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El cuerpo, arquitecto fundamental del lugar


Gloria Baker Feinstein (1954)

A partir de la hipótesis que sostiene que es por obra de la acción que a las personas les es dado, en el mismo acto, tanto padecer como protagonizar el mundo que pueblan, puede sostenerse que el cuerpo humano es el arquitecto fundamental del lugar.
Esto tiene importantes consecuencias. La primera es que, por obra y gracia de la sustancia humana en las arquitecturas del lugar, éste tiene estructura, forma y figuras propias. No se trata ya del mero espacio sin forma, homogéneo e isótropo al que estamos acostumbrados a considerar como materia prima arquitectónica. La segunda es que, puede constatarse, preexiste en la arquitectura del lugar la función humana (operación, uso o implementación) a la constitución de cualquier elemento constructivo. En otros términos, a una ventana le precede un complejo y rico conjunto de buenas razones para asomarse por allí. En tercer lugar, puede entenderse el ejercicio arquitectónico humanista como una operación de desvelamiento y amparo de una condición humana concreta, antes que el puro imperio de la geometría sobre la materia construida.


Operar con el espacio u operar con los lugares


Henri Cartier-Bresson

Muchos arquitectos operan —tanto cuando proyectan, así como cuando construyen— en un espacio euclidiano homogéneo, vacante y amorfo. Se aplican a conferirle forma a través de la coexistencia coherente de elementos constructivos tales como suelos, paredes y cubiertas. Sólo cuando el proceso de diseño se ha cumplimentado en la entidad proyectada, el espacio adquiere vocación de forma, la que sólo se materializa efectivamente mediante la construcción acabada. La vida, entonces, viene después.
Pero operar arquitectónicamente con lugares implica formas de concepción, proyecto y hasta construcción e implementación diferentes. En primer lugar, porque no se opera en un espacio abstracto, sino en entidades concretas con características de campo espaciotemporal, afectadas desde un principio por la presencia y población humana. Los lugares son heterogéneos, poblados y estructurados. El arquitecto que opere con lugares no modelará una entidad amorfa, sino que comenzará por reconocer la estructura peculiar del lugar, comprenderá las secuencias de trasformaciones deseables, oportunas o forzosas, los acondicionamientos efectivamente demandados y obedecerá a la vocación de forma del lugar habitado, según las solicitaciones propias del habitante y de sus circunstancias allí y entonces. La vida humana ha tenido lugar desde el principio.

Investigar con la imaginación (III)


Edward Hooper (1887-1967) Oficina en una pequeña ciudad (1953)

En las circunstancias epistemológicas plenamente consolidadas, el saber avanza moroso y seguro, paso a paso por terreno firme y despejado.
Es en las situaciones de umbral o frontera epistemológica que las condiciones sólo son propicias para saltos arriesgados hacia adelante. Creo que, en lo que toca a la teoría arquitectónica, estamos históricamente situados en una frontera que hay que traspasar. De aquello que creemos conocer a lo que aún no sabemos a ciencia cierta. Debemos munirnos de nuevos conocimientos mediante la forja de renovadas y arriesgadas hipótesis.
Para esto se necesita la imaginación; para tomar energías para acometer el atravesamiento raudo de tales umbrales.

Investigar con la imaginación (II)


Lisboa

Día a día nos deslizamos por las sendas de las rutinas de un hábito a otro.
Sólo por obra de la imaginación podemos encontrar caminos alternativos, situaciones nuevas, puntos de vista recién inaugurados. Sólo por obra de la imaginación podemos alcanzar la perspectiva de aquello que hubiésemos debido pensar, condición del descubrimiento, del desvelamiento cognoscitivo. Sólo por obra de la imaginación podemos reordenar los términos de un problema de modo tal de encontrar la buscada solución.
Porque es la imaginación el recurso siempre salvador cada vez que nos aqueja una perplejidad. Es por imaginar y por prefigurar es que se comienza a conocer.

Investigar con la imaginación (I)


Fernando Pessoa

Investigo con la imaginación.
Fernando Pessoa.

