La Teoría del Habitar y la sombra del antropocentrismo

 

A mis apreciados estudiantes salteños

Ciertas definiciones clave

En el contexto en donde he situado mis indagaciones, el concepto de habitar ha devenido deslizándose, en una forma naturalizada, desde la filosofía de la existencia (Martin Heidegger, Jean-Paul Sartre) hasta los umbrales de la antropología social. Así, partimos de la conocida sentencia: “El habitar es la manera como los mortales son en la tierra.” (Heidegger, 1954/1994), en la que se establece el habitar como un signo distintivo de la condición humana, proveniente de su situación concreta de seres que saben que van a morir, situados precisamente en la tierra, para llegar luego de un largo periplo a la definición rigurosa de la antropóloga Ángela Giglia:

El habitar es un conjunto de prácticas y representaciones que permiten al sujeto colocarse dentro de un orden espacio-temporal, al mismo tiempo reconociéndolo y estableciéndolo. Se trata de reconocer un orden, situarse dentro de él, y establecer un orden propio. Es el proceso mediante el cual el sujeto se sitúa en el centro de unas coordenadas espacio-temporales, mediante su percepción y su relación con el entorno que lo rodea. Habitar alude por lo tanto a las actividades propiamente humanas (prácticas y representaciones) que hacen posible la presencia —más o menos estable, efímera, o móvil— de un sujeto en un determinado lugar y de allí su relación con otros sujetos. (Giglia, 2012)

En esta acepción, habitar se distingue particularmente de la idea de vivir, en cuanto este último concepto es mucho más amplio que el existir situado. En efecto, si consultamos el Diccionario de Filosofía de Nicola Abbagnano, el significado del término vida, se nos refiere: “La característica que ciertos fenómenos tiene para producirse o regularse por sí mismos o la totalidad de tales fenómenos” (Abbagnano, 1961). De allí que el Diccionario de la Real Academia, ofrezca, en su primera acepción, con respecto a vivir, “tener vida”, esto es, ser titular de esa característica para producirse o regularse por sí mismo. Cierto es que también se usa, de manera un tanto inespecífica, como sinónimo de “habitar un lugar o país”, pero, en este preciso contexto discursivo, debe tenerse, de modo necesario, como un hiperónimo, esto es, un término que abraza y desborda el significado de habitar, que constituiría una especie de vida, privativa del sujeto humano.

Si nos preguntáramos dónde un ser vivo cualquiera consigue vivir, deberíamos responder con rigor mencionando al ambiente en general, más específicamente a un cierto ecotopo o nicho ecológico. Estos términos describen de modo específico ciertas condiciones físicas que hacen efectivamente posible que el ser vivo de referencia pueda desarrollar su vida allí. Es cierto que ciertos científicos, que suelen, por lo general, ser muy escrupulosos en el lenguaje que emplean, a veces se refieren al “hábitat” de una cierta especie. Este uso, aunque muy difundido, puede criticarse por tratarse de una forma de antropomorfismo, esto es, proyectar una relación propia del hombre al resto de los seres vivos.

Porque en donde un ser humano habita es en un mundo, en un lugar o en un hábitat. Esto es: en “la totalidad de las cosas existentes [cualquiera que sea el significado de existencia]” (Abbagnano, 1961). Dentro de tal mundo se construyen, habitando, concretos lugares específicos: “La relación entre un determinado lugar, una colectividad y/o una configuración cultural específica es una relación histórica, no natural. Por tanto, podemos afirmar que dicha relación es producida y reproducida en el tiempo.” (Godoy, 2014). En definitiva, como reza en una tercera acepción en el Diccionario, el lugar habitado constituye un hábitat, esto es, “Espacio construido en el que vive el hombre”.

Al hacer un somero repaso de la deriva, puede verse una línea de hilvanado histórico entre el aporte crucial de la filosofía de la existencia con respecto a la arquitectura, en ocasión en donde la primera interpela agudamente las convicciones más enérgicas del ejercicio profesional de la arquitectura moderna, signado por un mecanicismo funcionalista que con el tiempo haría crisis. De allí a dirigir el pensamiento teórico en demanda de una antropología social de la constitución efectiva de lugares concretamente habitados, parece hoy, en perspectiva, un desenlace acaso inevitable. Es precisamente de estos aportes en que emerge, como contestación teórica, una teoría arquitectónica del habitar que opta por recentrar el objeto de sus desvelos, no ya en las cosas construidas, sino en las personas habitantes y en aquello que producen como arquitecturas vivas. Este recentramiento emerge como un humanismo militante y crítico.

La sombra del antropocentrismo

En el Renacimiento europeo confluyeron un conjunto amplio de condiciones sociales y económicas que ambientaron la emergencia (renaciente) de un humanismo de características peculiarmente destacadas. Una nueva forma de entender al ser humano supuso un recentramiento del mundo, en una forma muy precisamente amparada en la fase inicial y pujante de la modernidad capitalista. En cierta forma, esta modernidad fundada en el desarrollo técnico y artístico dio lugar al surgimiento de una representación de ser humano como protagonista enseñoreado sobre la naturaleza. Así, a los esplendores del triunfante humanismo le siguió de cerca y como una sombra un antropocentrismo dominante.

