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Baldaquino

Giovanni Dall’Orto Sala de las audiencias en el Palacio de Topkapi


Nada realza más la categoría regia o sacra de ciertos habitantes que duplicar el edificio en el sitio donde se sientan. El edículo tiene una fundamental función simbólica antes que funcional.

Edículo habitado (5)


Germán Cabrera (1903- 1996) Se hace tarde (s/f)

Aquí el humor cede ante la melancolía. Por una vez, el cuerpo humano se encoje frente al marco del vano y allí, simplemente, se hace tarde.

Edículo habitado (4)

Germán Cabrera (1903- 1996) Falló la resistencia (s/f)


No hay estructura física que pueda con el ímpetu de la vida.

Edículo habitado (3)

Germán Cabrera (1903- 1996) Romántica (s/f)


Las tetonas montevideanas, si habitan el umbral de la puerta, esperan ansiosas, mientras que en las ventanas sueñan quizá cantando un tango o un bolero. Arquitectura y vida se ajustan a la perfección en lo cotidiano y cuando sonreímos, lo hacemos con comprensión.

Edículo habitado (2)

Germán Cabrera (1903-1996) Comí mucho (s/f)


En la terracota, la arquitectura es señalada con el mismo humor que la golosa habitante, que, como lo hacían tantas amas de casa a mediados del siglo XX, esperaban la vuelta de sus maridos, cuando no la confidencia de las vecinas.

Edículos habitados (1)

Germán Cabrera (1903- 1994) Si no llega lo reviento (s/f)

Los edículos funerarios y milenarios que tanto gustan a Pedro Azara (los denomina casas del alma, nada menos) son pequeñas arquitecturas con una oquedad aparentemente vacía —el lugar disponible para el alma de los difuntos—. Como alternativa, las pequeñas esculturas de terracota de Germán Cabrera también reducen la arquitectura a lo esencial, pero están ocupadas por sus tetonas/tectonas, que desbordan vida y fertilidad. Las casas del alma son milenarias, las tetonas son apenas del siglo pasado, pero palpitan la ansiedad de las puertas.

Edículo

Edículo fúnebre greco-púnico en Marsala

Hay una manera interesante de volver sagrado el espacio habitado: minimizarlo a su constitución esencial con el fin de tenerlo cerca del corazón. Así reducido, puede permanecer casi intacto en el tiempo y recuperarse mucho después como un trozo de vida aún palpitante.
Algo de esto fue recuperado, con humor, por Germán Cabrera —escultor uruguayo— en sus esculturas de cerámica, no por casualidad denominadas tetonas o tectonas.