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Nihilización y edificación

August Ahlborn (1796- 1857) Grecia en la época dorada (1836)

El olvido —que no la ignorancia— es quizá la condición de la edificación 

Pedro Azara, 2016

La operación de edificar es precedida por una negación.
En efecto, el lugar de la nueva edificación no puede ser ocupado por otra cosa, por lo que el solar debe ser vaciado de preexistencias. Así opera el constructor.
Pero para el arquitecto —que no es sólo un constructor— las cosas no son tan sencillas. No le es posible al arquitecto ignorar las preexistencias; sólo le es posible sustituir con su obrar algo del lugar por una novedad que allí ha echado raíces. Algo se olvida entonces para tener otra cosa presente. El templo hace olvidar el mero paraje yermo.
Pero el lugar, en sí, no se consagra puramente con la novedad del templo, sino que es su carácter sagrado el que se desoculta y revela, por obra de la arquitectura. Y entonces el temenos, el recinto sagrado, pervive mucho más allá que el propio templo.

¿Qué hace el cuerpo en los lugares habitados? IV

Leonardo da Vinci (1452- 1519) Figura Vitruviana (1492)

Si se considera que el cuerpo mide, valora y ordena el lugar de un modo inmanente, se puede advertir que, desde un punto de vista existencial y trascendente, el cuerpo proyecta y diseña el lugar.
Por lo general atribuimos a los estratos superiores de la conciencia las tareas de proyecto y diseño. Pero al hacerlo, incurrimos de hecho en una escisión entre la conciencia y el cuerpo que no es sostenible. No es sostenible porque no puede ignorarse la tarea propia del cuerpo informado para proyectar desde sí hacia el lugar un designio constitutivo y fundamental. Y no hay proyecto ni diseño posibles sin este designio y esta proyección sobre el espacio y el tiempo, según las dimensiones impuestas precisamente por el cuerpo antes que la conciencia. Así, la tradicional y repetida figura vitruviana es apenas un emergente figurativo de una idea mucho más profunda.

No hay proyecto y diseño “propios de la conciencia” sin las apoyaturas del cuerpo vivo.

¿Qué hace el cuerpo en los lugares habitados? III

Antonio Simth (1832- 1877) Crepúsculo marino (s/f)

Hemos visto antes que el cuerpo mide de forma no mecanicista el lugar que habita; también tenemos que reconocer que, con su estructura ordena el lugar.
Conquistada la bipedestación y liberadas las manos del compromiso locomotor, el cuerpo humano se desarrolla según una estructura que, a la vez que mide de modo complejo, también impone su morfología profunda al sitio ocupado. De este modo, el lugar habitado prolifera de cosas a la mano que se disponen jerárquicamente según el ordenamiento que resulta de la habitación.
Cielo, horizonte y tierra cobran orden y sentido. Las cosas que pueblan esta estructura fundamental se disponen en consonancia con las proyecciones inmanentes del cuerpo.

La expresión de Protágoras que afirma, El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, de las que no son en cuanto que no son, denota con claridad, pero de modo apenas emergente, una verdad profunda apenas erosionada por el abuso de la citación apresurada.

¿Qué hace el cuerpo en los lugares habitados? II

Henry Herbert La Thangue (1859- 1929) En la huerta (1893)

En un artículo anterior se ha cuestionado el funcionalismo mecanicista propio de comienzos del siglo XX. Se admite allí y aquí que el cuerpo opera en los lugares, pero no de forma necesariamente mecanicista.
Cuando comprobamos que el cuerpo mide el lugar, entendemos que el cuerpo es un portador usuario de un delicado instrumento de medida que no puede ser reducido a un simple instrumento de medida de la extensión, tal como una regla. Y esto es porque en el seno del cuerpo se produce una operación complementaria y recíproca a la medición multidimensional del lugar. Esta operación es una compleja valoración que se sintetiza en un juicio de confort relativo.

Cuando el cuerpo valora no opera mecanicistamente: no responde igual a similares condiciones ambientales del mismo modo en todas las circunstancias, sino que, de un modo propio, modula las respuestas con las circunstancias.

