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Adentramientos e interiores


Emma Phillips (1990)

El adentramiento del cuerpo en los interiores implica una labor vermiforme.
Adentrarse no se cumple de modo cabal si no es con una prospección del cuerpo que irrumpe en una dimensión sutil y densa a la vez. Es necesario recordar que el cuerpo se hace lugar mediante una proyección variable y circunspecta de sí mismo en el lugar. Alcanzar a sentar sus reales en un interior no es ocupar un sitio vacante, sino una operación corporal y existencial compleja y delicada. Tal operación explora el lugar con la propia piel, hasta conseguir la deseada y posible hospitalidad del hueco. Es por ello que la presencia y población de los interiores es más densa en significado que en los paisajes abiertos. Es por ello que la irradiación del cuerpo adentrado puede llegar a dominar por completo su ámbito, mediante una contundente perturbación habitable. Es por ello que la habitación de las oquedades pasa por ser el caso paradigmático del propio habitar.

Músicas del interior


Silvestro Lega (1826 –1895) El canto del estribillo (1868)

Por los tiempos ilustrados por la pintura, la música doméstica era confiada a la disponibilidad de instrumentos propios y a la ejecución entusiasta de algún integrante de la familia.
En estos tiempos de la reproductibilidad generalizada de las obras de arte, el piano hogareño ha cedido lugar al equipo electrónico reproductor. ¿Qué ganamos y qué perdimos con esta mutación?
Cierto es que podemos escuchar un eco lejano de magníficos intérpretes, pero también es cierto que hemos perdido cercanía humana con las resonancias propias de las notas cometidas acaso por una hija o hermana. No se trata sólo de calidad musical: se trata de la respiración anhelante del ámbito doméstico.

Anfractuosidades (III)

Quiringh van Brekelenkam (1648- 1669) La sastrería (1661)

Mientras que para Le Corbusier la arquitectura es el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo el sol, hay otra arquitectura urdida en las penumbras de las anfractuosidades propias de la vida.
Allí los volúmenes ceden lugar a los ámbitos, los puntos de vista se rinden a las marchas, y la luz serpentea en torno de las cosas fatigadas por la presencia y población humana. En las anfractuosidades todo palpita para encontrar algún reposo sólo en los estremecimientos del sueño. Se trata de una arquitectura de epitelios tenues, de texturas que acarician la piel, de fragancias cultivadas morosamente, de amparos tibios, de tiempos demorados.
Toda una nueva estética debe desarrollarse allí donde dirijamos la atención a los pulsos de la existencia de las personas en la arquitectura

Anfractuosidades (II)


Quiringh van Brekelenkam (1648- 1669) Plegaria antes de la comida (1655)

Quienes pensamos e imaginamos en arquitectura también incurrimos en interrogarnos a menudo entre causas y consecuencias.
En virtud de ello podemos sospechar que nuestra consabida creencia que afirma que las personas habitan gracias a la provisión del acondicionamiento arquitectónico del lugar puede resultar equívoca. Puestos a sospechar, podemos seguir la sugerencia de Martin Heidegger y rendirnos ante la evidencia que muestra que la verdadera causa es el habitar humano y su consecuencia es el construir.
Esto tiene consecuencias prácticas y metodológicas. Porque si el habitar es la causa, entonces del habitar y de sus solicitaciones deberemos saber antes de actuar en el espacio y el tiempo del lugar y no contentarnos con el ordenamiento, disposición y distribución de las cosas construidas apostando a que no estorben en el orden de la vida.

Anfractuosidades (I)


Quiringh van Brekelenkam (1648- 1669) Interior de una sastrería (1653)

Para quienes pensamos e imaginamos en arquitectura, es un recurso recurrente detenerse en la interacción entre forma y contenido, dentro y fuera, superficie y espacio, forma y uso y otras dualidades especialmente intrigantes.
Por eso, la intuición de una arquitectura profunda de una casa —concebida como el contenido que verifica su forma continente, como un lado interior en donde la arquitectura sucede en referencia a la otra arquitectura construida que perdura en la situación, como la contraforma de la vida que palpita entre los muros y cubiertas que la amparan— es un paso quizá obligado en una genealogía de la teoría del habitar.
Saber lo suficiente y necesario de esta arquitectura profunda de la casa es el primer paso de naturaleza epistemológica al que le seguirán tanto otros de similar carácter, así como derivas éticas y estéticas que diseminarán el campo de lo pensable en esta teoría.

