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Poéticas del habitar (VI) El genuino confort


Ray y Charles Eames

Cuando hablamos de confort, en lo primero en que pensamos —y, a veces, en lo único—es en sus dimensiones físicas.
Esto no está injustificado, pero no es suficiente. El ajuste adecuado de variables como la temperatura, la humedad, la velocidad del aire, el nivel lumínico y sonoro, así como una situación corporal sana y descansada, son claves para definir unos umbrales físicos que contornean una situación de confort-
También hay una dimensión muy importante y es la moral. El confort afecta la digna estancia de las personas en los lugares habitados, con lo que se agrega un componente ético indispensable de considerar. Lejos de considerarse un privilegio, facultativo y excepcional, debe entenderse como un derecho humano básico que afecta a su sujeto como ser-en-situación.
No menos importante es la dimensión emocional del confort. La serenidad y alegría de vivir en una situación confortable es función de la libertad efectivamente ejercida en tiempo presente y en primera persona por los habitantes. Por ello, el confort debe ser objeto de un estudio antropológico especialmente riguroso. Y también debe promoverse la irrupción de una poética del confort específica.

Dimensiones de lo confortable


Anna Ancher (1859 –  1935) Luz de sol en el cuarto azul (1891)

El confort tiene, en su dimensión real, mucho de holgada adecuación.
El cuerpo se despliega a sus anchas, cuando las constricciones se reducen a su mínima expresión aparente y cuando es posible sentar uno sus reales sin mayor trabajo. Tal situación resulta de un equilibrio negociado entre las posibilidades efectivas del lugar, del orden de los elementos dispuestos y de una coreografía ajustada de los cuerpos de los habitantes.
En lo que toca a la dimensión simbólica, toda adquisición de confort supone una conquista de libertad corporal, una dignificación del gesto vital y un contento con el incremento del decoro. Con la habituación, la situación confortable se superpone a la condición previsible de la vida y toda mengua al respecto se experimenta como una pérdida molesta. La vida acomoda sus variables.
Pero es en la dimensión imaginaria donde el confort muestra sus aspectos más inquietantes: para conseguir mejor y diferente confort es necesario salir de la situación de confort preexistente. Este salir es crítico y se traduce en una inconformidad de nuevo cuño, ya cuando las alternativas futuras no hacen más que esbozarse.

Un fluido deslizarse


Frederick Arthur Bridgman (1847 – 1928) Un juego interesante (1881)

Vivir es pasar de un espacio a otro sin golpearse.
Georges Perec

Uno quisiera que la arquitectura tenue del cuerpo se deslizara fluidamente en los pormenores de la arquitectura construida.
A esto podría llamársele el grado cero del confort. Apenas un comienzo, pero comienzo al fin. Apenas una condición fundamental, pero toda una promesa de bienestar construida sobre este cimiento sólido y contundente: pasar de un ámbito a otro sin golpearse con las constricciones indebidas de las formas crueles e inhumanas de la especulación comercial inmobiliaria.
Un fluido deslizarse es una ofrenda razonable de libertad.

El sentido profundo del confort (III)


Johan Niclas Byström (1783- 1848) Juno y Hércules (s/d)

Existe un tercer y decisivo componente del confort, vinculado con el decoro.
Si tratamos con sujetos sociales, debemos entender que las condiciones efectivas y verificadas de confort deben significar la condición placentera propia. El confort se asocia así con una serena alegría de vivir como expresión humana profunda. Al ser confortable como situación de contenido se le corresponde la satisfacción de las personas como significante.
Así, el confort es tanto efectivamente como deviene representación en la vida social.
Ahora bien, si recapitulamos y enumeramos los tres componentes presentados, a saber:
  1. El que lo vincula con la adecuación y la libertad
  2. El que lo hace con la dignidad social
  3. El que lo hace con el decoro y la satisfacción
Estamos entonces en condiciones de presentar la cuestión de la consecución del confort lejos de la banalización contemporánea. Estamos en condiciones de presentar su sentido humano profundo. Una arquitectura al servicio de la condición humana está íntimamente comprometida con el confort no banalizado, con un legítimo fruir de la vida.

