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Prácticas del horizonte: declinaciones


Annemarieke van Drimmelen (1978)

Una vez que se habita el horizonte, la asimetría coronal del cuerpo articula dos semiplanos.
Ya hemos visto la porción delantera del horizonte, aquella propia de los advenimientos. Ahora es momento de dar cuenta de la recíproca, esto es, de la región hacia donde se dirigen las improntas de la declinación. Allí es donde se hunde la vida vivida, dirección hacia la cual nos volvemos no sin dificultad, región de la memoria y el olvido. El trastero de la existencia, digamos.
Por lo general nos contentamos con lanzar lo vivido por encima del hombro, sin mirar atrás. No sea que el Miedo nos reclame. Hacia atrás va lo que nos acechará el sueño y las nostalgias de lo perdido y las marcas en la faz que nos devuelven los espejos.

Prácticas del horizonte: advenimientos


Annemarieke van Drimmelen (1978)

Erguido sobre los pies, con la faz vuelta ahora hacia la porción de adelante del horizonte recién inaugurado, el cuerpo se vuelca, intrigado de una vez para siempre, para lo que vendrá, que se asoma tras la línea frontera entre el cielo y la tierra.
El cuerpo se dispone proclive a los advenimientos. Inclinado a las manifestaciones emergentes de ese horizonte siempre poblado con inscripciones de expectativa. Por cada signo que podemos entrever, hay una inscripción de una interrogante depositada allí, haciéndole lugar. Porque habitar el horizonte implica perdurar en la tarea obstinada de interrogarlo acerca de lo que vendrá. Habitar el horizonte es, en definitiva, inscribirle el tiempo futuro a título de expectación, de anhelo, de proyecto.

Bipedestación, horizontes, estancias y umbrales


Noell Oszvald (1991)

La conquista de la postura erguida implica una importante operación sobre el lugar
En primer lugar, supone la habitación plena y cabal del horizonte, de la región de articulación entre el cielo y la tierra, entre las nubes inalcanzables y el suelo que hollamos erguidos. El horizonte queda marcado y sobresignificado como tal, como lugar poblado. Según ocupemos una eminencia, así moralizaremos nuestra situación en el mundo; rendidos en el llano, pletóricos de poder simbólico en el altozano. Si sucediera límpido y recto, el horizonte ampliará nuestra comarca, mientras que un alto relieve orográfico nos acogerá en nuestro protector terruño.
Otro caso es la impronta existencial de una estancia fundamental en un aquí que se sobresignifica en el peso de todo el cuerpo sobre los pies. La gravedad nos pone en nuestro lugar y del precario equilibrio sobre nuestras plantas hacemos virtud digna y cardinal.
Por fin, la actitud enhiesta nos marca a nosotros mismos en nuestra condición liminar; acontecemos, de un modo primigenio, como un umbral erguido entre lo que vendrá y lo que ya declina. El peso de esta condición nos inclina la cabeza de modo caviloso.

Habitar el horizonte


Alfred Stieglitz (1864-1946)

Entre la tierra y el cielo, las personas, seres liminares, habitamos de modo singular el horizonte.
Nos hemos erguido sobre nosotros mismos; hemos dirigido las miradas a la tierra y al cielo y hemos advertido, irreparablemente, en la línea que los separa, en el confín del paisaje. Y allí nos hemos situado, allí poblamos el paisaje, allí fijamos presencia.
El cosmos ahora dispone de su Regla de composición fundamental: allí en la línea que une y separa la tierra y el cielo

Aletheia


Luigi Zago (1894 –1952) Playa de Montevideo (1950)

Habitamos escudriñando el cielo y los confines aparentes de la tierra, atentos y anhelantes de signos de lo nuevo, de lo que aún no es, pero podría ser, de lo que fuera bueno que llegara a ser.
Esta forma de contemplación del horizonte constituye una actitud existencial de principalísima condición: completa en sí la estructura fundamental del lugar y del paisaje, a la vez que deja asomar el desocultamiento virtuoso del porvenir.

La línea que contornea el lugar contra el cielo

Florencia

Esa línea que contornea el lugar contra el cielo es un recurso urbano de singular valor.
Es con esta skyline que nos identificamos con el lugar: aprehendemos un elemento capital de su figura propia y diferencial. Es con este contorno que referimos física y afectivamente con tal lugar. Es con esta silueta que guardamos a la habitación del lugar en la memoria.

Por esto, la línea que contornea el lugar contra el cielo es el valor singular que hay que preservar en todo lugar hondamente habitado.

