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Antropología del habitar ¿Especialidad disciplinar o interdisciplina?


Chris Killip (1946)

En el marco expectante acerca de una antropología del habitar de constitución tan urgente como necesaria, es de prudentes preguntarse si acaso ésta constituiría una especialidad disciplinar o un caso de interdisciplina asociada con el ejercicio arquitectónico.
Es de creer que haya puristas que exijan un desarrollo autónomo y autosuficiente de la ciencia, deslastrándola de los compromisos de la práctica profesional y de toda implementación ulterior. Pero, por otro lado, puede oponerse con buen sentido que las urgencias sociales demandan una interacción intensa de la teoría antropológica comprometida con la práctica social. Hoy es difícil decidir de modo concluyente en tan delicada cuestión.

Antropología del habitar


Cristina García Rodero (1949)

Puede sospecharse que la antropología del habitar pudiera resultar de la interacción de dos vertientes convergentes.
Por un lado, la que elabora un asedio cognoscitivo al cuerpo habitante, mientras que, por otro, avanza una complementaria que estudia los lugares de la vida cotidiana. Toda vez que se constate que, en definitiva, no es posible escindir comprensivamente a las personas del lugar que pueblan, ambos avances resultarán necesariamente concurrentes.
La antropología de los lugares de la vida cotidiana puede construirse sobre una mirada sobre los enclaves que ofician de escenarios a la vida, según las diversas condiciones sociales, culturales y económicas. Puede constituir una mirada complementaria y un importante recurso metódico.

Antropología del cuerpo habitante


Ruth Bernhard (1905-2006)

Por nuestra parte, las urgencias propias nos impiden esperar con paciencia la emergencia de una antropología científica y apropiada.
A modo de sucedáneo de esta podría acaso diseminarse el terreno circundante con improntas de futuros desarrollos, a los efectos de que los más avisados encuentren por fin y al menos ciertas sendas desbrozadas. Así que puede abrirse un camino en el bosque teórico que bien pudiera denominarse una antropología del cuerpo habitante.
El objeto de tal antropología es el estudio descriptivo e interpretativo de la acción del cuerpo habitante, esto es, de las actividades cotidianas de las personas cuando tienen efectivo lugar.

Antropología de las interacciones personales, las percepciones y las vivencias


Cristina García Rodero (1949)

...una antropología responsable, comprometida, encarnada en la sociedad, necesita de la economía, la política y el análisis de las estructuras, pero también del estudio de las interacciones personales, las percepciones y las vivencias. Y ésta es una aportación fundamental que puede hacer una antropología del cuerpo...
Esteban, 2013

Necesitamos una antropología cortada a medida. Necesitamos una antropología otra.
Necesitamos una antropología que explore lo infraordinario, que se aplique a la hermenéutica minuciosa de las escenas de la vida cotidiana. Una antropología de las interacciones personales cuando las personas que las protagonizan tienen lugar. Una antropología de las percepciones acerca de cómo las personas se hacen un lugar. Una antropología de las vivencias que resultan cuando las personas encuentran que, a ciertos efectos, hay lugar.
Mientras Mari Luz Esteban propone al efecto una antropología del cuerpo, Luisa Urrejola ha abordado una antropología del espacio. Se puede cultivar la esperanza que ciertas trayectorias lleguen, más temprano que tarde, a intersectarse.

Antropología del cuerpo en acción

Stanley Kubrick (1928-1999)

El conjunto de los aspectos cognoscitivos de la Teoría del Habitar es, de suyo, materia antropológica.
Por alguna razón no he podido dar aún con aquellos antropólogos que puedan estar dedicando hoy su atención al cuerpo en acción, cuando esta se aplica en el contexto de la vida cotidiana. Puede que el tema se aprecie como si de una materia excesivamente transparente se tratase. O quizá se piense que de lo banal de la existencia corriente no es posible explotar una cantera científica.
Pero es necesario consignarlo. El cuerpo en acción sí que es materia de observación antropológica. Este estudio puede informar de modo científico al ejercicio socialmente responsable de la arquitectura, nada más ni nada menos. Es imperioso encontrar los puentes, los pasajes, los umbrales por los que pasarán los atentos observadores de lo humano. Es que los necesitamos.

