Mostrando las entradas con la etiqueta Producción social del hábitat. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Producción social del hábitat. Mostrar todas las entradas

La función sistémica de la segregación socioespacial


Frank Ward (1949)

Es común ver en la ciudad cómo se proponen diversas ofertas comerciales y de servicios. A lo largo del tiempo, unas perduran y otras son constantemente sustituidas. Estas últimas prueban, en los hechos, no ser capaces de volverse suficientemente beneficiosas como para remunerar en forma adecuada la renta del suelo. A la larga, y sin otra intervención que el mismo mercado, la ciudad y sus empresarios descubren cuáles emplazamientos son adecuados en cada caso: su clientela objetivo está ya radicada toda junta y convenientemente clasificada

La lógica de la segregación socioespacial


Kathleen Laraia McLaughlin

Tal razón de ser tiene por lo menos dos aspectos mutuamente implicados: una cierta lógica inherente y una cierta función social. Puede sospecharse que la lógica de la segregación obedece a un plan que no por tácito y reservado es, en cierta medida, racional. Porque lo que sucede la ciudad no lo hace según una conspiración perversa y soterrada de algún genio maligno o entidad sobrenatural, sino en concierto con un más o menos pacíficamente aceptado funcionamiento socioeconómico.
La lógica de la segregación socioespacial, según parece, obedece a un concertado comportamiento de los sujetos económicos, en donde se distribuyen distintos valores de renta del suelo, de tal forma que cada agente termine por encontrar el lugar que merece y sostiene según su nivel relativo de ingresos.
Los agentes socioeconómicos se comportan como si jugaran, todos contra todos, una suerte de ajedrez, en donde se disputan constantemente distintos emplazamientos estratégicos. Un juego, por cierto, que tiene piezas mayores y menores.

Los mecanismos expulsores


Olivier Coulange (1962)

Si consideramos el mundo del trabajo, vemos cómo el mercado obsequia a los avisados en los negocios, mientras que castiga de modo adverso a los menos calificados. En lo que toca al sistema educativo, así como se promueve la elevación de los integrados, también se desentiende de la suerte de los desertores. La lucha por la vida tiene tanto a exitosos triunfantes como a diversos apaleados por las circunstancias.
Así, en cada reducto ciudadano, se confabulan entre sí los diversos mecanismos de discriminación para agrupar en un haz a los Unos y desplazar, ya de modo sordo, ya estrepitoso, a los Otros. Unos y Otros van ocupando los lugares que la ciudad les reserva, con la salvedad que, para Unos, ciertas teselas del mosaico socio espacial se abren, mientras para los Otros todas y cada una se van cerrando. Y en la ciudad terminan deambulando de un no-lugar a otro, los trashumantes náufragos de la navegación urbana.

A la ciudad contemporánea le sobran urbanitas


Wrenay Gómez Charlton (1968)

El territorio urbano se desgaja en reductos que se aplican de forma ensañada en expulsar habitantes. Así, la mayoría abrumadora de urbanitas puede considerarse, sin exageración alguna, un marginado de uno o más confines. Hay umbrales que a uno le son clausurados, y así, nos deslizamos furtivos por lo que nos va quedando de ciudad, que cada vez es más reducida por la rutina, el miedo y la desconfianza. A los urbanitas muy pobres se les suele estigmatizar con la condición de marginados, pero en verdad, arrinconados empezamos por ser todos, porque cada uno de nosotros, en alguna región de la ciudad, está de más y sobra. Añoramos con nostalgia aquella sensación entrañable de ser incluidos en nuestro vecindario, que a su vez estaba arropado en la ciudad en que crecimos. Hoy la ciudad huye rauda de nosotros.

La lucha por la inclusión social


Matthieu Zellweger

La lucha por la inclusión social es un esfuerzo denodado contrario al sentido general que arroja a los sujetos más allá de los confines de una sociedad que apunta a la competencia pura y dura tanto por sobrevivir como por prevalecer. En el extremo de tal lógica de funcionamiento, adentro quedarán, a largo plazo, unos poquísimos a los que no les alcanzarán sus ingentes recursos acumulados más que para el tiro del final. Sólo con decidido desafío al sentido común dominante, será posible vencer esta poderosa fuerza expulsora e inhumana.

