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Roces del habitar en la arquitectura construida


Leonard McCombe (1923)

Llegados a este punto, cabe preguntarse por esa especial región en donde se rozan, no sin placer, la arquitectura laxa del lugar con la arquitectura materialmente conformada.
Es por cierto una verdadera zona erógena, un territorio apasionado en donde el placer de vivir tiene efectivo lugar. Allí todo encaja del mejor modo y los roces son los estremecimientos felices de la existencia. Allí resuenan los ecos de las palpitaciones de la vida con peculiar reverberación. Allí, en los rincones virtuosos de la arquitectura efectivamente vivida, todo es una vibrante penumbra.
A las zonas de roce, entonces, deberemos prestar una atenta percepción, con el ánimo bien dispuesto y simpático.

¿El tacto como madre de los sentidos?


Connie Imboden (1953)

Tanto Juhani Pallasmaa (2005) como Ashley Montagu (1986) han desarrollado en extenso y ahincadamente la defensa del sentido del tacto.
Ante el imperio cultural del llamado oculocentrismo (el dominio operativo y simbólico del sentido de la vista), se reacciona oponiendo argumentos que rescatan al tacto como un sentido especial y a la propia piel como órgano sensible primordial. Forzoso es examinar con cuidado tales aportes con el fin de comprobar, de primera mano, la solidez de estas tesis. Con mucho, el señalamiento de una diferencia crucial entre la vista y el tacto puede inclinar la balanza de las consideraciones al respecto. Mientras que la vista guarda una relación distal con lo percibido, el tacto opera siempre proximalmente. Esta diferencia puede resultar decisiva en el caso de la percepción habitable, ya que aquello que efectivamente habitamos, necesariamente se constituye mediante una disponibilidad inmediata, próxima y envolvente.

El valor de las texturas del lado interior de la arquitectura

Museo Correr, Venecia

No insistiré en exceso en la reivindicación del valor de lo táctil en arquitectura.
Esto es especialmente interesante de su lado interior: del tiempo en que las ventanas lucían vestidas, los sentidos no se benefician sólo con el tamizado de la luz, sino que la piel agradece la suntuosidad de una elegante cortina. El tacto es el sentido que intensifica el valor propio de estar allí.

Para ello, toda sensibilidad de artífice arquitectónico es escasa para regodearse en las delicias de rozar con levedad y sutileza el lado interior de los lugares.

Reescrituras (XXXVI): Sensaciones de confort en la piel

José Malhoa (1855- 1933) Praia das Maçãs (1918)

No es posible juzgar el confort si no es con las sensaciones palpitantes en la propia piel. Y juzgar lo confortable es un juicio de valor insustituible en arquitectura.

* * *

La arquitectura debe reivindicar para sí una estética propia y específica, fundada en las sensaciones de la piel y el tacto y con el confort como valor estésico diferencial.
Para ello mucho de las asunciones teórico-estéticas de la arquitectura deben ser revisadas a fondo y sometidas a una deconstrucción crítica. Porque, si se trata de arquitectura efectivamente vivida, no puede abordarse como un especial arte plástico. En la arquitectura, las formas no son ya masas y espacios ni estructuras tectónicas en sí mismos, sino que constituyen vínculos entre estas masas, espacios y tiempos con el vivir palpitante del cuerpo humano.


Hacia una estética propia de la piel y el tacto (IV)

Constantin Brâncuși (1876 – 1957) Mesa del silencio (1938)


Todo está por hacer en una estética de la piel y el tacto. Es asunto de sentarse y debatir desde la población del lugar con el cuerpo.

Hacia una estética propia de la piel y el tacto (III)

Constantin Brâncuși (1876 – 1957) Puerta del beso (1938)

Una estética de la piel y el tacto trata de unas sensaciones que pudiesen considerarse las más primitivas del ser humano.
En efecto, hay en el tacto una condición de genuino, auténtico e inmediato. Esta quizá sea la condición primitiva u originaria de toda sensación: ir hacia los objetos mediante un irrefrenable impulso de reconocimiento. Estas cuestiones las he pretendido ilustrar con las realizaciones de Constantin Brâncuși, ya que cada una de ellas impulsa, de modo decidido y magistral, a tocarlas, más que simplemente contemplarlas. Y conste que no he podido, hasta el momento, tocar ninguna de ellas. Pero hay algo, difícil de definir, que vuelve patente el efecto.

