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La vida empuja a las arquitecturas desde dentro


Sam Abell (1945)

Mientras que al arquitecto demiurgo le complace el empoderamiento del lápiz que empuña implacable sobre un papel siempre en blanco, que origina en el tablero abstraído de su conciencia de hacedor de arquitecturas corsé, debemos darnos al menos la oportunidad de imaginar una arquitectura empujada desde dentro por los gestos de la vida.
Una arquitectura que crecería con los ademanes del cuerpo, con las figuras magníficas de su coreografía, con las parsimonias del modo biológico de suceder. Una arquitectura que resultara del contorneo cuidadoso de las envolventes de la existencia. Ni más, ni menos. Una arquitectura originada en su única simiente legítima y razonable: la vida vivida en situación y acontecimiento.

Danzas de la vida



Sam Abell (1945)

Es preciso abrir el lugar señalado para las danzas de la vida.
Que no es de modo alguno hacer un sitio; es mucho más complejo que eso. Porque hacer un sitio es negar a algo su lugar para aviar un espacio. Pero abrir el lugar para las danzas de la vida es descubrir, aquí y allá, los puntos sensibles del campo habitado por donde discurrirá la vida cuando tenga lugar allí. Es ser capaz de percibir los derroteros, las derivas, la trama de senderos que se abren a las marchas de los viandantes. Es ser sensible para dar cuenta de las moradas del cuerpo, allí donde se detendrán, cada tanto y a su aire, los ligeros habitantes. Es ser cuidadoso en la tutela decorosa de los umbrales que los cuerpos gustarán trasponer, estremecidos de existencia vivida. Para que la vida celebre su ocurrencia plena, gozosa y libre, para eso es preciso abrir el lugar señalado para las danzas de la vida.

Cuerpos palpitantes


Sam Abell (1945)

Una arquitectura concreta debe abandonar la geometría abstracta del espacio para abordar la compleja estructura dimensional del lugar vivido.
Es que no se trata ya del espacio, sino del lugar. La arquitectura concreta tiene efectiva existencia allí donde los cuerpos palpitantes estremecen el campo habitado. La arquitectura concreta, por otra parte, no se reduce a ser operada mecánicamente, ni a ser usada reductivamente. La arquitectura concreta se consuma en el acto de habitarla según unos modos que deberemos aprender a percibir, respetar y cultivar.
La arquitectura guante es aquella concreción servicial, digna de la condición humana y decorosa en un plano superior estético, en donde la vida humana tiene su lugar señalado.

La caricia íntima al lugar de todo habitante


Evelyn Hofer (1922-2009)

Es posible pensar ahora que habitar supone una caricia íntima al lugar por parte de sus habitantes.
Con un gesto que tiene mucho de amoroso, el cuerpo irradia entonces su estructura sobre el lugar, dilatando a su aire una esfera sutil que llega a rozar ciertas zonas sensibles de la arquitectura materialmente conformada. Con una actitud corporal solícita, el cuerpo trabaja constante y empecinadamente por la conformación efectiva de una estructura estructurante que dota de forma sensible al lugar habitado. Con la regla de una superior coreografía, el cuerpo juega su pasión en el área amparada.
Todo un profundo sentido emerge de la habitación de la arquitectura del lugar. El sentido que proviene de una caricia a la vez juguetona, esforzada y amorosa.

Roces del habitar en la arquitectura construida


Leonard McCombe (1923)

Llegados a este punto, cabe preguntarse por esa especial región en donde se rozan, no sin placer, la arquitectura laxa del lugar con la arquitectura materialmente conformada.
Es por cierto una verdadera zona erógena, un territorio apasionado en donde el placer de vivir tiene efectivo lugar. Allí todo encaja del mejor modo y los roces son los estremecimientos felices de la existencia. Allí resuenan los ecos de las palpitaciones de la vida con peculiar reverberación. Allí, en los rincones virtuosos de la arquitectura efectivamente vivida, todo es una vibrante penumbra.
A las zonas de roce, entonces, deberemos prestar una atenta percepción, con el ánimo bien dispuesto y simpático.

