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Oposiciones (V)


Giovanni Paolo Pannini (1691 –1765) Interior de San Pedro en Roma (1750)

La reconsideración del concepto de la arquitectura vuelve necesario meditar sobre causas antecedentes y consecuencias finales.
Lo que aporta la Teoría del Habitar a esta cuestión puede resumirse en la proposición de Martin Heidegger: No construimos para habitar, sin que porque habitamos es que construimos. El orden de los factores es crucial.
El habitar es un precedente ontogenético para la arquitectura. Sólo si habitamos es posible afrontar el cúmulo estructurado de transformaciones físicas, formales y simbólicas que demanda la empresa humana de tener lugar efectivo.
Esto tiene, por lo menos, una consecuencia que bien podría tenerse como didascálica: es el habitar el que forja y enseña, por obra de sus manifestaciones, el rumbo humanamente necesario a las técnicas arquitectónicas. El proyectar y el construir son medios para la consecución de la buena forma de vivir los lugares.

Oposiciones (III)


Ilustración de Vignola

Si la arquitectura es una actividad social de producción e implementación de trasformaciones físicas, formales y simbólicas de los lugares habitados, entonces, no puede considerarse el arte de proyectar y construir edificios, tal como afirma el Diccionario de la Real Academia Española.
La asunción general propia de la Teoría del Habitar es que ni el proyectar ni el construir constituyen fines en sí mismos, sino que el verdadero fin de la arquitectura es habitarla, en toda la extensión del sentido del término.
La Teoría del Habitar, a este respecto, reintroduce una concepción teleológica de la arquitectura.

Sobre compromisos: (I) Finalidad

Peter Ilsted (1861–1933) Rayo de luz por la puerta (s/f)

La Teoría del Habitar, en su desarrollo ético intrínseco, impone a la labor arquitectónica al menos tres directivas o compromisos.
El primero de estos compromisos éticos es con la finalidad. La labor profesional de la arquitectura no constituye otra cosa que la prosecución esforzada y rigurosa de la finalidad trascendente de su producto. Como tal, como consecuencia de una producción, la arquitectura no configura un fin en sí mismo sino cuando se agota en el servicio a su plena implementación humana y social. El habitar es la finalidad en sí misma que puede determinarse a toda arquitectura, considerada ésta más allá de toda gesta autosuficiente de diseño y construcción.

El habitar constituye un horizonte finalista para la arquitectura: hacia allí convergen todos los saberes, los esfuerzos y los talentos.

La teoría del habitar y el funcionalismo (III)

Maurits Cornelis Escher (1898-1972) Mano con esfera reflectante, (1935)

En el derrotero de la senda del funcionalismo, la Teoría del Habitar opta por adelantarse un paso y así trascender el problema de la función para abordar el compromiso arquitectónico con la finalidad.

El avance por la senda teleológica es, con mucho, un desarrollo prudente, esforzado y también prometedor. Ya no basta con contentarse en el empeño de que las cosas funcionen, sino que se aborda, con toda su profunda complejidad el dilatado territorio de la implementación humana de la arquitectura. Que los artefactos arquitectónicos funcionen implica, por lo pronto, que se operen, usen y practiquen. Y sin embargo, las disquisiciones sobre la finalidad arquitectónica no se agotan en tales aspectos. El para qué de la arquitectura, la causa final del vínculo existencial entre seres humanos y los lugares que pueblan, la implementación cabalmente humana de este tener efectivo lugar, todo esto es materia de una necesaria reflexión.

Reescrituras (XXXIV): De qué trata la arquitectura

Marcin Zaleski (1796- 1877) Catedral de San Juan (1836)

Es algo más que un conjunto de piedras sabiamente iluminadas: es una estructura de fines.