La necesaria antropología del cuerpo


Francis Meadow Sutcliffe (1853- 1941)

Es muy posible que para la antropología el cuerpo debe constituir una suerte de abismo temático.
En virtud de esta sospecha es preciso aquí señalar una demanda extradisciplinar propia de la arquitectura y de la Teoría del Habitar. Desde aquí requerimos una antropología del cuerpo según éste tiene efectivo lugar. Esto quiere decir atender a la realidad concreta del cuerpo viviente de su situación y acontecimiento, tanto en las cruciales instancias de la existencia, así como en su decurso cotidiano. Una antropología de los cuerpos acechados cuando hacen presencia y población en las sendas que transitan, en las estancias en donde se demoran, en los umbrales que trasponen.

Origen, oportunidad y pertinencia de una antropología del cuerpo (III)


Lang Jingshan (1892-1995)

Podría pensarse que, con las adquisiciones y enriquecimientos de una antropología del cuerpo, se podría conseguir la unificación virtuosa del arte y la vida, pero se trata de algo aún más importante.
Se trataría, en nuestra perspectiva, de trascender el mero oficio o profesión especializada de la arquitectura, para cumplir el designio de una arquitectura entendida, ejercida y desarrollada como actividad social de producción. Porque los pulsos de la vida le indicarían, a todos y a cada uno de los oficiantes, el modo de dejar ser a la propia vida. De tal modo, el mundo se habitaría con plenitud y autenticidad.
Y esta plenitud y autenticidad es lo que nos hace falta. Mucha falta.

Origen, oportunidad y pertinencia de una antropología del cuerpo (II)


Lang Jingshan (1892-1995)

El vislumbrar la construcción rigurosa de una antropología del cuerpo constituye un resplandor de esperanza para la Teoría del Habitar.
Cabe pensar en qué demandas, que inquisiciones les podríamos dirigir. Como es natural, conseguiríamos conocer aspectos que la actual ignorancia nos oscurece. Pero más importante es considerar las consecuencias éticas y prácticas de una nueva asunción: comprenderíamos nuestra práctica profesional a la luz de la vida humana sorprendida en su acontecimiento y así nos dirigiríamos, sin duda, a una arquitectura viva. Y aún más significativo aún: estaríamos proclives y pertrechados con útiles para producirla, porque seguramente nos inspiraría con un renovado cariz.
Por ahora encomiamos la aurora de su oportunidad.

Origen, oportunidad y pertinencia de una antropología del cuerpo (I)


Marcel Mauss (1878- 1950)

...una antropología responsable, comprometida, encarnada en la sociedad, necesita de la economía, la política y el análisis de las estructuras, pero también del estudio de las interacciones personales, las percepciones y las vivencias. Y ésta es una aportación fundamental que puede hacer una antropología del cuerpo...
 (Esteban, 2004)

La preocupación teórica por el cuerpo en antropología y sociología tiene una genealogía marcada por los aportes de Marcel Mauss, Maurice Merleau-Ponty, Mary Douglas, Michel Foucault, Pierre Bordieu y David Le Breton, entre otros.
La Teoría del Habitar no puede hacer menos que reparar atención en este curso de reflexiones que cuestionan el consabido dualismo mente/cuerpo, con sus consecuencias cognoscitivas, éticas y estéticas. Como en tantas otras cosas, la Teoría supone una interpelación y un desafío a las ciencias del hombre para orientar en un cierto sentido sus indagaciones. Sólo que se demanda un asedio de la materia concreta y cotidiana de la vida humana.
Aquí nos desvela la sospecha que una antropología del cuerpo tiene mucho que aportar a una antropología del habitar.

Antropología de la pobreza en el habitar


Costas Balafas (1917-2011)

Debemos estudiar científicamente la pobreza en el habitar.
Debemos conservar el corazón caliente para alimentar la solidaridad, claro que sí, pero también la cabeza fría para no caer en la trampa del asistencialismo paternalista y estigmatizador. Los pobres deben dejar de ser tales por su condición de congéneres titulares de derechos, tanto como tienen también derecho a la identidad cultural. Cabe preguntarse, al respecto, ¿Qué es la pobreza en el habitar?
Sólo cuando se pueda contestar con fundamentos rigurosos a esta cuestión podremos acometer la tarea de combatirla poniendo a los propios protagonistas de la historia en el lugar que merecen. Los “realistas” se preocupan en el “mientras tanto”: las políticas sociales de nuestro tiempo exhiben al respecto tanto sus luces como sus sombras.