Los protagonistas del acto de habitar


James Van Der Zee (1886-1983)

Toda vez que el habitar es un acto, los gestos del cuerpo son los protagonistas efectivos de éste.
Las actitudes corporales, las coreografías, los ademanes, los roces son los actos eficaces con los que el cuerpo tiene lugar. Estos gestos son los primeros indicios emergentes de la arquitectura del lugar, son las formas primordiales que la modelan, son las formas fundamentales de una escritura y designio. Son concepciones tanto como prácticas y producciones. Son conjeturas tanto como conatos y esbozos. Son ideas, sí, pero, además, experiencias y performances. En virtud de estas características deben ser estudiados, interpretados y comprendidos.

El palpitar de la vida


Tony Vaccaro (1922)

Es preciso dejar ser al palpitar de la vida como poder que imprime una peculiar formatividad al lugar.
Si se cumpliera con este empoderamiento, la vida humana podría dejar de escabullirse en los entresijos de la arquitectura materialmente conformada, para resultar una emergencia triunfante, feliz y liberadora. Pero esta emergencia sólo se conseguiría a costas de unas condiciones sociales, económicas y políticas proclives a ello. Porque el empoderamiento del palpitar de la vida no es, de modo alguno, un problema apenas técnico arquitectónico sino político. Micropolítico.

Formas sutiles, lábiles y evanescentes


Lewis Morley (1925-2013)

Las formas de la vida, si uno se fija en ellas, resultan sutiles, lábiles y evanescentes.
Aun así, debe asumirse que estas formas de la vida tienen una virtud común que permite, en cierta forma, su asedio sensible y científico. Tal virtud es un carácter arquitectónico como propiedad, esto es, que las formas de la vida adoptan, en su complejidad, una estructura de fines para alcanzar siempre un cometido superior. Y esto es una arquitectura como propiedad. Cada actitud corporal, cada ademán, cada gesto están dirigidos por ciertas leyes que le imprimen una coherencia especial y consiguen que la forma resultante resulte eficaz, digna y decorosa, según lo dictan estas propias leyes.
No debe verse aquí una analogía superficial entre las formas corporales y el diseño arquitectónico de las cosas. En este caso se trata de algo más hondo. Se trata de una armonía general de la economía de gestos y acciones del cuerpo que tiene que encontrar un correlato complementario en el orden de las cosas de vivir.
Vistas así las cosas, habría en los atrezos y en los pormenores particulares de las cosas que nos rodean cuando habitamos los lugares unos signos reveladores de las resultantes de las formas sutiles, lábiles y evanescentes de la vida.

El revelado de la luz, las penumbras y las sombras


Adi Dekel (1996)

En nuestra civilización proliferan las marcas visibles de la habitación de los lugares.
Así, las manipulaciones, los adentramientos, los advenimientos, las declinaciones y todos los otros gestos del cuerpo en el lugar consiguen en grado variable imprimir improntas sobre el lugar en la medida en que resulten visibilizadas en el superior juego de luces, penumbras y sombras en que habitamos. Por otra parte, estamos educados formal e informalmente para prestar honda atención a lo visual y a creer entender las cosas en la medida en que se nos presentan ante nuestra mirada. Lo que resulta de todo ello es que aquello que logramos construir como vivencias de los lugares está referido por sus imágenes visuales.
Parece que, por lo pronto, todo a lo que podemos aspirar es a promover el resto de nuestros sentidos hacia una superior acuidad perceptiva, a efectos de equipararla a la visión, que reina por ahora en solitario.

Marcas de confort térmico


Isa Marcelli (1958)

Arrebujarse constituye la marca de confort térmico por excelencia.
Aprendemos temprano a solazarnos con la fresca tibieza que alberga nuestro sueño inocente, nuestra piel apenas cansada, nuestro abstraído ensimismamiento. Cuando nos arropamos nos replegamos a las regiones remotas de la infancia, cuando el mundo nos pesaba menos y contábamos con un amparo seguro para soñar. Cada vez que encontramos la temperatura conveniente, el espíritu viaja hacia los apartados jóvenes de nuestra historia, hacia ciertas facultades básicas proclives a volver a pasar por el corazón lo ya vivido. Por ello, contar con un fresco abrigo constituye una demanda humana de primer orden, que no es otra cosa que disponer de las condiciones adecuadas para el ensueño.


