La peripecia de lo urbano


Plaza Giuseppe Verdi en La Spezia

Toda ciudad es, por definición, una historia interminable.
Manuel Delgado, 2018

Es singularmente interesante en el discurso del antropólogo catalán Manuel Delgado su insistencia en la antinomia entre la ciudad y lo urbano.
En esta oposición se confronta el espacio construido por la labor del poder político con la asistencia de diseñadores urbanos, por una parte y los flujos incesantes y contradictorios de la vida de lo urbano: el latir de la comunidad habitante.
Todo parece indicar que habitamos un escenario en disputa, como dice el propio Delgado, entre la potencia sin poder de las masas sojuzgadas pero insumisas y la impotencia del puro poder.
Habitamos el teatro de operaciones de una sorda batalla.

Plumas ajenas: Emmanuel Lizcano


Hay maneras muy diferentes de pensar tanto la evolución histórica como los actuales modos de estar. Una de las posibles, que aquí desarrollaremos, atiende a la manera de entender el espacio y a los modos de vincularse esos diferentes espacios con las también variadas formas de saber y de poder. En el extremo, y sin duda simplificando en exceso, podrían reducirse a dos tipos ideales, en el sentido weberiano: los lugares y el espacio. Como veremos, no es casual que los primeros se digan en plural y el segundo en singular. Ejemplos de lugares pueden ser la aldea campesina y su entorno (o la tópica polis griega), el lugar habitual de reunión de la pandilla de amigos o un sitio donde se chatea en internet. Como modos de espacio, aquí nos centraremos en los tres mencionados en el título: el aula escolar, el laboratorio científico y el despacho del burócrata. Veamos algunos de los rasgos diferenciales entre los unos y el otro.
En los lugares todo se entrelaza íntimamente; son ellos los que constituyen y dan significado a lo que en ellos se aloja, de modo que algo o alguien, trasladado a otro lugar, ya no es eso mismo sino otra cosa: la cosa o persona no está en el lugar, es del lugar. El lugar y los lugareños se hacen entre sí. Los lugares son heterogéneos y se mantienen notablemente inconexos los unos de los otros. Cada uno se caracteriza por cualidades y significados que le son propios, y que le hacen fundamentalmente diferente de otros lugares. Entre lugares, trasladarse es un poco deshacerse; traducirse, perder significado.
En el otro extremo tenemos el espacio propiamente dicho, cuyo paradigma puede ser el espacio coordenado cartesiano. Espacio homogéneo, constituido por puntos indiscernibles entre sí salvo por la posición que ocupan respecto a los ejes de coordenadas. Espacio dotado de las mismas propiedades en cualesquiera de sus regiones. Espacio isótropo, en el que las cosas y personas pueden situarse o desplazarse sin ver en nada alterados su constitución ni su significado. En el espacio, el lugar es insignificante: ni importa ni está dotado de significado. La facilidad de traslación o deslizamiento es también facilidad de traducción o deslizamiento de significados. En resumen, el lugar es in-tenso, alberga la tensión y complejidad propias de la vida; el espacio es ex-tenso, expulsa la tensión y la complejidad, arrasa las singularidades: plano, el espacio, todo lo aplana, nada cabe en él que no esté plan-ificado.
Emmanuel Lizcano, 2006

Investigar sobre lo imaginario


Salvador Dalí (1904- 1989) Jirafa en llamas (1936)

Investigo con la imaginación, afirma el poeta Fernando Pessoa.
¿Y por qué no? Puede uno preguntarse.
Después de todo ¿no es la imaginación el sustrato necesario de aquello que deberíamos pensar para sustituir nuestra actual situación de insuficiencia cognoscitiva? ¿No es la imaginación aquello que nos permite mutar virtuosamente nuestros puntos de vista rutinarios? ¿No es la imaginación la esperanza de innovación en las ideas, nociones y conceptos?