Aquello que se investiga comienza con una primordial perplejidad.
Y con la perplejidad, que proviene de un no-saber, lo único que tenemos a mano es, precisamente, la imaginación. Ésta puede arriesgarse sin medida ni tasa a las más atrevidas especulaciones y transformaciones de la conciencia, con diversas mutaciones de puntos de vista. La imaginación es el vehículo con el que navegamos en la incertidumbre. Por ello es que quizá ninguna investigación que merezca ese nombre puede operar sin esa cuota de riesgo.
Lo demás es trabajo humilde, aplicado y artesano con las ideas, las nociones, los conceptos y con la palabra.

De arquitectura e ingeniería


Domenico Fontana Traslado de obelisco en Roma

El producto arquitectónico no es una cosa; es la producción de un vínculo entre las personas y las cosas acondicionadas para su habitar.
Por ello, un edificio, en sí, no es una arquitectura, en sentido estricto, sino que lo que en realidad constituye la arquitectura es la habitación humana de tal edificio. Es esa relación vincular entre las personas y las cosas construidas a sus efectos la que da efectivas forma y sustancia a la naturaleza de lo arquitectónico.
La cosa en sí del edificio es un asunto puramente constructivo: un ingenio estable y —se espera— durable. Pero es con la vida humana palpitante que la arquitectura tiene efectivo lugar: allí donde termina la ingeniería y comienza la historia de sus habitantes.

Apariciones


Santiago Rusiñol i Prats (1861 –1931) Jardines de Aranjuez (1907)

Más allá de detalles de especial acondicionamiento u ornamento, lo cierto que ciertas regiones de algunos jardines tienen la virtud de aparecer como emergencias de Aquel Lugar que —quién sabe— alguna vez habitamos y del que hemos sido desterrados. Exiliados del Edén, andamos a tientas buscando ciertos atisbos, ciertos indicios, ciertos aspectos que puedan indicarnos el Pasaje.
Supongo que es esta esperanza de afrontar este especial Pasaje el que guía mi andar en busca, en cada jardín bien temperado, un acceso propiciatorio al Jardín Fundamental, éste del cual ciertos rincones son preanuncios.

Acerca de la casa que crece



Hemos de construir casas que crezcan; la casa que crece ha de sustituir a la máquina para habitar.
Alvar Aalto

Hay una poderosa dimensión imaginaria en la concepción de la casa que crece.
Desde ya puede pensarse en una construcción que se desarrolle morosamente a lo largo del tiempo, que ajuste su diseño y conformación según se vayan disponiendo las circunstancias y que, antes que constituirse como un proyecto plenamente definido, su constitución efectiva y material obedezca a una suerte de estrategia cambiante. Pero esto sólo es una posibilidad que ha llegado a materializarse, en más de una oportunidad, en el avatar real de muchas construcciones. Puede imaginarse, en cambio, que la propia concepción, el proyecto y el diseño obedezcan a un proceso propiamente germinal. Lo que supone una profunda diferencia.
Puede que la casa que crezca constituya un símbolo de una entidad originada según un proceso equiparable con el biológico, en donde un elemento seminal encuentre un terreno y ambiente especialmente favorables para desarrollarse según un desarrollo vital. En este caso, la invocación a una arquitectura orgánica no se trataría tanto de una metáfora banal, sino de una asunción metodológica positiva.
Esta operativa asunción metodológica puede volverse real sólo en una forma sensata. Si se descubriera una forma germinal de habitación residencial y se comprendieran adecuadamente las condiciones proclives a su desarrollo, entonces podría concebirse el habitar de una casa en crecimiento efectivo, alrededor de la cual tender un manto de cubiertas, muros, ventanas y puertas condigno de esa condición viviente con la que interactúa.
Una arquitectura viviente protegida, como debe ser, por una suerte de exoesqueleto, una estructura material y energética que ampara su condición.

Para poner las cosas de la arquitectura en su lugar


Galería Vittorio Emanuele en Milán

Todavía hay quienes razonan de tal modo, oponiendo espacios llenos a espacios vacíos. Y alojan la utilidad, el uso y las personas en el vacío espacial arquitectónico. La vida, allí, se inmiscuye apenas ante la magnificencia de las masas escultóricas.
Y, sin embargo, cabe pensar exactamente al revés.
Concebir los henchidos lugares habitados, abiertos y plenos de vida, mientras que en los intersticios se alojan, serviciales, los elementos arquitectónicos sometidos no ya meramente a la norma tectónica, sino a las leyes supremas del ritual de la vida. Supone esto poner las cosas del diseño y la construcción arquitectónica en su lugar. Dispositivos serviciales.
No suponga esta asunción un desmedro a la arquitectura, sino una vindicación de la vida humana, sorprendida en su feliz acontecer.

