Contextura, alcance y carácter de la arquitectura

Félix Vallotton (1865- 1925) En el balcón (1901)

… una teoría de los lugares, de las situaciones, de las inmersiones se pone en marcha lentamente…
(Sloterdijk, 2004: 24)

Un edificio es apenas una cosa manufacturada, la arquitectura es mucho más que eso.
La arquitectura, en verdad, trata de lugares, de situaciones y de inmersiones. La arquitectura concibe, proyecta, diseña, construye e implementa lugares, que son entidades y estructuras mucho más complejas que los meros edificios. La acción arquitectónica, lejos de agotarse en la pura epopeya tectónica, se cumple finalmente en las todas aquellas actividades que dan lugar a situaciones de las personas con respecto a sí mismas y a los lugares que pueblan. Por fin, hay en la arquitectura una estética propia y es la de la completa inmersión del sujeto estético en su objeto.

Por todo esto es que la arquitectura es mucho más que aquel arte tenido por propio por los arquitectos y es, con toda propiedad, una actividad social de producción.

Comentando a Jan Gehl (IX)

Paul Fischer (1860-1934) Kongens Nytorv (1888)

Lograr que la gente se sienta segura es crucial si queremos que abrace el espacio urbano. Por lo general, son las personas las que hacen que una ciudad sea más segura y atractiva, tanto en términos de seguridad real como percibida.

Jan Gehl, 2010

El sentimiento de seguridad no depende tanto de la vigilancia institucional como del consenso social al respecto.
Es la gente que se siente segura la que asegura las condiciones para que las personas se sientan efectivamente seguras, más allá de las efectivas condiciones de seguridad verificables en hechos y estadísticas rigurosas. El aparente círculo vicioso no es más que la situación general de todos los sentimientos sociales: la seguridad subjetiva se funda en la confianza mutua y relajada, mientras que la inseguridad se nutre del puro miedo al Otro.

Hacer de los lugares urbanos escenarios de la confianza mutua y relajada es tarea de urbanistas movidos por hondas consignas humanistas.

Plumas ajenas: Manuel Delgado

La labor del urbanista es la de organizar la quimera política de una ciudad orgánica y tranquila, estabilizada o, en cualquier caso, sometida a cambios amables y pertinentes, protegida de la obcecación de sus habitantes por hacer de ella un escenario para el conflicto, a salvo de los desasosiegos que suscita lo real. Su apuesta es a favor de la polis a la que sirve y en contra de la urbs, a la que teme. Para ello se vale de un repertorio formal hecho de rectas, curvas, centros, radios, diagonales, cuadrículas, pero en el que suele faltar lo imprevisible y lo azaroso. En su vocación demiúrgica, buen número de arquitectos y diseñadores urbanos se piensan a sí mismos como ejecutores de una misión semidivina de imponerle órdenes preestablecidos a la naturaleza, en función de una idea de progreso que considera el crecimiento ilimitado por definición y entiende el usufructo del espacio como inagotable. Asusta ante todo que algo escape a una voluntad insaciable de control, consecuencia a su vez de la conceptualización de la ciudad como territorio taxonomizable a partir de categorías diáfanas y rígidas a la vez -zonas, vías, cuadrículas- y a través de esquemas lineales y claros. Espanta ante todo lo múltiple, la tendencia de lo diferente a multiplicarse sin freno, la proliferación de potencias sociales percibidas como oscuras. Y, por supuesto, se niega en redondo que la uniformidad de las producciones arquitectónicas no oculte una brutal separación funcional en la que las claves suelen tener que ver con todo tipo de asimetrías que afectan a ciertas clases, géneros, edades o etnias.

Manuel Delgado, 2017

La línea que contornea el lugar contra el cielo

Florencia

Esa línea que contornea el lugar contra el cielo es un recurso urbano de singular valor.
Es con esta skyline que nos identificamos con el lugar: aprehendemos un elemento capital de su figura propia y diferencial. Es con este contorno que referimos física y afectivamente con tal lugar. Es con esta silueta que guardamos a la habitación del lugar en la memoria.