Puede que cosas de esta naturaleza sólo podamos verificarlas al atravesar la puerta que nos propone el escultor. Quien haya podido, que nos narre su experiencia.

Hacia una estética propia de la piel y el tacto (II)

Constantin Brâncuși (1876 – 1957) El beso (1907)

A la actitud distante, ecuánime y desapegada del sujeto estético tradicional, otra —y nueva— estética le opone la alternativa de un sujeto implicado, sumido en una participación mutua con su objeto.
Es esta una estética de proximidad, de complicidad, fruto de la manipulación y la caricia reconocedora. Es esta una estética proveniente de un afecto por la interacción, por la seducción del objeto, por el goce del contacto primigenio.

Es la estética propia de los amantes la que necesita la arquitectura para su justa apreciación.

Hacia una estética propia de la piel y el tacto (I)

Constantin Brâncuși (1876 – 1957) Musa dormida (1910)

Ver de lejos, es una cosa; pero ir allí, esa es otra
Constantin Brâncuși

Con demasiada insistencia se contempla a la arquitectura con el único auxilio del sentido de la vista.
Para ello, se suele adoptar un punto de vista convenientemente alejado, a efectos de que la mirada domine el conjunto. Pero es ya hora de cambiar la actitud. Es preciso ahora buscar el contacto íntimo, la interacción concreta entre el cuerpo del valuador estético y la obra que ya no se distancia, sino que se brinda al reconocimiento estrecho y a la inmersión profunda del sujeto en su objeto estético.
Porque la arquitectura no es una cosa plástica en el espacio abstracto, sino una relación muy próxima y palpitante entre el sujeto que la habita y el lugar que se abre, propicio a la exploración.

Hay que comenzar la fruición arquitectónica por la respiración de la atmósfera del lugar, por la intromisión sensible en su corazón palpitante, una experiencia de toda la piel.

Reescrituras (XXII): La piel

Silvestro Lega (1826- 1895) La pérgola (1860)

La promenade architecturale es, en definitiva, un ir y venir entre zonas en que los niveles de confort se juzgan  con la piel.

* * *
A quienes nos pretendieron enseñar algo sobre arquitectura nos plantaron, ante la mirada un persistente flujo de hermosas imágenes visuales.
Gran parte de lo que creemos saber sobre la arquitectura se lo debemos a lo que hemos visto de ella. Y sin embargo, las personas se orientan en la decisiva dimensión termotópica de los lugares habitados, resueltamente orientadas por sus percepciones de la piel.

Porque, en verdad, la piel informa mucho sobre una cualidad habitable fundamental de los lugares. Los arquitectos y los estudiantes de arquitectura deberíamos reconsiderar la cuestión.

Inmersiones y texturas

Alberto Giacometti (1901- 1966) Hombre que camina I (1960)

Casi cualquier persona puede pararse enfrente y encarar esta obra de arte.
Pero puede proponerse un ejercicio diferente. ¿Y si el Hombre que camina estuviese inmerso en una obra de arte? ¿Qué percibiría? ¿Constituiría un sujeto de juicio kantiano? ¿Erraría irresoluto buscando dónde concentrar su atención? ¿Podría estremecerse sordamente con el roce sutil con el lugar? ¿Qué texturas se le revelarían en su marcha?

¿Acaso este hombre que marcha nos puede enseñar algo que debiéramos ya saber?

Por una estética protagonizada por la piel y su tacto

Constantin Brâncuși (1876 – 1957) La señorita Pogany (1913)

Las estéticas históricas se han fundado ya en el cultivo del sentido de la vista, ya en desarrollo de las habilidades del oído, sin olvidar, por otra parte, el sentido del gusto. Creo que ha llegado el momento de abordar una estética de la piel y el tacto.
Se trataría de una estética que, antes de generar una distancia contemplativa entre el sujeto y su objeto, se aplicara al contacto íntimo, a la interacción concreta, al conocimiento de primera mano, como suele decirse.
Se trataría de una estética de la implicación del sujeto, de una participación mutua entre el sujeto y su objeto, efecto y resultado de una apropiación manipuladora, de una consideración fundamental, producto de un interés y atención directa y manifiesta.
Se trataría de una estética que abordaría las sensaciones más primitivas del ser humano. Y estas sensaciones más primitivas, por serlo, podrían tener la autenticidad propia de las vivencias genuinas, inmediatas.

Quizá resultara más pertinente esta estética para indagar en la propia estética arquitectónica.

