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Arquitectura y edificación


Andrea Palladio

Quieren las cosas que el obrar del hombre tenga el ánimo del doble y recíproco destino de memoria y olvido.
De hacer acopio de la vida ya vivida nace la arquitectura viva, esa que permanece impávida bajo los ciclos alternos y recurrentes del curso solar y la quietud nocturna. Es por obra de la arquitectura efectivamente habitada que comprobamos en el cuerpo que vamos cambiando mientras que las sendas, las estancias y los umbrales permanecen en su condición y podemos recorrerlos hasta a tientas.
De un modo complementario, erigimos edificios que resultan monumentos hacia donde lanzamos, a título de simas simbólicas, una memoria que es, en verdad, una forma ritual de olvido. Es porque al edificar debemos hurtar a la memoria del emplazamiento su propio pasado, para hacerle lugar a nuestra operación tanto edificante como ritual.
Por ello el arquitecto del lugar dispone, a la vez y recíprocamente, de arquitectura y de edificación. Por ello, la edificación puede entenderse como un complementario dialéctico de la arquitectura y no ya como su única manifestación.

El sentido de un monumento



Un monumento, como una obra de arte, responde a un fin, tiene sentido, y no es un capricho, pero la función a la que atiende no es evidente. No es gratuito, pero tampoco es un objeto de uso. Objeto o acción enigmática, plantea cuestiones acerca de su existencia. Se puede vivir sin él, incluso mejor, porque un monumento es molesto. Plantea preguntas que no siempre queremos tener presentes.
Pedro Azara, 2016

Un monumento constituye una operación compleja de memoria.
No se trata de la interposición simple de un signo que remita inmediatamente a lo recordable, sino de una compleja operación de discurso de rememoración. Los signos arquitectónicos del monumento constituyen mitos aplicados a la operación histórica completa de recordar algunos eventos según unas operaciones significativas particulares que perduran en la memoria de la arquitectura del lugar en un modo también particular. El espacio y el tiempo histórico cumplen un papel significante activo y los significados atribuidos de partida sufren complejos procesos de sometimiento a efectos de memoria y olvido, con lo que su significación sigue una larga y morosa deriva.
El sentido de un monumento debe encontrarse en la idiosincrásica operación de rememoración en el espacio/tiempo habitado.

Lugares del olvido


Jakub Schikaneder (1855 – 1924) Día de Todos los Santos (1888)

Mientras vivimos, dejamos atrás la vida ya vivida. Pero, en el momento postrero, ésta nos alcanza.
Mientras vivimos, arrojamos hacia atrás todos los eventos ya experimentados a título, ya de memoria, ya de olvido. La vida ya vivida, todo esto que nos acecha la espalda clama quedamente en los sueños, peculiarmente en los que afectan rememorar ruinas. Aquellos lugares que antaño hemos frecuentado suelen presentarse algo ajados por imperio del olvido. Porque el recuerdo y el olvido van juntos, implicándose mutuamente.
La arquitectura ha consagrado parte no menor de sus esfuerzos a la tarea de guardar memoria. Para ello, las ciudades proliferan en monumentos, artefactos aptos tanto para recordar, así como para olvidar los más de los aspectos de que valiera la pena guardar aleccionadora memoria. En efecto, todo monumento recorta a su modo al evento o personaje recordado según una figura que irrumpe en el paisaje presente, a la vez que la habituación lo va volviendo, no ya invisible, sino casi insignificante.
Un monumento de lo que hace memoria es del gesto político —vuelto presente y recurrente— de recordar, más que del referente histórico del caso.

El lugar de lo que dejamos siempre atrás

Edvard Petersen (1841- 1911) Emigrantes en Larsens Square (1890)

Nuestro habitar es una continua marcha hacia adelante, dirigidos con no poca atención hacia la dimensión alethotópica del habitar.
Esta dimensión es la propia de lo que adviene como revelación, como manifestación, como desvelamiento y es opuesta y simétrica con otra dimensión también importante del habitar. En efecto, así como avanzamos, dejamos atrás lugares, espacios y tiempos. Y al dejarlos atrás los sumimos en las profundidades de la memoria y del olvido. Esta dimensión que se abre tras nosotros y nos sigue en forma inquietante es la denominada dimensión tanatotópica, esto es, la experiencia de lo ya vivido, de lo muerto, de lo que creemos vencer con nuestra empecinada supervivencia.

Y cada día que nos pasa, los lugares, los espacios y los tiempos ya ocurridos se nos aproximan y nos pesan más sobre la espalda. Hasta que nos alcanzan.