En la actualidad, esto es en la fase crepuscular de la modernidad capitalista, este antropocentrismo se ve aguda y críticamente interpelado:

Podríamos definir el antropocentrismo en un sentido moral como aquella teoría que coloca los intereses humanos en el núcleo de la ética concediendo valor intrínseco a los sujetos y valor instrumental al resto de animales y su entorno. El biocentrismo, en cambio, desde una perspectiva holista, colocaría en el centro de la moral a todos los seres vivos al afirmar que todos ellos poseen valor intrínseco y relevancia moral. En esta línea podríamos distinguir la ética sensocéntrica, que concede respecto moral a los seres sintientes y se apoya en las experiencias subjetivas del dolor y el placer para fundamentar una teoría basada en la existencia de intereses como fuente del valor, y el ecocentrismo, que coloca a la biosfera entera como objeto de la consideración moral. (Felipe Martín, 2016)

La visión del ser humano en su mundo se ha visto cuestionada al comprobar que la actitud de explotación y sobreexplotación insostenible de meros recursos puede acabar tanto con la vida en el planeta, así como con la supervivencia de la propia especie. El autosuficiente antropocentrismo deja de ser una oscura presencia para devenir un problema moral, ético y práctico. En los tiempos que corren, se consolida una nueva visión culposa de la condición humana, en donde se echa en falta una ética que salvaguarde la prosecución de la vida y nuevo marco para prácticas más prudentes y compasivas con la propia Naturaleza.

Llegados a este punto quizá sea oportuno preguntarse si todo humanismo es, de modo necesario, un antropocentrismo. Ciertamente, nuestras asunciones en tanto sujetos (epistémicos y morales) están hoy en proceso de deconstrucción, pero no por ello dejaremos, de momento, de constituir existentes moralmente responsables:

Cuando Javier Muguerza señala que la ética no puede ser sino antropocéntrica se hace cargo de que, efectivamente, los seres humanos somos los únicos seres morales. A pesar de las investigaciones que parecen demostrar que algunos primates parecen tener algo similar a un sentido de justicia, es la capacidad lingüística la que permite articular la moral. Como señala Jesús Mosterín, “sin lenguaje puede haber compasión, cooperación y quizá algo así como un sentido de la justicia, pero lo que no puede haber es moral ni ética, pues una moral es un sistema de reglas explícitas, articuladas lingüísticamente, y la ética es la reflexión argumentada sobre la moral” (Felipe Martín, 2016)

Al humanismo confiado y exultante de la modernidad naciente le pudo acompañar un antropocentrismo depredador, pero al humanismo en cierto modo desengañado de la modernidad tardía le puede seguir un antropocentrismo resignado, muy consciente de una debilidad abrumadora y de una falibilidad que aconseja una muy especial prudencia en el obrar. De un centramiento fundado en relaciones de poder bien se puede pasar a otro, gravado por la responsabilidad ética.

La Teoría del Habitar y la sombra del antropocentrismo

La Teoría del Habitar ha sido desarrollada como una reflexión de naturaleza arquitectónica que clama por el aporte científico de una antropología social especialmente dedicada a este aspecto. En la corta historia de su desarrollo, hay un arco que proviene de una reflexión sobre la condición humana, pasa por todos los más diversos aportes de la antropología, la etnografía, la sociología, la psicología social y la geografía humana, para cerrarse con una vocación militante por un humanismo que haga del habitar la clave epistemológica, ética y estética de un nuevo modo de entender y desarrollar la arquitectura. En las actuales circunstancias históricas, parece que tal deriva se muestra acaso como ineluctable.

Pero el humanismo que se propugna ya no es la emergencia triunfal de una formación social y económica en plena eclosión histórica, sino quizá la propia de una que esté hoy en lenta agonía. No es un humanismo de esperanzas de dominación, sino de prudente conmiseración con una constitución frágil y precaria. No puede acompañarse con un antropocentrismo prepotente, sino con el amparo de un compromiso ético con la vida y no apenas sólo con la existencia situada. Pero, en mi opinión, sólo la indagación profunda y prudente desde la condición humana, puede darnos a nosotros mismos la chance de que otro mundo nos sea, por fin, posible.

Montevideo, 16 de mayo de 2022

Referencias

Abbagnano, N. (1961). Diccionario de Filosofía. México: Fondo de Cultura Económica.

Felipe Martín, V. (2016). Antropocentrismo y ética ecológica. Tesis de grado en Filosofía. Recuperado el 16 de mayo de 2022, de https://riull.ull.es/xmlui/bitstream/handle/915/2941/Antropocentrismo+y+etica+ecologica.pdf;jsessionid=21D89481FCC1555D0C194342FC1AB8E7?sequence=1

Giglia, Á. (2012). El habitar y la cultura. Perspectivas teóricas y de investigación. México: Anthropos Editorial.

Godoy, F. (Julio de 2014). El retorno del lugar. Antropología y prácticas de lugaridad. Revista Sustentabilidad (es)(10). Recuperado el 16 de mayo de 2022, de www.sustentabilidades.usach.cl: http://www.sustentabilidades.usach.cl/sites/sustentable/files/paginas/10-07_0.pdf

Heidegger, M. (1954/1994). Construir, habitar, pensar. En M. Heidegger, Conferencias y artículos. Barcelona: Del Serbal.

 

 

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