Espacio y tiempo abiertos a la disposición de lugares


Margarethe Michaelis (1902-1985)

Nuestra condición de seres situados nos abre posibilidades y nos responsabiliza.
El campo habitado, esto es, el espacio y tiempo abierto a nuestra disposición de lugares nos hace posibles de un modo hospitalario absoluto. Todo allí está por conquistar y es un tema de acciones corporales más que de poder, al menos en principio. Pero precisamente lo que nos abre posibilidades nos responsabiliza desde el punto ético. Allí donde tengamos posibilidad, tendremos obligada —no necesariamente— que adoptar una actitud pobladora activa, consciente y aplicada.
Por ello el habitar es una empresa tanto cognoscitiva como ética y estética.

Atrezos


Vikky Alexander (1959)

Es preciso entender que en el atrezo debemos afrontar una escritura peculiar.
Se trata de lo que el cuerpo hace por su proyección sobre el lugar. Y lo que hace no es una operación mecánica, sino una producción poética, en el sentido hondo de la expresión. No se trata exclusivamente de una relación entre el lugar habitado y la mente, sino del cuerpo vivo, de la mente encarnada que trabaja sin cesar —conscientemente y no— en la proyección de su identidad y referencia en los lugares. Sólo que no escuchamos con suficiente atención a estos nuestros signos. Sólo que no sabemos ver aún todo lo que tales signos dicen de nuestra condición de habitantes. Sólo que aun ahora, que estamos advertidos, podemos situarnos convenientemente ante el abismo de significados que se ahonda.


Proto arquitecturas


Margarethe Michaelis (1902-1985)

La Teoría del Habitar tiene todo un capítulo en la constitución constante y recurrente de proto arquitecturas.
Aquí podemos llamar así a las configuraciones que vinculan entre sí a las cosas de vivir, según unos rituales, que se cumplen como estructuras finalistas en ceremonias. Piénsese, a título de ejemplo, en la estructura que conforman los distintos útiles para preparar una infusión, en el ámbito de la cocina, lo que supone reunir el té, el agua caliente, la tetera, las tazas y demás utensilios, cada uno extraído de sus almacenamientos, reunidos y combinados entre sí de modo finalista para su servicio, consumo, limpieza y posterior guardado. Una danza ordenada de objetos, acciones y sensaciones que se desarrolla como acontecimiento en unos ámbitos arquitectónicos dispuestos estratégicamente al efecto.
Estas proto-arquitecturas constituyen la vida misma de las cosas al amparo de la arquitectura del lugar, que es el escenario y el atrezo de la vida en la arquitectura que estamos acostumbrados a considerar.

Escrituras mitográficas


Margarethe Michaelis (1902-1985)

Con las cosas de vivir, agrupadas, ordenadas, seleccionadas y emplazadas de modo sistemático se constituye un caso de mitografía, esto es, una escritura que no registra hechos de lenguaje verbal, sino que conforma un sistema autónomo de éste.
Los trastos de una cocina, reposando juntos junto a un fregadero despliegan un texto que no puede traducirse del lenguaje verbal, sino de la vida misma en una cocina, en unas condiciones dadas. El contenido es un texto diversamente articulado y no-verbal. Son los objetos portadores de unidades textuales que no equivalen necesariamente a palabras, sino a discursos de vida que han operado para que tal cosa ocupe tal plaza, avecinándose diversamente con otras y articulando sus relaciones mutuas de modos complejos y, sin embargo, comprensibles. Son comprensibles porque el código es el mismo hábito que los hace llegar allí.

Inscripciones y textos


Margarethe Michaelis (1902-1985)

La enumeración analítica de los diversos modos de inscripción de la estructura del cuerpo en el lugar da cuenta apenas de un mecanismo.
En efecto, es la proyección puramente mecánica de dimensiones corporales desagregadas, la causa aparente de la proliferación de inscripciones que pueden observarse en los lugares habitados. Pero el cuerpo opera de un modo mucho más sofisticado que un simple y aluvional mecanismo. Proyecta textos y discursos. Escribe a su modo su propia peripecia en la piel del lugar.
Porque el cuerpo obra como una estructura estructurante sobre el horizonte que habita.