Hacia la constitución plena y madura de una antropología del cuerpo (IV)


Albert Dagnaux (1861- 1933) Mujer ante el fuego (s/f)

La consecución de una plena madurez de la antropología del cuerpo que necesitamos debe desbrozar un espacio en donde pueda alojarse un nuevo núcleo epistemológico.
A partir de éste núcleo y sólo entonces será posible que la Teoría del Habitar pueda reformularse, dejando atrás su provisorio e hipotético marco conjetural y especulativo para constituirse como lo que debe ser, una ciencia específica y particular de la arquitectura.
Y será allí en donde el cuerpo se reconforta con el fuego apasionado del conocimiento con éste comprometido que una nueva arquitectura de orientación humanista podrá alumbrarse: con los rubores del resplandor del fuego en la piel estremecida.

Hacia la constitución plena y madura de una antropología del cuerpo (III)


Vesalio (1514- 1564) De Humani Corporis Fabrica (1543)

Es preciso conseguir la plenitud y la necesaria madurez de una antropología del cuerpo con un asedio metódico y riguroso.
No debe descartarse hasta una cierta crueldad en el encarnizamiento con el objeto. Puede que, vistas de cerca las cosas, no resulten siempre agradables, bienolientes y gratificantes. Pero debe perseguirse, a toda costa, la mirada profunda, atenta, implacable propia del anatomista que traspasa una frontera epistemológica.
Porque de traspasar confines se trata, a no dudarlo.

Hacia la constitución plena y madura de una antropología del cuerpo (II)


François Clouet (1510 - 1572) Dama en su baño (1571)

Es preciso que la antropología del cuerpo que ansiamos madure en su constitución aproximándose a su objeto: al cuerpo mismo.
Esto quiere decir que no basta con poner en paréntesis crítico nuestras ideas, nociones o conceptos acerca del cuerpo. Ahora se trata de abordar el cuerpo mismo como fenómeno, aún a riesgo de elaborar, muy a pesar nuestro, un nuevo constructo epistemológico. Si esto puede ser inevitable, entonces es preciso tentar la hipótesis que aborda al cuerpo como una estructura estructurante en su efectivo tener lugar.
Se trata de una estructura, un orden de dimensiones, formas y figuras que se proyecta allí en donde el cuerpo tiene lugar, esto es, allí donde se encuentra, puebla y habita. Encontrarse con el cuerpo, entonces, es dar con una ley interior de un fenómeno del que conocemos apenas con una aproximación extática, plena de estupor e intriga.

Hacia la constitución plena y madura de una antropología del cuerpo (I)


Hans Zatzka (1859 –1945) La tentación (s/f)

Una arquitectura dotada de una práctica poética humanista no puede ignorar aquello que sólo una antropología del cuerpo puede averiguar.
Para ello, esta antropología del cuerpo debe madurar aproximándose a su objeto, asediándolo con método y rigor, construyendo un núcleo epistemológico a partir del cual la Teoría del Habitar pueda reformularse, ya no como teoría especulativa, sino como una posible candidata a ciencia específica y particular de la arquitectura.

Contenidos resaltados: Antropología del habitar (X)

 

En los desencuentros entre habitantes y arquitectos se muestran en vivo los conflictos entre órdenes opuestos, entre intenciones distintas acerca de las maneras de habitar.

Giglia, 2012: 22

¿Cómo se nombra este desencuentro? ¿A quiénes obedecen, funcional y socialmente, los arquitectos? ¿Con qué recursos culturales podríamos alumbrar una arquitectura humanista, comprometida con las intenciones profundas y auténticas de los habitantes? ¿Podremos los habitantes llegar a constituir otra cosa que meros consumidores resignados de la arquitectura y la ciudad?

La antropología del habitar tiene la palabra, su palabra.

 

Ref: Giglia, Ángela (2012) El habitar y la cultura. Barcelona, Anthropos, 2012

Contenidos resaltados: Antropología del habitar (IX)

 

Es oportuno detenernos sobre la palabra intención. Los espacios que habitamos, en la medida en que no se producen por generación espontánea, sino que han sido imaginados y diseñados por otros, suelen expresar mediante su forma y su funcionamiento las intenciones de sus autores, sus visiones del mundo y los proyectos de sociedad y de vida cotidiana asociados a determinadas ideas de orden social y cultural. Estos proyectos y estos órdenes aspiran a poder ser leídos en los espacios mismos, es decir, a concretarse en la forma del espacio. No siempre lo logran. Sin embargo, desde que los seres humanos se han puesto a fabricar sus espacios, éstos han tenido no sólo el objetivo de servir para algo, es decir, de ser usados, sino también el objetivo de decirnos algo, de transmitirnos un mensaje acerca de una forma de vida posible, de sugerirnos una manera de habitar.

