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Más sobre el locus amœnus

Tiziano Vecellio (1490-1576) Concierto pastoral (1510)

Corrientes aguas, puras, cristalinas,
árboles que os estáis mirando en ellas,
verde prado, de fresca sombra lleno,
aves que aquí sembráis vuestras querellas,
hiedra que por los árboles caminas,
torciendo el paso por su verde seno:
yo me vi tan ajeno
del grave mal que siento,
que de puro contento
con vuestra soledad me recreaba,
donde con dulce sueño reposaba,
o con el pensamiento discurría
por donde no hallaba
sino memorias llenas de alegría.
Garcilaso de la Vega

Guardamos una memoria nostálgica de un Cierto Lugar tan seguro como propio, tan confortable como libre, tan distante como ¿evocado? o ¿imaginado? o ¿deseado?
Se deja llamar Edén, Paraíso, Elíseo. Están tales lugares tan distantes como lejos está la dicha. También nos separa el tiempo: no sabemos a ciencia cierta si lo recordamos con vaguedad, lo imaginamos fantasmalmente o simplemente lo conjeturamos en un lejano futuro. En todo caso, nuestro estatuto es el de exiliados del lugar de los bienaventurados.

Toda  empresa arquitectónica, urbanística o paisajística es, en el fondo, una tentativa de acercamiento o recreación de un locus amœnus perdido. Pero lo que hay que advertir es que, quizá, este lugar esté libre precisamente de toda configuración arquitectónica y, menos aún, urbanística. Quizá constituya un puro paisaje de una cierta naturaleza y condición especialmente prístina.

Un retiro fresco y a la sombra

Max Liebermann (1847- 1935) El banco de jardín (1916)

Un jardín significa siempre una añoranza a la que se ha dado forma, también un regreso sentimental a la edad dorada, a la vez que un escape hacia la utopía.  
Carl Friedrich Schrörer, 1992
Hay jardines que parecen sitios rescatados de un incomprensible olvido.
Un banco bien situado es un lugar en donde ya hemos reposado, si sólo pudiéramos recordar cuándo. Hay jardines a los cuales siempre regresamos.
Quizá porque un jardín conforme una vivencia profunda de tranquila felicidad que se oculta cuidadosamente hasta el momento en que, creyendo falazmente que visitamos por primera vez el lugar, en verdad sólo volvemos a aquel jardín de la memoria.

Se puede sospechar, por lo tanto, que todos los jardines son, en esencia, uno mismo y es aquel del que guardamos vacilante recuerdo.

La paz de los bienaventurados

Ludwig Mack (1799-1831) Los Elíseos (1829)


El lugar de los bienaventurados es siempre otro, lejano y exclusivo para el gozo de aquellos merecedores de la mayor de las glorias. Para el resto de los mortales está el incierto auxilio de la arquitectura.

El locus amœnus

Guardamos una memoria nostálgica de un Cierto Lugar tan seguro como propio, tan confortable como libre.
Suele llamarse con diversos nombres: Edén, Paraíso, Elíseo. En todos los casos, son lugares tan distantes como lejana es la dicha plena de la estancia gozosa y despreocupada. Somos criaturas exiliadas del lugar propio de los espíritus bienaventurados. Arrojados en este valle de lágrimas, no podemos no sentir la pérdida del locus amœnus.

Para esto es que existe la arquitectura; para la empresa siempre artificiosa de recrear un paraíso para siempre perdido.

Para curar una antigua cuita

Thomas Cole (1801- 1848) Expulsión del Edén (1828)


Colegas: escuchemos con atención y paciencia y perspicacia. El Proyecto quizá anide en el fondo del psiquismo del comitente.

Arquitecturas para los exiliados del Paraíso

A título de sugerencia: trabajar en la hipótesis que trabajamos con exiliados del Paraíso.
Esto quiere decir que los comitentes no viven, necesariamente, en el Mejor de los Mundos Posibles, sino que en el fondo de sus espíritus guardan oscura memoria de un lugar del que han sido apartados. Indagar en sus deseos es entonces, recurrir al desolvido, a la anamnesis del Lugar que Merece Ser Habitado.

Por un momento, podríamos creer de buena fe, que el Proyecto no radica en el Genio que ilumina al Arquitecto, sino en el psiquismo profundo de quien le encarga la obra.

Aquel lugar feliz

Thomas Cole (1801- 1848) Sueño de Arcadia (1838)


En definitiva, el sueño o el recuerdo de Arcadia es la impronta afectiva de un Allá simple y feliz, lugar del que, no se sabe muy bien por qué, nos hemos apartado.

Arcadia ¿soñada o recordada?

El sueño de Arcadia entendida como locus amoenus, suele presentarse tanto como una proyección hacia lo lejano como a lo antiguo.
Alejada de la ciudad tanto como de la civilización, cercana a la Naturaleza en su faz más amable y vecina de gente sencilla y feliz, la Arcadia se sueña.
Por otra parte, en la memoria honda de la humanidad, se añora los tiempos pasados, los que, en el tópico, fueron mejores que los conflictivos presentes que nos tocan; así la Arcadia es recordada.

Puede ser que en lo hondo de nuestra constitución psíquica resida un vago fantasma de aquello que alguna vez nos ha hecho felices y que nos obstinamos en olvidarlo o sustraerlo de nuestra padecida vigilia.

Arcadia

Károly Markó (1793-1860) Arcadia (1830)
Hubo un tiempo en que habitamos, simplemente, el Jardín. Hemos tenido que inventar la arquitectura, entre otras cosas, una vez que nos han expulsado del Paraíso. Pero aún en el exilio, a veces recordamos el lugar originario.