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Fragilidad y futilidad


Sandro Giordano (1972)

Hay días en que se tiene una sensación vívida e inquietante acerca de la fragilidad y futilidad de la vida cotidiana en la actualidad.
Nos volvemos breves, desechables, efímeros. Así como sorbemos distraídos un escueto brebaje lejanamente emparentado con el café, nos distraemos en inanes consideraciones que concluyen en el fatídico gesto de agregar un nuevo componente a la basura. Y somos nosotros, nuestra condición cotidiana, nuestra vida corriente las que van a parar allí.
¿No será ya algo tarde como para reconsiderar nuestra relación con la peripecia ordinaria, con sus rituales y, sobre todo, con sus contenidos existenciales?

Huir


Newsha Tavakolian (1981)

Supongo que a todos les pasa. Cada tanto, buscamos huir del pozo en que hemos caído. Cosas de la vida.
Pero el asunto toma otro cariz cuando advertimos, con alarma, que este pozo es, precisamente, aquello que hemos ido construyendo en nuestro alrededor. Por supuesto, cuando uno se percata de ello es algo tarde, pero siempre se está a tiempo de advertir el error. Ahora ¿por qué es que lo hemos cometido?
Es inquietante no saber responder con contundencia tal pregunta.

Joven filósofo en el bosque

Richard Baxter

Es acaso imposible no recordar una célebre fotografía de Martin Heidegger caminando por su bosque. En aquella imagen, el personaje maduro echa sus manos a la espalda y en ellas aprehende el bastón que le asistirá en su fatiga.
En la presente, el joven no lo necesita aún y es de esperar que sus reflexiones emerjan ágiles y gozosas. Ya dispone de todo lo necesario: de razón y tiene lugar en el bosque, que es el escenario propicio para la marcha pensativa. A no dudarlo, serán las reflexiones que acompañarán sus sendas de toda la vida por todo el bosque. Hasta que necesite el auxilio de un bastón.

Martin Heidegger

Mundo y universo


Elia Locardi (1980- )

Parece haber un matiz muy tenue pero decisivo entre las ideas de mundo y de universo.
Puede que el concepto de mundo parta de una vivencia concreta, de una experiencia de constituir un aquí, el que constituye el lugar que le concierne. Mientras tanto, la idea de universo proviene de una abstracción lógica, de la concepción de una totalidad de aspectos de lo real en el que nuestros mundos pueden tener sus lugares.
Hay un término para referirse al todo de lo que es, conteniendo en su seno todo aquello que llega efectivamente a concernirnos. El tópico frecuentado que afirma que cada casa es un mundo no hace otra cosa que señalar esta articulación cognoscitiva de esferas. Y quizá toda arquitectura efectivamente habitada no sea otra cosa —y nada menos que— una articulación emergente entre un mundo y el universo.

Acerca de las condiciones humildes de la existencia


Dominique Issermann (1947- )

Cuando se menciona la existencia suelen convocarse a la conciencia graves y fundamentales asuntos tales como el sentido de la vida y de la muerte, la situación de la persona en el cosmos y otros de similar trascendencia.
Aquí prestamos peculiar atención a las condiciones humildes y cotidianas de la existencia. A nuestro ordinario estar-en-el-mundo. A la constitución de una presencia a la vez que una sombra
Puede que los fundamentales desafíos de nuestra existencia sólo puedan afrontarse precisamente cuando consigamos, si bien no un acomodo desmayado, sí una confortación razonable en la vida cotidiana y su complexión simple, elemental y crónica.

Notas para una filosofía del habitar (XXII) El derecho a habitar



La construcción metódica del derecho a habitar es, en cierto modo, el principal producto ético y político de la Teoría del Habitar.
El concepto de derecho a habitar proviene de la revisión crítica del histórico derecho a la vivienda, así como de la justipreciación del derecho a la ciudad.
Se trata de un derecho humano fundamental, toda vez que se reconoce al habitar como un rasgo constitutivo de la condición humana. A la vez, se trata de un derecho social, toda vez que es el conjunto estructurado de los habitantes de un lugar (asentamiento rural, villa, ciudad, metrópolis...) el sujeto titular de este derecho. Se trata de un derecho colectivo, toda vez que cada vulneración a un habitante deprivado supone el quebrantamiento del derecho a habitar del conjunto total de la comunidad que le acoge.
Todavía hay mucho que elaborar al respecto.

