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Bipedestación, horizontes, estancias y umbrales


Noell Oszvald (1991)

La conquista de la postura erguida implica una importante operación sobre el lugar
En primer lugar, supone la habitación plena y cabal del horizonte, de la región de articulación entre el cielo y la tierra, entre las nubes inalcanzables y el suelo que hollamos erguidos. El horizonte queda marcado y sobresignificado como tal, como lugar poblado. Según ocupemos una eminencia, así moralizaremos nuestra situación en el mundo; rendidos en el llano, pletóricos de poder simbólico en el altozano. Si sucediera límpido y recto, el horizonte ampliará nuestra comarca, mientras que un alto relieve orográfico nos acogerá en nuestro protector terruño.
Otro caso es la impronta existencial de una estancia fundamental en un aquí que se sobresignifica en el peso de todo el cuerpo sobre los pies. La gravedad nos pone en nuestro lugar y del precario equilibrio sobre nuestras plantas hacemos virtud digna y cardinal.
Por fin, la actitud enhiesta nos marca a nosotros mismos en nuestra condición liminar; acontecemos, de un modo primigenio, como un umbral erguido entre lo que vendrá y lo que ya declina. El peso de esta condición nos inclina la cabeza de modo caviloso.

¿Es que hay lugar para senderos, estancias y umbrales?


Pierre Jamet (1910-2000)

¿Es que hay lugar para senderos, estancias y umbrales?
La pregunta, en su aparente simplicidad es crítica en sus connotaciones. Toda vez que ya podemos entender que no se trata de hacer sitio a expensas de un inexistente espacio vacante, sino de algo mucho más complejo y arduo. Se trata, en verdad de construir las condiciones sociales, políticas y económicas proclives en todo caso a la más amplia apertura social de los lugares efectivamente poblados. Se trata, entonces de abrir los lugares ya habitados para que los Nuevos, los Otros, Los Recién Llegados transiten a su aire sus sendas, se demoren en sus estancias y traspongan sus umbrales.
Esto de modo alguno es un problema meramente técnico constructivo material, sino ético-político.

Umbrales


Dominique Issermann (1947)

Existe una especial simpatía entre la condición humana y la contextura de los umbrales.
Es que en un umbral se articulan entre sí algo que ha sucedido y algo que adviene. El cuerpo de las personas, por su parte, es también una región fronteriza que tiene la misma constitución. A causa de ello, a los sujetos le conmueve de un modo particular el poblar los umbrales. Es un estremecimiento armónico del cuerpo en el lugar en donde encuentra una suerte de espejo propio. Cada vez que hay umbrales franqueados a la condición humana, esta se solaza en una trémula vivencia.


Trasposiciones


Berenice Abbott (1898-1991)

Los seres humanos somos seres liminares.
Habitamos el delgado límite entre el pasado y el futuro, la diáfana frontera entre lo conocido y lo por conocer, el crítico paso entre lo exterior y lo íntimo. Por ello proyectamos sobre el lugar esa humana condición con la trasposición, una y otra vez, de umbrales, de puertas, de ventanas. Es allí en donde nuestro ser íntimo se conmueve en las irrupciones, en las esperas, en las custodias. Al cruzar un umbral, algo adviene mientras otro se abisma atrás; uno inaugura en el mismo momento que clausura; un andariego llega por fin, a la vez que abandona para siempre otro lugar.
Los umbrales tienen, en su trasposición, algo de irremediable, de irreversible, de misión cumplida.

Todo comienza con un umbral


Richard Baxter

Cruzar un umbral, en cualquier sentido, tiene un carácter de irreversible que estremece a las constituciones más firmes.
Por más que nos arrepintamos, toda vez que abrimos una puerta algo sucede de un modo inaugural. Es que es nuestra naturaleza la que la atraviesa, antes aún que los pies, y rompe ese himen que articula esto y aquello, aquí y allá, antes y después.
En los umbrales nosotros mismos verificamos que nuestra propia condición es liminar. Es todo nuestro ser el que opera todos los picaportes del mundo.