Rumores de vida


Silvia Grav (1993)

La vida humana es rumorosa, por lo que el modo de habitar implica prestar oídos al persistente murmullo en que nos envolvemos.
Por todas partes se difunden las percusiones cotidianas, los roces con las cosas de vivir, el entrechocarse de los trastos de la existencia. Es difícil que oigamos el batir de nuestra propia respiración, salvo en el momento en que nos alcanza a vencer el sueño. Vivimos sumergidos en músicas, estrépitos y habladurías de tal forma que alcanzar a percibir el roce de una liviana cortina con la brisa suele ser la marca oportuna de la calma, tan infrecuente y por ello tan apreciada. Andamos por todos lados protegiéndonos del ruido ambiente que la habitación de la orilla del agua se vuelve inenarrable por contraste.
Así vamos, siempre en la búsqueda de la música apacible de la existencia, de los rumores asordinados de la vida sosegada, de la respiración queda del mundo, de la música que sólo puede oír, en el final, Isolda.

Husmeos


Monik Molinet

Vamos por el mundo dejando impregnado nuestro paso por los lugares.
Empezamos a poblar una casa nueva sólo cuando disipamos con las trazas de nuestra presencia los aromas de pinturas y barnices de obra. Cuando recluimos el polvo en ciertos rincones. Cuando, imperceptibles aún, los microorganismos que se nos asocian pueblan las regiones más recónditas. Cuando transpiramos los humores de la vida y van quedando por aquí y allá, invencibles frente a la ventilación avara y a la insolación exigua.
No hay fragancias comerciales que puedan con el aroma propio y diferencial de la casa, con las inscripciones osmotópicas de sus habitantes.

Marcas de lo íntimo


Abbey Drucker (1987)

Es con un especial afecto que realizamos inscripciones en el lugar que habitamos.
El prolongado trato que tiene el cuerpo con el lugar en que moramos hace que nuestro cubil resulte acariciado a carta cabal. Con las emociones del amor al lugar conseguimos pulir hasta una única tersura la superficie interior, sensible y trémula de nuestras arquitecturas. De tal forma, las regiones erógenas del lugar se lustran con la vida que las tienta y ésta se prodiga en gestos de una ternura que reservamos para lo mejor de nuestro ámbito íntimo.
Mientras que la operación desgasta los mecanismos y mientras el uso injuria la piel interior de las arquitecturas, la consumación amorosa del lugar hace resplandecer sus penumbras. Y entonces es una gloria de la vida habitar allí.

Inscripciones laboriosas


Annemarieke van Drimmelen (1978)

A pesar de la omnipresencia hegemónica del consumo en la actualidad, el mundo habitado siempre ha contado con marcas claras y distintas del trabajo animoso por habitar los lugares.
Todavía pueden verse, aquí y allá, los pormenores de una faena porfiada de la vida que se prodiga en sobreproducciones, toda vez que a todo trabajo se le agrega un plus simbólico que denota esmero, aplicación y satisfacción con las cosas bien hechas. Y es que estas cosas bien hechas lo son no sólo cuando se consuman en su implementación en el puro uso, sino que lo hacen en el plano superior de la realización, como símbolo de consumación poética del propio homo faber.

Prácticas del horizonte: declinaciones


Annemarieke van Drimmelen (1978)

Una vez que se habita el horizonte, la asimetría coronal del cuerpo articula dos semiplanos.
Ya hemos visto la porción delantera del horizonte, aquella propia de los advenimientos. Ahora es momento de dar cuenta de la recíproca, esto es, de la región hacia donde se dirigen las improntas de la declinación. Allí es donde se hunde la vida vivida, dirección hacia la cual nos volvemos no sin dificultad, región de la memoria y el olvido. El trastero de la existencia, digamos.
Por lo general nos contentamos con lanzar lo vivido por encima del hombro, sin mirar atrás. No sea que el Miedo nos reclame. Hacia atrás va lo que nos acechará el sueño y las nostalgias de lo perdido y las marcas en la faz que nos devuelven los espejos.

Prácticas del horizonte: advenimientos


Annemarieke van Drimmelen (1978)

Erguido sobre los pies, con la faz vuelta ahora hacia la porción de adelante del horizonte recién inaugurado, el cuerpo se vuelca, intrigado de una vez para siempre, para lo que vendrá, que se asoma tras la línea frontera entre el cielo y la tierra.
El cuerpo se dispone proclive a los advenimientos. Inclinado a las manifestaciones emergentes de ese horizonte siempre poblado con inscripciones de expectativa. Por cada signo que podemos entrever, hay una inscripción de una interrogante depositada allí, haciéndole lugar. Porque habitar el horizonte implica perdurar en la tarea obstinada de interrogarlo acerca de lo que vendrá. Habitar el horizonte es, en definitiva, inscribirle el tiempo futuro a título de expectación, de anhelo, de proyecto.

