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Hacerse un lugar


Mario De Biasi, (1923-2013)

Esto de hacerse uno su lugar implica, de suyo, un hacer social, una realización de vida, una factura existencial y un gesto tan inaugural como apropiador. Con ello, se consigna una intrínseca complejidad y compromiso vital a la vez que se menciona una labor morosa desarrollada en el campo habitado, territorio en disputa y en concierto sociales. Este hacerse un lugar es el proceso que debe ser comprendido en toda su hondura y compromiso para comprender en dónde arraiga el fondo de toda demanda de acondicionamiento arquitectónico en primera persona.

Luchas por el territorio


Mario De Biasi, (1923-2013)

En los territorios habitados, más allá de un orden impuesto por el poder político, existe un escenario de luchas, no siempre sosegadas, por ganarse un lugar en un orden de disponibilidades que, si bien nunca es abierto de modo absoluto, tampoco es hermético. Habitar los territorios es, para muchos, un continuo proceso de entremeterse de los sujetos y sus actividades en los entresijos de los lugares habitados hasta dar con el enclave oportuno a sus intereses y expectativas.
A fuerza de codazos a diestra y siniestra, los sujetos se hacen propios y apropiados sus territorios.

La lucha por la ciudad


La lucha por una intimidad protegida se complementa con una estratégica lucha por un lugar en la ciudad.
Es que la ciudad no está abierta, disponible y hospitalaria per se, sino que los urbanitas deben aplicar no poco trabajo para su apertura, adentramiento y población. La condición de urbanita es una conquista de los sujetos, no algo con lo que se nazca. La conciencia al respecto es aún una novedad y por ello a la reivindicación tradicional del derecho a la vivienda le sigue ahora la entrevisión del derecho a la ciudad. Sólo ahora que la ciudad se nos revela extraña, progresivamente privatizada y discriminadora es que nos damos cuenta que nos pasamos la vida entera luchando por encontrar un lugar propio en la ciudad que habitamos. Lo que ha sucedido es que la conquista de lugares de estudio, trabajo y amenidad se nos ha superpuesto con la dura lucha por la existencia, toda vez que hemos soslayado el carácter concreto y localizado de este afán.

La lucha por el techo


Mario De Biasi, (1923-2013)

El imperio del realismo convierte esta entrañable iniciativa en una obstinada lucha por un techo. Un techo, en este caso, es la sinécdoque de un deseo de amparo fundamental. El más precario de los alojamientos, la choza más humilde, la habitación más modesta son las prefiguraciones idealizadas de un deseo de hacerse de un lugar íntimo y resguardado. Luego será asunto de la peripecia social y económica el conjunto de pormenores en donde el núcleo originario de la intimidad protegida devenga eso que aún acostumbramos a llamar casa. En efecto, sólo con el tiempo vivido, la casa irá construyendo memoria, presente y futuro alrededor de este sueño fundamental. ¿Hasta qué punto las casas que hoy habitamos conservan en su seno esa oscura almendra del deseo de aquel entonces?

Movilización



Llamamos iniciativa al impulso dirigido a marchar en una dirección y sentido cuando a la tarea de anhelar le sigue la movilización. El primer paso es, con mucho, el más arduo, pues implica abandonar el reposo para ganar movimiento. Este primer paso, entonces, debe dirigirse hacia una meta intermedia, a un objetivo relativamente más alcanzable. ¿Cómo administrar la proporción entre las magnitudes entre la posición inicial, las metas intermedias y los sueños? Esto es tarea de toda la vida.
Marchar es necesario.

Trasposiciones


Berenice Abbott (1898-1991)

Los seres humanos somos seres liminares.
Habitamos el delgado límite entre el pasado y el futuro, la diáfana frontera entre lo conocido y lo por conocer, el crítico paso entre lo exterior y lo íntimo. Por ello proyectamos sobre el lugar esa humana condición con la trasposición, una y otra vez, de umbrales, de puertas, de ventanas. Es allí en donde nuestro ser íntimo se conmueve en las irrupciones, en las esperas, en las custodias. Al cruzar un umbral, algo adviene mientras otro se abisma atrás; uno inaugura en el mismo momento que clausura; un andariego llega por fin, a la vez que abandona para siempre otro lugar.
Los umbrales tienen, en su trasposición, algo de irremediable, de irreversible, de misión cumplida.