Jardines y espejos


Villa Bardini, Florencia

Ciertos jardines y ciertos fondos de los espejos tienen en común ser intercesores con el mundo que portamos detrás de las retinas. ´
¿Por qué?
Porque hay una cualidad difícil de identificar y aislar, pero singularmente eficaz, allí donde el aspecto de ciertos rincones de un jardín o de la contextura de la imagen en algunos espejos nos preanuncian la emergencia de lo Otro. Y esto Otro, lo que conseguimos atisbar en ese entonces, es un chispazo de la conciencia, un llamado de las profundidades de nuestro psiquismo.
Esto que atisbamos es algo que portábamos en nuestras más secretas alforjas.

Arquitectura profunda

Louis Jacques Daguerre (1787- 1851) Las ruinas de Holyrood Chapel (1824)

Hay una arquitectura que yace en lo hondo de nuestro psiquismo.
La visitamos en la noche, cuando el cuerpo se repliega sobre sí mismo y cuando somos habitantes cabales de nuestro abismo interior. En cierta forma, podría decirse aquello que habitamos en verdad de modo fundamental y propio esta sima. Y que en la vigilia apenas si nos contentamos con arreglarnos con la cruda realidad de lo que disponemos según las circunstancias.
Pero los retazos deshilachados de los sueños nos acechan durante el día y esperan pacientes la hora de la alta noche para abrir sus umbrales. Y entonces, habitamos.

Dimensiones del decoro


Álvaro Siza (1938- ) Casa Fez (2010)

Cuando, por fin, llegamos a considerar el decoro, nos encontramos con un obstáculo epistemológico casi infranqueable para determinar su dimensión real. Si bien esta debe, por fuerza, existir, hay que admitir lo arduo que resulta no sólo definir conceptualmente lo decoroso, sino fijar las medidas y tasas aceptables de tal condición. Igualmente problemático sería dar con una verificación cabal bajo algún aspecto experimental.
También en lo que hace a su ineludible dimensión simbólica parece haber dificultades tanto para definir convencionalmente el decoro, ya para indicarlo en su emergencia positiva. Todo lo más que podemos, parece ser, es señalar una ausencia relativa de decoro en una situación, sin poder indicar, a ciencia cierta, cuál aspecto particular podría subsanar esta circunstancia.
Todo parece indicar que la dimensión dominante del decoro pertenece al orden de lo imaginario. Y esto plantea un problema asaz complejo. Si el decoro, condición exigible al lugar habitado, tiene una clara dimensión imaginaria, no debe creerse que su consecución deba abandonarse a la fortuna y a la feliz conjunción de medios materiales y talento artístico, sino que compromete el esfuerzo de nuestros científicos sociales para indagar el fondo de nuestros psiquismos para encontrar allí las claves.

Dimensiones de la dignidad


Albert Müller-Lingke (1844- 1930) Familia con bebé en la cocina (s/d) 

Si se atiende a la dignidad, es preciso reconocer las dificultades casi insalvables para dar cuenta de su dimensión real. Por mucho que nos interroguemos no podemos verificarla en los hechos, por así decirlo.
Sin embargo, su dimensión simbólica es clara, nítida y uno podría creer que casi es por entero constitucional. Resultar una condición alguna como situación digna puede, en efecto, agotarse en un puro acto de significado. Quizá tengamos dificultades para expresar en forma pormenorizada qué —y sobre todo por qué— una circunstancia resulta digna, pero no tenemos muchos apuros para indicarla como tal, en forma por lo demás clara y distinta.
Pero también es preciso considerar que existe una ineludible dimensión imaginaria, toda vez que toda situación humana es un conato o proyecto. Si bien podemos indicarnos en una situación digna instantánea, forzoso es considerar también cómo devendría con el correr del tiempo, la historia y la peripecia vital.

