Ascesis de la habitación (I)


Martine Franck (1938-2012)

 

Aquí se ha prestado particular atención al modo en que se constituye a sí mismo el sujeto habitante de la situación confortable, por lo que corresponde seguir la línea de reflexión y abordar los modos en que los habitantes construyen de modo deliberado su especial subjetividad.

Es de creer que tal particular subjetividad la alcancen a través de algún ejercicio al respecto. Y en este entonces es que recordamos la antigua voz griega para quienes buscaron en su tiempo el ejercicio corporal con el fin de la depuración virtuosa del espíritu, esto es, los practicantes de la ascesis (ἄσκησις). Sólo que no se trataría aquí, de mortificar el cuerpo para dejar elevar el espíritu, sino, por el contrario de un ejercicio (askesis) subjetivo que nos dispondría para mejor apreciar aspectos no del todo evidentes de la situación en que nos hallamos cuando habitamos confortablemente. Lo que viene a constituir una ascesis propia no ya de antiguos ascetas, sino de contemporáneos estetas de la vida cotidiana.

El habitar confortable como transacción


Martine Franck (1938-2012)

 

El habitar confortable es resultado de una transacción entre una situación físico-ambiental y la subjetividad propensa del habitante.

Es interesante ahora examinar cómo tal transacción se resuelve en el terreno estético, esto es, en la región de las percepciones y las poéticas del confort. Al efecto, habrá que considerar cómo el sujeto se construye a sí mismo como estimador estético del bienestar experimentado y, recíprocamente, cómo es que ha conseguido elaborar de un modo concreto esta situación. Será necesario, entonces, hablar de ejercicios de subjetividad, de percepciones específicas, de manifestaciones sensibles del confort, de eventuales acuidades particulares y de efusiones vitales.

Pero lo que siempre subsistirá en nuestras consideraciones es este peculiar interés puesto en esta transacción virtuosa entre los sujetos y los lugares que pueblan.

El encaminamiento ético hacia el confort


Marc Lagrange (1957-2015)

 

¿Hacia dónde nos llevará un encaminamiento ético hacia el confort?

Es de esperar que, en principio, nos conduzca a aproximarnos a una finalidad superior de la Teoría del Habitar, toda vez que ésta se valida en la consecución de condiciones teóricas y prácticas aptas para el ejercicio de una buena vida. Supone esto también que se contribuirá así a la edificación de una ciencia específica para una arquitectura comprometida con la vida humana. En esta misma dirección, se verificaría el cumplimiento efectivo de una misión, se legitimaría probadamente la génesis y desarrollo del intento teórico y se divisarían los confines del territorio práctico específico.

Pero no es de descartar que los encaminamientos futuros no sigan, necesariamente, unas líneas rectas y simplemente acumulativas, sino que resulten, sinuosas, múltiples y pródigas en adquisiciones que aún es pronto para vislumbrar.

 

Un punto en el horizonte


Marc Lagrange (1957-2015)

 

Ahora que se ha disipado cierto oscurecimiento filosófico, el punto en el horizonte que constituye el concepto de confort empieza a brillar de un modo particular.

Bien puede que constituya una suerte de punto cardinal que oriente a la Teoría del Habitar hacia nuevos derroteros, siempre y cuando se advierta que el habitar confortable es, a la vez, materia de investigación, así como objeto de reflexión ética y estética. Porque el habitar confortable es mucho más que una condición física material, mucho más que un goce trivial y mucho más que una pasajera percepción. El habitar confortable es, acaso, una aspiración superior que tiene la propia vida en su consumarse, una vida que merezca la calificación de buena vida y una vida que resulte una hermosura superior en su manifestación sensible.

Una filosofía de la felicidad posible


Marc Lagrange (1957-2015)

 

Con una teoría fundada del confort podemos aspirar a construir en el futuro una filosofía de la felicidad posible.

Tal filosofía se aplicaría con denuedo a la tarea de examinar no ya los ideales inalcanzables de los consumidores insatisfechos, sino de las actitudes prudentes y realistas de los mortales que consiguen tener lugar, mediante esfuerzo tanto social como autoformativo, en situaciones de efectivo bienestar. Actitudes esperables en sujetos de carne y hueso, que consiguen de modo arduo el relativo equilibrio emocional que el mundo por ellos construido les haga efectivamente posible. Una filosofía, en definitiva, de titulares protagonistas de la eventualidad de poblar la tierra.