¿Qué hace el cuerpo en los lugares habitados? I

Le Corbusier El Modulor

Une maison est une machine à habiter.
Le Corbusier, 1923

Para gran parte del funcionalismo del siglo XX, la respuesta inmediata a la pregunta del título era: opera mecanicistamente, esto es, se sirve de o sirve a algún mecanismo.
Cabe matizar esta idea: el cuerpo opera, sí, pero de forma no necesariamente mecanicista, sino propia de la condición humana. Esto tiene importantes implicaciones.
El cuerpo mide el lugar con la marcha de los pasos, con la extensión de los brazos, con la percepción visual, con la reverberación del sonido, con el ritmo de la respiración, incluso con el olfato. El lugar se deja medir por el cuerpo en un conjunto de dimensiones que configuran un todo que desborda a las clásicas dimensiones de espacio y tiempo.
Pero el cuerpo no es una regla, sino un portador usuario de un instrumento delicado, flexible y sofisticado de medida. No se puede equiparar un cuerpo a una figura puramente extensional.

La imagen del Modulor es apenas una emergencia visible y abstracta de una realidad mucho más compleja y sutil. En el fondo, como en tantas otras cosas, Le Corbusier acierta-y-yerra a la vez. 

Emprendimientos

Louis Dericks (s/d) Dos mujeres en un claro (1864)

Toda habitación resulta de negarle lugar a alguna otra cosa.
Así, el ámbito de reunión de las mujeres de la ilustración resulta de tomar posesión del claro negado al bosque. Si las hablantes pretendiesen persuadir a sus legítimos acerca de la oportunidad de construir algo, más árboles verían sus horas contadas.
Toda habitación es una intromisión, de donde conviene andarse con cuidado. El lugar es habitado por genios o entidades sólo ligeramente sobrenaturales que, si se las trata bien, acogerán con beneplácito a los intrusos; en caso contrario, la vida resultará difícil allí.

Conviene tomarse estos asuntos con la reverencia debida; la felicidad humana en los lugares es asunto delicado.

Articulaciones, acondicionamientos, reglas de juego

Paul Cézanne (1839- 1906) Los jugadores de cartas (1895)


He aquí las maniobras elementales para constituir lugares.

Constituir lugares

Debe prestarse peculiar atención a los rituales que constituyen los lugares.
Los arquitectos nos hemos detenido particularmente en las articulaciones diferenciadoras, gestos primordiales de toda edificación. Pero hay también tenues y laxos acondicionamientos que vuelven un sitio inculto un lugar habitado apenas se ha constituido un mínimo ajuste de sus condiciones para posarse sobre él, para detenerse acaso sólo un instante, para revelar —en el antiguo sentido fotográfico de la expresión— el origen de un lugar. También existe una tercera modalidad: el sentar sus reales un juego con sus reglas, organizarse una secuencia de rituales, oficiar una ceremonia.

Así que, por lo menos, hay tres modalidades, no necesariamente excluyentes para constituir lugares, tarea tanto del habitar como de la arquitectura.

Reproposiciones, reconstrucciones

Anatoli Akimovich Nenartovich (1915- 1988) Constructores de Leningrado (1958)

En la ciudad, todo está construido y todo se reconstruye, aunque siempre de un nuevo modo, ya que también se propone y se repropone, sin terminar nunca del todo la labor.


Transformación y construcción

El lugar que habitamos efectivamente es, en todo caso, un lugar transformable.

Nadie puede negar la potencia del desafío humano superior de disponer materias y energías, siempre considerables, puesto al servicio de configurar estructuras sólidas y perdurables que alojen las actividades humanas más diversas. Pero no podremos hacer justicia con la epopeya tectónica fundamental que radica en el arte de construir si no reparamos en ciertas sustancias inmateriales que operan en la síntesis de la forma construida. Anhelos y prejuicios, ideales y utopías, audaces concepciones alternativas e inercias atávicas de las prácticas también informan a la materia de la cosa construida y le confieren, a sus modos, vida.

Materiales de construcción

El lugar que habitamos efectivamente es, en todo caso, un lugar transformable.
Nadie puede negar la potencia del desafío humano superior de disponer materias y energías, siempre considerables, puesto al servicio de configurar estructuras sólidas y perdurables que alojen las actividades humanas más diversas. Pero no podremos hacer justicia con la epopeya tectónica fundamental que radica en el arte de construir si no reparamos en ciertas sustancias inmateriales que operan en la síntesis de la forma construida. Anhelos y prejuicios, ideales y utopías, audaces concepciones alternativas e inercias atávicas de las prácticas también informan a la materia de la cosa construida y le confieren, a sus modos, vida.
No construimos apenas edificios, construimos lugares.