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Acerca de la experiencia estética


Tiziano Vecellio (1477/- 1576) Venus de Urbino (1538)

En la locución ‘experiencia estética’ puede concebirse un núcleo epistemológico fundamental para el desarrollo de una teoría estética adecuada a nuestro contexto.
Con esto se quiere decir que la concepción de experiencia estética aúna, estructurados, tres componentes ineludibles y mutuamente imbricados. Estos son: la cognición estética, las prácticas de recepción y la producción de juicios estéticos. Una vez que uno se propone, en primer lugar, a la propia estética como el desarrollo riguroso de una teoría consistente y rigurosa sobre al aisthesis, esto es, el fenómeno estético en sí, entonces no puede sino concluir que debería afrontar cognoscitiva, práctica y productivamente la experiencia estética como tal.
El modelo de la experiencia estética reconoce que existen, en la vida social, ciertas predisposiciones culturalmente determinadas para entablar ciertos vínculos de apreciación estética en ciertas condiciones. Favorecen la situación de apreciación estética, entre otras condicionantes, la ritualización social de la contemplación, el recorte figural de los objetos a enjuiciar, el reconocimiento sociocultural de valores reconocidos, el distanciamiento relativo de la actitud práctica cotidiana y la asimilación a paradigmas de prestigio social y cultural.
La experiencia estética es un constructo teórico que pretende dar cuenta del fenómeno implicado no sólo cuando un sujeto contempla y aprecia una “obra de arte” (pictórica, escultórica, dramática, musical…), sino también cuando se lo vincula con la manipulación de un objeto de diseño, o con la habitación de un hecho arquitectónico o con la disposición contemplativa ante un paisaje.

Plumas ajenas: Emmanuel Lizcano


Ya veíamos cómo lo imaginario no puede reducirse a concepto, sino que a él suele aludirse mediante metáforas, que habitualmente tienen por sujeto o tema fenómenos de la naturaleza: flujos, torbellinos, sustratos, afluencias, magmas... Por la misma razón, no son conceptos, ideas o imágenes las que lo pueblan; lo imaginario no sabe de identidades, de esos contornos de-finidos, de-terminados, que caracterizan a todo concepto, imagen o idea. El imaginario es el lugar de donde estas representaciones emergen, donde se encuentran pre-tensadas. Esa pre-tensión es la que se manifiesta en la metáfora. Cuando alguien dice que cierto cacharro permite ‘ahorrar tiempo’, que ha ‘invertido mucho tiempo’ en una tarea o se angustia ante lo que considera una ‘pérdida de tiempo’, está viviendo el tiempo como algo que se puede ahorrar, invertir y perder, es decir, lo está viviendo como si fuera dinero. Por supuesto, el tiempo no es dinero, pero tampoco puede decirse que no lo sea en absoluto para esa persona. Para ella, el tiempo es dinero y no es dinero, ambas cosas a la vez. La metáfora es esa tensión entre dos significados, ese percibir el uno como si fuera el otro pero sin acabar de serlo.
Lizcano, 2003

La casa bajo la especie de la imaginación metafórica (III)



La casa no es un objeto, es un proceso
Rodolfo Livingston

Tanto se ha insistido en que la arquitectura es un arte del acondicionamiento del espacio, tan rotundo ha sido el soslayo de la dimensión temporal en arquitectura, que la virtuosa opción por la imaginación del proceso es un acto de salud mental profesional.
En efecto, la palmaria insuficiencia en la ideología que preconiza a la casa como un objeto hic et nunc, mueve a la mente lúcida a entender la relevancia del factor tiempo en la constitución efectiva del lugar. El arquitecto argentino ha transformado esta imaginación ¿metafórica? en un método de trabajo: acompaña con su obrar el pulso histórico de la vida.
Sin embargo, para la aplastante mayoría de todos nosotros, todavía no es otra cosa que un sugestivo caso de imaginación metafórica. Sólo cuando se la incorpore al sentido común profesional habremos aprendido realmente algo interesante.

La casa bajo la especie de la imaginación metafórica (II)


Sala de baño en Villa Mairea

Hemos de construir casas que crezcan; la casa que crece ha de sustituir a la máquina para habitar.
Alvar Aalto

Esto de la casa que crece es una metáfora de muy hondo contenido poético
Quizá sea precisamente por ello que resulta difícil que su asunción sea plena y pacífica. Es que antes que considerar que la casa pueda ser algo que crezca debe buscarse una buena razón para que a la casa se le niegue el carácter de cosa inanimada. Por supuesto que dotar de ánima  o vida a una simple cosa es asunto pueril o carente de cordura corriente. El sentido común no se detiene a pensar que una casa, para ser tal, debe considerarse junto al grupo microsocial que la puebla. Y esto es lo que crece: la vida humana que allí tiene lugar.
Como es de esperarse, la recepción sociocultural de tal metáfora no pasa, las más de las veces, como si de una prevención reactiva contra el mecanicismo moderno. Una pura reacción sentimental, una erupción conservadora de la textura amable de toda arquitectura tenida como doméstica.
Pero es hora de asumir el verdadero sentido epistemológico de la idea que aún se está por descubrir. Por ahora, nos queda apenas el sentido surreal de la metáfora: ‘la casa que crece’ es una alborada de una nueva significación.