Por esto, la línea que contornea el lugar contra el cielo es el valor singular que hay que preservar en todo lugar hondamente habitado.

Crítica a las limitaciones conceptuales del derecho a la vivienda (III)

Conjunto habitacional Euskal Erría en Montevideo

El derecho a la vivienda resulta, en la actualidad un recorte reductivo de las virtudes de adecuación, dignidad y decoro que deben tener todos los lugares habitados.
Es que la provisión sumaria de un satisfactor específico para una demanda particular de alojamiento o cobijo es apenas un aspecto señalable en un mapa de demandas sociales que deben ser claramente formuladas y respondidas. Las viviendas adecuadas deben insertarse en contextos adecuados y su adecuación necesaria comprende, por tanto al vecindario, a la ciudad y al territorio. No hay vivienda digna sin un marco condigno de convivencia social y cultural: no hay residencias dignas en territorios hostiles, discriminadores y segregadores. No hay vivienda decorosa que merezca esta denominación si no es en barriadas decorosas, insertas del mismo modo en el entramado urbano.

En la actualidad, las limitaciones conceptuales de fondo que contiene el formulado derecho a la vivienda traicionan y defraudan las legítimas demandas sociales referidas al derecho humano a habitar.

Comentando a Jan Gehl (VIII)

Beatriz González (s/d) Sin título (1999)

Conseguir calidad urbana es un asunto importante, más allá de que la intensidad del movimiento peatonal se dé por necesidad o por estímulo. Que la gente se encuentre con un óptimo nivel urbano a la altura de los ojos, debería ser considerado un derecho humano fundamental para cualquier parte de una ciudad por donde las personas circulen.
Es en la escala pequeña, el escenario urbano de los 5 km por hora, donde los individuos se encuentran con la ciudad de cerca. Es aquí donde la persona que se mueve por el espacio urbano tiene el tiempo y la oportunidad de disfrutar de la calidad urbana o de sufrir por su ausencia.
Más allá de la ideología que guíe un proceso planificador o de los prerrequisitos económicos que haya, saber manejar cuidadosamente la dimensión humana en cualquier tipo de ciudad o área urbana debería ser un requerimiento universal para gobiernos e instituciones.
Jan Gehl, 2010

Saber manejar cuidadosamente la dimensión humana en cualquier tipo de ciudad. Todo un compromiso.
Este compromiso supone un programa singularmente complejo. En primer lugar, desplazar la atención de las cosas a las personas. Seguidamente, una sensibilización profunda en torno al peculiar carácter de las múltiples expresiones de las dimensiones humanas. Quizá en tercer lugar, un intento por sintetizar tal pluralidad compleja en una dimensión única característica. Y aprender a medir las cosas, los hechos, las actividades, con tal módulo.

Y luego, operar, con método y arte.

Plumas ajenas: María Lois

La teoría de la Estructuración entiende que los individuos son agentes conscientes de sus acciones y con capacidad reflexiva, que desarrollan sus actividades en un contexto de estructuras que podrían no sólo restringir, sino también posibilitar esas acciones. Las estructuras, entonces, son un conjunto de normas (restricciones) y de recursos (capacidades o posibilidades): sólo tienen sentido como referencia en las prácticas sociales y en la memoria humana que orienta la conducta social. El vínculo entre las estructuras y los agentes son las prácticas sociales recursivas, que, por su capacidad de constituirse en estructuras, pueden experimentar cambios.

Lois, 2010

¿Es inevitable la caída en la museificación?