Giglia, 2012: 21

Hay que asociar la idea de intención con la de proyecto y la de tiempo. La contextura del lugar que habitamos en el presente ha sido, en el pasado, una proyección intencional hacia el futuro. En cierto modo, habitamos hoy la ciudad que ayer fue un sueño, la casa que ayer fue un proyecto de vida, el lugar hacia el que hace un tiempo nos dirigimos, tan decididos como titubeantes. Porque nosotros mismos somos una intención de ser, una existencia volcada empecinadamente hacia un futuro que no podemos sino vislumbrar, pero que construimos día a día.

Suele confundirse, sin embargo, la operación de proyecto, la condición existencial de lanzarse lejos, con el diseño, que es la determinación formal pormenorizada de lo que habrá de producirse. Mientras que a nadie se le puede privar de la intención proyectual vital, el diseño arquitectónico es privativo de aquellos que se asocian, confabulados, en la producción social del hábitat. Quieren las cosas que, en la actual formación social y económica que nos encuadra, las demandas sociales son interpretadas a su modo por promotores inmobiliarios a título de mercancías, que transmiten interesada y sesgadamente sus particulares demandas a arquitectos proyectistas y constructores que realizan no ya los sueños del habitante, sino el proyecto interpretado por los mercaderes del espacio construido.

Por ello, en cada lugar efectivamente habitado coexisten dos proyectos y rige un diseño hegemónico. ¿Llegaremos a ver algún día unos lugares diseñados de forma liberadora de los sueños de sus habitantes efectivos?

 

Ref: Giglia, Ángela (2012) El habitar y la cultura. Barcelona, Anthropos, 2012

Contenidos resaltados: Antropología del habitar (VIII)

 

Nuestra relación con el espacio y nuestra posibilidad-capacidad para domesticarlo tendrán que acomodarse a las características de un espacio habitable que no hemos diseñado. Es por ello que el diseño y la construcción de un hábitat, en la medida en que se inspira en cierta idea del habitar, no puede no incluir cierto orden. De allí que la forma de la vivienda condicione inevitablemente —aunque no completamente— la relación de sus habitantes con el espacio habitable. Si el habitar establece un orden, ese orden puede ser impuesto, o cuando menos inducido mediante la forma del hábitat. Si habitar la vivienda implica establecer un orden espacial, es evidente que este orden no puede ser absoluto, sino que tiene que ver en primer lugar con las características físicas del propio espacio habitable. De allí que el espacio nos ordena, además de dejarse ordenar.

Giglia, 2012: 21

En todo lugar habitado existe, de hecho, la concurrencia contradictoria y conflictiva de dos arquitecturas. Una, producto de la espacialización operativa, así como de la materialización constructiva y de una realización económica como bien, esto es, artefacto con valor. Otra, producto de la actividad habitable del locatario, una arquitectura laxa del lugar, allí donde la existencia del cuerpo y sus gestos tiene efectiva presencia y población. Las dos arquitecturas coexisten en la realidad efectivamente vivida del habitante y su roce constituye una membrana sensible que podemos señalar como arquitectura efectiva y concretamente vivida. Mientras que sobre la arquitectura del lugar el sujeto habitante ejerce su imperio según una sabiduría, un saber obrar y un saber producir, la arquitectura de los edificios constriñe la vida en un compartimiento triplemente determinado por la espacialización, la materialización y la mercantilización del artefacto construido.

Si la arquitectura del edificio nos ordena, esta operación se verifica en un plano en que domina una alienada relación de poder: el promotor inmobiliario, el arquitecto funcional a los requerimientos del anterior, el constructor y el agente comercializador imponen, con el espacio vuelto operación mercantil, una ley tácita de uso, un registro —socialmente aceptado por el mercado— de implementaciones funcionales, económicas y simbólicas. Pero, en otro plano, el habitante instrumenta de modo práctico un conjunto determinado de recursos de ideación, proyecto, construcción e implementación en donde consigue imponer, de manera más o menos lograda, el margen escaso pero inestimable de realización subjetiva de la habitación. Cierto es, que, fruto de la sobreexplotación del espacio construido, la arquitectura de los edificios constriñe cada vez más asfixiantemente a la arquitectura del lugar vivido.