Una ética del acomodamiento


Marc Lagrange (1957-2015)

 

El hedonismo epicúreo, aún hoy, está aquejado por un equívoco desprestigio.

Es por ello que se alimenta el prejuicio falazmente moralista que sobrevalora la experiencia dolorosa de la vida entendiendo que el ansia de felicidad terrena y verificable es una ética propia de aquellos que apenas buscan reposar plácidos en las comodidades puramente materiales de la existencia desahogada. En realidad, el hedonismo proclive al confort puede constituir una ética del acomodamiento progresivo de la subjetividad de las personas a una situación de vida sana, digna y decorosa. Porque lo que cuenta, en todo caso, es la sistemática elevación de las condiciones materiales de vida en concierto con la forja razonable y realista del propio sujeto en su condición de fruidor de su propia existencia.

En este punto, debe prestarse atención y reflexión a las consecuencias políticas que se derivan de esta ética del acomodamiento progresivo.

Una ética para sujetos encarnados


Marc Lagrange (1957-2015)

 

Con la integración del concepto de ataraxia al concepto de confort, aparte de completar el sentido de la figura de este último, se abre un interesante debate ético.

Porque el desarrollo de una teoría consistente del confort no puede soslayar que se funda, necesariamente, en una ética para sujetos encarnados, conciencias unidas inextricablemente a los cuerpos, esto es, mortales que habitan la tierra como tales. No se trata aquí ni de idealidades ilusorias ni de crasos materialismos burgueses, sino de una ética propia de los habitantes de esta tierra, dispuestos a concertar su subjetividad moral con la situación que pueblan.

Es por ello por lo que una teoría del confort no puede ignorar que tiene tanto que decir acerca de las situaciones físico-ambientales de vida, tanto como de la propia constitución ética de las personas que optan, racionales y libres, por disfrutarlo.

La ataraxia


Marc Lagrange (1957-2015)

 

Con el término ataraxia, Epicuro da cuenta del estado propio del sujeto cuando tiene lugar en una circunstancia confortable.

Se suele traducir el vocablo como imperturbabilidad del ánimo, esto es, un talante reposado del cuerpo en la situación en que vive, un estado emocional al que le es ajena la inquietud. Según Demócrito, es un componente de la felicidad.

En todo caso, es una actitud propuesta por el sujeto en una situación propicia para ello. Porque no se trata de una afección del ánimo producto de la acción del contexto sobre el sujeto, sino, por el contrario, una astucia subjetiva, una disposición activa y proclive tanto a la ausencia de pena, como el advenimiento del goce.

La ataraxia, así considerada, es la configuración subjetiva que es parte necesaria y correspondiente de la situación confortable. Sencillamente porque no existe situación de confort más que con sujetos efectivamente dispuestos para disfrutarlo.

La condición confortable


Marc Lagrange (1957-2015)

 

De la condición confortable apenas tenemos noticia de su componente físico ambiental.

En efecto, parece dominar el pensamiento una idea que reduce el confort a un suministro físico ambiental de condiciones que operan sobre un sujeto tan pasivo, que sólo es interrogable acerca de su eventual conformidad. Para el sentido común, la condición confortable es un dato de la realidad que opera en forma unilateral sobre su sujeto. El confort, entonces, es un valor de contexto. Así, son las arquitecturas construidas o los elementos del equipamiento los que brindan la condición confortable a un simple sujeto puramente demandante de solícitos servicios y cuidados.

 

Una idea rescatada del fondo de la historia


Marc Lagrange (1957-2015)

 

A efectos de tratar el concepto de confort como se merece, quizá sea oportuno rescatar una muy vieja y ya olvidada idea rescatada del fondo de la historia del pensamiento.

Es preciso entender, recién hoy, el modo en que el confort implica no sólo una situación física ambiental específicamente localizada, sino también y recíprocamente, un estado subjetivo correspondiente, con lo que el sujeto tiene efectivo lugar en una situación comprobadamente confortable. Para ello debemos rescatar la voz y las enseñanzas de Epicuro (341 a. C- 271/270 a. C.). De éstas extraeremos con cuidado el concepto, poco cultivado por la reflexión filosófica académica, de ataraxia.