Palazzo Pitti, Florencia

Puede tratarse de un palacio, de un hospital, de una estación de trenes.
Cuando el objeto arquitectónico declina en su funcionalidad, pero sobrevive airosa su peculiar conformación tectónica o su espacialidad o bien porque su inserción en el paisaje urbano es destacada y apreciada aún hoy, entonces se incurre en la persistente idea de transformarlo en un museo. Esta operación es peculiarmente lograda en muchos casos, pero cabe preguntarse: ¿es acaso inevitable la caída en la museificación?
Puede pensarse que en esta llamada (no sin alguna razón) sociedad del espectáculo, la museificación es una operación de puesta en valor. El mismo objeto arquitectónico parece valer más si, aparte de implementarlo en el uso, además se le contempla con especial atención.
Pero, si sigue generalizándose tal proceso, podemos llegar al extremo de encontrarnos a nosotros mismos posados en un pedestal, sometidos a la contemplación apreciativa y distante de algunos de nuestros congéneres que nos tomarán, a justo título, como piezas de exposición.

Y ahí te quiero ver.

Qué ha sido de nuestras hipótesis sobre la morfología del habitar (V)

Peter Ilsted  (1861–1933) La puerta abierta (1910)

Nuestra quinta tesis enunciaba:
5.       Es pertinente, por tanto, acometer la empresa teórico-arquitectónica que indague específicamente en la configuración efectiva de la finalidad habitable.

Esta hipótesis proviene de una crítica de la conocida sentencia que reza: la forma sigue a la función.
Es que conocer la función tiene supone percibir cognoscitivamente su forma: no es posible conocer el contenido sin el signo ni el significado sin el significante.

De allí que indagar en la configuración efectiva de la finalidad habitable comprometa necesariamente el desvelamiento sistemático de la morfología correspondiente.

Crítica a las limitaciones conceptuales del derecho a la vivienda (II)

Henri Lebasque (1865- 1937) Vista de la ventana del ático (s/f)

Tal como se le formula, y sobre todo, tal como se le instrumenta en la vida social y política, el actual derecho a la vivienda es una falaz reificación.
Es que el derecho a la vivienda se reduce al mero usufructo de una cosa, cuando el verdadero derecho humano a habitar constituye una relación profunda entre las personas y las comunidades con respecto a la estructura continua de lugares que habitan. Los activistas sociales más esclarecidos ya plantean que eso que reivindican como vivienda no es ni debe ser una mercancía. Pero lo que sucede es que una vivienda, en sí, en su carácter de pura cosa útil, es una mercancía, por la sencilla razón en que vivimos en una economía de mercado, en donde los bienes son mercancías.

Pero lo que es materia del derecho humano y social a habitar lugares adecuados, dignos y decorosos se construye no sobre el usufructo de bienes, sino con una relación existencial entre personas y lugares

Comentando a Jan Gehl (VII)

Canaletto (1697- 1768) La Plaza de San Marco y la Procuratie Nuove (1756)

En base a estudios psicológicos hechos a personas en habitaciones cerradas donde no hay ningún estímulo, podemos decir que nuestros sentidos necesitan ser incentivados cada cuatro o cinco segundos, el intervalo adecuado entre el exceso y la escasez. Sabiendo esto, es interesante notar que las tiendas ubicadas sobre calles comerciales de intenso movimiento tienen un frente que oscila entre los cinco y los seis metros, una medida que corresponde a un número de 15 a 20 negocios por cada 100 metros. Si nos movemos a una velocidad promedio de 80 segundos por 100 metros, este ritmo de las fachadas asegura que nuestro ojo se encontrará con nuevas visuales y actividades cada cinco segundos.
Jan Gehl, 2010

Algo de esto puede verificarse en la Plaza de San Marco.

Los innumerables arcos que la contornean no abruman con su inclemente repetición, sino que parecen ritmar la marcha tranquila. Puede que su medida en pasos resulte especialmente adecuada al desplazamiento, a la respiración y a las alternancias de la atención.