Sombras, espectros, recuerdos

James Carroll Beckwith (1852- 1917) La carta (1910)

Somos nuestra memoria,
somos ese quimérico museo de formas inconstantes,
ese montón de espejos rotos.
Jorge Luis Borges, 1969

Los interiores se abisman en los espejos.

Son éstos los torvos e inquietantes portadores de la revelación de nuestra presencia en medio de las cosas. Somos ahí y hacemos sombras, espectros, recuerdos. Y habitamos entonces así. Sombras furtivas entre sombras, espectros en el fondo de los espejos, memoria en las improntas que vamos dejando aquí y allá.

Hermenéutica de las demandas sociales (III)

Giuseppe Bruno (1836-1904) Niña campesina (1880)

Aparte de la profundidad de los requerimientos y de los sueños, la hermenéutica de las demandas sociales del habitar apunta a inquirir en los recuerdos hondos y en las vivencias palpitantes de vida de las personas.
Es necesario bucear en los recuerdos, en las improntas del habitar que perduran en la memoria afectiva de los sujetos, ya que
Vivimos en un tiempo y habitamos en la memoria.
José Saramago


Por ello, debemos conocer a fondo las arquitecturas de la memoria.

Lugares de memoria y olvido

Emil Schindler (1842- 1892) El cementerio de Gravosa cerca de Ragusa (1891)

La isla humana es un lugar visitado y afectado por vida ya muerta. Donde sus habitantes se juntan, se hacen perceptibles signos sutiles y obstinados de los ausentes. Si a los mortales les afecto lo ausente o trascendente, es por dos motivos, que, a una mirada más atenta, remiten a fuentes completamente diferentes. La primera de ellas la acabamos de caracterizar al hablar de la emergencia de nuevas verdades en el ámbito del saber del colectivo: de vez en cuando se presentan ante nosotros retoños de lo oculto, de lo que queda “tras” el horizonte despejado, en forma de nuevos conocimientos que testimonian la prosecución de la marcha casi infinita hacia fuera, hacia arriba y hacia abajo. Puesto que las “sociedades” nunca se sienten seguras frente a descubrimientos, inventos y ocurrencias, los seres humanos pueden y deben saber que hay nuevas verdades que le afectan de lleno en su vida […]
La segunda fuente de la afección por el más allá y lo ausente surge de la circunstancia de que los seres humanos, según una expresión de los primeros griegos, son los mortales; y no sólo en el sentido de que tienen la muerte ante sí, sino, más bien, de que tienen detrás de sí a sus muertos. La segunda trascendencia se funda en el hecho de que en la isla antropógena se tiene a los antepasados a la espalda, o tras la nuca, por utilizar una imagen más cargante.

(Sloterdijk, 2004:337)

El signo de la sombra en el lugar

Lionel Allorge (s/d) Bourg-la-Reine, Francia (2012)

Somos nuestra memoria,
somos ese quimérico museo de formas inconstantes,
ese montón de espejos rotos.
Jorge Luis Borges, 1969

Gentes y lugares se proyectan sombras e improntas mutuas.
Somos nuestra memoria, dice Borges y acierta. También proyectamos sombras propiciatorias sobre los lugares.  Estos dos sucesos están recíprocamente implicados. Este virtuoso intercambio hace que nuestro habitar se vea jalonado por improntas que a veces se completan con añoranza.
Así, mientras que los espejos no revelan identidades y locaciones, las sombras nos infligen las memorias de los lugares.

La nostalgia no es más que un insensato anhelo de recuperación de cierta sombra que ya ha acaecido.

Memoria y olvido; arquitectura y edificación

Salomon Corrodi (1810-1892) Vista del Foro Romano (1845)