Notas para una filosofía del habitar (XXI) Discurso, retórica



La actividad arquitectónica implica la superposición de dos modalidades de discurso: el de las formas, que constituye una escritura con cosas y lugares, por una parte y por otro, por las teorías, consignadas en escritura convencional, que la justifican o promueven.
Esta característica supone una compleja operación retórica. La teoría convence, mientras que la forma seduce. De tal modo, el comitente obtiene la arquitectura que merece, en un contexto común con su arquitecto, toda vez que se armonizan conveniente y durablemente ambos modos retóricos.
La retórica de la seducción por la forma arquitectónica opera rindiendo al sujeto a la presunta evidencia que las cosas y los lugares no han hecho más que situarse mutuamente de un modo adecuado, digno y decoroso. Hay una cuota de satisfacción y otra de sorpresa agradable mutuamente imbricadas.
Por su parte, en el discurso teórico se suele apelar a los recursos de la razón, al argumento fundado, sin olvidar la consigna movilizadora. También es necesario construir un marco general de inteligibilidad, de congruencias axiológicas y de anticipaciones ideales. Por lo general, los destinatarios de la literatura teórica son los arquitectos profesionales, mientras que los destinatarios de la seducción de las formas son consumidores relativamente sofisticados, que marcan tendencias de distinción y buen gusto dominantes.
No debe descuidarse de ningún modo el aspecto retórico intrínseco de la producción arquitectónica. Porque, en este oficio, nada llega a funcionar efectivamente en la vida social sin su cuota de convencimiento y seducción.

Notas para una filosofía del habitar (XX) Teoría y poética


Alvar Aalto (1898- 1976) Sanatorio de Paimio (1933)

Toda Teoría arquitectónica debe guardar una adecuada relación con una Poética correspondiente.
En primer lugar, la Teoría no puede sobrevolar liberada de algún anclaje con la Poética. El riesgo de tal estado de cosas es desarrollar una teoría puramente especulativa, superestructural y descomprometida con las verificaciones operativas de la práctica. Por otra parte, una poética huérfana de teoría desemboca, por obra de estas circunstancias, en cualquier parte.
Pero en segundo lugar es preciso precaverse con la idea falaz de una Teoría dictando paso a paso la marcha de la Poética. Tanto las productividades específicas de teoría y poética se resienten con ello, así como se difiere toda posibilidad de implementación práctica hasta que no se haya dilucidado el conjunto exhaustivo de aspectos teóricos necesarios.
De este modo, es preciso pensar en una teoría y una pluralidad de poéticas mutuamente concertadas, pero de ninguna manera revueltas o confundidas.

Notas para una filosofía del habitar (XIX) Un humanismo arquitectónico necesario


Alvar Aalto

Hacer más humana la arquitectura significa hacer mejor arquitectura y conseguir un funcionalismo mucho más amplio que el puramente técnico.
Alvar Aalto

Desde el centro originario de la Arquitectura Moderna del siglo XX provienen dos inquietudes fundamentales: la generalizada preocupación por la función, la utilidad y la implementación práctica en arquitectura, ampliamente difundida en los integrantes de aquella vanguardia de maestros, y una singularísima ansia por la humanización de la arquitectura, producto del magisterio solitario del maestro Aalto.
El funcionalismo moderno —sumido en la actualidad en un proceso de revisión crítica— supone hoy un modo fundamental de responder a la cuestión del para qué de la arquitectura. A través del compromiso de la conciencia arquitectónica con la utilidad es que se afronta, desde un sesgo particular, el desafío teleológico fundamental.
Pero el aporte de Aalto introduce, con mucho, el ingrediente crítico necesario para una decidida orientación ética y estética en arquitectura. Se trata de considerar en toda su magnitud la tarea de hacer más humana la arquitectura. Esta es la tarea que la Teoría del Habitar adopta como suya y la compromete a la edificación sistemática y rigurosa de un necesario humanismo arquitectónico.

Notas para una filosofía del habitar (XVIII) Existencia y habitar


Martin Heidegger

La Teoría del Habitar debe reconocerse deudora de la filosofía de la existencia.
Es en el marco de tal filosofía que el habitar presenta su carácter propio y diferencial. Allí es de donde proviene la pregunta constitutiva de la Teoría. Desde tal punto de partida es posible afrontar los problemas que implica.
Y, sin embargo, también es necesario señalar su especificidad, tanto como es razonable reconocer su genealogía. Es que existir comprende situaciones más allá de la localización pobladora de un lugar. En este sentido, el habitar comprende las condiciones humildes de la existencia, la cotidianidad concreta, las situaciones corrientes que nos acompasan el día a día.
De este modo, así como podemos vislumbrar el mundo sobre el hombro de ciertos gigantes, también deberemos reconocer la magnitud sencilla de nuestra perspectiva.

