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La ciudad como arquitectura sistémica de lugares (III) Laberintos


Fernando Gordillo (1933- 2015)

La arquitectura sistémica de lugares que constituye una ciudad se ve atravesada, de un modo singularmente complejo, por una proliferación de laberintos.
Por estas sendas deambulan frenéticamente personas, bienes y signos. Llamamos, entonces, ciudad a ese entrecruzamiento de laberintos que es la clave de su secreta riqueza, a la vez que constituye su estructura materialmente sustentante. Son los intercambios, las traslocaciones, los tránsitos los que dan el pulso vital —a veces febril— de eso que se deja denominar con propiedad, ciudad.
La comprensión profunda de la ciudad como arquitectura sistémica de lugares hará posibles las necesarias operaciones de una poética arquitectónica humanista que, a la vez que consiga el renacimiento de la ciudad histórica, libere a sus urbanitas de su penosa situación actual.

Laberinto


Escena de la ópera The Minotaur (2008), de Harrison Birtwistle

No habrá nunca una puerta. Estás adentro
Jorge Luis Borges, 1969

El Laberinto —aquel Laberinto— carece, como la vida misma, de puertas. Simplemente, estás adentro. Simplemente, caes allí. Simplemente, no tienes salida.
De ahí que Asterión ansíe la muerte. ¿Cómo, si no, abolir la culpa ajena que tiene que pagar? Esa condición infame de la que no puede excusarse, esa herida que nunca se cierra, esa agonía inútil que vuelve al Laberinto una senda de ida a ninguna parte, infinita, incesante, impiadosa.
Mi hija Laura me lo ha dicho: Nosotros somos un laberinto y Nietzsche nos ha anunciado: somos demasiado cobardes para asumirlo.

La celda de Asterión


Puesta en escena de The Minotaur (2008)

En la ópera inglesa contemporánea de Harrison Birtwistle, The Minotaur, su personaje principal es un humano encerrado (y condenado) en su condición de bestia. Por esto, en la vigilia muge estrepitosamente, pero cuando sueña, lamenta inteligiblemente para nosotros su condición cautiva.
En forma recíproca, nosotros los humanos quizá sólo seamos una celda desvelada de una bestia que sueña con alcanzar su liberación o quizá la muerte. Vaya uno a saber.

La misión, cuestión abierta


Edward Burne-Jones (1833 –1898) Teseo y el Minotauro en el Laberinto (1861)

Si quisiéramos intentar construir una arquitectura acorde a la naturaleza de nuestra alma -pero somos demasiado cobardes para eso- el laberinto debería ser nuestro modelo

(F. Nietzsche: Aurora, aforismo 169)

¿Para qué quisiéramos intentar construir una arquitectura acorde a la naturaleza de nuestra alma?
Quizá nos reduplicaríamos en nuestro tener efectivo lugar. Queda por ver qué beneficio podría obtenerse de tal operación. Es que puede tratarse esta situación ya como una armonización virtuosa tanto como el precipitado hacia una sima insondable.
¿Es posible acaso concebir y construir arquitecturas que no resulten acordes con la naturaleza de nuestra alma? Puede que sí, puede que nuestra existencia sea, en el fondo, inauténtica y alienada, pero ¿una existencia auténtica liberada de nuestra condición cobarde, resultaría necesariamente sana?
Está abierta la cuestión y estoy muy lejos de poderla zanjar de modo satisfactorio.


Estructura fundamental del lugar: Laberinto

Beatriz González  Paseantes (2013)

Por un laberinto, en principio, todo es errar.
La marcha no se detiene más que breve y apenas: el sentido del laberinto es su propio acontecer perplejo. La cadencia de las alturas se sucede con el ritmo de la alternancia de ámbitos públicos y privados, las amplitudes relativas alternan ámbitos propios y extraños.
Las derivas hacen ocurrir ámbitos murmurantes, zonas de estrés acústico y silentes reductos íntimos. Suceden las variantes térmicas y lumínicas que ofrecen novedad y acontecimiento a los estremecimientos de la piel y las acechanzas de la mirada. Vagas alternancias olfativas nos guían mediante discretas adhesiones y rechazos.
Mientras que la marcha le otorga hegemonía al protagonismo de las piernas, las manos operan apenas sumarias. Los cuerpos ya excavan cavidades, ya buscan la luz, el aire y el lugar libres. También se suceden y mudan de carácter las reglas, los trabajos, los afectos

En los laberintos, la ley interior la dicta el tiempo, los latidos, los resuellos de la respiración, los pasos.

Reescrituras (XXXII): Allí donde volvemos una y otra vez


Guido Marzulli (1943- ) Al N° 16 de la Plaza Mercantil de Bari (s/f)

La morada no es una cosa construida, como una casa o vivienda. Es un sistema de lugares que tiene un foco principal, allí donde volvemos una y otra vez.

* * *

Definir a la morada como un sistema abierto de lugares tiene la virtud de trascender la equívoca cosificación implícita en el significado del término vivienda.

