Ad Van Denderen
(1943)
Una tercera característica de la experiencia del habitar
consiste en su condición de memoria vivida.
La experiencia del habitar se desarrolla
de modo consecuente con el transcurrir del tiempo y se sedimenta de modo de
suyo metódico en la memoria. En cierto sentido, somos la memoria tanto de lo
que hemos sido, así como lo que conformamos habitando un presente cargado de
las acechanzas de la vida ya vivida. Interrogarse por la dimensión estética de
la experiencia del habitar supone, entonces, repasar el Bildungsroman
que cada uno de nosotros ha protagonizado en primera persona, allí en donde
tuvimos efectivo lugar. Importa, pues, tanto el paisaje que hemos poblado, así
como el modo peculiar en que nos hemos arreglado para tener lugar allí. Y esto,
no sólo cuando y entonces lo hemos vivido en la brisa de la historia, sino
también cuando lo portamos en las alforjas de la memoria, en las arrugas del
tiempo, en el polvo de lo vivido.

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