Dimensiones de la adecuación


Antonio Bonet, Juan Kurchan y Jorge Ferrari, arqs. Sillón BKF (1938)

Para ver una cosa hay que comprenderla. El sillón presupone el cuerpo humano, sus articulaciones y partes; las tijeras, el acto de cortar. ¿Qué decir de una lámpara o de un vehículo? El salvaje no puede percibir la biblia del misionero; el pasajero no ve el mismo cordaje que los hombres de a bordo. Si viéramos realmente el universo, tal vez lo entenderíamos.  
Jorge Luis Borges, 1975

En principio, parecería que la adecuación tiene una clara dimensión real: el cuerpo comprueba experimental, manifiesta y directamente, qué dispositivos y disposiciones resultan efectivamente adecuadas. Puede que el aspecto de algún implemento pueda parecernos extraño, pero la adecuación parece verificarse en la realidad contundente del uso o de la implementación.
Sin embargo, es necesario consignar que la adecuación de una entidad a su función tiene un componente simbólico que no debe desdeñarse. La habituación funciona como un código convencional en donde aquellas formas que tenemos como familiares se reconocen en su adecuación figurativa antes de la concluyente verificación en la práctica.
Pero aún existe otra dimensión singularmente interesante, que es la imaginaria. Opera con complejos y oscuros desplazamientos en las ideas recibidas acerca de la adecuación forma-función. El interés por esta dimensión radica en su potencial creativo que puede conmover las dimensiones simbólicas y reales para operar transformaciones tanto en la conciencia social, así como en las formas convencionales tenidas como adecuadas.

Desde el elemento germinal



Si se ignora al hombre, la arquitectura es innecesaria.
Álvaro Siza

Hay que encontrar el necesario nudo borromeo1 que vincule entre sí las formas imaginarias, las simbólicas y las realidades de la domesticidad contemporánea.
Esta operación se justifica para la consecución de lo esencial de la arquitectura de la morada contemporánea en un modo que refleje las verdaderas solicitaciones del sujeto habitante. A la arquitectura de la casa se llegaría por una senda que se originaría en lo hondo del psiquismo de las personas de carne y hueso. A esta arquitectura se llegaría concebida desde su necesario elemento germinal.
Puede sonar arduo, pero ¿no es reconfortante emprender el camino con tal esperanza?

1 Se llama nudo borromeo al constituido por tres aros enlazados de tal forma que, al separar uno cualquiera de los tres, se liberan los otros dos.

La mirada prístina


John Singer Sargent (1856 – 1925) Las hijas de Edward Darley Boit (1882)

La ciencia es la estética de la inteligencia.
Gaston Bachelard

Ojalá que el camino hacia la consecución de una ciencia del habitar no nos prive de la fascinación por esas primeras fantasmagorías del conocimiento en fase de incipiente desarrollo.
Uno quisiera que la maduración en el conocimiento no resultara en una pérdida de una cierta ternura humana simpática con su objeto. Uno quisiera que el encuentro con la verdad no resulte, a la postre, una desmoralización. Uno quisiera que, vista de cerca, la vida humana resulte tan fascinante como es la imagen apenas entrevista desde la ingenuidad.
Uno quisiera que el saber científico resultara radiante tanto en su efectivo desvelo de lo real, como en el rescate ético de lo profundo de la condición humana y asomara tan lustroso como curiosa se dirigió alguna vez la mirada prístina sobre estas cuestiones.


La arquitectura edificada sobre la ciencia hermenéutica del habitar


Cornelis Corneliszoon van Haarlem (1562 – 1638) La primera familia (1589)

Cierta arquitectura debe edificarse hoy sobre una ciencia hermenéutica del habitar.
Una arquitectura que palpite con las energías de la vida, que se estremezca con el roce de la piel, que respire queda los hálitos de quienes la habiten. La novedad creativa no es otra que registrar el pulso de la humanidad aquí y ahora con vocación de crianza del futuro. La innovación técnica no es otra que poner las cosas al servicio de quien las opera, usa e implementa. La estética oportuna no es otra que proliferar allí donde los cuerpos encuentran confortable inmersión.
Se trata de una ciencia de naturaleza hermenéutica, ya que, por ahora, el lenguaje de los cuerpos vivos nos es relativamente hermético, cerrado su sentido sobre sí y es preciso desbrozar su equívoca transparencia insignificante para que nos alcance a guiar en la oscuridad apasionante donde nos movemos ahora, allí donde buscamos los fulgores de certezas.