Demoras


Berenice Abbott (1898-1991)

Mientras marchamos, la profundidad perspectiva aúna de modo difícilmente discernible el espacio y el tiempo. Pero nuestra marcha concreta tiene ritmos, cesuras, pausas. Precisamente allí en donde detenemos la marcha es ya factible fijar unas ciertas dimensiones espaciales mientras que en la espera sigue fluyendo, diferente, el tiempo.
Detener la marcha es bueno para recapitular, para reflexionar, para ejercer opciones o rumbos. Demorarse es habitar de un modo selectivo: aquí ya se refiere a una tasa de pasado y a otra de futuro, que comprenden un ahora al que se buscará, ilusoriamente, volver. Un aquí fijado relativamente en un fluir temporal que se enrolla sobre sí mismo en espiral, esto es, propiamente, una habitación, una estancia, una morada.
Así construimos eso que llamamos nuestra casa, con una confinación tan durable como permeable de un aquí, atravesada por un tiempo que se vivencia en ciclos. Con demoras que se suceden y sedimentan día tras día.

Actividades, rituales y ceremonias


Gloria Baker Feinstein (1954)

Cabe considerar un examen preliminar de una tipología de la acción corporal habitable.
Pueden considerarse actividades aquellas acciones relativamente simples —aunque significativas— que se desarrollan a lo largo de una dimensión práctica del habitar. Es factible que tales actividades otorguen realidad efectiva a estas dimensiones, que, en su conjunto integrado conforman, a la vez, una estructura del cuerpo, así como se proyectan desde éste a la configuración de la estructurar fundamental del lugar. Son ejemplos de actividades la marcha o la bipedestación
Cuando se coordinan entre sí un conjunto de actividades conforman un ritual específicamente dirigido a dar cumplimiento corporal a una determinada tarea. Un ritual, en este contexto, es ya un comportamiento dotado de significado por obra de una práctica habitual que se vuelve recurrente en la vida de los sujetos. El conjunto estructurado de operaciones para freír un alimento o los gestos desplegados para tender una mesa son ejemplos de ritual.
Por fin, un conjunto estructurado de rituales da lugar a la conformación de una ceremonia, que es una conducta compleja, integrada y finalista que se reconoce como hábito regular y se desempeña en pos de la satisfacción de una demanda fundamental para habitar, tal como el cocinar o el dormir.

Ceremonias del habitar


Niki Gleoudi (1991)

Mientras que los patrones de habitación constituyen elementos fundamentales de sentido, es preciso abordar también el estudio de las ceremonias del habitar, esto es, unidades relativamente más complejas de significado.
Entenderemos aquí por ceremonias del habitar unos complejos estructurados de acciones, dotados de una fisonomía diferencial que aparecen, en la vida corriente como signos de su diversa manifestación. Así, se deconstruirán ceremonias tales como el sueño, la elaboración de los alimentos, la limpieza corporal y la interacción social. A la vez, se compararán sucesivamente sus diversas fisonomías, de modo de descubrir los modos en que, por obra de la ritualización y la habituación, consiguen resignificarse. Porque en estas acciones, las personas no sólo actúan de modo observable, sino que, además —y lo más importante– construyen significados que debe ser correctamente interpretados.