Esta sensible línea que recorta la ciudad sobre el cielo

La plaza Independencia con el Palacio Salvo en construcción. Montevideo

Lo que habitamos es un horizonte: las arquitecturas en concierto urbano se desarrollan entre el suelo y el cielo  y su forma se delinea mediante el contorno que lo separa del este último.
Para cada ciudad, el trazado moroso de esa línea de cielo (skyline, en inglés) es un capital patrimonial especialmente valioso. Merece el cuidado y atención que no suele tener el mero pujo especulativo que impulsa hacia lo alto. Merece el cuidado y atención que no se agota en una burocrática regulación municipal de alturas. Merece el cuidado y atención que son un exacto y particular reflejo de la cultura arquitectónica de cada ciudad.

La preservación, cuidadosa administración y acertado cultivo de esa sensible línea que recorta la ciudad contra el cielo es una política urbanística del primer orden estratégico

El origen de la dimensión alethotópica del habitar

Antoine Chintreuil (1814- 1873) La niebla (1868)

Hay un desajuste o una distancia entre la vida y sus posibilidades, entre los hechos y los valores, entre lo que hay y lo que tendría que haber, entre lo que sabemos y lo que siempre entendemos que se nos escapa aunque no sepamos qué es. La lista de desajustes es infinita, porque son las múltiples caras de una misma distancia: la que recorre a velocidad infinita el pensamiento de un ser finito. Un ser finito, nosotros: eso que no sabemos dónde empieza y donde acaba pero que provisionalmente localizamos en el espacio y el tiempo como nosotros, los humanos. ¿Cuáles son los límites y las condiciones de posibilidad del pensamiento que se rebela contra su propia finitud y contra sus propios límites? Eso es lo que hace el pensamiento: ir más allá de lo que inmediatamente somos, pero no para encontrar cualquier cosa, sino algo que sea, de algún modo, verdad.  
Marina Garcés

En la historia de la humanidad debe haber un momento especialmente luminoso en el que algún lejano antepasado descubrió para todos nosotros que habitamos un horizonte tras el cual reside, hacia adelante, todo lo que vendrá.
Nuestros esfuerzos tienen por cierto límites: habrá umbrales que nunca sobrepasaremos. Y sin embargo, nos ha sido revelado para siempre que sobrevendrán cosas y eventos tras nuestros horizontes.

Y así habitamos, escudriñando el cielo y los confines aparentes de la tierra, atentos y anhelantes de signos de lo nuevo, de lo que aún no es, pero podría ser, de lo que fuera bueno que llegara a ser.

La función del horizonte

Florencia

La línea que separa las cosas de la tierra y el cielo es una entidad sutil, frágil e insustituible en su función.
Es un confín que siempre nos anuncia un más allá, una epifanía de lo que adviene, un anuncio. El horizonte nos alberga, nos contiene y nos confiere identidad, a la vez que nos libera hacia lo que vendrá. Nuestra comarca tiene entonces la forma de esta sensible línea que haremos bien en considerar con un respeto que nos debemos al lugar que constituimos.

Es por ello que debemos proteger, cultivar y consumar el horizonte del habitar: cuidamos de la dimensión alethotópica de nuestro habitar.

Reescrituras (XVIII): Esta sensible línea que recorta la ciudad sobre el cielo

Carl Gustav Carus (1789- 1869) Vista de Florencia (1841)

Gran parte del logro estético de la arquitectura de un lugar radica en la sabia y sensible línea que recorta su perfil sobre el cielo. Es necesario tratarlo con cuidado.

* * *
La línea que recorta el perfil de la ciudad y sus arquitecturas sobre el cielo es un elemento patrimonial especialmente sutil, frágil y también decisivo.
Esta línea es el principal elemento que denota la plena y particular identidad del lugar, a la vez que implica una impronta en la memoria del habitante y constituye, conjuntamente con la contextura plástica del cielo, un elemento referencial primario. Como es comprensible, dado el desarrollo urbano, esta línea es frágil en su constitución y debe ser peculiarmente tenida en cuenta por todos y cada uno de los actores que en ella intervienen.

Se vuelve decisiva en cuanto es una línea que es preciso cultivar con sentido histórico patrimonial: no puede afectarse de cualquier manera, pero tampoco puede permanecer cristalizada en una situación histórica que no sea particularmente apreciada por quienes viven y cuidan de la identidad, memoria y referencia de los lugares que habitan.

Un paso más allá de la dignidad: una apertura hacia la libertad

Frank Bramley (1857- 1915) Mientras cae suavemente la noche (1909)

A toda la humanidad debería reconocérsele ese derecho de construir sus propias habitaciones, pero sin perder ese otro derecho fundamental que es el derecho a que esas estancias contengan el infinito. Ese sería el principio de “otra” dignidad elemental que no es la de la simple y necesaria “vivienda digna”.
Santiago de Molina, 2016

Las moradas del hombre, según el derecho fundamental a habitar, deben resultar adecuadas, dignas y también decorosas.
Y un aspecto no menor de este decoro es ofrecer una apertura hacia la libertad fundamental, que es esa infinitud propia de la condición humana. Desde que somos un proyecto, ni aún el horizonte nos confina.