El sentido profundo del confort (II)

Eugène Delacroix (1798 –1863) Mujer de Alger (1835)

Hay un segundo componente del concepto de confort que se despliega asignado a la dignidad propia de las personas.
Toda vez que en arquitectura tratamos con personas antes que con cosas, es preciso propender al bienestar de aquellas, en reconocimiento comprometido por su condición humana. Hay en este aspecto del confort un valor de situación condigno con la condición específica humana de los sujetos, que exige satisfacción en sus propios términos: se arregla con confort una vida que cuenta con una cultura dada, con una situación histórica y social determinada. Por ello, el confort no se contenta con constituir un estado físico, sino que constituye una situación socialmente entendida de bienestar.
Y aquí hay una segunda razón para tomar distancia de la banalización del sentido contemporáneo y dominante del confort.

El sentido profundo del confort (I)


Georges Rochegrosse (18591938) Sarah Bernhardt (1900)

En el concepto de confort existe un componente básico que hace lugar a la adecuación.
Tal componente debe entenderse necesariamente alejado de las especificaciones mecánicas mínimas de un implemento cualquiera tanto como de las nociones de ampulosidad propia de las situaciones socioculturales de privilegio. Es preciso abordar el problema de la magnitud conforme de las cosas de vivir.
Esta magnitud conforme es una medida más que mecánica de la libertad de los cuerpos de las personas. Es por este factor que la prosecución de meras máquinas eficientes para habitar nunca es suficiente ni oportuno. Las personas, como entidades con derecho a la libertad constituyen situaciones muy diferentes a las propias de un operador de tales máquinas. Pero también por ello, el confort fundado en la adecuación nunca puede ser un privilegio privativo de algunos a costa del resto de la humanidad. El confort adecuado no puede resultar infrecuente, sino amplia y decididamente accesible a cada quien lo ejerza en el ejercicio de su libertad.
En definitiva, es por lo menos — por ahora— y por esta razón, en principio, que el confort no debe ser banalizado bajo la especie de la provisión de servicios mecánicos. Debe ser entendido, más bien, como una cabal situación de libertad del sujeto.

El confort. Aspectos estéticos


Anders Zorn (1860 – 1920) En la hamaca (1882)

¿Qué es el confort? […] La respuesta más sencilla sería que el confort se refiere únicamente a la fisiología humana: sentirse bien. Eso no tiene nada de misterioso. Pero no explicaría por qué, aunque el cuerpo humano no ha cambiado, nuestra idea de lo que es confortable difiere de la de hace cien años. Y la respuesta tampoco consiste en decir que el confort es la experiencia subjetiva de la satisfacción. Si el confort fuera subjetivo, cabría esperar que hubiera una mayor diversidad de actitudes al respecto; por el contrario, en cualquier época histórica determinada siempre ha existido un consenso acerca de lo que es confortable y lo que no lo es. Aunque el confort es algo que se experimenta personalmente, cada uno juzga el confort conforme a normas más amplias, lo cual indica que el confort puede ser una experiencia objetiva.
(Rybczynski, 1986)

En nuestra actual civilización, en donde impera el más frenético consumo de mercancías, la apariencia ilusoria de confort se impone sobre la verificación fáctica de éste.
Larga es la lista de enseres y dispositivos que se ven confortables mucho antes de poderse verificar en los hechos esta condición. Y consiguen persuadirnos de sus aparentes prestaciones por encima de nuestra propia evidencia en carne propia. Es por ello que una adecuada y pertinente teoría del confort debe aportarnos herramental para saber distinguir la auténtica emergencia de éste de toda forma de ilusión.
Y recíprocamente, deberemos adecuar nuestra sensibilidad para percibir la buena forma necesaria de todas aquellas cosas que nos harán, en el futuro, la vida más llevadera.