Arquitecturas: la cuestión de la preeminencia


Mies van der Rohe (1886—1969) Villa Tugendhat (1928)

Existe, de hecho, tanto la arquitectura dura —tal como se la conoce comúnmente— así como una arquitectura laxa que sigue de muy cerca las circunstancias de la vida de los cuerpos humanos.
Existe en principio una contradicción entre ambas, toda vez que la arquitectura dura constriñe, confina y disciplina a la arquitectura laxa de la vida. Se conocen casos, por otra parte, en que esta última inflige ofensas imperdonables al orden sobreimpuesto de la arquitectura dura: los habitantes osan trastornar el olímpico o superhumano orden arquitectónico para dar lugar a las necesarias expansiones o simples delicias de la existencia.
Pero puede pensarse que existiría un modo humanista de concertarlas, a costa de la necesaria preeminencia de la arquitectura de la vida sobre la arquitectura que fragua en los edificios. Porque, hasta ahora, y con honrosísimas excepciones, la arquitectura dura es lo primero y la arquitectura de la vida se las arregla allí como puede.

Poéticas arquitectónicas y valor agregado


Eugène Vallin (1856-1922) Comedor Masson (1306)

En nuestros tiempos la poética arquitectónica apenas si implica una administración especialmente mezquina del valor agregado.
Asombra ahora ver el empeño que los artesanos medievales se aplicaban a la resolución de cada pormenor, haciéndose las cosas tal como es debido. Un recorrido por las cubiertas de la Catedral de Milán, por ejemplo, puede resultar aleccionador. Por otra parte, suscita no menos asombro la prodigación de trabajo artesano y diseño integral en las arquitecturas art nouveau. En comparación, nuestra arquitectura corriente contemporánea es barata, chapucera y deprivada del sentido superior del trabajo bien realizado.
En la actualidad, el sentido de lo cumplido en la obra arquitectónica se agota con la magnitud del presupuesto disponible. Y es una tragedia, porque nos rodeamos de cosas y edificios depauperados material y simbólicamente, con lo que se nos vuelve más expeditivamente consumibles y menos simbólicamente consumables. Así de pobre es nuestra vida.

Acerca de espacio y lugar


Panteón de Agripa

En la actualidad existe un cierto consenso respecto a la diferencia entre los conceptos de espacio y de lugar. El primero tiene una condición genérica, indefinida, y el segundo posee un carácter concreto, existencial, articulado, definido hasta los detalles. El espacio se basa en medidas, posiciones y relaciones. Es cuantitativo; se despliega mediante geometrías tridimensionales, es abstracto, lógico, científico y matemático; es una construcción mental. Aunque el espacio quede siempre delimitado -tal como sucede de manera tan perfecta en el Panteón de Roma o en el Museo Guggenheim de Nueva York- por su misma esencia tiende a ser infinito e ilimitado. En cambio, el lugar viene definido por sustantivos, por las cualidades de las cosas y los elementos, por los valores simbólicos e históricos; es ambiental y está relacionado fenomenológicamente con el cuerpo humano.
(Muntañola, 1993)

Aquí preferimos tratar acerca del lugar concreto antes que hacerlo del espacio abstracto.
Las buenas razones para ello las expone con ejemplar prolijidad el profesor Josep Muntañola: el lugar, como entidad concreta se define por la coexistencia de las cualidades de cosas y eventos, particularmente por la presencia y poblamiento de los cuerpos humanos.
Mientras tanto, el espacio resulta de una abstracción operativa de esta entidad concreta. Lo que existe es el lugar, el espacio es algo que podemos conocer y manipular de este lugar.
Aquí discutimos con peculiar empecinamiento que la Teoría del Habitar debe afrontar el lugar como realidad compleja y concreta. Debe, al efecto, establecerse una nueva construcción epistemológica operativa, que aborde la naturaleza física espaciotemporal en alianza indisoluble con la condición existencia del hombre que tiene efectivo lugar.
Es un desafío mayúsculo, por supuesto, aunque necesario e imperioso.