La casa bajo la especie de la imaginación metafórica (I)


Sala de baño de Ville Savoye

Une maison est une machine à habiter
Le Corbusier

Que la casa se imagine como una máquina es un ejemplo de un exitoso caso de metáfora imaginativa.
Cierto, una vez que uno piensa, por lo general, que una casa es una cosa o artefacto, entonces es fácil deslizarse sobre el tobogán del pensamiento algo perezoso. En una época tildada por Siegfred Giedion como aquella en que la mecanización toma el mando, es hacedero sentir el empuje que nos incorpore en la imaginación de la casa como una máquina de habitar.
Es así que fue favorablemente recibida. No sin dificultades, es cierto. Pero tuvo resonancias entre los arquitectos modernos, los estudiantes de arquitectura... y los empresarios y promotores inmobiliarios.
Es que la idea es seductora para una cultura que, pródiga en ingenios mecánicos, se desliza muellemente a creer que la habitación es un puro uso del chisme útil, que es un servicio el que liga la arquitectura con quienes la habitan, en definitiva, que la arquitectura es algo que uno, como usuario, se remite a operarla.
Sólo cuando el espejo empañado por la duda nos arroja tan inquietante imagen de nosotros mismos, sólo entonces empezamos a dudar de la eficacia de tal metáfora. Sólo que ahora es un poco tarde, quizá.

La dimensión fototópica en la actualidad


Carlo Scarpa Tumba Brion

Hoy habitamos inundados de una luz que entra a raudales, quizá en exceso. Y cuando no hay demasías, siempre ayuda la inclemente iluminación artificial. De este modo, es que llegamos a comprender el sentido de propuestas tales como El elogio de la sombra, del escritor japonés Junichiro Tanizaki.
Por eso es bueno reparar en estos excepcionales casos en donde se consigue una cuota justa de luz. Tal el ejemplo maestro de Scarpa en la Tumba Brion.
Es que ahora, precisamente ahora, que podemos hacer uso y abuso de la luz es que estamos en condiciones materiales, éticas y estéticas de conseguir, para cada lugar, la luz que le conviene.

Plumas ajenas: Emmanuel Lizcano


En el momento de ensayar cualquier teorización sobre lo que suele conocerse como ‘imaginario social’, conviene empezar aplicando este criterio de reflexividad a los términos de la propia expresión -‘imaginario social’- pues, efectivamente, ambos son deudores de un imaginario bien concreto, y su asunción acrítica nos pone en peligro de proyectar sobre cualquier imaginario lo que no son sino rasgos característicos de éste y no de otros. Por un lado, el término imaginario hace referencia evidente a ‘imagen’ e ‘imaginación’. Y, ciertamente, todos los estudiosos coinciden en señalar a las imágenes como los principales –cuando no exclusivos- habitantes de ese mundo (o pre-mundo) de lo imaginario. No es menos cierto que es contra las imágenes y su oscuro arraigo en el imaginario popular contra lo que han luchado los distintos intelectualismos ilustrados, desde el islámico o el protestante hasta el cartesiano o el de la ciencia actual. Pero tampoco es menos cierto que también esos movimientos iconoclastas son fuertemente deudores, en el caso europeo, de una cultura que privilegia la visión y su producto (la imagen) hasta degradar, cuando no aniquilar, el valor de cualquiera de los otros llamados cinco sentidos: oído, olfato, gusto y tacto, por no hablar de otros sentidos no menos ninguneados, como el sentido común o el sentido del gusto por la palabra hablada. De hecho, las reiteradas cruzadas racionalistas contra el imaginario se han llevado a cabo, paradójicamente, en nombre de imágenes, en nombre de esas imágenes abstractas y depuradas de connotaciones sensibles que son las ‘ideas’ (no olvidemos que también éstas provienen del verbo griego êidon, ‘yo vi’). El imaginario, pues, no puede estar poblado sólo de imágenes. Incluso, como veíamos antes, debe situarse un paso antes de éstas, pues de él emana tanto la posibilidad de construir cierto tipo de imágenes como la imposibilidad de construir otras.
Lizcano, 2003

La voz propia del sujeto habitante


Ambrose McEvoy (1878 –1927) El arete (1911)

No parece pertinente, en principio, recabar opiniones (y menos “públicas”), sino saberes, deseos o demandas privados y auténticos.
Porque en esto menos nos importa menos el sentido común que el buen sentido. Porque nos importan menos los monstruos estadísticos de la sociometría que lo que conciben y desean las personas de carne, hueso y sueño. Porque nos importan menos los promedios de comportamientos y hábitos que los estremecimientos sensibles de la piel.