La participación ciudadana


McNair Evans (1979)

Ante este panorama es preciso detenerse a reflexionar sobre, al menos, dos cuestiones principales. La primera consiste en preguntarse si toda esta ingente masa de consumidores se dotara a sí misma de suficiente conciencia de su papel en verdad protagónico en la economía, de manera que se empoderara mediante un generalizado afán de autocalificación, reflexividad ética y productividad activa de demandas específicas. En realidad, no sería nada más que (y nada menos que) mirarse en el espejo de la verdadera y efectiva participación socioeconómica de cada sujeto cuando ejerce su soberano gesto de gastar su ingreso según su real y efectivo saber y entender. ¿Es que las masas consumidoras tienen, de suyo, algún tipo de tara al respecto? ¿No será posible que haya formas sociales operativas de formación, crítica y reflexión?
Si esto último llegara a suceder, acaso fuera posible empezar a entrever la segunda cuestión importante, que es cómo es que los sujetos desbordaríamos nuestros papeles de simples y mondos consumidores de las cosas y de nuestras vidas, para adoptar, masiva y estructuradamente, otros importantes y decisivos roles sociales.

Los guetos sociales


Stacy Kranitz (1976)

Son guetos sociales tanto los enclaves de infraviviendas para pobres, así como los vecindarios exclusivos para ricos, y también los reductos de las clases medias que se distancian timoratamente de unos y otros. Entre estos guetos se alzan fronteras de miedo y exclusión, de distancia y segregación, de tal modo que no es posible que los habitantes de uno de ellos se entrometan en un ámbito ajeno si no es raudo y en vehículo.
De tal modo, entidades como Montevideo o Buenos Aires dejan de ser referentes unívocos de sus topónimos, para constituir un agregado de enclaves sociales mutuamente hostiles en proceso activo de disgregación.

La urbanización carente del “viviendismo”


Stacy Kranitz (1976)

En efecto, en su suministro escaso, parcial y carente de meros alojamientos empobrecidos para pobres, a título de viviendas, la ciudad agrava las inequidades de su funcionamiento. Las unidades efectivamente construidas nunca alcanzan a sus poblaciones objetivos, las viviendas, antes que integrarse a la trama urbana preexistente, conforman guetos rigurosamente clasificados de estratos socioeconómicos, mientras que dislocan el acceso efectivo, digno y decoroso de los habitantes al conjunto estructurado de la ciudad.
Bajo la consigna falaz de hacer cumplir un equívoco derecho social a la vivienda, a las personas se les priva, en los hechos, de su legítimo derecho humano a la ciudad.

Las soluciones empresario-inmobiliarias



Harvey, 2012
Los empresarios inmobiliarios han hecho del escenario urbano un tablero de juego en donde, como en el ajedrez, se disputan las posiciones mutuas. A las ilusiones sociales les han interpuesto las equívocas imágenes de la inversión de excedentes de capital, la especulación inmobiliaria, la mercantilización del espacio urbano y el consumo frenético y suicida de bienes raíces.
La ciudad cede en sus aspectos de concierto social para ser un despiadado terreno de competencia por los valores mercantiles del suelo urbano. La urbanización resultante muestra una obscena y equívoca apariencia de opulencia que apenas disimula su menesterosidad social.
Mientras tanto, los pobres merodean por ahí, acechantes con sus sueños de encontrar un lugar propio al menos en los márgenes de tal ominoso escenario.

La producción social del hábitat


Bieke Depoorter (1986)

Es que hay modos de producción, práctica y consumo de la ciudad que se sobreponen más allá de los sueños sociales de habitación y son fruto del ejercicio social, económico y político del poder de algunos por sobre los sectores sociales mayoritarios y dominados.
Cabe pensar en una concertación social, económica y política para que esta situación cambie de signo y se consiga lo único sensato que cabe concebir ante esta situación: que emerjan, potentes, unos modos sociales de producción de la morada, de la ciudad y del hábitat.

La urbanización sin ciudad



Elio Ciol (1929)

Cuando al anhelo de intimidad protegida se le responde socialmente con meros alojamientos, suceden esos polígonos residenciales que por estas latitudes reciben el nombre equívoco de conjuntos habitacionales.
Esto resulta en una rarificación de la trama ciudadana: una urbanización sin ciudad, una urbanización con virtudes de metástasis constructiva, una urbanización carente. En efecto, el tejido denso de funciones complementarias que supone el escenario urbano se ve invadido por una proliferación de puros alojamientos agrupados masiva y simplificadamente, desprovistos de las complementariedades de la ciudad compacta. Las prácticas sociales de concepción y demanda social resultan, con ello, doblemente traicionadas.
Lo que resulta trágicamente risible es que esta operación se presenta, ante la opinión pública, como una respuesta pública ante una demanda social especificada. ¿Es mejor que nada? Es difícil responder a esta cuestión, porque, si la respuesta pública es omisa, entonces sucede la ciudad informal, orgánica, tal vez, casi espontánea, pero pletórica de infraviviendas.