La razón para ello consiste en completar la figura del confort allí donde éste se encuentra, aún hoy, carente de un adecuado componente subjetivo. Tal componente subjetivo es esencial para completar la figura conceptual adecuada del confort.

Entonces, ¿qué es el confort?


Pierre Jamet (1910-2000)

 

El confort puede definirse como el valor construido por el concierto de las condiciones objetivas y subjetivas que determinan una situación habitable de bienestar.

Es la expresión que da cuenta de la instancia vincular entre los sujetos habitantes y las condiciones físicas del lugar. Es la condición imprescindible para las situaciones apacibles de la existencia. Es el valor exigible para que el goce de la vida tenga, por fin, efectivo lugar.

Por estas consideraciones, el concepto de confort es merecedor de un detenido examen cognoscitivo, un condigno estudio ético y aún un análisis y síntesis de naturaleza estética.

Producciones del confort


Pierre Jamet (1910-2000)

 

En lo que respecta a las producciones sociales del confort, aquí no nos detendremos en el aspecto obvio de su proliferación en cada aspecto de la vida mediante experiencias y mecanismos ingeniosos que nos la hacen más llevadera.

En cambio, es imperioso señalar un importante afán, que no dudaremos en denominar, con toda justicia, arquitectónico, el que apuesta a integrar estos diferentes servicios a la existencia en un todo coherente, en un régimen de vida confortable. Los eventos productivos de confort encuentran en los lugares habitados su pleno sentido superior al integrarse con todos los otros y con la vida de los habitantes, contribuyendo al esplendor usual de la vida.

Es bajo la forma de arquitecturas vivas que las producciones del confort alcanzan su cometido superior, toda vez que concurren al lugar que les pertenece.

Prácticas del confort


Pierre Jamet (1910-2000)

 

Es preciso estudiar con rigor y esmero las prácticas sociales del confort. Que no son otras que las prácticas materiales y concretas del goce de la vida.

Aquí es necesario volver a la mención, que debemos a Peter Sloterdijk, de la dimensión erototópica, esto es, la dimensión amorosa en la conformación de lugares. Es que las prácticas sociales del confort no son otras que toda aquella que resulte, en la experiencia vivida por el cuerpo habitante, un específico y señalado goce de la vida. Porque somos conciencias encarnadas movidas y aquietadas por emociones, las experiencias del confort nos son necesarias y acuciantes toda vez que buscamos consumar con intensidad esta vida que nos inquieta con su propio deseo.

En la dimensión apasionada del vivir, se alternan estremecimiento y aplacamiento por obra de cada una de sus prácticas: deleitarse en las alternativas de la existencia es posible e imperativo.

¿Una anatomía y fisiología del confort?


Pierre Jamet (1910-2000)

 Las investigaciones sobre el confort cuentan con la asistencia de tres ciencias especialmente dedicadas. Por una parte, existe la somatometría, que es la ciencia que mide con rigor y método los cuerpos humanos y que asiste a lo que se denominan los factores humanos en el diseño. Por otra parte, estos estudios se ven complementados por la ergonomía, que, como su nombre lo indica, mide y valora los esfuerzos humanos, particularmente a través del estudio de la relación específica entre las personas y las máquinas. Por último, también concurre la climatología aplicada a la vida humana. ¿Es acaso suficiente con estas suertes de anatomía y fisiología del confort? Puede sospecharse que no alcanza, ya que la interacción entre las personas y las cosas con las que habita es, de suyo, más compleja. Dicha relación comprende tanto adecuaciones físicas como psicológicas, prácticas sociales compleja e históricamente configuradas y producciones de estados y situaciones de bienestar específicas y sofisticadas.

El confort y las condiciones desahogadas de existencia


Pierre Jamet (1910-2000)

 

Existe, en todo caso, una falaz correspondencia entre la idea de confort y las condiciones desahogadas de la existencia.

Tal falacia estriba en que es nada “natural” la infrecuencia de tales condiciones desahogadas de existencia, sino que es una precisa segmentación construida por el acceso social desigual a las condiciones materiales medias que un estadio socioeconómico puede brindar a las más amplias mayorías sociales. El sentido común yerra en reservar la idea de confort a las condiciones que sólo alcanzan las minorías sociales privilegiadas. Mientras tanto, el buen sentido aconseja a conocer y a reconocer cómo el avance social puede ser apreciado y medido según qué situaciones de vida confortable se aseguran a las cada vez más amplias de la población. Después de todo, el disfrute sano, digno y decoroso de la vida nunca puede ser pensado como un privilegio, sino como un estadio civilizatorio ampliamente difundido en el cuerpo social, tanto como práctica y también como concepto y percepción.