Pasajero, atravesador, curioso


John William Waterhouse 1849 – 1917) Psiché entra en el jardín de Cupido (1903)

Hay una tercera condición, mucho más misteriosa que la de transeúnte y la de residente. Se trata de la condición del pasajero, del atravesador curioso de umbrales.
Podría pensarse que proviene de una negación dialéctica de la residencia. En todo habitante de pasajes hay un lugar que se abandona mientras tiene efectivo lugar el irrumpir en uno nuevo. Por cierto, se trata de un tránsito, pero de especiales características: los confines de la meta y el destino están singularmente contiguos. Lo que se experimenta es un trémulo significado: atravesamos un límite, con algo de irreversibilidad. El pasajero vive con el estremecimiento de su cuerpo el drama de la translocación. Y se trata de un drama porque en los umbrales no se desanda el camino. Por furtivo que sea el gesto, por raudo que aparezca un eventual arrepentimiento, cada pasaje se verifica en el sentido de la flecha del tiempo.
Una vez abierto el vano, el alma ya ha cruzado para siempre el umbral, por más rápido que —de modo eventual— cierre y dé vuelta la cabeza, contrita quizá con lo que se ha manifestado del Otro Lado.

Establecido, aposentado, residente


Leo Lesser Ury (1861 –1931) Mujer en el escritorio (1898)

Un segundo hábito patrón constituye la condición de establecido.
Es mucho más que un simple detenerse suspendiendo puntualmente el continuo deambular. Tomar un lugar del mundo por residencia implica unas operaciones habitables hondamente entrañables y persistentes. Supone la edificación —en un sentido antes existencial mucho más que material— de todo un sistema concéntrico y jerarquizado de esferas que contornean el campo del cuerpo y rozan la arquitectura constitucional del lugar. Aposentarse significa, entonces, un orden físico de confines materiales, el que se ve conformado en sus pormenores con órdenes tanto simbólicos como imaginarios. Con el cuerpo propio como centro radiante, como foco y como indicación radical: aquí.
Y una extensión que sólo responde a la dimensión existencial de la residencia del habitante en su mundo, ya cósmica, ya recluida por la luz de una lámpara baja.

Paseante, transeúnte, errante


Georgios Jakobides (1853 –1932) Primeros pasos (1889)

Se hablará aquí de la constitución morosa de una condición.
Se trata hoy de considerar cómo se construye la condición de transeúnte. Es de señalar, en principio, que los seres humanos nos tomamos un tiempo bastante prolongado de nuestra crianza extrauterina para alcanzar el carácter de caminante. Hay que suponer que esta dificultad biológica pueda tener su beneficio futuro: andar es cosa seria y siempre es bueno pensar en el asunto antes de realizarlo. De este modo, los primeros pasos inauguran mucho más que una conducta simple, sino una constitución existencial compleja y rica: un hábito patrón.
En efecto, todo el esfuerzo aplicado en la enseñanza-aprendizaje de la marcha no resulta en un simple recurso mecánico del cuerpo, sino que involucra emociones, sentimientos, afectos y proyecciones tanto simbólicas como imaginativas que se irán desarrollando paso a paso. Aprendiendo a caminar, aprendemos también a aprender. Desafiando al equilibrio dinámico del cuerpo con ayuda externa, nos desafiamos también a pensar. Marchando intuimos acaso los beneficios del discurrir.
Es bueno pensar que aun cuando los achaques de la edad avanzada tiendan a disuadirnos del movimiento, andar conserva todo su hondo sentido y pasear siempre nos es necesario.

El desempeño arquitectónico de los lugares umbrales


Paolo Veronese (1528- 1588) Chica en la puerta (1561) (Villa Barbaro en Maser)

El desempeño arquitectónico de los lugares umbrales suele ser sutil, a la vez que profundo en sus vivencias.
Pudiera decirse que lo esencial del juego arquitectónico, si uno se atiene a las formas rituales de habitación, consistiría en una combinación sabia de sendas, estancias y umbrales. El atravesamiento de estos últimos constituye siempre una experiencia estremecedora y por ello, la pasión del habitar las arquitecturas tiene allí sus momentos especialmente señalados. Los umbrales son lugares de singular expectación y los tránsitos a través de ellos siempre parecen inaugurar situaciones. Mediante el atravesamiento de los umbrales, se desenvuelven con toda su carga dramática las historias del vivir. Haber traspasado cierto umbral siempre parece tener algo de irremediable, de circunstancia en la que no es posible rehacer el camino.
Podemos jugar, acaso inocentemente, a inmiscuirse en los lugares umbrales. Pero, tarde o temprano, aprenderemos en la piel que no es nada fútil cruzar ciertos confines

