urbanitas y el fuego


Sergey Maximishin (1964- )

La condición de habitante urbanita implica un considerable gasto energético.
Nos estamos cociendo en una gigantesca hoguera que afrenta el aire con sus humos. Los urbanitas desarrollamos un estilo de vida que tiende a agotar nuestros recursos energéticos finitos. Expoliamos el fuego a la vez que sobrecalentamos la morada común. La lucha por algo que quemar vuelve más hostiles a los lobos del hombre.
¿En qué dirección dirigir nuestros ruegos, imprecaciones y expectaciones para cambiar el rumbo antes del desastre definitivo?

La habitación del fuego


Albert Bierstadt (1830 – 1902) La fogata (1863)

Habitamos con el fuego sagrado en tanto nuestra vida nos condena a transformar, a separar y reunir, a disociar y combinar. Porque de alguna manera somos portadores de fuegos.
Transformar crudo en cocido, bosque en claro, sitio en espacio: todas operaciones que los herederos de Prometeo consiguen a costa de atizar y difundir la violencia del fuego. También separar la maleza de la pradera, así como reunir alimentos de variada procedencia: mediante la llama apartamos y ensamblamos a nuestro antojo y según los dictados de alternas demandas
Con la conquista del fuego —último de los cuatro elementos que a nosotros se nos ha rendido— nuestro habitar del mundo consta de correr una frontera sin descanso ni piedad.

Acerca del origen cartesiano de las dimensiones del habitar


René Descartes. Ilustración en el Tratado del Hombre, 1664

¿Dónde poner ese punto donde se intersectan las coordenadas dimensionales de nuestro habitar? En otras palabras ¿dónde es posible situar un punto cero de la constitución de todo lugar posible?
Pudiera tener lugar concreto en el punto del fuego, allí donde el calor conforta y se cuece, morosa, la pitanza. De un allí concreto podría devenir un punto simbólico; atrás de todos los lugares aguardaría aquella hoguera originaria.
Pudiera encontrarse un punto originario en la región más transparente de la atmósfera buena para respirar a nuestras anchas. Así, el punto de marras pudiera situarse en el aire y de aire se constituirían, en consecuencia, todas las arquitecturas posibles.
Pudiera situarse allí donde se señale un emplazamiento en la tierra. El punto originario tendría, por así decirlo, raíces en lo ctónico. De tal suerte, toda arquitectura tendría un único lugar en la tierra y allí deberíamos situar la intersección cero de todas las coordenadas.
En fin, también pudiera situarse en el espejo quedo del agua, allí donde tenemos la evidencia de constituir un aquí en un paisaje. Tras el reflejo originario, todo lugar tendría su plena constitución con un aquí relativo: allí donde emerge la evidencia de la situación.
¿O pudiera situarse, en definitiva, en el cuerpo del habitante? De tal suerte, cada persona sería portadora una arquitectura tan fundamental como íntima, propia y apropiada. Una arquitectura tan primordial que todas las otras serían apenas emergencias contingentes en su forma, aunque forzosas en su sustancia.

Arquitecturas del cuerpo: los estremecimientos de la piel


Delphin Enjolras (1857 –1945) Desnudo frente al fuego (s/f)

Uno de los gestos arquitectónicos más antiguos del cuerpo mueve a éste a buscar las condiciones allí en donde éste se conforte.
La piel busca controlar el equilibrio térmico y esto se traduce en la necesidad imperiosa de amparo, reparo o protección según las circunstancias. La piel se duplica a sí misma en cubiertas y muros y administra rigurosamente los flujos de puertas, ventanas y hogares. El valor intrínseco y primitivo de cada pliegue, cada anfractuosidad, cada rincón propicio radica en su interacción próxima con los estremecimientos de la piel.
Es por ello que toda humilde y soñada choza comienza por cuidar un fuego sagrado como signo primero de todo confort. Es por ello que la casa vivida tiene una arquitectura conformada por gradientes térmicos por donde el cuerpo deambula buscando su situación conforme.