* * *

Esta asunción de la arquitectura como estructura de fines colabora con la esforzada tarea de combatir la persistente cosificación de la arquitectura en los edificios.
Hay al menos tres razones para ello:
  • En primer lugar, la arquitectura es un designio, una proyección que dirige y compone situaciones y circunstancias, mucho más que una materialización contingente.
  • En segundo lugar, la arquitectura es producto de un sueño lanzado al futuro, un proyecto, en el sentido estricto de la palabra, una conjetura sobre futuros estados del mundo, mucho más que una permanencia presuntamente inmutable yuxtapuesta al vertiginoso fluir de la vida y el tiempo.
  • Por último, la arquitectura es una producción que no cesa, al recrearse incesantemente no sólo las condiciones concretas de situación y circunstancia vitales, sino además, memorias y fantasmagóricas anticipaciones.


Y finalmente, también la arquitectura constituye un conjunto de piedras sabiamente iluminadas, pero esto sólo es el comienzo.

La consecución del fin por la forma

Alvar Aalto (1898-  1976) Ayuntamiento de Säynätsalo (1952)
  
Se discute a veces sobre el estatuto de eventual autonomía del diseño arquitectónico.
Para algunos, la disciplina puede concebirse, desarrollarse y rematarse según un orden propio de reglas, únicas oportunas, necesarias y pertinentes.
Pero para una arquitectura que profese un humanismo práctico, la autonomía no es propia de la disciplina, sino de la vida humana misma: el diseño, así, es apenas un medio apropiado para dejar a la vida ser en situación.

Se trata, en el fondo, que dejar que sea el fin mismo el que encuentre su propia forma.

Teoría de la finalidad habitable: aquello que hay que producir

Childe Hassam (1859–1935) Niños (1897)i

El arte no enseña nada más que el significado de la vida.
Henry Miller

La teoría de la finalidad habitable tiene consecuencias de orden productivo.
En primer lugar, si el habitar es la causa final de la arquitectura, es el habitante y su condición humana la causa material y formal de la conformación efectiva de lugares para vivir.
En segundo término, la arquitectura no se concibe en la mera concreción de cosas construidas, sino como la efectivización de relaciones de habitación entre las personas y los lugares. La producción arquitectónica, entonces, no es una producción de cosas sino una producción de relaciones humanas con los lugares.
Por último, la arquitectura no se contenta con el diseño pleno y acabado de la forma, sino que origina una proyección constructiva de los lugares que se completan sólo en el habitar efectivo de las personas. Las arquitecturas son, entonces, obras en construcción y reformulación según los pulsos de la vida que alberguen.

La arquitectura de la ilustración no se restringe a la habitación construida; son los niños que la pueblan los que les confieren sentido pleno y vital.

Teoría de la finalidad habitable: aquello que hay que practicar

Childe Hassam (1859–1935) Camino de regreso (1884)

Los hombres son criaturas muy raras: la mitad censura lo que practica; la otra mitad practica lo que censura; el resto siempre dice y hace lo que debe.  
Benjamin Franklin

La teoría de la finalidad habitable tiene consecuencias de orden práctico.
La primera consecuencia es que el depositario principal de las prácticas sociales de concepción y proyecto ya no es, por definición, una reserva de un conjunto de profesionales especializados, sino que es el fondo del psiquismo de cada habitante.
La segunda, derivada de la anterior, es que a las prácticas proyectuales y constructivas tradicionales de los arquitectos profesionales debe agregarse una atenta actividad hermenéutica de los deseos y demandas de los sujetos habitantes.
Una tercera consecuencia es la deriva crítica de la concepción restrictiva profesionalista tradicional a la consideración plena y profunda de la arquitectura como actividad social de producción.

La Teoría del Habitar constituye un nuevo derrotero para las prácticas arquitectónicas y quién sabe si no constituirá un camino de regreso a su verdadero origen.