De las inscripciones a los textos: hacia el discurso del habitar


Margarethe Michaelis (1902-1985)

En la habitación plena del horizonte, el cuerpo no sólo se aplica a proliferar en meras inscripciones. Proyectando la estructura del cuerpo sobre la correspondiente del lugar, el cuerpo habitante elabora textos y discursos.
Las manos se dedican a colectar, agrupar, componer y disponer las cosas de vivir como enunciados de estilos de vida, de regímenes particulares de existencia, de economías de bienes, recursos y trabajos. Las cosas se avecinan de un modo que conforman advenimientos, revelaciones y emergencias de lo cotidiano. Las cosas enuncian su carácter de útiles de trabajo tanto como trastos queridos y bienes de memoria. El orden que guardan se vuelve significativo en sí mismo. Es que se verifica la emergencia de una sintaxis en la disposición de las cosas, que no se resigna a constituir un mero agrupamiento conveniente, sino que construye sentido. Las reglas del juego de la vida cotidiana se vuelven normas gramaticales para su escritura. Una escritura de cosas en su lugar. Un lugar de cada cosa que es un emplazamiento relativo siempre al habitante que no sólo tiene lugar allí, sino que confiere plazas a sus cosas.

El revelado de la luz, las penumbras y las sombras


Adi Dekel (1996)

En nuestra civilización proliferan las marcas visibles de la habitación de los lugares.
Así, las manipulaciones, los adentramientos, los advenimientos, las declinaciones y todos los otros gestos del cuerpo en el lugar consiguen en grado variable imprimir improntas sobre el lugar en la medida en que resulten visibilizadas en el superior juego de luces, penumbras y sombras en que habitamos. Por otra parte, estamos educados formal e informalmente para prestar honda atención a lo visual y a creer entender las cosas en la medida en que se nos presentan ante nuestra mirada. Lo que resulta de todo ello es que aquello que logramos construir como vivencias de los lugares está referido por sus imágenes visuales.
Parece que, por lo pronto, todo a lo que podemos aspirar es a promover el resto de nuestros sentidos hacia una superior acuidad perceptiva, a efectos de equipararla a la visión, que reina por ahora en solitario.

Marcas de confort térmico


Isa Marcelli (1958)

Arrebujarse constituye la marca de confort térmico por excelencia.
Aprendemos temprano a solazarnos con la fresca tibieza que alberga nuestro sueño inocente, nuestra piel apenas cansada, nuestro abstraído ensimismamiento. Cuando nos arropamos nos replegamos a las regiones remotas de la infancia, cuando el mundo nos pesaba menos y contábamos con un amparo seguro para soñar. Cada vez que encontramos la temperatura conveniente, el espíritu viaja hacia los apartados jóvenes de nuestra historia, hacia ciertas facultades básicas proclives a volver a pasar por el corazón lo ya vivido. Por ello, contar con un fresco abrigo constituye una demanda humana de primer orden, que no es otra cosa que disponer de las condiciones adecuadas para el ensueño.


Rumores de vida


Silvia Grav (1993)

La vida humana es rumorosa, por lo que el modo de habitar implica prestar oídos al persistente murmullo en que nos envolvemos.
Por todas partes se difunden las percusiones cotidianas, los roces con las cosas de vivir, el entrechocarse de los trastos de la existencia. Es difícil que oigamos el batir de nuestra propia respiración, salvo en el momento en que nos alcanza a vencer el sueño. Vivimos sumergidos en músicas, estrépitos y habladurías de tal forma que alcanzar a percibir el roce de una liviana cortina con la brisa suele ser la marca oportuna de la calma, tan infrecuente y por ello tan apreciada. Andamos por todos lados protegiéndonos del ruido ambiente que la habitación de la orilla del agua se vuelve inenarrable por contraste.
Así vamos, siempre en la búsqueda de la música apacible de la existencia, de los rumores asordinados de la vida sosegada, de la respiración queda del mundo, de la música que sólo puede oír, en el final, Isolda.