Notas para una filosofía del habitar (XVII) Las prácticas fundamentales del habitar


Franz Stegmann (1831–1892) En el coro de la catedral a Aquisgrán (1890)

Por lo que parece, al menos hasta hoy, la arquitectura es objeto por parte de su habitante de tres modalidades fundamentales de prácticas: la marcha, la estancia y la trasposición de umbrales.
La marcha constituye la práctica más primitiva: nuestros primeros pasos inauguran una senda en el mundo que no cesamos de recorrer hasta el instante postrero. Antes incluso de ser humanos del todo, nuestro espacio-tiempo era apenas si una inquieto y curioso deambular. Por ello, esta práctica primordial inaugura la principal dimensión del lugar, articulando y asociando íntimamente espacio y tiempo.
La práctica de la estancia se desarrolla evolutivamente mucho después, cuando fue posible históricamente un sedentarismo que produjo algo más que meras pausas en el camino. Con esta práctica primordial, ya es posible distinguir y oponer el espacio y el tiempo, a la vez que particularizar los modos en que se desarrollan, en la experiencia vital, las tradicionales tres dimensiones atribuidas al puro y abstracto espacio.
Fruto de la oposición dialéctica de estas prácticas, emerge, como primera, fundamental y propiamente arquitectónica, la práctica fundamental que consiste en trasponer umbrales. Hay arquitectura entonces cuando se articulan Uno y Otro Lugar, mediante un umbral que une y separa ambos. La vida humana cobrará con ella nuevos e intrigantes significados.
La historia de la arquitectura no hace entonces sino comenzar.

Notas para una filosofía del habitar (XVI) Arquitectura y habitar


Paul Gustav Fischer (1860–1934) Velada en el Teatro Real (1888)

Una vez que uno se adentra por los pasillos laberínticos de la Teoría del Habitar, abandona, quizá para siempre su visión anterior de la propia Arquitectura.
El consabido juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz cede paso a la vibrante imagen de una arquitectura viva. Para que se complete a cabalidad el cuadro, las personas deben irrumpir con su propia vida, teniendo lugar. Recién entonces la arquitectura cobra un sentido humano positivo como servicio social. A las formas lábiles de los modos de vida le corresponderán, según características variables y contingentes, unos modos de constituirse los lugares en arquitecturas soñadas, proyectadas, construidas y habitadas.
Al preceder el habitar a la arquitectura, todo será diferente. Más humano.

Notas para una filosofía del habitar (XV) Esferas y laberintos


Villa Pisani

En la cultura occidental disponemos de dos formas arquitectónicas fundamentales: las esferas y los laberintos. Ambas suponen una caracterización específicamente arquitectónica que representa o duplica la propia condición humana.
Si nos imaginamos nuestro habitar de la manera más sencilla y contundente posible, entonces, tarde o temprano, nos las vemos con una esfera. Una tenue pompa, una frágil burbuja, un globo de vida al abrigo de las circunstancias. Así es la imaginación de cualquier ámbito, de cualquier refugio, de toda habitación.
Pero si concebimos nuestro interior en su insondable hondura, entonces intuimos el laberinto. Ésta es la estructura capaz de alojar a la vez la memoria y el olvido, la celda de reclusión o el retiro íntimo, el ámbito tanto de la imaginación de la vigilia, así como de los pormenores del sueño. El laberinto sólo puede ser recorrido con mapas apropiados; por ello nos es más propio que cualquier arquitectura sólida ejecutada por simples mortales.
Esta última, en definitiva, no puede hacer otra cosa que ofrecer torpes y precarias versiones de una combinación figurada entre estos luminosos a la vez que oscuros paradigmas.

Notas para una filosofía del habitar (XIV) Referencia, significado y sentido


Étienne-Louis Boullée (1728- 1799) Cenotafio de Turenne (1786)