Añoranzas de la ciudad compacta


Elio Ciol (1929)

Añoramos la ciudad compacta, ahora que la estamos perdiendo, quizá de modo irreversible. Añoramos la buena vida simple, ahora que la tenemos desagradable y complicada. Añoramos aquellos lugares que nos amparaban en nuestra condición constitucional de habitantes. De un modo oscuro, intuimos que no podremos desandar el sentido del tiempo. Pero nada nos priva de la esperanza de acometer un sendero de sensatez que nos suturen las heridas que hemos infligido a la ciudad en que nos hemos criado.

Escenografías urbanas


Elio Ciol (1929)

Uno de los ahuecamientos urbanos que experimenta el habitar contemporáneo consiste en la constitución de escenografías urbanas en beneficio de la industria turística.
Mientras la ciudad vivida languidece en los centros históricos, persisten las superficies portadoras de signos de tiempos pretéritos. Lo que quedan, no obstante, son las piedras y los signos, no la arquitectura palpitante de autenticidad, no el habitar coherente de los naturales en su lugar, sino los portadores de signos vacíos de otro tiempo, de otras vidas, de otras relaciones entre las personas y su entorno construido. Los centros históricos se ahuecan para mejor ser contemplados con extrañeza. Los centros históricos dejan a las piedras dormir al sol su condición de lápidas de lo que fue. Mientras tanto, alguien desde las sombras te ofrece, solícito y voraz, una silla para que contemples el espectáculo y de paso te tomes algo. Entonces, la escenografía urbana no es más que un recurso minuciosa y rapazmente explotado para que pagues el precio del café que allí consumes, extasiado. Es así como consumes la escenografía urbana del enclave histórico. Es así como habitas, por un breve instante, un ahuecamiento urbano.

Vacíos


Yasuhiro Ishimoto (1921-2012)

Por la ciudad consolidada, van abriéndose estos significantes ahuecados donde los ecos de los pasos resultan tan escandalosos que las personas circulan presurosas, apenas atravesándolos. Son los no lugares o, mejor dicho, los lugares que se van vaciando de significado, porque nadie tiene nada que hacer allí, salvo escurrirse rápido, con el andar propio de las cucarachas. Allí cuelgan lacios los significantes vacíos, allí se demoran las cosas huérfanas, allí es hostil el suelo. Allí y entonces se conforman los escenarios de la huida.
Así como la ciudad se desborda en el territorio hacia la abolición de los confines, su interior se rarifica.

Segregación socioespacial


Elio Ciol (1929)

La ciudad contemporánea es ahora un mosaico de enclaves sociales cada vez más nítidamente diferenciados entre sí y más homogéneos a su interior, desde el punto de vista socioeconómico. Los iguales se asocian sobre las teselas territoriales de la ciudad. Cada persona y cada familia queda perfectamente identificada por el estilo de vida que puede pagarse.
Recluidos y aislados, los urbanitas aprenden a temerse y odiarse allende las sendas que separan solidaridades.

La ciudad actual y los agregados residenciales


Elio Ciol (1929)

La lucha por el techo se resigna a la oferta de soluciones habitacionales. Así, un deseo entrañable se encarcela en mínimos y sumarios alojamientos, a veces tildados de viviendas de interés social. Tales viviendas constituyen satisfactores cosificados y mercantilizados de unas demandas mal atendidas y entendidas. Es lo que el sistema hace con nuestros deseos y demandas, en cualquier aspecto de la vida social. Responder a una pulsión honda y humana con una mercancía empobrecida material y simbólicamente. Así es que la ciudad asiste a la proliferación de agregados residenciales, en lugar de lugares orgánicamente dispuestos para amparar las intimidades protegidas.