Plumas ajenas: Andew Merrifield

El Lugar es algo más que la vivencia de la vida cotidiana. Es el ‘momento’ en el que lo concebido, lo percibido y lo vivido adquieren una cierta coherencia estructurada”

Merrifield, 1993

La economía general del pasado en el presente

Palazzo Nervi-Scattolin, Venecia

Una historia que no se interesa por la memoria como recuerdo, sino como economía general del pasado en el presente
(Nora, 1998)


Ante el historicismo, como correlato arquitectónico de la historia como recuerdo, ¿acaso no hay aquí una posible muestra de una actitud proclive a la historia como economía general del pasado en el presente?

Qué ha sido de nuestras hipótesis sobre la morfología del habitar (IV)

Paul Fischer (1860-1934) Højbro Plads (1890)

Ya hace algún tiempo, aquí hemos enunciado:

4.       El habitar es un arte, esto es, una actividad productiva que sigue reglas.

Señalar que el habitar, más que una simple conducta es una actividad productiva es consignar que elabora ulterioridades, una de ella y la más señalada, la arquitectura, nada menos. El habitar produce formas y figuras, signos y discursos, historias y geografías.
Pero al hacerlo no opera con la ineluctabilidad de la necesidad, sino con la contingencia que tiene toda labor productiva humana: antes que leyes, sigue reglas autoimpuestas.

Conocer tales producciones y las reglas que rigen su elaboración es la tarea de una Teoría del Habitar que no ha hecho otra cosa que comenzar a andar.

Crítica a las limitaciones conceptuales del derecho a la vivienda (I)

Viviendas de interés social en Colombia

Aquí se entiende que el derecho a la vivienda, tal como se concibe y enuncia en la actualidad, es un emergente particular de la construcción compleja y progresiva de la consigna ética y política de la vida digna.
Una vida digna reclama como derecho sustantivo el derecho a contar con lugares con que habitar adecuados, dignos y decorosos.

En este sentido, una primera crítica que puede formularse al reconocido derecho a la vivienda es que en una perspectiva ético-política amplia y profunda, el derecho a la vivienda es apenas una especificación reductiva del cabal derecho a habitar lugares adecuados, dignos y decorosos. No sólo tenemos derecho a cobijos adecuados; tenemos derecho a residir en un continuo ambiental en donde todos y cada uno de los ámbitos que poblemos con nuestra presencia tengan la virtud de resultarnos adecuados, dignos y decorosos.

Comentando a Jan Gehl (VI)

Librería Puro Verso, Montevideo

Al ser peatones, nuestras impresiones y experiencias más duraderas se producen en relación con lo que vemos a la altura de la planta baja. Los pisos más elevados no forman parte de nuestro campo inmediato de visión, como así tampoco los edificios que están en la vereda de enfrente. Percibimos tanto lo que está arriba nuestro como lo que está del otro lado de la calle a una mayor distancia, y por lo tanto no podemos establecer una relación cercana con el objeto ni distinguir detalles significativos. La situación cambia cuando hablamos de las plantas bajas que observamos durante un recorrido peatonal. En estos casos vemos todos los detalles de la fachada y de las ventanas. Notamos el ritmo de los distintos elementos compositivos, los materiales, los colores y las personas que se encuentran alrededor nuestro y que van a determinar si nuestra caminata resulta interesante. De esto se desprende que hay indicios que muestran lo positivo que resulta para el espacio urbano la disposición de actividades atractivas en las plantas bajas de edificios que están sobre vías transitadas. Cuando se trata de determinar qué constituye una experiencia, cualquier otro elemento ocupa un rol mucho menos importante.
Jan Gehl, 2010

Con la adopción metódica de un patrón de diseño y medida fundado en la figura del urbanita viandante, el diseño urbano puede comenzar a considerarse desde su lugar inmediato, ese borde habitado entre el ámbito público y la planta baja de los edificios.
Allí se deciden extremos especialmente decisivos: ritmos y escalas, tratamientos y equipamientos, texturas y contexturas. Se trata de una región fronteriza y liminar, plena de significado. El diseño y la implementación de este borde son cruciales para el acondicionamiento estratégico de toda la estructura de la efectiva vida urbana.

