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La colorida heterogeneidad de la vida situada


Jacob Holdt

Así de compleja, así de rica. Así de colorida, así de rica. Así de heterogénea, así de rica. Es por esto por lo que la vida ciudadana en enclaves exclusivos dista de ser un privilegio de ricos, que levantan muros y distancias con la ciudad de los pobres. La vida ciudadana confinada en las piezas del discontinuo mosaico socioespacial es, simplemente, empobrecida. No merece ser llamada vida ciudadana. ¿Habrá un nombre para el establecimiento y población en esos confines homogeneizados, de vecindarios muy precisamente clasificados y agrupados por su nivel de ingresos y su disponibilidad de consumo?
La urbanización sin ciudad, de la que nos habla Jordi Borja es el nuevo escenario de la vida empobrecida de la actualidad.

La hospitalidad originaria de las ciudades


Ebbe Stub Wittrup

Garcés, 2016

Marina Garcés nos ha enseñado que la razón de ser de las ciudades es su hospitalidad originaria: los urbanitas son llegados, gentes diversas que allí se dan cita.
Es preciso remontarse a los días remotos en donde, en un cruce de sendas, se encontraron dos o más extraños y de este encuentro de diversos resultó eso tan interesante que es la proliferación de intercambios de cosas, servicios e ideas. Para esto se inventaron las ciudades, para convocar a los que llegan, siempre con algo que contar, siempre con algo que dar y siempre con mucho que recibir. Las ciudades, por esto y de suyo, son abiertas y deben ser hospitalarias.
Sólo a algunos espíritus deshumanizados se les ocurre que es factible erigir murallas y puertas que se cierran. Porque si una ciudad eleva sus muros y cierra sus puertas al que llega, deja, en el acto, de ser una ciudad para convertirse en quién sabe qué especie ominosa de cosa.


Hacer lugar: el altruismo


Cédric Gerbehaye (1977)

Pero hay una virtud propia de la situación que poblamos que nos hace optar por el altruismo. Porque el mundo que habitamos es mejor si abrimos de par en par nuestra condición liminar en favor del otro como tal. Porque el mundo que habitamos es mejor si traspasamos la extrañeza para hacer próximo al que será nuestro semejante cuando compartamos la mesa. Porque el mundo tiene que ser mejor de aquel en que nos encontramos, proliferado de fronteras hostiles para nuestra propia condición de humanos.

El género humano del lugar


Ricardo Canino

Lo de tener lugar no es “natural” al hombre, sino constitucional. Quien tiene lugar es titular de una circunstancia, señala un aquí y ahora, perturba el ambiente con presencia y población. Es de humanos, entonces, hacer lugar, producir un acomodo de circunstancias para que otro sujeto tenga presencia y población en la proximidad. Es de humanos operar con fronteras abiertas, una vez que hemos abierto un umbral en el mundo al que sólo a nosotros, según parece, nos es dado trasponer. Es de humanos oscilar, entonces, en una proximidad que mucho conoce de alianzas y conflictos. Somos esa sustancia de alianzas y conflictos. El lugar es constituyente, entonces, del género humano y a ningún humano puede estar vedado el acceso. Antes bien, todo lugar prodiga, en principio, en umbrales hospitalarios.
Pero sucede a veces que otras voces nos nublan la memoria y entonces, nos impulsan a cerrar, insensatos, estos umbrales.

El principio de la solidaridad


Sebastião Salgado (1944)

Puede pensarse que existe, en el género humano, un talante originario proclive a la aproximación, a la ayuda, a la conmiseración. La mención al principio de solidaridad o fraternidad parece evocar ancestrales sentimientos básicos. El pensar en la noción de solidaridad, entonces, parece un ejercicio de anamnesis, un gesto que desvela algo del que guardamos un genérico y atávico recuerdo. Allá en los albores de la vida social, nuestra condición gregaria era apenas una efusión resultante de un sentido de alianza, complicidad o fraternidad consustancial a nuestra condición de semejantes por humanos.
Lo que ha sucedido, de manera crítica y aguda, que esta semejanza genérica se ha visto minada por un orden social, económico y político de cariz decididamente antihumanista, que se ha desarrollado históricamente destruyendo estos recónditos resabios de venerable sensibilidad. Hoy, contemplamos con estupor y angustia cómo nuestros congéneres se han vuelto extraños, hostiles y distintos. Apenas si nos arrebujamos en un timorato ámbito que reservamos para los últimos a los que, de momento, tenemos por semejantes.