 

Ref: Giglia, Ángela (2012) El habitar y la cultura. Barcelona, Anthropos, 2012

Contenidos resaltados: Antropología del habitar (VII)

 

En la actualidad, cuando se habla del espacio público urbano, se suele enfatizar su carácter de lugar de encuentro o de lugar que permite el encuentro entre sujetos heterogéneos. Raramente se considera que en su origen el espacio público moderno fue pensado para ordenar la vida urbana contra los riesgos recurrentes de tumultos y rebeliones del proletariado incipiente en ese entonces. En el siglo XIX cuando se inaugura el tipo de espacio urbano que será uno de los prototipos principales de la ciudad moderna, es decir, el París de Haussman, la traza de los grandes bulevares y las plazas en forma de estrella, fueron pensadas como una manera eficaz de controlar el desorden social que podía derivarse de los asentamientos pobres, donde vivían hacinadas las clases trabajadoras (asentamientos que fueron demolidos para dejar el lugar a los bulevares) y como una manera de crear flujos ordenados de circulación urbana.

Giglia, 2012: 19

Cuando se habita un ámbito urbano, se puebla de modo concreto un lugar de encuentro e intercambio entre sujetos heterogéneos. Pero es necesario reparar que, mientras que la habitación urbana ha devenido morosa y evolutivamente del habitus, la operación de espacialización obedece a un proceso cultural relativamente más sofisticado, de donde los saberes y los poderes sobre el lugar se han aplicado a subsumir operativamente su carácter, precisamente, en términos de espacio. Dicho de otro modo, mientras que, como habitantes, los urbanitas persistimos en unas prácticas concretas de habitación, los gestores de la ciudad la conocen y se apoderan de su constitución mediante unas subsunciones operativas que administran, cuidadosa y firmemente, la constitución de espacios de diferente carácter: públicos y privados. Con esto, se descubre que la diferencia entre ámbito y espacio ya no es un simple matiz terminológico teórico, sino el resultado de una oposición concreta de prácticas sociales.

Ahora es claro ver que la primera operación política sobre la ciudad moderna es la espacialización operativa. Del lugar concreto y vivido se abstrae un espacio que permite tanto saber cómo operar políticamente. Porque la subsunción del lugar de la ciudad en el espacio urbano es un saber apropiado para el ejercicio del poder sobre lo urbano, una superestructura que hace posible ya no la domesticación genérica del lugar, sino el sojuzgamiento de los modos de producción y consumo de los recursos urbanos como mercados y mercancías. Así se comprende cómo, en un proceso que, en la civilización europea occidental tiene un origen cultural en el Renacimiento, la comprensión del lugar habitado en términos de espacio geométrico hace de la ciudad un objeto de proyecto arquitectónico y urbanístico, junto con el desarrollo de la formación económica social a la que esta operación cognoscitiva le es funcional.

La ciudad contemporánea es aquello que los urbanitas construimos y habitamos con lo que el modo capitalista de producción del puro espacio urbano nos deja. El ordenamiento del espacio urbano es, por cierto, acción y efecto del poder político, según las reglas impuestas por la formación hegemónica. Pero mientras tanto, los urbanitas persistimos en una sorda respuesta, una vaga indisciplina, una soterrada resistencia a los dictados del poder y así, lo urbano alcanza a tener lugar. Sólo que el hecho de tener efectivo lugar en la práctica concreta del habitar no ha dado, aún, las notas de conciencia social que alienten el cambio de formación social y económica.

 

Ref: Giglia, Ángela (2012) El habitar y la cultura. Barcelona, Anthropos, 2012

Contenidos resaltados: Antropología del habitar (VI)

 

Los gestos mediante los cuales nos hacemos presentes en el espacio, con los cuales lo ordenamos, constituyen un conjunto de prácticas no reflexivas, más bien mecánicas o semi-automáticas, que propongo definir como habitus socio-espacial, entendiendo este concepto según la definición de Bourdieu, es decir, como «saber con el cuerpo» o saber incorporado, que se hace presente en las prácticas, pero que no es explícito. Para habitar de manera no efímera un lugar hace falta reconocer y establecer un habitus. Es la elaboración y la reproducción de un habitus lo que nos permite habitar el espacio. La noción de habitus nos ayuda a entender que el espacio lo ordenamos, pero también que el espacio nos ordena, es decir, nos pone en nuestro lugar, enseñándonos los gestos apropiados para estar en él, e indicándonos nuestra posición con respecto a la de los demás.