El confort. Aspectos éticos


John Singer Sargent (1856 1925) Figura en una hamaca (1917)

¿Qué es el confort? […] La respuesta más sencilla sería que el confort se refiere únicamente a la fisiología humana: sentirse bien. Eso no tiene nada de misterioso. Pero no explicaría por qué, aunque el cuerpo humano no ha cambiado, nuestra idea de lo que es confortable difiere de la de hace cien años. Y la respuesta tampoco consiste en decir que el confort es la experiencia subjetiva de la satisfacción. Si el confort fuera subjetivo, cabría esperar que hubiera una mayor diversidad de actitudes al respecto; por el contrario, en cualquier época histórica determinada siempre ha existido un consenso acerca de lo que es confortable y lo que no lo es. Aunque el confort es algo que se experimenta personalmente, cada uno juzga el confort conforme a normas más amplias, lo cual indica que el confort puede ser una experiencia objetiva.
(Rybczynski, 1986)

La consecución del confort tiene aspectos éticos. El principal es el alcance generalizado de condiciones de vida adecuadas en correspondencia con la esencial dignidad humana.
Esto determina que el confort buscado resulta en promoción efectiva de la plena autonomía de los sujetos: el confort que vale la pena perseguir es el que libera a las personas comprendidas por tal condición. Por otra parte, el confort deseable siempre está en correspondencia con la salud y el bienestar pleno de los sujetos. En definitiva, la provisión de confort éticamente satisfactoria resulta en una efusión de lo mejor de la humanidad. El buen vivir, la eudemonía, horizonte ético por excelencia, tiene sus condiciones éticas inherentes.
Conviene tener en cuenta estos aspectos, porque la provisión habitual de chismes y falaces sofisticaciones no conducen necesariamente a la consecución ética del confort, sino que apenas son sucedáneos engañosos.

El confort. Aspectos cognoscitivos


Antonio Frilli (1860-1940) Mujer en hamaca (s/f)

¿Qué es el confort? […] La respuesta más sencilla sería que el confort se refiere únicamente a la fisiología humana: sentirse bien. Eso no tiene nada de misterioso. Pero no explicaría por qué, aunque el cuerpo humano no ha cambiado, nuestra idea de lo que es confortable difiere de la de hace cien años. Y la respuesta tampoco consiste en decir que el confort es la experiencia subjetiva de la satisfacción. Si el confort fuera subjetivo, cabría esperar que hubiera una mayor diversidad de actitudes al respecto; por el contrario, en cualquier época histórica determinada siempre ha existido un consenso acerca de lo que es confortable y lo que no lo es. Aunque el confort es algo que se experimenta personalmente, cada uno juzga el confort conforme a normas más amplias, lo cual indica que el confort puede ser una experiencia objetiva.
(Rybczynski, 1986)

Si el confort no es un hecho fisiológico ni una vivencia subjetiva, quizá no haya mejor alternativa que considerarla un valor, esto es una entidad relacional objetivo/subjetiva.
De este modo, el confort es un valor que se verifica particularmente mediante la experiencia particular de los sujetos, pero que define diferentes umbrales aceptables social y culturalmente determinados. Son condicionantes socioculturales los contextos de uso, los rituales y otras circunstancias similares, toda vez que las personas asumen tanto el papel de patrones de medida, así como de agentes de medición y evaluación.
La medida o magnitud propia del confort, según parece, sería la adecuación relativa que, en una situación y contexto dados, pudiera verificarse como virtuosa relación entre un sujeto habitante y las condiciones materiales y simbólicas que lo amparan.
Esto es apenas un comienzo de una necesaria teoría del confort, candidata a constituir una importante deriva de la Teoría del Habitar.

El punto del confort

Peter Ilsted (1861- 1933) Leyendo en la ventana (1900)

La demanda social de lugares adecuados para habitar no se corresponde con un ajuste mecánico y mínimo a ciertas especificaciones taxativas y mínimas. El lugar adecuado es aquel que resulta efectivamente confortable.
El valor del confort es mucho más que un valor de uso, es un valor de implementación humana integral. Es que un habitante es mucho más que un simple usuario de un bien útil. Un habitante implementa las cosas de vivir integradas en estructuras arquitectónicas que amparan las diversas formas de conductas habitables en todo su desarrollo.

Por ello, el punto del confort es un vértice de una necesaria tríada deontológica impuesta a los lugares habitables.