Alternativa a la inequidad


Henri Cartier Bresson (1908-2004)

La Teoría del habitar debe ofrecer una sólida alternativa a la inequidad contemporánea.
Por ello no basta invocar un principio abstracto y declarativo del principio de igualdad. Tampoco basta con hacer acopio de una considerable reserva de equidad. Es preciso, en todo caso, dolerse de las amenazas que penden sobre nuestros congéneres más vulnerables. Es preciso fastidiarse con el triste espectáculo de la inadecuación de los lugares que habitamos en lo que toca a su necesaria hospitalidad con todos los humanos. Es preciso militar activamente por la consecución de un orden social, económico y cultural proclive al generalizado acceso a nuestro lugar en condiciones de brindar a cada uno su lugar de magnitud conforme.
El principio de igualdad es, en verdad, más que un punto de partida reflexivo, un horizonte hacia el cual es preciso marchar.

Magnitud conforme


Henri Cartier Bresson (1908-2004)

Esto quiere decir que cada uno de nosotros tiene el derecho al lugar que le acomode según la peculiar circunstancia que viva. Esto significa que no es a mínimos racionalizados que tenemos derecho, sino, por lo contrario, al lugar que nos aloje como un guante confortable de la vida. Esto suena utópico en las actuales circunstancias en que a unos pocos se le destina el más escandaloso de los excesos y a la mayoría se le sume en la más desesperada carencia.
Sin embargo, hay que dar lugar a la consideración ética de la magnitud conforme, en sustitución de la dominante noción de derecho social a mínimos constrictivos. Porque es la dignidad y el decoro de las personas lo que está en juego, aparte de su condición común humana.

Adecuación


Henri Cartier Bresson (1908-2004)

El primero de estos lugares adecuados lo constituye la vivienda, pero no es el único. El vecindario, la ciudad y el territorio, en cada una de sus diferentes escalas e instancias, debe ofrecer a todos una condigna adecuación. Por ello, la adecuación es exigible socialmente, de la misma forma que su consecución tiene también un carácter social y comunitario insoslayables. Como es fácil de comprender, sólo un orden jurídico, político, económico, cultural y social diferente al actual puede encarnar esta consigna.
Por tal orden social es preciso luchar.

La hospitalidad de hacer lugar


Henri Cartier Bresson (1908-2004)


Así, unas ciertas condiciones sociales y culturales se vuelven propicias para celebrar un pacto entre las personas y el lugar habitado. Un contrato social de habitación. Esta porción virtuosa de la humanidad puede celebrar el resplandor de su condición situada.
¿Cómo es que nuestra ciudad y nuestra sociedad no muestran nada de tal idílico aspecto? ¿Cómo hemos permitido que nuestra ciudad y su comunidad residente resulten tan inhóspitas para los niños, los pobres y los diferentes? ¿Cómo es que no nos permitimos la oportunidad de desarrollar un ánimo equitativo y de ejercer efectivamente un genérico principio de igualdad humana?
En verdad, no hemos sabido construir las condiciones políticas, sociales, económicas y culturales para que los lugares que poblamos en la actualidad lleguen a ser, por su propia virtud, hospitalarios. Así nos va.

La equidad en la teoría del habitar


Henri Cartier Bresson (1908-2004)

La equidad, entonces, es una actitud sociopolítica dirigida por el principio de igualdad que combate activamente toda forma de desigualdad social en pos de proveer a cada persona de aquello a lo que tiene efectivo y reconocido derecho. La equidad, en el frente ético de la Teoría del Habitar, es la actitud que lucha por la adecuación de las cosas de vivir, de la arquitectura de los lugares y del escenario ciudadano a las diversas solicitaciones subjetivas de los habitantes.
A cada cual, lo que merece, según su constitución humana, digna y decorosa. Tal la consigna de acción ética, económica y política.