Ritos de paso


Elvinas Vilutis (1984- )

Verdaderamente no somos consciente del natural retardo que se produce en las puertas. Para ello a veces no solo se ornamentan, sino que se incluyen educados traspiés, obstáculos y hasta se juega con bajar la altura de sus dinteles invitándonos con ello a realizar genuflexiones inconscientes. Todo vale con tal de hacernos pasar por ese umbral con mayor parsimonia. (Y parsimonia es una buena palabra para hablar de las puertas habituales porque remite a ahorro y a lentitud).
Santiago de Molina, 2019

Esta niña ya sabe lo que muchos adultos hemos olvidado.
Para atravesar ciertos umbrales es necesaria una debida parsimonia. Hemos aprendido con advertencias precisas primero, automatizado luego en la conducta y producido en los órdenes de las marchas ciertos significativos cambios de ritmo. En tiempos pasados, las jambas, los umbrales y los dinteles estaban ricamente decorados, ya que los artesanos sabían de estas pausas ceremoniosas. Pero en estos tiempos mezquinos, una puerta es apenas una abertura por donde, desde el punto de vista semiótico, parece que sólo puede uno escabullirse furtivo.
Cuando se recupere una poética arquitectónica humanista se propiciará de modos semiótico y estético apropiados las sutiles pausas en los pasos de las puertas.

Irrupciones

Eduardo Gageiro (1935- )

En los umbrales está todo por suceder.
Por esto las puertas son lugares singulares en toda arquitectura articulada y viva. Por esto los umbrales constituyen instancias señaladas en nuestra existencia corriente. Por esto deberíamos atravesarlas con mayor circunspección que la usual.
Precisamente porque en los umbrales se murmura y advierte lo que vendrá

El urbanita y los umbrales


Jean Pierre Bonnotte (1938- )

La tercera especie de los urbanitas la constituye aquella en donde éstos se aplican ceremoniosamente al atravesamiento de umbrales.
Allí los habitantes experimentan una emoción recurrente que es el sometimiento a una transformación de estatutos, de irrupciones, de pasajes rituales. Allí es donde tiene lugar la modulación de los matices más sutiles de lo público y lo privado, donde se inauguran ciertas historias, donde se metamorfosean las envolventes de persona que invisten al sujeto. Allí, en los umbrales, se intercambian las luces y los rumores, se transforman los adentramientos en salidas, y las personas tienen lugar en las rupturas de las fronteras más consolidadas en la arquitectura de las ciudades.
Pues así es que también puede ser entendida una ciudad y su paisaje: como una sucesión espasmódica de umbrales que atravesamos escribiendo en la ciudad el texto de su peculiar y concreta historia menuda.

La condición liminar


Nicolas Tikhomiroff (1927-2016)

Habitamos umbrales.
Puede sospecharse que la propia condición humana es una condición liminar, esto es, que siempre habitamos una región fronteriza y nos encontramos precisamente en acto de traspasarla. Es por ello que, quizá, nos complazcan tanto las ventanas, los balcones, las puertas, los bordes y los puentes. Sitios así, en que nuestra propia situación nos indica la copresencia de Uno y Otro Lados, a la vez que nos disponemos a dejar uno en favor de sentar nuestros reales en el otro.
La vida transita estremecida por una terminable serie de límites dispuestos para su atravesamiento.

Pasajero, atravesador, curioso


John William Waterhouse 1849 – 1917) Psiché entra en el jardín de Cupido (1903)

Hay una tercera condición, mucho más misteriosa que la de transeúnte y la de residente. Se trata de la condición del pasajero, del atravesador curioso de umbrales.
Podría pensarse que proviene de una negación dialéctica de la residencia. En todo habitante de pasajes hay un lugar que se abandona mientras tiene efectivo lugar el irrumpir en uno nuevo. Por cierto, se trata de un tránsito, pero de especiales características: los confines de la meta y el destino están singularmente contiguos. Lo que se experimenta es un trémulo significado: atravesamos un límite, con algo de irreversibilidad. El pasajero vive con el estremecimiento de su cuerpo el drama de la translocación. Y se trata de un drama porque en los umbrales no se desanda el camino. Por furtivo que sea el gesto, por raudo que aparezca un eventual arrepentimiento, cada pasaje se verifica en el sentido de la flecha del tiempo.
Una vez abierto el vano, el alma ya ha cruzado para siempre el umbral, por más rápido que —de modo eventual— cierre y dé vuelta la cabeza, contrita quizá con lo que se ha manifestado del Otro Lado.

Dimensiones de la habitación del atravesamiento de umbrales


Albert Edelfelt (1854 1905) En la puerta (1901)

Atravesar un umbral tiene una realidad tenue, evanescente y breve.
Por otra parte, tiene una dimensión simbólica bien asentada. Cruzar un umbral significa, en no pocas ocasiones, una instancia especialmente señalada de cambio de naturaleza, de conocimiento o de condición. El atravesamiento nos vuelve diferentes de un modo que tiene mucho de irremediable. Una vez adquirido el estatuto de cognoscente, nos es casi imposible volver a la ingenuidad que ha quedado atrás del límite. Atravesando umbrales es que uno muta en iniciado.
Pero es en la dimensión imaginaria que el gesto primordial de vencer una frontera adquiere todo su potencial. Por ello, cada pasaje, cada entrada tiene que ser especialmente acondicionada para que propicie la ensoñación activa. Así, cada atravesamiento de umbral contiene el valor existencial propio que merece tal empresa.