Habitaciones elementales (I) Fuego

Antonio Cortina Farinós  (1841–1890) El descanso de la modelo (1890)

Creemos que es posible fijar, en el reino de la imaginación, una ley de los cuatro elementos que clasifique las diversas imaginaciones materiales según se vinculen al fuego, al aire, al agua o a la tierra.
Gaston Bachelard, 1942

Ya en el mito de Hestia se emparentan la arquitectura, la mujer y el fuego.
Desde ya hace mucho, entonces, el cuidado sacrificial del fuego constituye un centro recóndito de lo doméstico, de aquello que no por casualidad llamamos hogareño. Habitar el fuego es volver, en el espacio y en el tiempo a una confortable cavidad que ampara la pasión de vivir.

Y es que habitar, cabe la imaginación ancestral del fuego, consiste en volver, siempre volver, allí en donde se custodia el hogar, la mujer y el fuego: allí donde cierto fundamento de la vida tiene efectivo lugar.

El paisaje conmovedoramente elemental

Lago de Como


Hay una virtud esencial en la yuxtaposición dramática de los elementos: aire, agua, tierra y fuego. ¿Qué dónde  está el fuego? Atrás de la mirada que otorga sentido al paisaje.

El cuerpo, la estructura del lugar y las poéticas arquitectónicas primordiales (IX)

Andrew Wyeth (1917- 2009)

¿Qué decir acerca de la poética arquitectónica primordial que tiene a la pasión del fuego como elemento?
Al respecto, quizá sea mejor, callar, imaginar y soñarlo mucho.


Arquitecturas míticas: 4: Fuego

Felix Valloton (1865- 1925) Interior con mujer en camisa (1899)

No hay arquitectura viva si no es con un fuego en su interior.
El cuidado seguro de la luz y el calor constituye la nota energética del habitar. A la lucha primordial con las masas, pesos volúmenes y espacios de la construcción de edificios se le debe complementar con el resguardo del elemento sagrado de la pasión humana por vivir.

Sólo entonces la arquitectura vive en la realidad de la llama que conforta.

Reescrituras (XXIV): ¿Cuál de los elementos?

Jean Béraud (1849- 1935) Un día ventoso en el Pont des Arts (1881)

¿Cuál de los cuatro elementos es el propio del habitar? ¿El aire que se deja ocupar, respirar y que agita a los paseantes? ¿El agua que corre y separa la ciudad y que justifica el puente? ¿La tierra por la que transitan intensamente las personas? ¿El fuego, que aguarda el regreso de los ateridos?

* * *

Pensar en los mitos elementales supone intentar dar un paso atrás reflexivo en busca de un pensamiento que aún no se somete a la disciplina de la razón convencional.
Ese paso atrás no es otra cosa que una artimaña del pensamiento: explorando los territorios del mito pueden encontrarse entrevisiones, sospechas e intuiciones que nuestra manera actual de pensar reprime, con buenas pero no suficientes razones. La poética sustituye así el discurrir corriente.

Lo que no puede la razón diurna lo podrá el ensueño poético y crepuscular del pensar mítico.

El cuidado del fuego

Alexandre Antigna (1817- 1878) El incendio (1851)

Conviene no descuidar ni por un momento la tutela ritual del fuego central del hogar. El fuego, en sí mismo, no es el elemento sustentante primero de la casa.

El sustento de la casa, en verdad, es el cuidado del fuego.

La dimensión termotópica

Felix Valloton (1865- 1925) Mujer desnuda ante una salamandra (1900)

Hemos visto que la casa puede concebirse, como es usual, como una esfera acondicionada y también puede ser pensada como un nodo de un laberinto de caminos.
En el interior de la casa existe un foco en donde resplandece el fuego. No por nada hogar es utilizado como sinónimo de casa. En el interior de la casa también hay un laberinto de sendas que confluyen en el lugar sagrado de la llama.
No se trata sólo de geografías, sino, ante todo y además de historias. ¿Cuánto de la propia condición humana lo debemos a la proximidad con el fuego? Más allá de la pura supervivencia, alrededor de su calor hemos aprendido a imaginar, pensar y conversar. Por eso el fuego que custodiaba Hestia constituía tanto el amparo de la armonía doméstica como el garante de la paz social.

Los lugares que habitamos tienen una dimensión trascendente según se acerquen o distancien de ese lugar del fuego.