El papel de las colpoprácticas


Laura Theresa Alma-Tadema (1852 –1909) En la entrada (1898)

En este sitio denominamos colpoprácticas (del griego kolpos, cavidad) a los adentramientos que realiza el cuerpo en las oquedades en donde consigue, con su presencia y población, hacerse lugar.
La habituación y el olvido de nuestra más íntima condición nos vuelve invisible la complejidad de operaciones que implica ser, concretamente, arquitectos de la dimensión interior de las habitaciones. Sin embargo, es el cuerpo y su adentramiento el protagonista eficaz de una arquitectura efectivamente vivida. Todos los sabios, correctos y magníficos juegos arquitectónicos que se despliegan en su recorrida son hilvanados y significados por el cuerpo palpitante, explorador y circunspecto.
Cuando la actitud deja, por hábito e inercia, de ser palpitante, exploradora y circunspecta, simplemente, nos abandonamos a residir allí, pensando en otras cosas.

El derecho fundamental a la magnitud conforme


Peter Ilsted (1861–1933) El comedor (1887)

La fijación de mínimos habitacionales sólo es funcional a la explotación económica de la industria inmobiliaria. Así como vamos, estamos cayendo en el encapsulamiento confinado. Es forzoso apelar a medidas humanas en el diseño, construcción e implementación de nuestros lugares habitados.
Para ello es preciso tener claro que tenemos efectivo derecho a la magnitud conforme. Tal derecho se expresa en las magnitudes que alcanza nuestro cuerpo en actividad, nuestra dignidad de ciudadanos y el decoro impuesto por la cultura en la que nos hayamos. Tal magnitud nada tiene que ver con los mínimos habitacionales determinados por los tecnoburócratas políticos puestos al servicio de la mejor explotación del espacio y el tiempo.
El derecho fundamental a la magnitud conforme es el derecho a la adecuada holgura en los lugares que habitamos y que merecemos.

Acerca de la dimensión quirotópica en el habitar (V)


Joaquin Mateo Robles 1958-  ) El piano rojo (sd)

En este sitio se ha defendido la idea-fuerza de una arquitectura viva, palpitante y estremecida.
Pero la arquitectura en sí misma, la edificación pura y dura sólo puede ser ya una magnífica, ya una miserable vacuidad. Solo con la habitación efectiva de las personas se vuelve arquitectura efectivamente viva. Y el atrezo es el elemento que constituye y significa la alianza, el contrato y el vínculo entre la arquitectura del edificio y sus habitantes. Al orden de los cerramientos se le superpone un orden de cosas de vivir y un orden o estructura fundamental del lugar del cuerpo.
Así es que se corona el dilatado proceso evolutivo que comenzó allá lejos y hace mucho tiempo con el asimiento de las cosas con manos humanas, activando la dimensión quirotópica del habitar.

Acerca de la dimensión quirotópica en el habitar (IV)


John Frederick Peto (1854 –1907) Sombrero de paja, bolso y paraguas (1900)

En el mundo que habitamos las cosas se superponen en su ser y en la emergencia de sus signos. Hay una escritura de cosas, un lenguaje en donde mucho se puede decir sobre alguien que ha colgado un bolso, un paraguas y un sombrero: los objetos mismos implican un relato acerca de quien los usa, dispone y cuida. Los objetos que nos rodean, entonces, constituyen una trama de las cosas del vivir que relatan, en sus vecindades y complicidades mutuas, mucho de lo que efectivamente vivimos.
Y es que habitamos concretamente en esa red de cosas y signos, mediante profundos mecanismos de identificación, referencia y memoria.