Cierto silencio culpable acerca del confort


Pierre Jamet (1910-2000)

 

Todo indica que existiría una suerte de mala conciencia o cierto silencio culpable al respecto.

Tan acostumbrados estamos a desdeñar las condiciones materiales de nuestra existencia para privilegiar el estatuto de las ideas, que nos resulta difícil tratar cara a cara con nuestro nivel de confort efectivamente ejercido, para tratar la idea que se asocia, generalmente, a la aspiración culposa a un presunto nivel más sofisticado de vida, en donde participaríamos del régimen cotidiano de los pocos felices que detentan el capital material y cultural para un cierto general refinamiento en su existencia.

Operando de este modo, la conciencia se priva de conocer la necesidad humana y social generalizada de confort, para suponerla una suerte de privilegio de las minorías sociales que consiguen habitar en los estratos sociales más encumbrados.

El confort en el horizonte de la Teoría del Habitar


Pierre Jamet (1910-2000)

 

Una vez que se ha erguido, aun de forma modesta, el edificio de la Teoría del Habitar, desde la altura conseguida puede apreciarse un nuevo panorama. Es así como aparecen nuevos tópicos en el horizonte. Uno de ellos es el del confort.

Con el concepto de confort sucede algo extraño. Por una parte, la práctica confortable se suele asumir en forma falazmente naturalizada, cuando no se la entiende simplemente como la manera debida de vivir. Se olvida, por ejemplo, que disponer de agua limpia, abundante y templada para una ducha resultó toda una gozosa novedad para nuestros no muy lejanos antepasados. Mientras tanto, la idea de confort planea, descarnada, por las alturas a las que no llega más que el deseo y alguna envidia menor respecto a mejores condiciones de vida, siempre por encima de nuestro relativo nivel de ingresos.

Pero, en el contexto del desarrollo pleno de una Teoría del Habitar con sus consecuencias más evidentes, el concepto de confort debe ser profundamente reelaborado

La formación del sujeto estético habitante


Ad Van Denderen (1943)

 

Quizá sea una fortuna que la formación estética del sujeto habitante sea, por lo general, ayuna de toda asistencia académica.

Es una oportunidad para estudiar un sujeto estético autoformado por su propia peripecia vital, sin otro adiestramiento que su propia biografía y paisaje. Será tarea de afrontar con entusiasmo la de salir al encuentro de los desconocidos y consumados artistas del buen vivir. El desafío es encontrar a los sabios en la materia, interrogarlos en profundidad y con método, así como aprender a ver uno el mundo que le ha tocado con la sensibilidad aguda que merece.

El mundillo enrarecido de la teoría estética al uso bien ganaría con una excursión por el aire despejado de la vida.

El sentido del gusto por la habitación


Ad Van Denderen (1943)

 

Es pertrechado por una consciente sensación unitaria específica que los sujetos habitantes pueden desarrollar a sus anchas y en profundidad entrañable el sentido del gusto por la habitación.

Se trata de una alegría esencial por el constituir una situación, por el acto mismo de emplazarse, por el gesto primordial de sentar sus reales en el paisaje elegido. Una alegría esencial, porque aquello que nos hace humanos es, precisamente, lo que nos permite gozar con delectación única y propia de nuestra condición. Es una alegría esencial, toda vez que el acto de habitar se replica sensiblemente en su vivencia estética inmediata.

Es a este gesto sensible a la vez humilde y magnífico que la poética arquitectónica humanista debe su mejor honra y compromiso. ¿Estaremos alguna vez los arquitectos profesionales a la altura de tal homenaje?

La aisthesis del habitar


Ad Van Denderen (1943)

 

Una vez que se ha dado cuenta de la compleja contextura de la experiencia del habitar es preciso apreciar cómo resulta sintetizada en un modo contundente, bajo una única percepción unitaria. Eso que los antiguos griegos llamaban una aisthesis.