Calidades del ámbito íntimo

Louise Mercier (1879- 1907) Joven marroquí (1883)

La arquitectura profunda del ámbito intimo reserva al habitante sentidas experiencias táctiles.
Es que este ámbito está demasiado cerca del cuerpo como para apreciarlo adecuadamente con la visión. El ámbito íntimo se deja palpar con regocijo. Por ello, en la región más recóndita de la casa, la piel se complace en suavidades, tersuras, calidades de agrado mediante el contacto. Por ello, en tales lugares se enseñorean las mujeres, sabias en matices de delicadeza. Por ello, quizá sea bueno que el mundo comience a partir de un ámbito íntimo cabalmente vivido.

A nadie se le debería privar de las calidades decorosas de un ámbito íntimo a partir del cual habitar el mundo.

Texturas y colpoprácticas

Johann Baptist Sonderland (1805-1878) Interior con niños y gatos (s/f)

La percepción meramente visual de masas y espacios nos deja fuera de la experiencia arquitectónica.
Esto es porque hay un elemento perceptivo (estético) esencial en el adentramiento. Las arquitecturas, por lo general, constituyen lugares practicables, accesibles para su experiencia íntima con el propio cuerpo. Por ello es ineludible habitarlos rozando sus texturas. Y estos roces pueden tener un término específico: colpoprácticas.
Se denomina así a las prácticas habitables que prospectan el lugar interior, que aprecian, miden, valoran y experimentan de modo inmediato la magnitud histerotópica, magnitud ésta propia y específica de la profundidad de las cavidades (kolpos, hysteros).

La experiencia arquitectónica es, en lo fundamental, una vivencia honda de tacto, penetración y atravesamiento. Es con el adentramiento de nuestro propio cuerpo en los lugares que conocemos la arquitectura de primera mano.

El sentido del tacto

Pierre-Auguste Renoir (1841- 1919) Gabrielle y Jean (1896)

El tacto no denota posesión. La mano no agarra la pieza, sino que ésta se deja tocar. El tacto expresa confianza. Manifiesta el poder del sujeto y de la obra. Éstos no se muestran a la defensiva. No alzan barreras, ni se esconden, sino que se libran. El tacto exige quietud y cierto abandono. Sujeto y obra se entregan. Sienten ambos la presencia del otro. La comunicación se realiza por la vibración siquiera imperceptible. Vibran al unísono. Constituyen una unidad en la que cada miembro mantiene su integridad y su independencia. La mejor prueba que la obra está viva es que deje que el espectador se acerque. La obra no lo rechaza. Ambos se tienen la mano.
Pedro Azara, 2016

Tiene razón Pedro Azara: el tacto expresa confianza.
Si bien la vista y el oído son los sentidos más tenidos en cuenta, el tacto revela aspectos peculiarmente importantes de todo aquello con que habitamos. Es necesario meditar en las emociones de alegre serenidad que suscitan la apreciación cabal de las texturas. El tacto exige quietud y cierto abandono, dice Azara. Es que primero confiamos en las cosas que se dejan tocar y luego cedemos la iniciativa de los estímulos a las cosas. Estas, por su parte, libran sus condiciones que exigen un meticuloso detenimiento de las manos para percibir matices.
Y es que el asir con las manos no sólo es una interacción entre la piel y los músculos con los objetos, sino una que es una quiropráctica, un prendimiento que considera, valora, sopesa, que hace de un objeto una cosa. Asimos las cosas y tenemos entonces un mundo de cosas a la mano.
La percepción háptica, por su parte, se complementa con la propioceptiva para configurar el mundo circundante tal como es habitado. Palpamos para comprobar ciertos estados de cosas, para expresar sentimientos ya sea sociales, amistosos, amorosos o sexuales.

La parte próxima del mundo se nos revela por el contacto íntimo con la piel y es un goce estar vivo para experimentarlo.

Texturas

Vilhelm Hammershøi (1864 – 1916) Mujer al lado de un piano con un libro (s/f)

Los interiores se habitan rozando sus texturas.
A esto llegamos apreciando cómo se las arregla la luz para entrometerse reveladora. Sólo que no nos quedamos en la pura imagen visual, sino que vivimos efectivamente con el cuerpo aquello que la visión no hace otra cosa que anticiparnos.

Vivir una habitación pasa por los roces tenues del cuerpo, por la reverberación de la voz, por las revelaciones del resplandor del ambiente, por el adentrarse.