Este sistema de lugares es tanto un abismo de esferas concéntricas —la casa, el vecindario, el barrio, la ciudad...— así como un nodo de laberínticas sendas recorridas por un grupo familiar uno y todos los días.

Viejas cuestiones (XIII) Esferas y laberintos

Daniel Dorall (s/d) Asilo (2005)

Aquí se ha considerado dos configuraciones muy generales de los lugares, más allá de sus accidentes de forma particulares: las esferas, por una parte y los laberintos, por otra.
¿Hay otras configuraciones generales equiparables? ¿Cuáles son?

Todo parece indicar que las configuraciones de esfera y laberinto obedecen a una antigua escisión en el pensamiento. Se piensa, ya en el espacio (y ocurre una esfera como idea fundamental), o ya en el tiempo (donde acontece el laberinto).

Mientras tanto, el lugar concreto debe ser pensado aunando el espacio y el tiempo. Sólo cuando se desarrolle una verdadera historia del pensamiento de esta naturaleza podrán emerger otras configuraciones alternativas.

Un deseo nuclear de habitar

Evariste Carpentier (1845- 1922) Los viejos (s/f)

Tenemos una intimidad que proteger. Tenemos que tener un lugar al que volver uno y otro día.
Es por eso que deseamos contar con una casa, como deseo nuclear de habitar. En torno a este origen de coordenadas espaciotemporales se organiza todo el sistema de lugares que efectivamente habitamos en presencia, ocupación y tránsito. Hay una parte del mundo al que volvemos habitual, experimentado en profundidad, vivido con perseverancia. La casa es por donde recomienza cada día ese sistema de lugares: es una esfera y también el umbral de un laberinto hacia afuera y hacia adentro.

La casa comienza por ser un deseo puramente nuclear de habitar.

La casa de Asterión

George Frederic Watts (1817- 1904) El Minotauro (1885)

Si quisiéramos intentar construir una arquitectura acorde a la naturaleza de nuestra alma -pero somos demasiado cobardes para eso- el laberinto debería ser nuestro modelo

(F. Nietzsche: Aurora, aforismo 169)

La autoridad de Jorge Luis Borges afirma que, como la casa de Asterión, esto es, el Laberinto no hay otra en la faz de la tierra. Por otra parte, a poco de avanzar en su descripción apunta: Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar.

Puede suceder que, efectivamente, seamos cortos y cobardes para reconocer que en nuestras casas se multiplican con exceso las estancias y los tránsitos y que cada lugar tenido por único —tenido falazmente como una única y propia esfera— en realidad es otro lugar. No es que no lo hayamos construido —esto es inevitable—, lo que nos resulta difícil para nuestra condición (que el filósofo tilda de cobarde), es comprenderlo.

Menos es más. Elogio de las pocas palabras

Una “casa del alma” egipcia

Autor, fecha
Cuando un difunto, en el Antiguo Egipto, contaba con recursos, se le enterraba con una “casa del alma”, maqueta arquitectónica realizada en terracota. Pero en otros casos, los deudos de condición económica más modesta se contentaban con estas tabletas en relieve.
La de la ilustración es extraordinaria por condensar las dos configuraciones fundamentales de la Esfera y del Laberinto.
Hay ocasiones especialmente logradas en que un mensaje grande entra en un sencillo significante y atraviesa morosamente los siglos.
Chapeau.

Véase el artículo de Pedro Azara en

Esferas y laberintos

Maurits Cornelis Escher, (1898-1972) Relatividad (1953)

Las esferas y los laberintos constituyen un par de configuraciones trascendentes. Las esferas ocurren cuando prestamos principal atención al espacio en los términos más abstractos. Los laberintos son vividos y representados  particularmente en el tiempo. Pero no vivimos y ciertamente no habitamos ya en el espacio, ya en el tiempo, sino en un campo espaciotemporal de múltiples dimensiones. Por eso los lugares que habitamos efectivamente adoptan estas dos configuraciones.

Es un ejercicio apropiado para quien imagina elaborar o desvelar estas dos condiciones en todo lugar que habite. 

Laberintos erototópicos

ihamér Margitay (1859- 1922) Cortejo (s/d)

Llamamos erototopo al campo o dominio de deseos insular-humano, porque el deseo erótico ofrece el paradigma de cómo la competición afectiva en los grupos estimula y controla, a la vez, la vida del deseo de quienes viven juntos.

Sloterdijk, 2004:311

¿Dónde encontrar a la otra mitad de la cama? (La expresión es de Sloterdijk)
No es, por cierto, por azar. Transitamos afanosamente nuestros laberintos que ofrecen cruces significativos con otros, con el Otro. El entramado apasionado de redes de laberintos que se buscan forma parte de un componente horizontal del orden social. Habitamos ese espacio poblado de admiraciones y celos, de atracciones y desdenes, de olvidos y de fantasmas recurrentes.
No por nada, la Norma se arroja, vertical, sobre este enmallado, sometiendo —no siempre de buena gana, no siempre a regañadientes— a sus sujetados.