Acerca de la dimensión quirotópica en el habitar (III)


Peter Paul Rubens (1577 – 1640) El juicio de Paris (1599)

Se ha dicho ayer: en el cuenco de la mano se comienzan a producir las cosas bajo la especie de una muy especial significación.
La cosificación ha sido denunciada por su aplicación impropia y abusiva. Es momento de rescatarla en sus instancias auténticas. Un objeto deviene una cosa y esa cosa se abisma en significaciones. La cosificación es la transformación significativa de un objeto aprehendido y considerado en una entidad peculiar a título de bien y signo.
Repasemos el relato del Juicio de Paris: Eris, el alma de la discordia, puede arrojar una manzana dorada con la inquietante misión de destinarla a la más hermosa de las diosas. Con el andar de la historia, esta cosa es el signo de un juicio tanto como su entrega a Afrodita constituye un contrato signado entre las diosas y el pobre, irreflexivo y elemental mortal que no sabe que recibirá sobre sí el justo pago por su acto de fe.
Las cosas, a título de dones, circulan trágica y frenéticas yendo de mano en mano: en sus tránsitos y transformaciones nos vemos envueltos en esa cosa que a veces llamamos mundo, a veces historia.

Acerca de la dimensión quirotópica en el habitar (II)


George Frederic Watts, (1817 –1904) Escogiendo (1864)

Al asir o aprehender con las manos le sigue una importante operación complementaria: considerar.
Esto implica diferenciar lo asido, lo extraído de la naturaleza, lo importado al cuenco de la palma. También comparar, equiparar, seleccionar, elegir. También considerar supone hacer rotar al objeto sobre sí. Redondear o contornear su existencia. Considerar supone, asimismo, conferirle a eso que empieza a ser una cosa de un estatuto ontológico del cual la conciencia puede dar alguna cuenta.
En el cuenco de la mano se comienzan a producir las cosas bajo la especie de una muy especial significación.

Acerca de la dimensión quirotópica en el habitar (I)


Christopher Paudiß (1630 – 1666) Médico (1650)

La isla antropógena es un lugar de metamorfosis: en ella las manos animales (Pföten) de los preadamitas se transforman en manos humanas. [...]Donde se mantuvieron las manos animales, los seres vivos en su totalidad quedaron encerrados en repertorios limitados, todavía animales, de modos de aprehensión. El asimiento con las manos animales es sólo un escalón previo de la configuración del mundo.
Sloterdijk, 2004: 280s

Todo comienza con una aprehensión que se despliega en toda su magnitud sólo cuando un complejo proceso evolutivo se desarrolla hacia la constitución humana.
No es en ninguna forma suficiente, pero es crucial: aprehender es un primer paso necesario para inaugurar un complejo de operaciones que no se detendrá sino en la construcción esforzada de un mundo propio.

Plumas ajenas: Emmanuel Lizcano


¿Cómo incorporar la indudable dimensión agónica, de lucha, de juegos de poder, que en buena medida se juega en el campo de lo imaginario, sin condenar a ese imaginario a ser mera representación más o menos defectuosa de una realidad que se supone exterior a él? Pero también, ¿cómo mantener esa centralidad de lo imaginario que le han devuelto historiadores, antropólogos y hermeneutas, sin esencializarlo, sin olvidar su papel central en los conflictos y luchas de poder? O, por decirlo en palabras de Paul Ricoeur, ¿cómo conjugar la actitud de sospecha y la actitud de escucha, ambas ineludibles para cualquier acercamiento a lo imaginario? ¿Cómo saber oír las diferentes maneras en que los grupos humanos se hacen y dicen a sí mismos, sin por ello hacer oídos sordos a los modos en que unas minorías suelen acallar las voces de los más?
Lizcano, 2003

El viandante, primer actor de lo urbano (III)


Lisboa

El viandante que circula o que se detiene en este o aquel otro punto de su recorrido, en efecto, discurre, en el triple sentido de que habla, reflexiona y circula. De un lado, el usuario habla, dice, emite una narración al mismo tiempo que se desplaza, hace proposiciones retóricas en forma de deportaciones y éxodos, cuenta una historia no siempre completa, no siempre sensata. También, en efecto, ese usuario piensa, en la medida que suele tener la cabeza en otro sitio, está en sus cosas, va absorto en sus pensamientos, que –a la manera del Rousseau de las Ensoñaciones del paseante solitario– no pocas veces plantean asuntos fundamentales sobre su propia existencia. Por último, el usuario del espacio público pasa, es un transhumante, alguien que cambia de sitio bajo el peso de la sospecha de que en el fondo carece de él. Esa molécula de la vida urbana, el viandante, es al mismo tiempo narrador, filósofo y nómada. Dice, piensa, pasa. Lo que lleva a cabo es una peroración, un pensamiento, un recorrido.
Manuel Delgado, 2017