Giglia, 2012: 16

En la reflexión sobre la habitación humana, deberíamos, ante todo, precavernos de reservar la categoría de lugar a la instalación concreta allí donde la existencia tiene presencia y población, distinguida cuidadosamente de la noción de espacio, que no es otra cosa que una abstracción cognitiva y operativa de ciertos rasgos del lugar. Dicho esto, todo parecería indicar que el sujeto desarrolla de modo estructurado un habitus, esto es, unas prácticas socio-locativas que operan diversas dimensiones concretas del lugar, dando oportunidad a unos saberes, unas eficacias y unas capacidades productivas que le hacen posible poblar el lugar. Y precisamente poblar el lugar es la operación concreta que realiza el habitus, como estructura que liga íntimamente al sujeto con la circunstancia que habita. Tal circunstancia puede, de modo efectivo, constituir un entorno concreto, así como una extensa red virtual. De allí que siempre habitemos un orden estructurado a título de lugar, aunque no siempre un espacio bajo la noción de entorno o emplazamiento.

En todo caso, es valioso saber ahora que, mediante un habitus, es que los sujetos consiguen poblar un lugar que es tanto un campo físico espacio-temporal así como un campo social. En efecto, los sujetos aprenden, ejercen y producen tanto las prácticas sociales del situarse físico, así como la de ubicarse, vínculo por vínculo, con su lugar social. Si es que el lugar físico y el lugar social no son más que las dos caras aparentes de una misma moneda existencial: hay en la idea de habitus, tal como la presenta Ángela Giglia, un rasgo de soterramiento, de discreta fertilidad, de humildad fundamental sobre la cual se construye las formas superiores del conocimiento, de la ética y de la poética de tener lugar.

 

Ref: Giglia, Ángela (2012) El habitar y la cultura. Barcelona, Anthropos, 2012

Contenidos resaltados: Antropología del habitar (V)

 

El habitar es un conjunto de prácticas y representaciones que permiten al sujeto colocarse dentro de un orden espacio-temporal, al mismo tiempo reconociéndolo y estableciéndolo. Se trata de reconocer un orden, situarse adentro de él, y establecer un orden propio. Es el proceso mediante el cual el sujeto se sitúa en el centro de unas coordenadas espacio-temporales, mediante su percepción y su relación con el entorno que lo rodea. Habitar alude por tanto a las actividades propiamente humanas (prácticas y representaciones) que hacen posible la presencia —más o menos estable, efímera o móvil— de un sujeto en un determinado lugar y de allí su relación con otros sujetos

Giglia, 2012: 13

Cuando uno cuenta con la fortuna de dar con una buena definición obtiene grandes cosas. Lo primero es delimitar un territorio semántico propio, allí donde uno dejará al pensamiento habitar a sus anchas. También supone construir un ámbito con sus rituales de admisión y membresía: quien adopta una definición de forma decidida dilata una esfera de nuevas perplejidades. Pero, con mucho, contar con una buena definición como la que nos ocupa es disponer de un recurso heurístico, una oportunidad para la reflexión, una disponibilidad de miradas largas sobre ciertos horizontes recién inaugurados.

Porque si habitar es un conjunto, entonces cabe especular con su acaso intuido carácter estructurado, así como la complejidad de su naturaleza. Tal conjunto, cabe sospechar, distaría de constituir un agregado heteróclito de prácticas y representaciones. Podría incluso en pensarse en una arquitectura particular, esto es, una estructura de fines, una forma que se deja observar en algún estatuto cognoscitivo de figura.

Como es natural, la definición nos compromete, desde ya a dar con prolijas descripciones y hermenéuticas de prácticas y representaciones sociales que, en unos modos que habrá que explicar a su tiempo, permiten al sujeto hacer presencia y población en un orden espaciotemporal. Habrá mucho que indagar acerca de la constitución efectiva de los lugares, como resultado de unas idas y vueltas entre el sujeto y su entorno físico y social.

Una buena definición es algo semejante a lo que era la belleza para Stendhal: una promesa de felicidad. Una buena definición es una nueva ventana por donde entra, por fin, aire fresco. Una buena definición es un patrimonio de capital cultural, al que sólo se le honra con el compromiso por aumentarlo con trabajo.

 

Ref: Giglia, Ángela (2012) El habitar y la cultura. Barcelona, Anthropos, 2012