Experiencia habitable de los bordes


Caspar David Friedrich (1774 –1840) Acantilados blancos en Rügen (1818)

Los bordes fascinan.
Quizá esto se deba a que participan de la constitución de lugares umbrales, toda vez que puede uno emplazarse al abrigo del Lado de Acá y participar, expectante, de lo que ofrece la revelación de lo Otro. Si se considera con cierto detenimiento la cuestión, la habitación de un borde es casi la condición necesaria para la constitución de un paisaje. El borde, real, es el marco simbólico del cuadro en que se transforma el paisaje, mientras que lo que circula de Uno a Otro lado es un flujo imaginativo, reflexivo y persistente.
Puede que entre los múltiples aspectos del derecho a habitar se detalle contar con bordes habitables dispuestos para el bienestar humano universal.

El desempeño arquitectónico de los lugares umbrales


Paolo Veronese (1528- 1588) Chica en la puerta (1561) (Villa Barbaro en Maser)

El desempeño arquitectónico de los lugares umbrales suele ser sutil, a la vez que profundo en sus vivencias.
Pudiera decirse que lo esencial del juego arquitectónico, si uno se atiene a las formas rituales de habitación, consistiría en una combinación sabia de sendas, estancias y umbrales. El atravesamiento de estos últimos constituye siempre una experiencia estremecedora y por ello, la pasión del habitar las arquitecturas tiene allí sus momentos especialmente señalados. Los umbrales son lugares de singular expectación y los tránsitos a través de ellos siempre parecen inaugurar situaciones. Mediante el atravesamiento de los umbrales, se desenvuelven con toda su carga dramática las historias del vivir. Haber traspasado cierto umbral siempre parece tener algo de irremediable, de circunstancia en la que no es posible rehacer el camino.
Podemos jugar, acaso inocentemente, a inmiscuirse en los lugares umbrales. Pero, tarde o temprano, aprenderemos en la piel que no es nada fútil cruzar ciertos confines

Bajo el signo de la actividad: Atravesamiento de umbrales (III)


Henri Cartier-Bresson (1908- 2004) Un café en Vieux Port (1932)

Un atravesamiento de umbrales supone un acto amoroso en que delicadas membranas de rasgan con levedad.
El valor arquitectónico específico de puertas, ventanas y arcos radica en los modos concretos en que se produce este rasgado. Situados ante el umbral, los habitantes practican una delicada operación: vivir el límite en tanto tal, participar de un ámbito que se deja abandonar en beneficio del acceso a otro, antagónico, que sólo aparece anunciado, inaugurado, entrevisto. Los pormenores puramente tectónicos del umbral deben, en todo caso, concordar con esta sutil manera de operar.
Nótese en la ilustración tanto en la actitud corporal del parroquiano en situación condigna con la formalización del umbral y con los pormenores del dintel. El fotógrafo ha sabido ver la honda poesía allí alojada.
Y como en todo acto amoroso, es una delicia apreciarlo, aunque mejor es vivirlo en primera persona.

Bajo el signo de la actividad: Atravesamiento de umbrales (II)


Henri Cartier-Bresson (1908- 2004) Sevilla (1932)

Nos hemos preguntado:
¿Es posible que la habituación nos anestesie el sutil estremecimiento que tenemos ante el continuo redescubrimiento de esta esencia de lo arquitectónico, cada vez que trasponemos un umbral?
Un umbral es una región singular de la arquitectura de un lugar. En ciertas ocasiones, la vivencia de su atravesamiento consta de un sutil estremecimiento de la piel. Es que un umbral es una disrupción tanto en la marcha constante como en la estancia ensimismada; hay algo más y algo diferente en su ocurrencia.
Y esa diferencia es, creo, la sustancia primera y última de la arquitectura.