Husmeos


Monik Molinet

Vamos por el mundo dejando impregnado nuestro paso por los lugares.
Empezamos a poblar una casa nueva sólo cuando disipamos con las trazas de nuestra presencia los aromas de pinturas y barnices de obra. Cuando recluimos el polvo en ciertos rincones. Cuando, imperceptibles aún, los microorganismos que se nos asocian pueblan las regiones más recónditas. Cuando transpiramos los humores de la vida y van quedando por aquí y allá, invencibles frente a la ventilación avara y a la insolación exigua.
No hay fragancias comerciales que puedan con el aroma propio y diferencial de la casa, con las inscripciones osmotópicas de sus habitantes.

Marcas que son jugadas


Abbey Drucker (1987)

A los seres humanos nos encanta jugar.
Tanto nos gusta el juego que nadie es capaz de concebir el mínimo gesto, por nimio que pueda parecer, que pueda realizarse sino con observancia relativa de una regla, con una prescripción del modo aceptable de realizarlo. Todo cuanto hacemos, queremos hacerlo como es debido. Y las cosas hacederas del mundo tienen siempre una exhaustiva enumeración, explícita y tácita de regulaciones que la vuelven ya aceptables, ya inapropiadas, dentro o fuera de los vastos territorios del omnipresente juego de ser humanos.

Marcas de lo íntimo


Abbey Drucker (1987)

Es con un especial afecto que realizamos inscripciones en el lugar que habitamos.
El prolongado trato que tiene el cuerpo con el lugar en que moramos hace que nuestro cubil resulte acariciado a carta cabal. Con las emociones del amor al lugar conseguimos pulir hasta una única tersura la superficie interior, sensible y trémula de nuestras arquitecturas. De tal forma, las regiones erógenas del lugar se lustran con la vida que las tienta y ésta se prodiga en gestos de una ternura que reservamos para lo mejor de nuestro ámbito íntimo.
Mientras que la operación desgasta los mecanismos y mientras el uso injuria la piel interior de las arquitecturas, la consumación amorosa del lugar hace resplandecer sus penumbras. Y entonces es una gloria de la vida habitar allí.

Inscripciones laboriosas


Annemarieke van Drimmelen (1978)

A pesar de la omnipresencia hegemónica del consumo en la actualidad, el mundo habitado siempre ha contado con marcas claras y distintas del trabajo animoso por habitar los lugares.
Todavía pueden verse, aquí y allá, los pormenores de una faena porfiada de la vida que se prodiga en sobreproducciones, toda vez que a todo trabajo se le agrega un plus simbólico que denota esmero, aplicación y satisfacción con las cosas bien hechas. Y es que estas cosas bien hechas lo son no sólo cuando se consuman en su implementación en el puro uso, sino que lo hacen en el plano superior de la realización, como símbolo de consumación poética del propio homo faber.

Prácticas del horizonte: declinaciones


Annemarieke van Drimmelen (1978)

Una vez que se habita el horizonte, la asimetría coronal del cuerpo articula dos semiplanos.
Ya hemos visto la porción delantera del horizonte, aquella propia de los advenimientos. Ahora es momento de dar cuenta de la recíproca, esto es, de la región hacia donde se dirigen las improntas de la declinación. Allí es donde se hunde la vida vivida, dirección hacia la cual nos volvemos no sin dificultad, región de la memoria y el olvido. El trastero de la existencia, digamos.
Por lo general nos contentamos con lanzar lo vivido por encima del hombro, sin mirar atrás. No sea que el Miedo nos reclame. Hacia atrás va lo que nos acechará el sueño y las nostalgias de lo perdido y las marcas en la faz que nos devuelven los espejos.

Prácticas del horizonte: advenimientos


Annemarieke van Drimmelen (1978)

Erguido sobre los pies, con la faz vuelta ahora hacia la porción de adelante del horizonte recién inaugurado, el cuerpo se vuelca, intrigado de una vez para siempre, para lo que vendrá, que se asoma tras la línea frontera entre el cielo y la tierra.
El cuerpo se dispone proclive a los advenimientos. Inclinado a las manifestaciones emergentes de ese horizonte siempre poblado con inscripciones de expectativa. Por cada signo que podemos entrever, hay una inscripción de una interrogante depositada allí, haciéndole lugar. Porque habitar el horizonte implica perdurar en la tarea obstinada de interrogarlo acerca de lo que vendrá. Habitar el horizonte es, en definitiva, inscribirle el tiempo futuro a título de expectación, de anhelo, de proyecto.