Bajo el signo de la actividad: Atravesamiento de umbrales (III)


Henri Cartier-Bresson (1908- 2004) Un café en Vieux Port (1932)

Un atravesamiento de umbrales supone un acto amoroso en que delicadas membranas de rasgan con levedad.
El valor arquitectónico específico de puertas, ventanas y arcos radica en los modos concretos en que se produce este rasgado. Situados ante el umbral, los habitantes practican una delicada operación: vivir el límite en tanto tal, participar de un ámbito que se deja abandonar en beneficio del acceso a otro, antagónico, que sólo aparece anunciado, inaugurado, entrevisto. Los pormenores puramente tectónicos del umbral deben, en todo caso, concordar con esta sutil manera de operar.
Nótese en la ilustración tanto en la actitud corporal del parroquiano en situación condigna con la formalización del umbral y con los pormenores del dintel. El fotógrafo ha sabido ver la honda poesía allí alojada.
Y como en todo acto amoroso, es una delicia apreciarlo, aunque mejor es vivirlo en primera persona.

Bajo el signo de la actividad: Atravesamiento de umbrales (II)


Henri Cartier-Bresson (1908- 2004) Sevilla (1932)

Nos hemos preguntado:
¿Es posible que la habituación nos anestesie el sutil estremecimiento que tenemos ante el continuo redescubrimiento de esta esencia de lo arquitectónico, cada vez que trasponemos un umbral?
Un umbral es una región singular de la arquitectura de un lugar. En ciertas ocasiones, la vivencia de su atravesamiento consta de un sutil estremecimiento de la piel. Es que un umbral es una disrupción tanto en la marcha constante como en la estancia ensimismada; hay algo más y algo diferente en su ocurrencia.
Y esa diferencia es, creo, la sustancia primera y última de la arquitectura.

Bajo el signo de la actividad: Atravesamiento de umbrales (I)


Henri Cartier-Bresson (1908- 2004) Mercado de Bolháo, Portugal (1955)

Puede pensarse que la arquitectura se inaugura en los umbrales.
En efecto, la condición liminar es consustancial con la arquitectura misma, en tanto la práctica del atravesamiento de umbrales es la que origina su vivencia concreta. Vivimos traspasando umbrales como síntesis superior de nuestras marchas y estancias. Y es en el umbral en donde en verdad experimentamos nuestra propia situación ante la arquitectura de todo lugar. Tanto la forma como el contenido de la arquitectura se nos revelan precisamente en esta instancia.
¿Es posible que la habituación nos anestesie el sutil estremecimiento que tenemos ante el continuo redescubrimiento de esta esencia de lo arquitectónico, cada vez que trasponemos un umbral?

Bajo el signo de la actividad: Estancias (III)

Édouard Boubat (1923 - 1999) Hombre al espejo (1947)

Un rostro en el espejo que, sin equívocos catastróficos, pueda suponerse como propio aparece sólo cuando los individuos se retiran habitualmente del campo de intercambio de miradas —que los griegos siempre comprendieron también como campo de intercambio de palabras— a una situación donde ya no necesitan el complemento de la presencia de los otros, sino que, por decirlo así, son ellos mismos los que pueden complementarse a sí mismos. La identidad facial del yo, como posibilidad de tener un rostro propio, coincide, así, con aquella reconstrucción del espacio subjetivo que se produjo con la invención estoica del individuo como alguien que ha de valerse por sí mismo.
(Sloterdijk, 1998)
No hay interior que no ceda a la tentación de abismarse en su caída hacia la hondura. Para esto, el habitante se provee de espejos.
Ante tal umbral ilusorio y fantasmagórico, todo sujeto comprende —siempre por primera vez— que constituye una entidad situada en el intervalo tendido entre otras; que forma parte activa de un paisaje. Alejado del escrutinio público de su comunidad, el habitante se encuentra, se haya, se emplaza en la privacidad recién hurtada.
Narciso queda ahora a solas con su mirada y con la voz de su conciencia.