Aspectos de la conducta habitable (V)

Emma Ekwall (1838- 1925) Niña pintando (1925)

La enumeración de aspectos de la conducta habitable se corona, en todo lo alto del desarrollo evolutivo, en las producciones.
Son productos de la conducta habitable las ideas, los conceptos, los proyectos, los diseños, los constructos y las implementaciones propias de la forma de la vida. De tales productos apenas puede dar cuenta una teoría, por la sencilla razón que proviene de la sistemática reducción de lo cognoscitivo y teórico con respecto a lo concreto y real.

En este sentido, la Teoría del Habitar sólo puede aspirar con alguna legitimidad a promover o alentar las más diversas y fructíferas producciones del arte de habitar.

¿Para qué futuro proyectamos y construimos?

Irina Dobrekova (1931- ) Durmientes (1957)

Los niños son el exacto punto donde se encuentran dos de las condiciones básicas de los seres humanos, su extrema fragilidad y su capacidad de sobrevivir y de combatir por sus vidas y de vencer a la muerte.
Esteban Valenti, 2016

Es honra de los hombres proteger lo que crece,
Cuidar que no haya infancia dispersa por las calles,
Evitar que naufrague su corazón de barco,
Su increíble aventura de pan y chocolate
Poniéndole una estrella en el sitio del hambre.
De otro modo es inútil, de otro modo es absurdo
Ensayar en la tierra la alegría y el canto,
Porque de nada vale si hay un niño en la calle.


Armando Tejada Gómez, 1957

El problema del desarrollo integral del hábitat

Zilda (s/d) Giuseppe & Pasquale (s/f)

Hay que reconocer que una cosa es el problema de la vivienda y otra el problema de la buena vivienda. Para lo primer basta un alojamiento decente como el que la arquitectura racionalista ha permitido construir. Lo segundo implica no solo estándares adecuados, en dimensiones y equipamientos, sino también condiciones ambientales, accesibilidad al trabajo, vecindario agradable, equipamientos colectivos utilizables. Algo mucho más complejo y delicado que construir polígonos de viviendas para las clases populares, y que pone en cuestión una parte de la práctica inmobiliaria y urbanística.
(Horacio Capel, 2003)

La nota del acápite merece en primer lugar un reconocimiento por su acertada orientación y un ajuste crítico y respetuoso de ciertos significativos detalles.
Hay que reconocer que una cosa es el problema de la vivienda y otra el problema de la buena vivienda. Lo que es más adecuado considerar es que una cosa es el “problema de la vivienda” y otra cosa es el problema de los lugares para vivir. En efecto, eso que es mucho más complejo y delicado que construir viviendas es desarrollar la ciudad generando lugares para vivir.
No es del todo exacto que el problema de la vivienda sea resuelto por la arquitectura racionalista. En realidad, esta arquitectura ofrece una pseudo solución a un problema insuficientemente caracterizado. Y una pseudo solución es, en sí misma, una fuente de problemas que hay que afrontar.
Si es cierto que la práctica inmobiliaria y urbanística está puesta en cuestión, pero también es cierto que falta aún bastante para considerar una revisión a fondo.

El problema empieza a caracterizarse mejor como el problema del desarrollo integral del hábitat.

Choques de proyectos sociales del habitar

Hechos de violencia en el Barrio Marconi de Montevideo (2016)

En la actualidad se observa una realidad urbana que resulta de múltiples choques de proyectos sociales del habitar.
Como consecuencia de ello, la ciudad misma es conflictiva. Y no sólo cuando estalla la violencia callejera, sino en el devenir corriente. Dominan la ira y el miedo.
Vivimos en ciudades que no proveen a sus ciudadanos lugares adecuados para vivir, porque hay ciudadanos poseedores y beneficiarios de servicios públicos, pero también hay otros ciudadanos deprivados de bienes a los cuales no llegan estos servicios. Se ensancha y ahonda el abismo socioeconómico entre ricos y pobres. Y ciudades con sociedades escindidas no brindan lugares adecuados para habitar. Para nadie.
Vivimos en ciudades disarmónicas, porque su territorio es un mosaico de segregaciones socioespaciales. Los ricos ponen distancia, rejas y guardias privadas. Los pobres se resignan al accionar cada vez más organizado de la delincuencia y se alejan de la ciudad regularmente conformada.

Vivimos en ciudades injustas. En la fotografía puede verse, como casual sarcasmo, el cartel viario que advierte: comienza la zona escolar. ¿Estamos aprendiendo la lección?