Adentramientos e interiores


Emma Phillips (1990)

El adentramiento del cuerpo en los interiores implica una labor vermiforme.
Adentrarse no se cumple de modo cabal si no es con una prospección del cuerpo que irrumpe en una dimensión sutil y densa a la vez. Es necesario recordar que el cuerpo se hace lugar mediante una proyección variable y circunspecta de sí mismo en el lugar. Alcanzar a sentar sus reales en un interior no es ocupar un sitio vacante, sino una operación corporal y existencial compleja y delicada. Tal operación explora el lugar con la propia piel, hasta conseguir la deseada y posible hospitalidad del hueco. Es por ello que la presencia y población de los interiores es más densa en significado que en los paisajes abiertos. Es por ello que la irradiación del cuerpo adentrado puede llegar a dominar por completo su ámbito, mediante una contundente perturbación habitable. Es por ello que la habitación de las oquedades pasa por ser el caso paradigmático del propio habitar.

Las manipulaciones y el mundo de las cosas


Ginette Riquelme (1972)

Nuestras manos se perfeccionan constantemente en el arte de proliferar inscripciones sobre el lugar.
El gesto primordial es el asimiento de un objeto que se vuelve una cosa en el acto de ser considerado para su colección, disposición y hasta lanzamiento. Y es un aprendizaje que no cesa: hacemos de los objetos cosas y las manipulamos con intensidad con el fin de conferirles significados propios y conexiones mutuas. Las manos ordenan, limpian, separan los sitios, acondicionan las cosas de vivir según una labor que se origina toda ella en el gesto del asimiento de la piedra fundamental. Esa piedra que pudo adquirir una vocación inédita de proyectil, tanto como se pudo volver una herramienta más o menos sofisticada, pero siempre a título de cosa útil y, también, cosa con valor. Por obra de las manos nos producimos un mundo de cosas que nos envuelve servicial, próximo e insustituible.

Ensanches, ampliaciones, latitudes


Noell Oszvald (1991)

Con los brazos liberados de la labor locomotora, el cuerpo los abre hacia los costados en toda su extensión para infligir una marca fundamental en el lugar: la inscripción del abrazo del mundo. Es un gesto de beneplácito sobre la tierra dominada tanto como una imprecación hacia el cielo al que rogarle. El abrazo del mundo preludia toda acción y toda producción, porque ¿de dónde provendrán las energías necesarias para todas y cada una de nuestras empresas. Por ello, cada vez que abrimos con furor alegre los brazos, volvemos a celebrar nuestro gesto arcaico y necesario. Por ello, cada ámbito que ocupamos con latitud conforme es aquél en que podemos, gozosos y satisfechos abrir el abrazo del mundo.


Bipedestación, horizontes, estancias y umbrales


Noell Oszvald (1991)

La conquista de la postura erguida implica una importante operación sobre el lugar
En primer lugar, supone la habitación plena y cabal del horizonte, de la región de articulación entre el cielo y la tierra, entre las nubes inalcanzables y el suelo que hollamos erguidos. El horizonte queda marcado y sobresignificado como tal, como lugar poblado. Según ocupemos una eminencia, así moralizaremos nuestra situación en el mundo; rendidos en el llano, pletóricos de poder simbólico en el altozano. Si sucediera límpido y recto, el horizonte ampliará nuestra comarca, mientras que un alto relieve orográfico nos acogerá en nuestro protector terruño.
Otro caso es la impronta existencial de una estancia fundamental en un aquí que se sobresignifica en el peso de todo el cuerpo sobre los pies. La gravedad nos pone en nuestro lugar y del precario equilibrio sobre nuestras plantas hacemos virtud digna y cardinal.
Por fin, la actitud enhiesta nos marca a nosotros mismos en nuestra condición liminar; acontecemos, de un modo primigenio, como un umbral erguido entre lo que vendrá y lo que ya declina. El peso de esta condición nos inclina la cabeza de modo caviloso.