Bajo el signo de la actividad: Atravesamiento de umbrales (I)


Henri Cartier-Bresson (1908- 2004) Mercado de Bolháo, Portugal (1955)

Puede pensarse que la arquitectura se inaugura en los umbrales.
En efecto, la condición liminar es consustancial con la arquitectura misma, en tanto la práctica del atravesamiento de umbrales es la que origina su vivencia concreta. Vivimos traspasando umbrales como síntesis superior de nuestras marchas y estancias. Y es en el umbral en donde en verdad experimentamos nuestra propia situación ante la arquitectura de todo lugar. Tanto la forma como el contenido de la arquitectura se nos revelan precisamente en esta instancia.
¿Es posible que la habituación nos anestesie el sutil estremecimiento que tenemos ante el continuo redescubrimiento de esta esencia de lo arquitectónico, cada vez que trasponemos un umbral?

La tarea de disponer puertas y umbrales en el lugar


Puerta en San Gimignano

Nunca es nimio el gesto al trasponer el origen de una circunstancia. Disponer puertas y umbrales en los lugares es tarea muy delicada.
Bien pudiera ser la tarea especialmente crítica de todo arquitecto. En efecto, proponer pausas, hitos, instancias de pasaje en el cotidiano deambular por los lugares que habitamos implica disponer de una muy especial sensibilidad para dar tono, carácter y magnitud propia a cada uno de los momentos en que inauguramos una ocurrencia.

Conducta de las puertas


Albert Edelfelt (1854 –1905) En la puerta (1901)

Prefiero al mejor de los refugios las puertas de cualquier refugio.
Antonio Porchia

Una puerta cubre, aloja, descubre, a la vez que invita cortésmente a pasar, tanto como propone detenerse al viandante, con circunspección y anhelo.
Las inercias del lenguaje y del pensamiento hacen que el habitar se reduzca en ocasiones con estar bajo cubierta o al abrigo de unos muros. Sin embargo, la verdadera esencia hay que encontrarla en la apropiación y adecuada práctica de ciertas puertas.
Uno habita, en verdad, cubierto por una puerta que puede asegurar en su cierre. Se encuentra entonces alojado, confinado, puesto en lugar por obra de la clausura voluntaria del elemento. Y recíprocamente, dispone del albedrío de abrirla a la vida social y con ello inaugurar una marcha.
Se habita, entonces y en verdad, en la trasposición alterna y ritual del umbral presidido por la puerta.

Dimensiones humanas en el umbral (VII) Las magnitudes alethotópica y tanatotópica


John William Waterhouse (1849 –1917) Psyché abre la puerta del jardín de Cupido (1903)

Umbral
Símbolo de transición, de trascendencia. En el simbolismo arquitectónico, el umbral recibe siempre tratamiento especial, por multiplicación y enriquecimiento de sus estructuras: portadas, escalinatas, pórticos, arcos de triunfo, protecciones almenadas, etc., o por la ornamentación simbólica, que alcanza en Occidente su máxima virtualidad en la catedral cristiana, mediante la decoración con escultura de parteluz, jambas, arquivoltas, dintel y tímpano. Adquiere aquí el umbral claramente su carácter simbólico de unión y separación de los dos mundos: profano y sagrado.
Juan Eduardo Cirlot, 1992

¿Qué ámbito abriremos al cruzar un umbral? ¿Cómo distinguir los caracteres profanos y sagrados de Uno y Otro lado?
Nunca el atravesamiento de un umbral debe resignarse a la inanidad.

Dimensiones humanas en el umbral (VI) Las magnitudes ergotópica, nomotópica y erotópica


Théophile van Rysselberghe (1862 –1926) Marguerite van Mons (1886)

El más importante signo arquitectónico de la presencia existencial del umbral lo constituyen la o las hojas (valvæ).
Si el umbral, en sí mismo, se deja vencer —no sin un muy tenue estremecimiento— con apenas el paso que lo franquea, la posibilidad de practicar tanto su clausura como apertura, le confiere a la arquitectura de la puerta un significado propio y profundo. Las hojas, sus mecanismos de operación y movimiento y su relación con los gestos del cuerpo conforman estructuras medidas en términos de trabajo, esto es, magnitud ergotópica. En efecto, es el trabajo de cerrar, de dejar entreabierta y de abrir de par en par una puerta la que significa existencialmente la arquitectura de la puerta.
De allí se desprenden reglas y leyes que solemos observar según los mecanismos de las más cotidianas formas de semiótica arquitectónica. Todos sabemos cómo comportarnos frente a puertas propias y extrañas. La convivencia pacífica y corriente se funda en la observancia de la interpretación de signos y la conducta esperable en consecuencia.
Y tanto del trabajo práctico de las puertas así como del sistema usual de reglas de empleo, se desprende el fervor inherente a las regiones eróticas de la arquitectura.