Bajo el signo de la actividad: Estancias (II)


Édouard Boubat (1923 - 1999) Lella (1946)

La estancia prolongada no sólo ahonda la impronta sobre el suelo; el lugar mismo en su totalidad se desbroza como oquedad.
El interior hace su virtuosa aparición allí donde aguardan la mujer amada, el fuego sagrado, los genios hospitalarios, las penumbras confortantes del sueño. Hay en una estancia un reducto céntrico en el mundo, lugar al que solemos volver con ese apego que en el Río de la Plata se denomina acertadamente como querencia. En efecto, es un querer volver recurrente el que hace de un cierto emplazamiento el origen de los laberintos de todos nuestros desplazamientos. Por lejos que estemos de esta estancia, allí es donde tenemos un lugar-en-el-mundo.
Y así, reposando entre el cielo y la tierra, tenemos efectivo, crónico y propio lugar, desplegando un horizonte.

Bajo el signo de la actividad: Estancias (I)


Édouard Boubat (1923 - 1999) Leñero (1960)

Con la revolución neolítica aparecieron por primera vez situaciones por las cuales el territorialismo se extendió sobre la humanidad; es entonces cuando comienzan a florecer las identidades radicadas en el suelo; cuando los seres humanos comienzan a tener que identificarse por su lugar, por grupos radicados en un suelo y en último término por sus posesiones. La revolución neolítica hizo que los grupos humanos, nómada hasta entonces, cayeran en la trampa del sedentarismo, en el que intentan afirmarse, experimentando a la vez con arraigos y evasiones; comienza, así, el diálogo agro-metafísico con las plantas útiles, los animales y espíritus domésticos, y con los dioses agrícolas. La fijación campesina al suelo fue la que forzó por primera vez la equiparación epocal entre mundo materno y espacio cultivado y fructífero.
(Sloterdijk, 1998: 251s)

Una estancia ocurre cuando se opera una positiva pausa en la marcha y cuando se vivencia a fondo una espera.
Ya no se trata de apenas una detención fugaz y episódica en el camino sino de un valor opuesto al deambular y la errancia: estar es vivir un establecimiento de pleno derecho, es situarse extático y en guardia en un emplazamiento. Nuestras huellas sobre la tierra se ahondan y es fácil ahora pensar hasta en echar raíces. Dejamos por un tiempo de suceder en primera persona y prestamos atención a las ocurrencias circundantes. El tiempo se nos hace una perspectiva envolvente.
Estando, nuestro habitar adquiere una épica de la conquista y una ética de la expectación: podremos entonces distinguir el tiempo en oposición al espacio.

Bajo el signo de la actividad: Marchas (III)


Ray  Metzker (1931 – 2014) Puente de Chicago (1957)

Existe una conexión soterrada entre pensar y discurrir, ya se ha visto.
Y esta conexión se desliza hacia el propio discurso, que es la expresión intersubjetiva de tal discurrir. Caminar y discursar se desarrollan según itinerarios, trazando sendas, tendiendo puentes y rampas, tanto paso a paso prudentes, así como a costa de largos saltos de una audacia que suele denominarse imaginación. ¿Desde dónde han partido tus ideas puestas a caminar? ¿Por qué derroteros marchan tus ocurrencias? ¿A dónde llegarás en tu marcha, allí donde concluyan tus palabras?
Es marchando que hemos aprendido a explicar eso que nos inquieta el sueño, lo que nos ensimisma mientras que vamos cayendo rítmica y alternadamente hacia adelante, siempre hacia adelante.