Se ha escrito a menudo que todo lugar está cargado de latentes presencias: marcas dejadas inevitablemente por construcciones anteriores. Una obra de arquitectura sería la que recogiera estas presencias invisibles, huellas de pasos anteriores. La arquitectura no se emplazaría sobre un espacio virgen ni se comportaría o se situaría como si el espacio fuera virgen, como si nadie hubiera estado allí antes.
Pero Platón, quien posiblemente creyera en que toda forma construida debiera estar influida por el eco de formas pretéritas, también asumía que el pasado era un tal lastre que no cabía sino olvidarlo, si se quería construir "de nuevo". Esta construcción, sin embargo, no se llevaba a cabo inocente, orgullosamente, sino con mala conciencia. Platón era consciente que se edificaba sobre ruinas, y que éstas, trágicamente, debían dejarse de lado, olvidarse -lo que era imposible- si se quería levantar una nueva forma no marcada, lastrada o deformada por un pasado que, queriendo ser olvidado, sigue presente.
La arquitectura se hallaría así entre dos presencias: la que peleaba por aparecer y las que habían caído pero seguían, como almas en pena, rondando el lugar. Construir era derribar. Se edificaba sobre el derribo de la memoria, teniéndola bien presente pero tratando, a fin de avanzar, de hacer oídos a sus lamentos, su exigencia de ser tenidas aun en cuenta, de no querer o poder ver lo que hubo. Se construía, según Platón, con "mala consciencia", sabiendo que para operar bien se debía desatender a lo que exigía cuidados.
El olvido -que no la ignorancia- es quizá la condición de la edificación 

Pedro Azara, 2016

Por lo general, se tiene a la edificación como la manifestación excluyente de la arquitectura. Así opera, por cierto, el sentido común. Sin embargo, cabe sospechar una nueva articulación entre estas dos ideas.
Repárese, en primer lugar en lo afirmado por Pedro Azara en el primer párrafo. Una obra de arquitectura no es, nunca, una ocurrencia ex nihilo, sino el cultivo respetuoso de las potencias de un lugar. Me atrevo a generalizar su idea: todo lugar está cargado de latentes presencias que no siempre son marcas dejadas inevitablemente por construcciones anteriores. Las latentes presencias de los lugares son aquello que los antiguos romanos denominaban genius loci, presencias latentes que aceptaban o rechazaban a su futuro morador, con las cuales era de varones prudentes conciliar mediante sacrificios propiciatorios y una sabia prudencia. Eso es la arquitectura.
Por otro lado y recíprocamente, opera la edificación; nihilizando, olvidando, sustituyendo. El lugar a edificar debe abolirse en su condición, debe ser reducido a un sitio, mediante una negación y derribo existencial antes aún que material. Esto es edificar.

Pero quieren las cosas que el operar del hombre tenga a la mano la doble y recíproca capacidad de memoria y olvido. Por ello el arquitecto del lugar dispone, correlativamente, de arquitectura y de edificación. Por ello, la edificación puede entenderse como un complementario dialéctico de la arquitectura y no ya como su única manifestación.

Una cualidad sin nombre

Oswald Achenbach (1827- 1905) Jardín de un monasterio (1857)

Hay escenas que tienen una cualidad sin nombre y que nos mueven a una melancolía especial: Quisiera estar ahí.
No es un efecto de belleza, aunque algo de lo efectivamente percibido llega a la hondura de los afectos. No es, tampoco, un efecto de la bondad moral ilustrada: nunca sabremos por qué nos resulta seductor. Puede que haya sí un efecto retórico: la imagen nos participa en algo que, por alguna oscura razón, estamos aguardando percibir, quién sabe desde cuándo.

Los lugares que habitamos deben tener esta cualidad sin nombre: algo que es precisamente lo que nuestro interior aguarda con una discreta pero firme expectativa.

Habitar distancias

Hugo Mühlig (1854–1929) Las casas medievales de entramado de madera (1929)

No te olvides del pago
si te vas pa' la ciudad
cuanti más lejos te vayas
más te tenés que acordar.
Alfredo Zitarrosa
No siempre habitamos en recintos definidos: también habitamos según centros de referencia, por lejos que puedan quedar.
Habitamos unas memorias de lugares, tránsitos y trasposición de umbrales. Habitamos lugares ensanchados en el espacio y en el tiempo. Habitamos redes de vínculos.
Habitamos lejos, a veces, de nuestros lugares originarios, pero siempre habitamos la distancia que nos separa de éstos. En cierto modo, siempre estamos en un mismo camino. Y cargamos con mochilas y mapas.
Habitamos ciertas afiliaciones, ciertas tradiciones. No abandonamos para siempre las aulas donde hemos aprendido sino que habitamos la condición de aprendidos.

Y hay veces que una ráfaga sutil de lucidez nos revela desde dónde y desde cuándo hemos emprendido el camino.