Porque en verdad lo maravilloso de nuestra existencia en el mundo es que todo el torbellino de sensaciones que uno tiene al habitar se encauce calmado en el simple y conclusivo acto de apreciar cómo nos hacemos lugar. Sólo cuando uno es capaz de poner en cuestión su plácido hábito del mundo es que nota el prodigio que se oculta en la transparencia tenue de estar allí. Luego de tal operación, es que uno comprueba por sí mismo que está en condiciones proclives a inaugurar una nueva estética al respecto

La experiencia del habitar (IV)


Ad Van Denderen (1943)

 

Hay también una cuarta y de momento última característica importante en la experiencia del habitar: se trata de la dimensión soñada del tiempo habitado.

Es preciso reconocerlo: así como somos memoria de lo vivido, también nos vivifica el hálito ligero de los sueños. Para reponer fuerzas de la dura refriega cotidiana con la realidad, nos damos la oportunidad de descansar en el regazo del deseo que nos conforta elevándonos. A la sombra del sueño habitamos quizá mejor, afrontando nuestra condición desnuda, inermes, puros gozadores de existir. Habitando el sueño encontramos las claves perdidas por la vida en la vigilia, cruzamos enteros los umbrales que de día se nos presentan penosamente cerrados y poblamos los más recónditos pasillos de nuestros propios laberintos,

Una vez que nos agota el arduo esfuerzo onírico, nos despertamos con ánimo renovado para afrontar un nuevo desvelo.

La experiencia del habitar (III)


Ad Van Denderen (1943)

 

Una tercera característica de la experiencia del habitar consiste en su condición de memoria vivida.

La experiencia del habitar se desarrolla de modo consecuente con el transcurrir del tiempo y se sedimenta de modo de suyo metódico en la memoria. En cierto sentido, somos la memoria tanto de lo que hemos sido, así como lo que conformamos habitando un presente cargado de las acechanzas de la vida ya vivida. Interrogarse por la dimensión estética de la experiencia del habitar supone, entonces, repasar el Bildungsroman que cada uno de nosotros ha protagonizado en primera persona, allí en donde tuvimos efectivo lugar. Importa, pues, tanto el paisaje que hemos poblado, así como el modo peculiar en que nos hemos arreglado para tener lugar allí. Y esto, no sólo cuando y entonces lo hemos vivido en la brisa de la historia, sino también cuando lo portamos en las alforjas de la memoria, en las arrugas del tiempo, en el polvo de lo vivido.

La experiencia del habitar (II)


Ad Van Denderen (1943)

 

Otro aspecto especialmente señalado de la experiencia del habitar es su carácter intrínsecamente complejo.

Esto tiene consecuencias en el terreno de la estética, en donde se acostumbra distinguir entre la refinada acuidad del sentido del gusto de ciertas minorías, muy por encima del presunto basto criterio de los más. Si consideramos la omnipresencia tanto como la complejidad de la experiencia estética del habitar, resultaría temerario intentar siquiera discriminar tales experiencias según su eventual refinamiento. Todo lo más que podría considerarse es que las personas cultas o educadas podrían, en el mejor de los casos, tener mejores herramientas comunicativas para dar cuenta de sus experiencias. Esto parece situar el problema en un lugar inesperado: ¿A quién recurriríamos en pos de la sabiduría estética del habitar y mediante qué asedio psicoanalítico pudiésemos acaso registrar el fondo efectivo de sus vivencias?

Porque, a no dudarlo, lo que cuenta, en todo caso, es la profundidad sensible de las vivencias de quienes demuestren ser peculiarmente avisados en el arte de habitar

La experiencia del habitar (I)


Ad Van Denderen (1943)

 

No hay situación humana, por precaria que pueda resultar, que no suponga un presente vivido como experiencia estética.

El carácter de la experiencia estética no es un lujo de la existencia que sólo se alcanza cuando los extremos acuciantes de la vida se logran encauzar. La experiencia estética del habitar es una experiencia omnipresente en la vida humana. Si se considera esto con firme determinación, lo que pasa a ser extraño a la conciencia es el hecho, hasta ahora pacíficamente aceptado, de la excepcionalidad de lo estético en la existencia. Corresponde interrogarse por las sinrazones que asimilan lo estético al refinamiento excelso de unos pocos que tienen la supervivencia asegurada. Y, asimismo, preguntarse por la asociación, frecuente aún, entre lo estético y lo infrecuente o lo excepcional.