Arquitecturas del cuerpo: prácticas de adentramiento


Christoffel Bisschop (1828 - 1904) Sol en la casa y en el corazón (s/f)

Inmiscuirse en las propicias cavidades, tal la proclividad de nuestra conducta habitable.
Como se ha detallado aquí, quizá en exceso, proliferan las prácticas de adentramiento desde una inaugural coreografía de exploración tentativa hasta conseguir el pleno dominio propio del que sienta sus reales en el lugar. El adentramiento insume tanto la profundidad espacial específica de lo interior como el tiempo efectivamente vivido en términos de morosa experiencia de vida.
Contar con lugares cabalmente profundos en la dimensión histerotópica es detentar un aspecto importante en el derecho social a habitar.

El papel de las colpoprácticas


Laura Theresa Alma-Tadema (1852 –1909) En la entrada (1898)

En este sitio denominamos colpoprácticas (del griego kolpos, cavidad) a los adentramientos que realiza el cuerpo en las oquedades en donde consigue, con su presencia y población, hacerse lugar.
La habituación y el olvido de nuestra más íntima condición nos vuelve invisible la complejidad de operaciones que implica ser, concretamente, arquitectos de la dimensión interior de las habitaciones. Sin embargo, es el cuerpo y su adentramiento el protagonista eficaz de una arquitectura efectivamente vivida. Todos los sabios, correctos y magníficos juegos arquitectónicos que se despliegan en su recorrida son hilvanados y significados por el cuerpo palpitante, explorador y circunspecto.
Cuando la actitud deja, por hábito e inercia, de ser palpitante, exploradora y circunspecta, simplemente, nos abandonamos a residir allí, pensando en otras cosas.

El valor de las texturas del lado interior de la arquitectura

Museo Correr, Venecia

No insistiré en exceso en la reivindicación del valor de lo táctil en arquitectura.
Esto es especialmente interesante de su lado interior: del tiempo en que las ventanas lucían vestidas, los sentidos no se benefician sólo con el tamizado de la luz, sino que la piel agradece la suntuosidad de una elegante cortina. El tacto es el sentido que intensifica el valor propio de estar allí.

Para ello, toda sensibilidad de artífice arquitectónico es escasa para regodearse en las delicias de rozar con levedad y sutileza el lado interior de los lugares.

Secretos

Albert Friedrich Schröder (1854–1939) Joven con collar de perlas (s/f)

Los interiores se abisman en los espejos y en los cajones.
Tantos unos como otros son reservorios de misterios y secretos. Así, las alternativas de la identidad, la fascinación de las pertenencias, el hechizo del tesoro íntimo, tienen tanto en la profundidad de los espejos así como en el fondo de los cajones, la patria postrera de una mismidad que se busca afanosamente a sí misma.
Y sólo son los ecos de la habitación interior, que Marina Garcés concibe vacía y que por mi lado me gusta considerarla vacante y disponible

Un sentido árabe del refinamiento en el habitar

Palacio Bahia en Marrakech

Uno de los grandes aportes de la arquitectura árabe a una común cultura arquitectónica de la humanidad es el peculiar destaque que tiene, en ella, el tratamiento meticuloso del lado interior.
Para disfrutar de los placeres de esta arquitectura, hay que adentrase en ella y recorrerla con la piel. Son ejemplares los resplandores, las penumbras, las texturas, el frescor y la musicalidad de los patios. Para disfrutar de los placeres de esta arquitectura no basta con contemplar los lugares; hay que habitarlos.

Sería ilusorio y falaz imitar torpemente tal o cual gesto ornamental. Pero sería algo importante aprender la lección definitiva sobre el papel de la delicada membrana interior de toda arquitectura, esta que roza la piel.

Sobre las colpoprácticas (VI)

Felix Valloton (1865- 1925) Interior con mujer en rojo (1903)

A modo de resumen, puede concluirse que adentrarse, en lo que toca a la habitación humana supone, como sucesión:
  1. Irrupción, atravesamiento del umbral
  2. Marcha y acabamiento de la prospección
  3. Sentar plaza
  4. Ajuste de la burbuja pericorporal
  5. Abismarse en la profundidad de los espejos, los cajones, los rincones y los secretos
Pero un adentrarse propiamente humano no concluye con esta última fase, salvo en los casos de la reclusión y la clausura, los que contienen una dimensión inquietante y tanathotópica diferencial.  Un adentrarse cotidiano y vividero sólo puede concluir con el avistamiento de la ruta de salida.