El principio de la igualdad


Henri Cartier Bresson (1908-2004)

Somos iguales como seres humanos, somos iguales como seres situados, somos iguales en dignidad específica. Sin embargo, todo orden político, social y económico que la humanidad ha conocido a lo largo de su sufrida historia ha resultado el sostenedor de hirientes desigualdades jurídicas, políticas, sociales y, sobre todo, económicas y culturales.
Ha corrido sangre para que, al final, se considere razonable la casi igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, lo que no es poco, pero nada suficiente. La equiparación de todos los ciudadanos en derechos y obligaciones tiene aún un largo camino por recorrer, encontrándose por aquí y por allá con las más despiadadas desigualdades falazmente naturalizadas.
Es por ello por lo que la ética de la Teoría del Habitar debe comenzar por munirse de un principio de igualdad que obre como herramienta estratégica para erigirse digna de la condición humana que inviste.

El jardín de los senderos que se bifurcan


Karin Rosenthal (1945)

Habitar la ética. Se dice fácil.
Sin embargo, es lo que solemos hacer pensando en otra cosa. Parece que las cuestiones morales sólo emergen ante la conciencia cuando nos detenemos a reflexionar al respecto. Pero en verdad es cuando habitamos el jardín de los senderos que se bifurcan y cuando nuestra errancia es una sucesión incesante de opciones, precisamente en tales circunstancias es cuando vivimos moralmente y cuando la verdadera deliberación ética se ve encarnada.
Deberemos aprender a deliberar, entonces, sobre la marcha.

El cruce de los caminos


Karin Rosenthal (1945)

La ética idealista tiene a la buena senda por un sendero rectilíneo, pero la observación de la cruda realidad del día a día da cuenta de intrincados laberintos por donde conseguimos inmiscuirnos apenas para ponernos a salvo. Que ya es mucho, en los tiempos que corren. Es que es de humanos tener ilusiones que perder, certezas que disolver, esperanzas a las cuales nunca conseguir acceder.
Es preciso habitar la ética.

Ética del habitar como proceso crónico, contingente y revisable


Karin Rosenthal (1945)

Henos aquí. Siempre en el punto de partida de un discurrir que no hace otra cosa que recomenzar cada día. Un discurrir que avanza siempre por el jardín en donde sus senderos que se bifurcan. Y ante cada cruce de sendas, una instancia peculiar de decisión que en cada ocasión se estrena prístina. Casi cada paso puede ser, en todo caso, desandado, pero hay rumbos irremisibles. Aun así, puede uno detenerse a pensarlo todo de nuevo, resignificando principios y valores según las circunstancias los vayan iluminando.
En todo caso, parece que apenas si delineamos sobre nuestro escenario una límpida configuración de silueta que aloja en su seno la más honda sima de interrogantes intestinas.


Ética de la conducta habitable


Karin Rosenthal (1945)

Henos aquí. Una ética de la conducta habitable puede adoptar la forma operativa de una ética de la vida cotidiana. Una ética ésta que se aplica a los desvelos corrientes del día a día. Una ética al alcance de la mano, una ética en pantuflas, estratégicamente distanciada de las grandes y graves decisiones existenciales y próxima a las operaciones, usos e implementaciones recurrentes del lugar y situación habitados.
Puede pensarse en una ética de circunstancias, una ética de los exámenes de las situaciones concretas. Pero estas situaciones, en su variopinta constitución, no por ello dejarán de interrogar a una conciencia reflexiva, la misma que pertrecha a la vida de ideales y valores superiores. De este modo, el discurrir moral podría acaso construirse o reconstituirse desde abajo.
En todo caso, puede intuirse que se desarrollaría así una ética de la sostenibilidad (social, cultural, económica). Porque el lugar ocupado por cada uno de nosotros puede ser ocupado por cualquiera de nosotros y serán las mismas circunstancias las que nos interpelarán, aunque diversas sean los modos concretos en que se construya, en cada uno de nosotros, la peculiar contextura moral que nos hace únicos.

Cuestiones éticas de la situación: henos aquí


Karin Rosenthal (1945)

Henos aquí. No puede formularse de modo más conciso la condición situada que preludia al menos tres cuestiones principales.
La primera interrogante versa sobre la propia constitución situada, sobre su contextura y sobre las posibilidades efectivas de conocerla. Así, en principio sólo sabemos a ciencia cierta que estamos sumidos en una situación, pero de ahí a poder hacer plena y cabal conciencia hay un trecho fatigoso.
La segunda cuestión es qué hacer, esto es, conseguir dar con los márgenes de libertad e indeterminación que nos hacen humanos y no, simplemente, un componente sumergido del todo en la situación. ¿Andaremos siempre a tientas, ensayando con nuestro precario albedrío o asiremos con plena responsabilidad el margen de acción que la situación misma nos brinda?
La última aplica al extremo que la condición humana nos hace posible la producción constructiva de ciertos aspectos de nuestra situación. Se trata aquí de la cuestión poética que cierra nuestra condición humana de criaturas situadas.