Teoría de la finalidad habitable: aquello que hay que saber

Childe Hassam (1859–1935) Tarde de verano (1886)

Es mejor saber después de haber pensado y discutido que aceptar los saberes que nadie discute para no tener que pensar
Fernando Savater

La teoría de la finalidad habitable tiene consecuencias de orden epistemológico.
En este marco, aquello que hay que saber es sobre la condición humana del habitar. Puede pensarse que este compromiso tiene, al menos, ciertas orientaciones generales:
La primera es desarrollar modos rigurosos de observación de la conducta habitable.
La segunda consiste en desarrollar asimismo formas eficaces de interpretar estas conductas, tanto en la perspectiva del estudioso, así como en los significados que el habitar adopta en la perspectiva propia de los habitantes
Por último, debe construirse una plataforma de investigación, una deriva heurística a efectos de orientar estratégicamente los estudios.

Todo esto para conseguir saber lo necesario y relevante del modo de habitar una ventana una tarde de verano, entre otras cosas.

Teoría de la finalidad habitable

Kawase Hasui (1883- 1957) Noche lluviosa en Nissaka, (1942)

Empieza por el principio - dijo el Rey con gravedad - y sigue hasta llegar al final; allí te paras. 
Lewis Carroll

La Teoría del Habitar tiene a la finalidad habitable como el único fin en sí mismo de la actividad arquitectónica.
Desde el punto de vista del constructor, el edificio puede ser un fin en sí mismo: el que llegue a existir un orden material y energético estable y durable es el fin de la ingeniería de la construcción. En efecto, desde un cierto punto de vista, un edificio es un ingenio que resulta de una destreza competente. Hay que reparar, sin embargo, que tal fin en sí mismo se cumple en el caso del sujeto constructor, pero no en todo otro sujeto que no detente esta condición. Luego, el edificio es un fin en sí mismo sólo para su constructor.
Desde el punto de vista del proyectista, el proyecto, esto es, la representación de la anticipación ideal del edificio puede ser un fin en sí mismo: el que llegue a ver la luz la muestra elocuente del talento artístico del diseñador. También desde un cierto punto de vista, un edificio es la materialización de una intención intelectual que le confiere forma positiva. Pero este aspecto constituye un fin en sí mismo sólo para quien sea el efectivo proyectista. De esto se desprende que un proyecto sólo puede ser un fin en sí mismo sólo para el proyectista.
Mientras tanto, toda la humanidad, incluyendo a los constructores y proyectistas, habitamos obras arquitectónicas o podemos hacerlo. La finalidad habitable es universal, a la vez de toda obra arquitectónica y de todos los seres humanos.  De donde, la habitación de la arquitectura es un fin en sí mismo en toda circunstancia.

Y cuando llegamos a esta finalidad, entonces y sólo entonces, nos detenemos allí.

Fines

Ferdinand Knab (1834–1902) Palacio en un lago de montaña (1876)

Una obra arquitectónica constituye, en la mayoría de los casos, una estructura material durable, pero siempre instituye una estructura de fines.
La directriz principal de esta estructura de fines es la de conformar un lugar. Esto implica: transformar un sitio físico en un emplazamiento habitado. La arquitectura del lugar, en consecuencia ordena todos otros fines a este imperativo fundamental.
Un edificio es apenas el aspecto material —no siempre necesario— que supone un dispositivo rector de la organización superior de fines que instituye un lugar habitado. Un edificio es un entramado de significantes materiales que adquiere sentido en su relación —arquitectónica— con el contexto. Un edificio es sólo un punto singular en un sistema ordenado de lugares que dan forma al habitar la tierra, precisamente en un determinado emplazamiento. Un edificio es, entre otras determinaciones, un medio para un cabal fin en sí mismo que lo trasciende.

Debemos levantar, en cierto modo, la mirada. Dejar por un momento de apuntar al artefacto diseñado y construido y mirar más lejos y más alto: hacia allí donde se encuentra el habitar del hombre.

De qué trata la arquitectura

Marcin Zaleski (1796- 1877) Catedral de San Juan (1836)

Es algo más que un conjunto de piedras sabiamente iluminadas: es una estructura de fines.


Sobre el pensamiento arquitectónico (II)

El pensamiento arquitectónico no se restringe a aunar la crítica con la proposición de alternativas.
Un segundo punto especificador es que se trata de un pensamiento jerarquizador de fines. A un fin principal deben supeditarse fines reputados secundarios.