Sólo porque podemos salir de un interior es que podemos entrar, en el sentido cabal de la expresión.

Sobre las colpoprácticas (V)

Augusto De Luca (1955- ) Retrato de Elena Croce (1987) 

Nuestro adentramiento no se consuma en ningún ajuste particular de nuestra burbuja pericorporal.

En realidad, sólo entonces conseguimos asomarnos a los hondos abismos que pueblan nuestros interiores: los espejos, los cajones, los rincones y los secretos. Hay, en cada interior habitado, profundas simas henchidas de misterio, insondables y para siempre abiertas a un más allá sin el cual no podríamos ser — en un sentido propio de la palabra— humanos.

Sobre las colpoprácticas (IV)

Louise Catherine Breslau (1856- 1927) Intimidad (1885)

El sentar plaza permite proseguir en la labor de adentrarse: se produce a continuación un ajuste de la burbuja pericorporal.
Nuestro cuerpo va envuelto en una tenue burbuja que señala los confines del lugar propio. Es esta región que reservamos sólo al contacto íntimo interpersonal. El antropólogo Edward Hall ha estudiado con fino detalle el diverso comportamiento que adoptan las personas según cómo aproximan su presencia al cuerpo de los congéneres, conocidos o extraños.

Adentrarse tomando plaza supone entonces distribuir en torno de nuestro cuerpo un gradiente proxémico en el que los otros, según su grado diferente de familiaridad, irán adoptando diferentes distancias mutuas, así como diversos matices posturales. Modulando, cada cuerpo puebla el lugar que le corresponde.

Sobre las colpoprácticas (III)

Judith Leyster (1609- 1660) La oferta (1631)

Una vez que la exploración prospectiva concluye, adviene la etapa propia del sentar plaza.
Sentar plaza quiere decir elegir un punto determinado, ocuparlo y ejercer su relativo dominio. Las diversas circunstancias van guiando al cuerpo precisamente a ese lugar desde el cual proyectaremos estratégicamente una irradiación de atenciones, percepciones y juicios. No siempre sentar plaza supone tomar asiento: la hospitalidad relativa a lugares y personas a veces nos brinda esta posibilidad y otras, muy significativamente, la niegan.
Hay lugares amables en donde nos espera un asiento cómodo en el que sentar plaza y otros, más hoscos, que apenas nos dejan detenernos, expectantes, ante la aquiescencia ajena. Otros lugares sólo nos invitan a errar sin descanso y en compensación, nos brindan discretos estímulos para hacerlo de buen modo. En fin, también hay otros parajes en los que sólo podemos vagar sin ton ni son: ya son éstos anómicos no-lugares.

Todo lugar que se precie de tal, entonces, contiene casi necesariamente al menos un punto en donde es posible sentar plaza, siquiera momentáneamente.

Sobre las colpoprácticas (II)

Émile Georges Weiss (1861- 1929) El juego del ajedrez (1897)

Ya resuelto el arduo traspaso del umbral, el cuerpo procede a trasformar su marcha en exploración prospectiva.
Se excava la atmósfera del ámbito con pasos circunspectos que se detienen, con mucha precisión allí en donde la exploración resulta suficiente, dadas las circunstancias. Allí donde llegan los pasos, allí se constituye un aquí pleno y relativamente triunfante. Hay conquistas más arduas, pero todas comienzan con dirigirse, paso a paso, a un aquí.
Entremos en la habitación ilustrada. Según nuestros roles y status nos dirigiremos a distintos lugares; en cada uno de ellos constituiremos un aquí concreto. Esto supondrá que nuestro cuerpo se desplazará según una tasa y una traza hacia su lugar.

¿Cuántos pasos y en qué dirección se suceden hasta culminar la plena y satisfactoria entrada en una habitación? Esta es una medida arquitectónica variable y crucial: la forma de la propia habitación y su destino habitable le deben no poca cosa. Quizá constituya un eje efectivamente vivido, por oposición a los ejes meramente geométrico-euclidianos de la pura cosa construida.