Signos: II. Memoria

Ferdinand Knab (1834-1902) Ruinas de Taormina (1870)

Somos nuestra memoria,
somos ese quimérico museo de formas inconstantes,
ese montón de espejos rotos.
Jorge Luis Borges, 1969

Así como nuestro cuerpo proyecta sombras, nuestro habitar prolifera en improntas.
Somos nuestra memoria, dice el poeta. Es que somos ahora un proyecto urdido en el pasado y miramos siempre a un improbable futuro. La casa que habitamos resulta de un antiguo sueño y va camino a su recuerdo y olvido.
Somos ese quimérico museo de formas inconstantes, dice. Nuestro paisaje se multiplica en sombras de aquello que recordamos malamente.

Ese montón de espejos rotos, concluye. Y no hay más que decir: ese montón tiene un orden y en el centro de éste, de momento, nos encontramos, taciturnos.

Lugares de memoria

Johann Heinrich Ramberg (1763- 1840) Paisaje con monumento (1803)


En efecto, un monumento tiene un fin, más no un uso práctico en el sentido estrecho de la palabra. En el fondo, también la rememoración es una práctica que tiene al memorial como instrumento de naturaleza por cierto enigmática.

Hitos del más largo camino

Anna Marie Wirth (1846- 1922) Interior del palacio (1922)

Hay que poner atención y sensibilidad sobre la disposición de los objetos en la dimensión tanathotópica del habitar.


Sobre la acumulación: memoria y dimensión tanathotópica1

Hay algo maniático en la conducta ordinaria que opta por acumular objetos a título de recuerdos.
Se trata de una escritura menesterosa: en vez de redactar memorias, los fondos de los cajones hacen caudal de signos ostensivos. Un programa de teatro guardado es una fútil maniobra contra la evanescencia del momento quizá mágico que ya se desliza hacia el olvido. Un mochuelo de cerámica es portador de nuestro paso no suficientemente detenido por Atenas. Un antiguo compás pretende hacernos creer que aún recordamos los tiempos en que dibujábamos sobre el papel.
En definitiva, vamos acumulando objetos portadores de signos de la vida ya pasada. Hitos del camino a la muerte como única certeza. Cuando colmatemos los cajones y escondrijos, entonces moriremos y, como dice, el inmortal Horacio Ferrer, se irán los recuerdos en puntitas de pie.


1 Del griego tánathos, muerte

La ciudad soñada

Eugène Galien-Laloue (1854- 1941) Boulevard Bonne-Nouvelle (1941)


Por aquí dicen que si todos los cristianos buenos, cuando mueren, van a dar al Paraíso, mientras que los uruguayos buenos, cuando les toca partir, van a París. Porque es una imagen tópica de una ciudad que, por esa época, sufría la ocupación alemana, también esta pintura puede muy bien ser un aquello recordado con nostalgia. Y quien dice París, dice una manera de vivir en el mundo.

Sueños y recuerdos de la casa

En el fondo de los vericuetos de la psique anidan tanto los sueños como los recuerdos de la casa.
Debe suceder algo análogo con la Arcadia, el locus amoenus que quizá hayamos visitado allá en la infancia. Así, en algún lugar de la mente se alojarían no muy distantes entre sí los recuerdos de la casa en que hemos sido felices y los deseos de un lugar para hallarnos en el mundo. Llegar a esta región de la mente debe ser peliagudo —he consultado a un psicoanalista y me contestó con evasivas—, pero más complicado debe ser separar sueños de recuerdos.

Qué no daría para ingresar, como onironauta, a esas arquitecturas fantasmagóricas.

Ante los derribos irreflexivos

Hay ocasiones en donde los derribos adquieren características de hondo dolor social, del que se privan apenas los demoledores.
Debe tenerse en cuenta que los lugares que han sido habitados son depositarios de historia humana, en el sentido más entrañable y no sólo para los ocupantes que han vivido en los lugares, sino también para todos aquellos que han vivido con estos mismos lugares, integrando escenarios de vida.

Los sitios habitados son algo más que simples cosas útiles: se construyen con la existencia humana y de ella conservan valores que es prudente considerar.

La humilde choza que anida en el sueño

Adolf Franck (1841- 1929) Familia feliz (1929)


Bachelard ha dedicado no pocas páginas a la humilde choza (humble logis) que parece anidar en un rincón profundo de nuestra memoria. En todos los lugares que efectivamente habitamos, hay un fantasma que nos sigue: un lugar modesto en donde, antes, supimos ser acaso felices.

Magias del Café Tortoni en Buenos Aires

Ramón Corvera (s/d) Café Tortoni (2013)


¿Estarán las magias del café en el eco de las charlas? ¿En el depósito de todos los aromas del café? ¿En el fondo más recóndito y querible de los hermanos porteños? ¿En la entrañable persistencia en la memoria?