Porque lo que hace miserable nuestra existencia es precisamente la ignorancia de la omnipresencia de la experiencia sensible del habitar de todos y cada uno.

Vindicación de la estética de lo cotidiano


John Gutmann (1905-1988)

 

En el marco del examen de la estética del habitar es preciso prestar atención a los aspectos aún poco explorados de la estética de lo cotidiano.

Es muy posible que futuros desarrollos reflexivos encuentren, entre la hojarasca del día a día, ciertas claves en las formas humildes y ordinarias de estar en el mundo y de participar sensiblemente de su experiencia. Es muy posible que se encuentren ciertos elementos críticos para la formación del sujeto estético, más allá de su formación académica. Es muy posible, también, que emerjan ciertos componentes ocultos, pero fundamentales de la experiencia estética de todo sujeto, toda vez que éste es una existencia concreta, producto de una historia de vida y de una peripecia vital situada.

El papel del tiempo en la dimensión estética de lo ordinario


John Gutmann (1905-1988)

 

En la experiencia estética de lo ordinario, el tiempo juega un papel protagónico: hilvana la memoria y el aprendizaje.

Hace falta tiempo, en efecto, para que todas y cada una de las vivencias de lo cotidiano vayan tejiendo un fondo de memoria, allí donde se abrirá lugar hospitalario para el pleno y particular sentido del suceso significativo, del evento crucial, del antes-y-después.

Con el tiempo, aprendemos a vivir la vida reservando lugar al sentido del acontecimiento, a través del transcurrir pausado y pacífico de la existencia cotidiana, donde casi nada parece pasar. Pero lo que pasa es, precisamente, es el lugar de significado disponible, vacante y abierto: el lugar del significado vital de lo que sobrevendrá.

Las primeras experiencias estéticas y la formación del sujeto estético


John Gutmann (1905-1988)

 

Conviene reparar en nuestras primeras experiencias estéticas, a efectos de repasar nuestro propio proceso de formación como sujeto estético.

Cuántos de nuestros más remotos recuerdos consisten en sensaciones entrañables de una cierta felicidad en momentos totalmente corrientes, en donde sólo la sensibilidad a flor de piel del niño que fuimos nos ha revelado aquellas experiencias remotas de lo bello. Cierto que recordamos instancias señaladas, pero también lo es el hecho en que a la memoria le acechan lejanas escenas cotidianas que adquirieron, con el tiempo, una leve pátina de primera maravilla.

Es de creer que tales añorados momentos no son otra cosa que la experiencia tan profunda como primigenia del habitar lo estético en una circunstancia por demás ordinaria. Quién pudiera recuperar del niño que ha sido esta virtuosa capacidad para asistir inauguralmente a la revelación de lo bello en el patio de sus juegos.

Las pequeñas epifanías del ser-en-el-mundo


John Gutmann (1905-1988)

 

Cuando se reflexiona sobre la existencia, por lo general se piensa en cómo afrontamos, erguidos sobre nuestra dignidad, aquellos eventos especialmente cruciales de nuestra vida.

Pero no solemos reparar en las modalidades humildes de la existencia, en las pequeñas epifanías del ser-en-el-mundo, en el estar inmersos en los momentos corrientes de nuestra vida. De todo el vasto laberinto que recorremos, parece que el interés se agota en los cambios súbitos de dirección, en las instancias de decisión, más no en la marcha esforzada por los largos pasillos de la vida. Pero así no pensamos en las prolongadas esperas que insume nuestra vida, cuando aguardamos la emergencia de los acontecimientos, las oportunidades, las opciones. Quizá debiésemos mirarnos a nosotros mismos para reconocer mejor la figura que producimos en los tiempos de demora, allí donde meditamos taciturnos sobre nuestra suerte, cuando nos preparamos morosamente para afrontar los acontecimientos.

Porque bien pudiera ser que nuestra vida es, con mucho, una demora prolongada pautada, aquí y allá, y muy de tanto en tanto, por los eventos que nos van torciendo el camino.

Una experiencia estética de lo ordinario


John Gutmann (1905-1988)

 

Todo el arte de la fotografía parece condensarse allí donde un instante cualquiera de vida queda sustraído para siempre del continuo fluir del tiempo.