Adentramientos e interiores


Emma Phillips (1990)

El adentramiento del cuerpo en los interiores implica una labor vermiforme.
Adentrarse no se cumple de modo cabal si no es con una prospección del cuerpo que irrumpe en una dimensión sutil y densa a la vez. Es necesario recordar que el cuerpo se hace lugar mediante una proyección variable y circunspecta de sí mismo en el lugar. Alcanzar a sentar sus reales en un interior no es ocupar un sitio vacante, sino una operación corporal y existencial compleja y delicada. Tal operación explora el lugar con la propia piel, hasta conseguir la deseada y posible hospitalidad del hueco. Es por ello que la presencia y población de los interiores es más densa en significado que en los paisajes abiertos. Es por ello que la irradiación del cuerpo adentrado puede llegar a dominar por completo su ámbito, mediante una contundente perturbación habitable. Es por ello que la habitación de las oquedades pasa por ser el caso paradigmático del propio habitar.

Las manipulaciones y el mundo de las cosas


Ginette Riquelme (1972)

Nuestras manos se perfeccionan constantemente en el arte de proliferar inscripciones sobre el lugar.
El gesto primordial es el asimiento de un objeto que se vuelve una cosa en el acto de ser considerado para su colección, disposición y hasta lanzamiento. Y es un aprendizaje que no cesa: hacemos de los objetos cosas y las manipulamos con intensidad con el fin de conferirles significados propios y conexiones mutuas. Las manos ordenan, limpian, separan los sitios, acondicionan las cosas de vivir según una labor que se origina toda ella en el gesto del asimiento de la piedra fundamental. Esa piedra que pudo adquirir una vocación inédita de proyectil, tanto como se pudo volver una herramienta más o menos sofisticada, pero siempre a título de cosa útil y, también, cosa con valor. Por obra de las manos nos producimos un mundo de cosas que nos envuelve servicial, próximo e insustituible.

Ensanches, ampliaciones, latitudes


Noell Oszvald (1991)

Con los brazos liberados de la labor locomotora, el cuerpo los abre hacia los costados en toda su extensión para infligir una marca fundamental en el lugar: la inscripción del abrazo del mundo. Es un gesto de beneplácito sobre la tierra dominada tanto como una imprecación hacia el cielo al que rogarle. El abrazo del mundo preludia toda acción y toda producción, porque ¿de dónde provendrán las energías necesarias para todas y cada una de nuestras empresas. Por ello, cada vez que abrimos con furor alegre los brazos, volvemos a celebrar nuestro gesto arcaico y necesario. Por ello, cada ámbito que ocupamos con latitud conforme es aquél en que podemos, gozosos y satisfechos abrir el abrazo del mundo.


Bipedestación, horizontes, estancias y umbrales


Noell Oszvald (1991)

La conquista de la postura erguida implica una importante operación sobre el lugar
En primer lugar, supone la habitación plena y cabal del horizonte, de la región de articulación entre el cielo y la tierra, entre las nubes inalcanzables y el suelo que hollamos erguidos. El horizonte queda marcado y sobresignificado como tal, como lugar poblado. Según ocupemos una eminencia, así moralizaremos nuestra situación en el mundo; rendidos en el llano, pletóricos de poder simbólico en el altozano. Si sucediera límpido y recto, el horizonte ampliará nuestra comarca, mientras que un alto relieve orográfico nos acogerá en nuestro protector terruño.
Otro caso es la impronta existencial de una estancia fundamental en un aquí que se sobresignifica en el peso de todo el cuerpo sobre los pies. La gravedad nos pone en nuestro lugar y del precario equilibrio sobre nuestras plantas hacemos virtud digna y cardinal.
Por fin, la actitud enhiesta nos marca a nosotros mismos en nuestra condición liminar; acontecemos, de un modo primigenio, como un umbral erguido entre lo que vendrá y lo que ya declina. El peso de esta condición nos inclina la cabeza de modo caviloso.