De esta manera, agregados complejos y problemáticos se transforman en estructuras orientadas finalistamente, que se proyectan al futuro y se diseñan efectivamente, en forma y contenido.

Finalidades

Hay una arquitectura monumental, destinada a la gloria en la memoria social de aquellos o aquello que merece, de alguna manera, el honroso título de memorable.
Hay una arquitectura mayestática, cuya finalidad es señalar una clara distinción social y cultural de los lugares ocupados por sujetos destacados o destinados a usos que se tienen por singularmente calificados.
Hay también una arquitectura de autor, efusión exquisita de los maestros de la profesión, que demuestran sus virtudes, por encima de toda otra consideración, incurriendo aquí y allá, en obras maestras y, en todo caso, objetos singulares.
Todas estas finalidades son, por supuesto, muy legítimas y respetables, a la vez que señalan las condiciones de excelencia. De las arquitecturas monumentales, mayestáticas y de autor, los estudiantes aprenden provechosas lecciones para su futuro profesional.

Pero hay, por otra parte, arquitecturas comunes y corrientes, que se contentan con conformar contextos y que se destinan al fin de ser habitadas. Estas arquitecturas también tienen condiciones de excelencia y algún estudiante podría, de tanto en tanto, aprovecharse de sus lecciones.

Precisiones sobre los fines

No toda la arquitectura se pone deliberada y manifiestamente al servicio de la vida.
La arquitectura que hace de las mañas del constructor un fin en sí mismo no está al servicio de la vida. Se trata de una técnica astuta y eficaz para conseguir construir edificios. Cosa que, por supuesto, tiene mucho mérito. Además tiene una tecnología como instrumento, una vocación productiva concreta y una aspiración muy legítima a ganarse honestamente la vida (la del arquitecto-constructor).
La arquitectura que tiene como fin en sí mismo constituirse como profesión de diseño específico tampoco está al servicio de la vida. Se trata en este caso de una profesión que se desvela por la superior síntesis de la forma arquitectónica, característica, por cierto del edificio resultante, pero que se origina en el talento creador del artífice. También esto tiene mucho mérito. Cuenta con una poética, un talante innovador, crítico y propositivo y también con una aspiración muy legítima a la realización intelectual y artística del arquitecto-diseñador.

Una arquitectura que se ponga deliberada y manifiestamente al servicio de la vida tiene a ésta como único fin en sí mismo. Para ella, el proyecto y la construcción son siempre medios. Medios para la consecución plena y lograda de la habitación.

Forma y fin

En principio, podemos entender que la forma es lo manifiesto a priori de un fenómeno, mientras que el fin es inferible, inteligible o verificable a posteriori. Siguiendo esta línea de razonamiento, en el tiempo tanto como en la conciencia, el fin ‘sigue’ o ‘sucede’ a la forma. En lo que toca al habitar, el modo de habitar un lugar se manifiesta en una forma que se cumple o verifica eficazmente en el fin efectivamente alcanzado. Así, la forma de habitar constituiría la causa eficiente del habitar, mientras el fin sería, recíprocamente, la causa final, conclusiva.

Forma/fin, entonces, constituiría el par de los momentos en que puede pensarse un modo de habitar.

Teoría de la función en arquitectura

La forma arquitectónica siempre tiene un fin.
Cuando entendemos a la forma arquitectónica como fin no estamos cultivando necesariamente ni una ideología formalista ni menos aún una ideología funcionalista de signo presuntamente contrario. La tentativa de una teoría no ideológica de la función nos lleva a desmarcarnos por igual del antagonismo aparente de puntos de vista sobre la arquitectura. Intentamos reconocer en el ajuste funcional, no ya un valor, sino tres modalidades diferentes de valor: la adecuación operativa de los útiles, la utilidad óptima de las figuras arquitectónicas de uso y el ajuste superior de la forma arquitectónica con su finalidad.
La Teoría del Habitar debe, entre otras cosas, replantear una teoría de la función en arquitectura.