En la actualidad es preciso cuidar y especificar tanto el acceso cognoscitivo a las entidades que son materia sometida a examen, tanto como cultivar con rigor una terminología precisa y, asimismo, desarrollar con apreciable prudencia y método un discurso que cierre la figura.
Las relaciones mutuas que tienen entre sí las cosas, las palabras y los discursos son arduas de definir y conflictivas en su constitución. Es por ello que hay que tomarse las cosas, las palabras y los discursos con mucho cuidado. Porque son precisamente estos los falibles instrumentos con los que construimos conceptos a título de conjeturas sobre lo real.
Tengo para mí que referencia, significado y sentido son apuestas o conatos que el pensamiento propone a la discusión con los semejantes y con la propia realidad.
Así, la relación entre una cosa y la palabra que pretende designarla es una referencia revisable que aguarda la prueba negativa del argumento de su inadecuación. Hasta ese entonces, el término habitar parece nombrar /una conducta observable, describible e interpretable de los seres humanos en los lugares que pueblan/. La relación entre el término y el ‘hecho’ es una referencia propuesta.
Por su lado, el término habitar se relaciona con el discurso que la incluye e implementa. Esta relación es convencional y suele entenderse como significado. El desarrollo coherente del discurso ajusta permanentemente el significado, con lo que el significado corriente o inicial cuando emerge una teoría a su respecto, se va pormenorizando en forma sucesiva y progresiva.
Por último, la figura conceptual se cierra con la relación entre el discurso que se desarrolla acerca del habitar y el habitar mismo, tal como se presenta a la conciencia histórica en su circunstancia. A esta relación se le suele denominar sentido.
En un modo análogo al andar de una persona en una bicicleta, el concepto de habitar se va construyendo y manteniendo vivo en la medida en que giren, concertados, una referencia, un significado y un sentido aliados y confabulados con el saber de su materia. Pero, cuando uno detiene críticamente este movimiento armónico, todo se viene al suelo. Y hay que empezar de nuevo.

Notas para una filosofía del habitar (XIII) Saber y poder


Michel Foucault

Scientia potentia est
Thomas Hobbes

Imposible soslayar la denuncia de Michel Foucault. Allí en donde el conocimiento es poder, la ‘verdad’ es función del ejercicio del poder del sapiente poderoso. La lucha por la verdad científica también es una lucha política (o quizá lo sea de un modo fundamental). La advertencia tiene un componente no sólo de prudencia epistemológica, sino un contenido liberador en potencia.
En efecto, es necesario estar advertido para asegurarse que la Teoría del Habitar, como cualquier teoría, tome forma epistemológica efectiva en unas adecuadas circunstancias históricas. De nada sirve anticiparse y de poco aprovecha llegar tarde. De este modo, al impulso heurístico debe agregarse, necesariamente, una decidida militancia para construir las condiciones sociales y económicas para que el habitar del hombre resulte de los propios y auténticos dictados del habitante.
Porque la Teoría del Habitar que preconizamos aquí tiene un compromiso ético con el saber propio y liberador del habitante.

Notas para una filosofía del habitar (XII) Saber e ideología


Levittown en New Jersey. En

No one who owns his own house and lot can be a Communist. He has too much to do
William Levitt

La lucha por el saber se desarrolla, al menos, en dos frentes.
En el primero de ellos, el saber disputa terreno a la ignorancia. Puede resultar algo desolador estimar cuán poco sabemos efectivamente del habitar y, recíprocamente, apreciar la cuantía abrumadora de todo que ignoramos. Sin embargo, podemos consolarnos —filosóficamente— con la idea que hoy por hoy es clara la necesidad imperiosa de saber. Ya es algo.
El segundo flanco lo constituye la confrontación del saber con aquello que creemos —falazmente— saber. Se trata de la ideología que tomamos hecha de los modos hegemónicos de obrar y pensar. Mercaderes de toda laya nos convencen una y otra vez de la errónea idea de saber qué es lo que deberíamos desear para solucionar nuestras demandas de habitación. La Teoría del Habitar debe empoderar a los habitantes para que sean éstos, emancipados real y simbólicamente, quienes elaboren por sí y ante sí, un saber propio y liberador.
Porque la Teoría del Habitar que preconizamos aquí tiene un compromiso ético con el saber propio y liberador del habitante.

Notas para una filosofía del habitar (XI) Yo y mi circunstancia


Gustave Doré (1832 –1883) Ilustración de Don Quijote (1863)

Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.
José Ortega y Gasset, 1914

La cuestión del habitar es apenas un aspecto concreto de la propia condición humana. Somos seres situados, esto es, somos unos en una circunstancia y unos con una circunstancia.
Nuestra habitación del mundo, nuestra presencia en los lugares, nuestro poblamiento de los pagos es, entonces, tan entrañable como nuestra propia constitución de seres-ahí. Esto pone a la Teoría del Habitar ante dos desafíos. El primero es el del aporte al esclarecimiento particular de un aspecto de la propia existencia para ahondar en su caracterización general, mientras que el segundo y recíproco es precisar de modo contundente su propia especificidad en tan comprometido contexto.
La administración metódica de ambas y opuestas solicitaciones marcará, entonces, el desarrollo filosófico futuro de esta disciplina.