Sobre las colpoprácticas (I)

Hans Zatka (1859- 1945) La tentación (s/f)

Toda colpopráctica se inicia en una irrupción, en el atravesamiento de un umbral.
Así sucede con las habitaciones: situados en su inminencia, practicamos su puerta. Practicar la puerta es operar transformando su circunstancial clausura que confina, en una apertura que nos brinda, no sin violencia, la entrevisión de las entrañas del ámbito. Atravesar un puerta siempre es el quiebre de una delicada membrana tensada en el umbral, un himen/limen. Irrumpir es una suerte de operación amorosa, por lo que nunca es escasa la circunspección.
Según las circunstancias —y hay que detenerse en ello— uno adviene al ámbito aún antes de atravesar el umbral, haciendo mera presencia próxima, pero no siempre está muy definido cuándo es que uno ha culminado la laboriosa tarea de irrumpir: puede que, aún dejado atrás el dintel, sólo se limite uno a anunciarse.

Las distancias que una persona debe vencer a la entrada a un lugar no se miden con exactitud con una regla centimetrada, sino con la observación de la etiqueta.

Una nueva acepción y dos neologismos de urgente consideración (II: Colpoprácticas)

Poul Simon Christiansen (1855- 1933) Interior con máquina de coser (s/f)

El desarrollo de la reflexión en torno a la Teoría del Habitar trae consigo la emergencia de tres ideas que pueden ser candidatas a la dignidad del nombre propio.
La segunda idea proviene de reconocer el estatuto peculiar que tiene el adentrarse el cuerpo del habitante en un cierto ámbito. Se parte de reconocer una dimensión humana propia de los interiores, a la que aquí, siguiendo a Peter Sloterdijk, llamamos profundidad histerotópica. Por tal se entiende la dimensión propia y diferencial de las cavidades (histeros, kolpos)
Las colpoprácticas son las acciones y circunstancias que desempeña el cuerpo en su conquista existencial de su poblamiento en los interiores. Porque adentrarse, en verdad, es mucho más complejo que el mero irrumpir.

Si se observa con el debido detenimiento, las colpoprácticas son operaciones arquitectónicas —nuestro cuerpo confiere forma habitable al espacio y al tiempo— que llevamos a cabo con tanto empeño existencial así como con una ligera distracción.

Colpoprácticas (IV) Ajuste del ámbito pericorporal

Alfred Stevens (1832- 1906) El estudio del papel (1888)

Todo adentramiento se consuma en el ajuste del ámbito pericorporal, en donde las cosas se disponen ordenadas según las directivas del cuerpo habitante.
Así, concluida la marcha prospectiva, realizada la operación de sentar plaza en el interior y acondicionado éste según el confort disponible y arbitrable, el cuerpo ejerce su poder sobre el sitio, confiriéndole el carácter de lugar concreto. Si en esa circunstancia ocurre un espejo, toda la hondura del interior se abisma, insondable.

Como se puede ver, adentrarse es mucho más que simplemente irrumpir.

Colpoprácticas (III) Acomodación de la actitud del cuerpo

Albert Anker (1831- 1910) Anciano con taza de té (1895)

Una tercera modalidad de colpopráctica resulta del acomodo de la actitud del cuerpo allí donde se ha resuelto sentar plaza.
Se asocia una cierta relajación del gesto en consonancia con las posibilidades de empleo que brinden las cosas a la mano. Uno puede estar, tal como se dice comúnmente, a sus anchas, esto es, disponiendo del margen adecuado y digno de amplitud para la estancia del cuerpo en el lugar.

A la residencia le sigue, de un modo u otro, esta necesaria acomodación.

Reescrituras (XXVIII): Honduras

Vilhelm Hammershøi (1864–1916) Las cuatro cámaras (1914)

¿Llegaremos a lo más profundo de un interior si no es mediante posesión legítima y morosa?

* * *

Adentrarse en las honduras de un interior tiene una equívoca diafanidad.
En realidad, cabe preguntarse cuántos umbrales atravesamos sucesivamente para llegar a estar en el interior de una habitación.

¿Cómo podríamos estar seguros de haber llegado a lo más hondo de un ámbito?