Deontología arquitectónica humanística: la consecución del confort

John Lavery (1856- 1941) El sofá verde (1903)

La consecución del confort es un imperativo ético para una arquitectura de vocación humanista.
Esto parece simple de enunciar y bastante obvio como para comprenderlo, pero debe repararse en el compromiso práctico que conlleva. ¿Hasta qué punto el ejercicio profesional arquitectónico se ha desplazado desde el interés legítimo del habitante efectivo hacia los intereses del especulador inmobiliario, el tecnoburócrata político o los más diversos sectores empresariales-industriales? Porque estos últimos son intereses, por cierto, diversos y antagónicos con respecto al primero.

El ejercicio de una arquitectura humanista debe señalar, en todo momento, su opción inequívoca por la consecución del confort del habitante, por encima de toda otra consideración.

Ética y estética del confort

Valentine Cameron Prinsep (1838- 1904) Dulce reposo (s/f)

Nos conviene forjar un concepto claro, distinto y operativo de confort.

La exigencia de claridad apunta a que el término confort remita, por un lado, a una significación inequívoca y, por otro, que tenga un referente hondo y entrañable en la condición humana del habitar. El reclamo por la distinción es complementario de lo anterior: debe discriminarse cuidadosamente la idea rigurosa de confort de aquellas equívocas vecindades tales como la de privilegio, estado infrecuente o puro sentimiento subjetivo de placer. En fin, la operatividad es función de la fertilidad del uso del término en un discurso general que aborde las dimensiones éticas y estéticas del habitar humano, esto es, las prácticas y las producciones.

El juicio de confort

Charlotte Perriand (1903- 1999)

La arquitectura se prodiga en maravillas.
Dentro de las variadas modalidades de juicio de valor arquitectónico vale la pena detenerse en el caso del juicio de confort. Es cierto que la literatura crítica no abunda en tales juicios, pero es innegable que la satisfacción subjetiva del habitante debe ser tenida en cuenta. No basta con el erudito encomio de la buena forma, ni tampoco con el juicio experto sobre la excelencia tectónica. Se debe recabar el sentimiento sincero y auténtico del habitante sereno de espíritu, sensible a los roces del cuerpo y atento al fondo de su más genuino deseo de equilibrio dinámico con el ambiente habitado.
Quizá el juicio de confort sea, en definitiva, uno de los principales juicios de valor específicos de un habitar sensato.

Porque, en definitiva, los mejores esfuerzos y logros del talento humano del diseño y la construcción se deben a la humana condición de habitar. ¿O es que jugamos a un juego con otras reglas?

Reescrituras (XXXVI): Sensaciones de confort en la piel

José Malhoa (1855- 1933) Praia das Maçãs (1918)

No es posible juzgar el confort si no es con las sensaciones palpitantes en la propia piel. Y juzgar lo confortable es un juicio de valor insustituible en arquitectura.

* * *

La arquitectura debe reivindicar para sí una estética propia y específica, fundada en las sensaciones de la piel y el tacto y con el confort como valor estésico diferencial.
Para ello mucho de las asunciones teórico-estéticas de la arquitectura deben ser revisadas a fondo y sometidas a una deconstrucción crítica. Porque, si se trata de arquitectura efectivamente vivida, no puede abordarse como un especial arte plástico. En la arquitectura, las formas no son ya masas y espacios ni estructuras tectónicas en sí mismos, sino que constituyen vínculos entre estas masas, espacios y tiempos con el vivir palpitante del cuerpo humano.


Reescrituras (XXIII): El cuerpo relajado y triunfante

François Boucher (1703- 1770) Joven durmiendo (1760)

Hacia el siglo XVIII comienza —al menos en la civilización occidental—  un proceso histórico de revaloración del placer corporal, de la actitud relajada y de la búsqueda refinada de la comodidad. Los cuerpos reclaman, desde entonces, confort.


* * *

Hoy no podemos concebir nuestra existencia si no es al amparo del confort que nos deben brindar las cosas de vivir.
El confort es un constructo histórico, sin embargo, tal como también lo es nuestra contemporánea concepción del cuerpo, de sus atribuciones y valores, de su relación con útiles y enseres, de su relación con los ámbitos poblados.