Centralidad sagrada

Francisco de Goya (1746- 1828) Sacrificio a Vesta (1771)


Así como fue dominado, no sin esfuerzo y riesgo, cada fuego ha impuesto su especial centralidad, sea en el ritual, sea en la morada del hombre.

El fuego sagrado del hogar

El lugar del fuego se consideraba un punto central de la casa, de ahí que hogar signifique tanto fuego como lugar en que se habita.
El lugar del fuego es tan sagrado cuanto lo es el elemento que lo ocupa. Es también tan sagrado cuanto es central en el lugar.
A su vez, el fuego constituye una instancia de articulación, esto es, un lugar en donde a la vez se unen y separan materias de naturaleza tan dispar como lo crudo y lo cocido, el remedio y el veneno, las ofrendas a los dioses y los rituales de brujería.

Habitamos con el fuego sagrado en tanto nuestra vida nos condena a transformar, a separar y reunir, a disociar y combinar. Porque de alguna manera somos portadores de fuegos.

Múltiples usos del fuego

Anónimo Brujas cocinando


Existe una fuerte asociación entre el fuego, la comida, la magia, la alquimia y el misterio que rodea unas llamas puestas a trabajar.

Cerca de las llamas

Desde que el fuego ha podido ser un recurso de la actividad humana, se ha convocado en torno suyo tanto la sociabilidad comunitaria como el misterio.
Por una parte, la preparación y el consumo de la comida aparecen indisolublemente vinculados al intercambio lingüístico. Con el vientre lleno es posible el pensamiento especulativo y la reciprocidad comunicativa, es posible la ceremonia del simposio.
Por otra, el misterio de la constitución (¿de qué sustancia se trata?) y de su comportamiento —transformador de recursos en comidas, tanto sanctas como non sanctas— no anda muy lejos del fuego la magia, la alquimia, cierto saber ancestral de las mujeres que preparan tanto las delicias más sublimes como los maleficios más oscuros.

El fuego se emplaza, en el habitar de los seres humanos, en el cruce de los caminos que unen y separan, a la vez, lo crudo de lo cocido, el remedio del veneno, las ofrendas a los dioses de las ofensas al hostil.

Hestia, la que cuida el fuego sagrado

Hestia, diosa griega del hogar —también de la construcción y la arquitectura— se destaca por su castidad, se preocupa de la pureza en general y, también hay que decirlo, se obsesiona con la limpieza.
Su castidad es el fundamento de la paz y orden sociales, así como de la felicidad y tranquilidad familiares. Su preocupación por la pureza garantiza la salud corporal y espiritual. Por su parte, la obsesión por la limpieza ampara las más recónditas fibras anímicas de algunas amas de casa.

Desde entonces, en el interior de cada casa acecha una presencia atenta a refregar la más pequeña de las manchas. El hogar reluce.

Los cuatro elementos míticos: I. Hestia y el fuego

No por nada la diosa griega Hestia (Vesta para los romanos) era la diosa de la arquitectura, de la construcción, del hogar, pero sobre todo del fuego sagrado del hogar.
Es que el habitar humano se origina en torno a un fuego prometeicamente domesticado. Éste, custodiado por una diosa especialmente casta, pura y, significativamente, muy preocupada por la limpieza. En su torno es posible que impere el orden familiar que necesitaría ciertos puntos fijos en el mundo.

Este fuego es el origen, el señalamiento especial del aquí, es el sustento de la paz doméstica y también de la cívica.

De todos los fuegos, el fuego

Sebastiano Ricci (1659- 1734) Ofrenda a Vesta (1723)


Hay en todo lugar habitado un punto de origen en donde debe perdurar una llama.

Las cercanías del fuego

Jean-François Millet (1814- 1875) Mujer horneando pan (1854)


Es un gesto antiguo y hondo. Desde que los seres humanos tratan con el fuego, los gestos abundan en contenidos diversos, tanto cotidianos como trascendentes.

Fuego

Knud Berglien (1827- 1908) Noche de San Juan (1858)


Quizá todo empieza con la reunión en torno al fuego: el legado prometeico es correspondido con conversación, música y rituales. Allá arriba, la luna que indica que todo vuelve a comenzar.