Ética del habitar (III)


Tošo Dabac (1907-1970)

Todo parece indicar que una ética del habitar deberá adoptar la perspectiva propia de una generalizada práctica política participativa.
Esta precisión es un recurso de prudencia necesario para evitar el pontificado desde lo alto de un punto de vista demiúrgico. Es la efectiva vida social la que debe ilustrarse por sí y ante sí en la ética de su habitar. Si antes nos ocupábamos del sujeto moral de referencia y estudio, ahora nos toca tratar la perspectiva ética.
Como se verá, es mucho lo que hay que rumiar.

Ética del habitar (II)


Antoni Arissa (1900-1980)

En todo caso, la ética del habitar no debe nunca alejarse de las prácticas sociales que se distribuyen a lo largo y ancho de la vida social.
Esto implica que todos los habitantes deben ser considerados en sus particularidades de edad, género, status, capital económico y cultural. La ética del habitar, en definitiva, no puede construirse sobre un hipotético sujeto habitante —que, muy probablemente, constituiría un adulto varón, de clase media alta, solvente y culto—, sino sobre la efectiva humanidad tal cual es. Tampoco puede construirse esta ética sobre un monstruo estadístico que surge de agregar los distintos porcentajes que arroje la sociometría. Parece más sensato indagar en ciertos perfiles que contornean, en la vida social, un sujeto relativamente consensuado, que adopta diferentes figuras según las circunstancias.
Después de todo, los sujetos son unos con su circunstancia: por ello la adecuación, dignidad y decoro de una senda urbana debe considerarse tanto a la altura de una escolar, así como la de un venerable adulto mayor.

Ética del habitar (I)


Antoni Arissa (1900-1980)

La ética consiste esencialmente(...) en un juicio sobre nuestra acción, haciendo la salvedad de que sólo tiene alcance en la medida en que la acción implicada en ella, también entrañe o supuestamente entrañe un juicio, incluso implícito. La presencia del juicio de los dos lados es esencial a la estructura.
Jacques Lacan, 1906

¿Qué tipo de ética es la ética del habitar?
Acaso sea una ética que principia en aplicarse de modo específico al habitar humano como ethos, esto es, como una conducta condicionada por criterios morales. Por ello, la asunción ética del habitar proviene del rechazo radical de toda perspectiva naturalista al respecto, la que se contentaría con examinar una acción tal como parece mostrarse. La conducta habitable debe ser pasible de interpretación ética. Según parece, los criterios morales principales o valores podrían ser la adecuación, la dignidad y el decoro. En esta forma, el imperativo deontológico se formularía como Todo sujeto debe habitar en lugares adecuados, dignos y decorosos. O bien, si se opta por una fórmula eudemonista: Todos aspiramos, racionalmente, a habitar lugares adecuados, dignos y decorosos.
Aún de manera tentativa y conjetural, vamos edificando una ética del habitar. Aunque no nos vendría mal algún aporte de, digamos, Adela Cortina al respecto.

Pausa a la vera del camino


Tom Wood (1951)

La imagen de la fotografía merece ser examinada en todos sus detalles.
¿Cuáles son las condiciones materiales, sociales y humanas que hacen posible que una señora pueda tomarse de tal modo una pausa en su camino? Sólo si el paisaje le es propio, esto es, legítimamente apropiado en los dos sentidos del término: por ser adecuado y por identificarse con su locataria, sólo así es posible tal escena. Todo el paisaje es seguro, tan seguro que la señora puede tomarse una breve siesta, si lo desea, sin que tema ser importunada por una presencia hostil. Por otra parte, el personaje referente está en paz consigo misma, un estado espiritual que no es frecuente experimentar en este nuestro mundo atribulado.
Viviríamos en un mundo mejor si cada uno de nosotros pudiera proponerse una pausa así a la vera de nuestro camino.