La perspectiva abierta por Jan Gehl se muestra prometedora de una necesaria humanización en el diseño urbano que cada vez nos hace más falta.

Plumas ajenas: Pedro Azara

La práctica y el juicio artísticos son ocupaciones superfluas. No implican una acción directa -para satisfacer necesidades, ansias, deseos- sino que la postergan. Requieren una cierta distancia  -con los impulsos- a fin de calibrar lo que se puede "hacer". La obra resultante -una creación, una reflexión: resultados semejantes- nace del freno de la necesidad para dar cabida y rienda al gusto por no responder de inmediato a las urgencias físicas. El arte requiere tiempo. El arte es una acción retrasada en el tiempo. Implica una relación pausada, meditada, detenida con la naturaleza. Obviamente, esa pausa no es necesaria para satisfacer los sentidos; por el contrario, no los colma de inmediato. Posterga su apaciguamiento. En culturas con urgencias, el arte está proscrito porque invita a la reflexión, a la acción indirecta o aplazada, y siempre ejecutada tras reflexión.

Pedro Azara, 2017

El valor de la calma

Victor Borisov-Musatov  (1870–1905) Dama en mecedora (1897)

Ocio [...] viene del latín otium. El otium se traduce más bien por pausa. El ocio es un momento de detenimiento. El ocio implica tomar el tiempo necesario para reflexionar, es decir para no atender a las necesidades imperiosas -propias de los animales- sino para pensar en quienes somos y dónde estamos. El ocio no nos dispersa sino que nos hace humanos. Tomar el tiempo necesario hasta ver qué se puede hacer, que se tiene que hacer es una manifestación propiamente humana.
Pedro Azara, 2017

¿Y si toda la virtud de la condición humana radicara en esa puro diferimiento de la acción, del impulso instintivo, de la agitación irreflexiva?
¿Y si toda virtud específicamente humana no estuviera fundada sino en una profunda calma?

¿Y si toda virtud, en definitiva, proviniera de una calma esencial, existencial, constitutiva? 

Qué ha sido de nuestras hipótesis sobre la morfología del habitar (III)

Johan Krouthén  (1858–1932) Retrato de Ernst Boman y su familia (1888)
  
La tercera hipótesis enuncia:

 3.       Las formas y figuras de los patrones de habitación son operativas contraformas críticas y metodológicas para la consecución de la síntesis de la forma arquitectónica y de la forma construida.

Se dice fácil. Se piensa también fácil. Se tiene fe de un modo también fácil.
Lo difícil es encontrar, como Santo Tomás, las pruebas fehacientes del hecho que la comprensión de la morfología del habitar puede conducir a la síntesis de la forma arquitectónica. Porque —se sospecha— no podría tratarse de un proceso riguroso de deducción de las formas de habitación en el precedente a las formas arquitectónicas en el consecuente forzoso. Todo lo más podría inferirse, con la fuerza de la argumentación posible una eventual correlación entre ambas.

Quizá a lo mejor sólo se pueda aspirar a una tenue iluminación de una (por el momento) oscura intuición.

Virtudes de algunas situaciones

Villa en el Lago de Como

Hay lugares tan hermosos que incurrir en un desatino arquitectónico es un delito de lesa humanidad.
Pero es que en cada lugar es imperativo interrogar amablemente a los genius loci sobre aquellos recaudos imprescindibles para no incurrir en faltas irreparables al decoro. Deberemos prestar oídos atentos a las voces profundas de la tierra, del agua, del aire y del fuego, elementos constitutivos del lugar. En caso contrario, es mejor de abstenerse; la Tierra no merece ser mancillada con la desidia, la avaricia y el afán de ocuparlo todo.

A este respecto, toda prudencia es poca.