Tanto el político, el policía como el arquitecto-urbanista pretenden que los urbanitas simplemente circulen.
Estos instrumentadores del Poder imaginan —de modo muy pobre— la circulación como un fluido y disciplinado desplazarse, unas expeditivas mudanzas de un punto a otro. Pero la vocación nómade de los urbanitas es otra cosa. Hacer de la ciudad una madeja frenética y apasionada de recorridos es condensar, mediante el deambular, todo aquello que el viandante protagoniza en su condición de primer actor del drama urbano

El viandante, primer actor de lo urbano (II)


Lisboa

El viandante que circula o que se detiene en este o aquel otro punto de su recorrido, en efecto, discurre, en el triple sentido de que habla, reflexiona y circula. De un lado, el usuario habla, dice, emite una narración al mismo tiempo que se desplaza, hace proposiciones retóricas en forma de deportaciones y éxodos, cuenta una historia no siempre completa, no siempre sensata. También, en efecto, ese usuario piensa, en la medida que suele tener la cabeza en otro sitio, está en sus cosas, va absorto en sus pensamientos, que –a la manera del Rousseau de las Ensoñaciones del paseante solitario– no pocas veces plantean asuntos fundamentales sobre su propia existencia. Por último, el usuario del espacio público pasa, es un transhumante, alguien que cambia de sitio bajo el peso de la sospecha de que en el fondo carece de él. Esa molécula de la vida urbana, el viandante, es al mismo tiempo narrador, filósofo y nómada. Dice, piensa, pasa. Lo que lleva a cabo es una peroración, un pensamiento, un recorrido.
Manuel Delgado, 2017

El viandante como el primer actor de lo urbano desempeña un papel por lo general soslayado en la tratadística urbanística. Constituye la sustancia pensante de lo urbano, en más de un sentido.
Es que domina en el tratamiento urbanístico la preocupación por las cosas construidas, por la trama viaria y por el sistema de los llamados ámbitos públicos, pero con esto se ignora que la ciudad, en sustancia, es una comunidad humana de asentamiento. Quienes, por oposición, se desentienden de la disciplina arquitectónico-urbanista y optan por la materia de lo urbano, logran atisbar cómo esa miríada de seres pensantes se pasea de un lado a otro y constituyen, como acertadamente lo considera Manuel Delgado, una potencia sin poder. En realidad, se trata de una potencia cuyo poder se le ha escamoteado.
Pero ¡Ay de las conspiraciones que se urden!


El viandante, primer actor de lo urbano (I)


Lisboa

El viandante que circula o que se detiene en este o aquel otro punto de su recorrido, en efecto, discurre, en el triple sentido de que habla, reflexiona y circula. De un lado, el usuario habla, dice, emite una narración al mismo tiempo que se desplaza, hace proposiciones retóricas en forma de deportaciones y éxodos, cuenta una historia no siempre completa, no siempre sensata. También, en efecto, ese usuario piensa, en la medida que suele tener la cabeza en otro sitio, está en sus cosas, va absorto en sus pensamientos, que –a la manera del Rousseau de las Ensoñaciones del paseante solitario– no pocas veces plantean asuntos fundamentales sobre su propia existencia. Por último, el usuario del espacio público pasa, es un transhumante, alguien que cambia de sitio bajo el peso de la sospecha de que en el fondo carece de él. Esa molécula de la vida urbana, el viandante, es al mismo tiempo narrador, filósofo y nómada. Dice, piensa, pasa. Lo que lleva a cabo es una peroración, un pensamiento, un recorrido.
Manuel Delgado, 2017

Aún sumido en su más circunspecto silencio, el viandante habla.
Es su presencia la que siempre supone una narración, una retórica y también una cuota imprescindible de razón particular. Es en su recorrido en donde tiene lugar y en donde la Ciudad deja de ser un fantasmal escenario de cosas para constituir un laberinto de significaciones y sentidos profundos y concretos. Es en su marcha en donde se realiza la efectiva y vívida arquitectura de la Ciudad.
El viandante, en efecto, es el primer actor de lo urbano y merecería ser reconocido en su estatus.