Por eso, una morada decorosa debe abrirnos ventanas y terrazas a lo más allá.

Horizontes ligera pero decisivamente elevados

Anónimo. Maria Reiche observando las figuras de Nazca (1946)

Léase con provecho el artículo de Santiago de Molina:
Allí se pone de relieve cuánto pueden hacer las personas inteligentes con una simple escalera de mano: elevar el horizonte para conseguir ver algo más.
Porque sin cambiar el lugar desde donde se mira, sin cambios de mirada, no hay cambios de otro orden. El resto permanecen mirando, pero solo el que ve ligeramente más lejos puede cambiar el punto de vista de los demás. Así pues hay que insistir en el esfuerzo de llevar la dichosa escalera
Santiago de Molina, 2016


La línea que recorta los paisajes con el cielo

Federico Schianchi (1858-1919) El Tiber junto al Castel Sant’ Angelo, Roma (1919)

Conocemos, como rioplatenses, esa clara y tensa línea que separa con contundencia mar y cielo, pampa y cielo.
Pero aquí nos referimos al contorno de las cosas de la tierra, su a veces accidentada orografía, las arboledas, los edificios que se confabulan en el paisaje ciudadano. El término inglés skyline es más expresivo, a mi juicio.
Este término designa el contorno de la figura del paisaje sobre el fondo del cielo. En cierta medida la conformación general del paisaje se debe a la peculiar calidad de esta línea.

La identidad, la memoria y la referencia de un lugar penden, de un modo especial, de esa línea de contorno.

Horizontes

Charles- François Daubigny (1817- 1878) Tormenta inminente (1874)

Habitamos la tierra, pero por lo general sólo la hollamos como una figura: dejamos al suelo  (edafos) a las plantas y la profundidad de su seno (tafos) al inframundo.
Habitamos la atmósfera, ciertamente, pero dejamos el cielo a los signos de lo proveniente: los dioses, lo que nos cae (meteoros), lo que deseamos o lo que vendrá.


Charles- François Daubigny (1817- 1878) La villa de Kérity en Bretagne (1878)


En verdad, habitamos el límite entre la tierra y el cielo: habitamos un horizonte, habitamos el horizonte cabe cielo y tierra.
El horizonte no sólo nos sucede, también le ponemos cuerpo y le conferimos lugar: el nuestro.

Condición fronteriza

Émile Friant (1863- 1932) Autorretrato (1885)


Estemos donde estemos, allí está señalado un límite tras el cual todo está por aparecer. Puede que a través de la ventana o en cierta página por leer, algo está a punto de revelarse, algo está por dejar de permanecer oculto.

Habitar el límite: el alethotopo

Existe una condición especial en el habitar. Esta condición es la liminaridad, esto es, la existencia según los límites, los confines. Heidegger diría, quizá, existir cabe el límite.
Aquello que habitamos es un horizonte. Erguidos estamos entre el cielo y la tierra, alojados en los confines de aquello que separa cielo y tierra. Pero no por ello encerrados: más allá del horizonte habitado hay una región que el conocimiento, entendido como empresa, está pronto a revelar.
Esto que está pronto a revelar, que se deja desocultar es la aletheia, lo que desoculta la perspicacia, el saber ver más allá del horizonte. Recíprocamente, una vez que lo que se conoce hace visible, a la mano, aquello que estaba oculto, el error ahora reconocido, la falsa representación que sustituía el acierto, pasa, más allá del horizonte, a la región de lo olvidado.

Sloterdijk, con acierto, denomina alethtopo a esta región más allá del horizonte, donde reside todo lo que está por revelarse y, a la vez, aquello que será condenado al olvido.

Ese límite que habitamos

Eduardo Chillida (1924- 2002) Elogio del Horizonte (1990)


Realmente el horizonte merece el elogio de una obra maestra. Aquello que habitamos, en principio y en lo fundamental, es un horizonte

Cielo-y-tierra: el horizonte

El límite es el verdadero protagonista del espacio, como el presente, otro límite, es el verdadero protagonista del tiempo.
Eduardo Chillida, 2004
Precisamente allí donde la tierra adquiere su forma perceptible, recortada del fondo que es el cielo, sucede el horizonte.
El horizonte es el límite entre cielo y tierra, tal como estos aparecen ante nuestra consciencia. Es el límite que comprende la figura del paisaje y es su principal elemento de composición. Es tan límite en su condición como limítrofe es nuestra propia existencia, abismados entre pasado y futuro, entre aquí y allá.

Quizá nada caracterice mejor al horizonte que la tríada de términos que le adjudica Eduardo Chillida: inalcanzable, necesario, inexistente