Notas para una filosofía del habitar (X) La condición humana

Vincent van Gogh (1853- 1890) Un par de zapatos (1887)


La perplejidad radica en que los modos de la cognición humana aplicable a cosas con cualidades «naturales», incluyendo a nosotros mismos en el limitado grado en que somos especímenes de la especie más desarrollada de vida orgánica, falla cuando planteamos la siguiente pregunta: «¿Y quiénes somos?»
Hanna Arendt, 1958

La condición humana supone una noción especialmente ardua de definir quizá por su carácter de idea-horizonte, esto es, que la expresión no alude a una cuestión que pueda tenerse más o menos a la mano, sino que fuga, vertiginosa, hacia delante de nuestro entendimiento.
Algunos arquitectos de hoy necesitamos un humanismo que nos guíe la razón pura, la razón práctica y, sobre todo, la capacidad de juzgar y obrar. Pero, ¿qué humanismo? Porque no se trata de introducir, solapadamente, una metafísica del ser humano, ni una idealización pura, ni rescatar algún odre viejo de la tradición. Lo que necesitamos es un humanismo tan realista como resignado.
Tal humanismo es un saber del der humano tal cual luce y resulta en la actualidad. Ni más ni menos. Ni el de ayer ni el de mañana. El ser humano, aquí y ahora, como uno con su circunstancia: hijo de su tiempo y de su historia, tan verdadero cuanto inteligible.

Notas para una filosofía del habitar (IX) Operatividad y especulación

Gustavo Dall'Ara (1865- 1923) Calle 1 de marzo (1907)

¿Operatividad pragmática o especulación humanista?
Difícil de responder a la cuestión con honestidad, de momento. El problema de la constitución posible de la Teoría del Habitar es materia disputable.
Por una parte, se origina en una demanda propia de algunos arquitectos inquietos por la constitución epistemológica y teleológica de su disciplina. Esta inquietud fundante demanda una condición de operatividad inmediata, acuciante y urgente. Una arquitectura señalada por una poética humanista pugna por crecer y desarrollarse como alternativa posible a lo dominante.
Y, sin embargo, ¿cómo evitar que, a una demanda concreta de praxis, el pensamiento no corresponda más que con idealizadas especulaciones humanistas? ¿Cuáles serían las virtudes imprescindibles para que de la teoría se desprendiese, como un corolario inmediato y necesario, un método de obrar? ¿Cómo evitar la fascinación de las hermosas y falaces imágenes de la pura ideología?
Difícil de responder a la cuestión con honestidad, de momento.

Notas para una filosofía del habitar (VIII) Topografías de lo abstracto y lo concreto


Caspar David Friedrich (1774- 1840) Monje frente al mar (1810)

La Teoría del Habitar tiene un paisaje primordial que opera como paradigma tanto ontológico como cognoscitivo.
Por encima, allá en lo alto, domina el cielo, región de la especulación, de la abstracción y el vuelo de las imaginaciones. Proviene de allí aquello que no podemos alcanzar y nos contentamos con desear, aquello que se oculta en las brumas o parece figurarse en las nubes, aquello que reina en lo alto sobre nuestras resignadas condiciones de mortales. Por nuestra parte, lanzamos y proyectamos hacia esta comarca todo lo que constituye nuestras más cruciales interrogaciones, lo que no hacemos más que vislumbrar vagamente, lo que conjeturamos y soñamos.
Mientras tanto, por abajo, la tierra nos atrae con gravedad hacia el examen atento, la consideración a lo concreto y a las fatigadas expediciones de la vida. De la tierra proviene aquello que asimos y consideramos, aquello que cultivamos y sacrificamos, aquello sobre lo que ejercemos nuestro falible imperio. Hollándola es que la hacemos territorio, pago y paisaje.
Pero, allí en el medio de ambas regiones, a modo de inflexión, de rótula, de articulación fundamental, allí estamos los que habitan el horizonte. Somos los que atribuimos sentido a los signos de lo que vendrá y los que arrojamos hacia atrás el tiempo vivido hacia las simas del olvido y la memoria. Conferimos sentido al paisaje habitado y al hacerlo, reclamamos porque éste nos retribuya en su espejo uno correspondiente a nuestra propia constitución. Y detrás y más allá de este paisaje fundamental persiste un Silencio atronador que ni afirma ni niega nada al respecto.