¿Cuáles son las condiciones sociales, económicas e históricas que alumbran el desarrollo de conceptos tales como el confort, el cuerpo y el habitar?

En contra de la banalización del confort

Guy Rose (1867- 1925) Junto al fuego (1910)

La actual banalización del confort tiene al menos dos efectos: por un lado, reduce la idea de confort a una insignificante sensación de muelle e indiferenciada situación pasiva; por otro, reduce a la consecución del estado de confort a la pura disposición de algún chisme mecánico que responda al inane gesto de apretar un mando a distancia.
Esto no se produce sin consecuencias. El adelgazamiento y rarificación del concepto de confort lo diluye en una desarticulada catarata informe de requerimientos puntuales, para los cuales, habrá y no por casualidad, la correspondiente solución en algún género de mercancía ad hoc.

Es preciso tratar el desafío del confort con toda la profundidad que demanda y con toda la integralidad que el tema merece. Y conviene revisar críticamente toda esa proliferación de presuntas comodidades que operan apenas como ilusorios sucedáneos de una efectiva calidad de vida.

El confort como valor (IV)

Lilly Reich (1885-1947) y Ludwig Mies van der Rohe (1886 – 1969) Silla Brno (1929)

Existe un tercer y superior estrato en la naturaleza compleja del confort.
Se trata del estatuto de la representación. El confort constituye un signo, esto es, un contenido evocado y hecho presente a la conciencia humana mediante formas significantes de variada constitución. Hay ideas, ilusiones, deseos, fantasmas, reflejos vagos, entrevisiones, y otros modos de representar y anticipar en la conciencia el confort que constituyen constructos históricos sociales.

Estos constructos son elaboraciones contingentes y revisables, fruto de ciertas circunstancias socioculturales y están sujetas tanto a procesos de revisión crítica conceptual así como a la verificación concreta en la vida de los cuerpos que la experimentan.

El confort como valor (III)

 Delphin Enjolras (1857–1945) Contemplación (s/f)

Existe una característica específicamente humana que afecta constitucionalmente al confort.
Cuando tratamos del confort humano nos situamos en un mundo de posibilidades, proyectos, construcciones y transformaciones constantes. Mientras que el resto de los seres vivos se conforman con padecer su ambiente, el ser humano produce una antroposfera, un mundo posible, construido y continuamente modificado, sin que alcance a ser del todo un puro artefacto.

Se habita entonces un mundo situado entre dos luces o condiciones: posibles y necesarias. Esta constitución antroposférica del mundo es una determinación estructural del ambiente habitado por el hombre. Concomitantemente, así se determina un estrato propiamente estructural del confort. Se trata de un estado posible, proyectado, construido y transformado de modo constante.

El confort como valor (II)

Adolph Artz (1837- 1890) En lo de la abuela (1883)

En principio, el confort es un valor de naturaleza ambiental, esto es, afecta la constitución del sujeto en tanto ser vivo.
Estar vivo implica constituir una relación equilibrada y dinámica entre una entidad biológica y el conjunto total de circunstancias que hacen posible su desarrollo y su eventual reproducción. Por ello, el confort comienza por constituir un valor sustentado en la calidad de la supervivencia y su desarrollo espaciotemporal.

Este carácter ambiental supone un primer estrato —que podríamos caracterizar como infraestructural— de la naturaleza compleja del confort

El confort como valor (I)

Pierre-Auguste Renoir (1841- 1919) Mujer acostada (1872)

El confort, como valor, reside en la relación existente entre un conjunto de condiciones objetivas que afectan a un sujeto y un determinado estado de satisfacción, expresado como forma positiva de bienestar.
Debe distinguirse, entonces, tanto de las cosas o útiles capaces de conferir estas condiciones, así como de los estados subjetivos de satisfacción. El confort, en sí mismo, se desarrolla en el territorio de la relación entre estos factores. Precisamente por ello es que el confort es materia de indagación en Teoría del Habitar.

Por ello es que, según parece, una teoría del confort es un componente futuro y necesario de una Teoría del Habitar maduramente desarrollada.