La casa como laberinto

Charles Demuth (1883- 1935) Comodidades modernas (1921)

Desde la casa, el hombre se asoma al mundo. La casa es el origen de cada viaje: de todos los viajes. La casa es, pues, ese invento humano al que uno vuelve, como un Ulises a su Ítaca, como un toxicómano reincidente. O como un sonámbulo. Esto se debe a que en la estructura mítica de la casa se encierra el mito de volver a ella. Hasta el punto que se podría definir la casa como aquello a lo que volvemos bajo la implícita promesa de la protección.
Sin la casa no hay ni viaje ni viajero posible.
Santiago de Molina, 2015

La casa es un punto trascendente en el laberinto que habitamos.
Todas las sendas parten de allí y hacia ese lugar vuelven, reinciden, recaen. La casa, entonces prolifera en sendas. Este hecho hace abandonar la idea persistente que la casa se conforma meramente con el recinto de sus muros exteriores y su cubierta. Es un cruce de caminos, nada más ni nada menos.
Por otra parte, como nuestro autor afirma con perspicacia ejemplar, en la estructura mítica de la casa se encierra el mito de volver a ella. Una casa es una querencia, un hábito, un regreso antes de constituirse físicamente.

A la tradicional idea de casa como esfera debe agregarse la idea de laberinto.

Cnossos, Creta

Reconstrucción parcial del Palacio de Cnossos en Creta

Dédalo

Cuando proferimos “Dédalo” generalmente queremos mencionar un paraje singularmente intrincado en sus caminos o algún asunto particularmente confuso o enmarañado. Pero lo que hacemos, en verdad es mencionar al Artífice del Laberinto. Dédalo es a la vez el paradigma de los artesanos especialmente mañosos (carpintero, ingeniero, arquitecto) y el autor del primer ejemplar de los laberintos.
En principio el patético rey Minos le exige el confinamiento seguro del Minotauro, lo que equivale al alojamiento profundo de la Culpa. Pero lo que efectivamente realiza Dédalo es un Laberinto, lo que equivale al complejo Palacio de Cnossos; en todo caso, a la casa de Asterión. Por otro lado, el palacio es tan vasto que puede confundirse en su intrincada disposición, a la propia Ciudad.
No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios pero si la quietud y la soledad. (Borges, 1949)
Aquí Borges, como siempre, es clarividente: la arquitectura del Laberinto promete la quietud y la soledad de quien prefiere apartarse del mundo, Sin embargo, obsérvese:
La casa [de Asterión] es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo.
(Borges, op. cit.)
Dédalo, ya como un verdadero Demiurgo, concibe la arquitectura a título de autorrepresentación. Me lo descubrió mi hija Laura cuando tenía siete años: Nosotros somos un Laberinto.


La forma arquitectónica de la vida

Baccio Baldini (1436- 1487) Teseo y Ariadna (1470)


No se trata meramente de símbolos. Hay algo literal en la representación de la peripecia vital en el errar por un dédalo de pasillos.

Aportes de la arquitectura mítica

Desde tiempos remotos, nos hemos lanzado a explorar, lo que no sólo implica desplazarse, sino además trazar mapas y escrituras.
Lo que resulta de ambas operaciones es una arquitectura de laberintos. No se trata de una abstracta y puramente espacial estancia —la que produce esferas—, sino que nos vemos sumergimos en un medio concreto donde también el tiempo tiene lugar.

No por nada una de los aportes arquitectónicos del mítico Dédalo consiste en aquello que Borges nomina, con acierto, la casa de Asterión.

No-lugares atravesados por los tránsitos

Maximilien Luce (1858-  1941) La Estación del Este bajo la nieve (1917)


En los ámbitos urbanos en donde se intercambian tránsitos se van engendrando, de manera estrepitosa, no-lugares signados por los tránsitos más frenéticos.

Aquellas enfiladas

Emanuel de Witte (1617- 1692) Interior con mujer al virginal (1670)


Con el auxilio de lugares así, se puede uno permitir pensar en laberintos, en infinitos, en moradas hondas, en trémulos umbrales, en espejos.

Laberintos

Fruto de nuestra habitual escisión entre el espacio y el tiempo, consideramos que habitamos esferas, cuando pensamos en el espacio y que habitamos laberintos, cuando el tiempo nos piensa.
Los laberintos han fascinado,  con toda justicia, a Jorge Luis Borges. En estas sendas quizá infinitas, el gran argentino se ha perdido, extático. Ya sabemos, que, a poco de andar, daremos con su obra en su desmesurada Biblioteca de Babel. Nos detendremos con maravilla y reemprenderemos el camino, hacia el olvido, hasta que nos quede un sólo vago eco de sus palabras.

Pero nos quedará la idea, en el indeleble rincón borgiano de nuestras memorias.