En la fotografía, como gesto, lo ordinario revela sus ocultas virtudes: súbitos arreglos de lo casual componen figuras allí donde cada elemento consigue integrarse en una reveladora constelación. El cuadro que consigue la fotografía reúne una secreta conexión entre sujetos, lugares y cosas, así como revela arquitecturas efímeras de luces y sombras, que evocan otras sensaciones más complejas y evanescentes. La fotografía, magia de la luz, permite la epifanía de las formas humildes de la existencia.

Ahora, que hemos sido advertidos por una fotografía de una experiencia estética de lo ordinario, no podemos hacer otra cosa que detenernos en la obra de arte en que nos hallamos, sumergidos de forma involuntaria, pero inevitable.

La demora


John Gutmann (1905-1988)

 

Podremos llamar demora a la experiencia estética del habitar el tiempo como dimensión fundamental.

El tiempo no se detiene, por supuesto. La que se pausa o ralentiza es la existencia en su duración. Mediante la demora, los sujetos pueden dejar asomar su vida ya vivida al borde de su sima interior, en donde los posos se irán decantando en los pliegues de la memoria. Mediante la demora, los sujetos pueden dejar volar a su aire y como fantasmagorías sus barruntos del futuro. Mediante la demora, los sujetos pueden habitar calmados y pacíficos su presente como tal, su precisa circunstancia, su propia locación.

Habitando sus demoras, los sujetos tienen la oportunidad de contemplar, absortos, su propia vida en el espejo del tiempo, que sigue pasando, pero mejor advertido en su carácter de duración.

La dimensión estética de la vida corriente


John Gutmann (1905-1988)

 

La estética del habitar debe desarrollarse también sobre el esclarecimiento de la dimensión estética de la vida corriente.

Tanto nos hemos acostumbrado a buscar lo bello e interesante del mundo allí donde emergen eventos destacados, escasos y llamativos, que nos hemos cegado a la posibilidad de resonar con las poéticas del lenguaje ordinario, usual o, precisamente, habitual. Esto parece justificarse con la costumbre de la reserva del arte en los museos, de la literatura en las oscuras bibliotecas y en el disfrute de las élites. Mientras tanto, en la calle queda el estrépito, la fealdad irredimible de lo frecuente y el paisaje carente que es escenario de las vidas de las gentes del común.

Desde ya no se trata de volver pintoresco lo banal, ni de lustrar las mezquinas superficies gastadas por la vida y el uso. No, se trata de prestar oídos a las voces del fondo del lenguaje, de respirar las armonías de la vida urbana allí donde se produzcan. Se trata de poner en su valor el día a día tal cual aparece.

Una experiencia sensible específica


Bruno Barbey (1941)

 

La experiencia estética del habitar es una experiencia sensible particular y específica.

El sujeto aparece inmerso en su situación, cobijado por su objeto tanto en el espacio, pero, sobre todo, en el tiempo, el tiempo propio vivido. Para ello, el sujeto hace ejercicio de un sentido especial, que ahora podemos denominar demora. Una demora no es, necesariamente, una espera, ni tampoco un ejercicio de la memoria de lo pasado, sino la plena vivencia del tiempo que se vive en un presente revelado pacífico. Una demora es la oportunidad que le damos al lugar para que éste despliegue morosamente todos y cada uno de sus aspectos. Una demora es un decurso calmo de la existencia cuando nos damos a nosotros mismos la oportunidad de apreciar, de modo templado, nuestro discurrir.

Y así, demorados en el lugar de vida, es que habitamos las moradas que hacemos nuestras.

Experiencia estética del tiempo habitado


Bruno Barbey (1941)

 

El imperativo categórico de la ontología agraria: ¡interésate por la cosecha! sólo puede seguirse mientras exista una tensión razonable entre previsión y cumplimiento.

Según eso, la casa de los primeros campesinos sería un reloj habitado. Es el lugar de nacimiento de dos tipos de temporalidad: del tiempo que va al encuentro de los acontecimientos, y del tiempo que, como si anduviera en círculo, sirve al eterno retorno de lo mismo.

Sloterdijk, 2004

 

Es fácil concebir una experiencia estética inmersiva en el espacio, pero más sutil es considerarla, en lo que le es propio, en el tiempo.

Es que aún es una novedad la esclarecida expresión de nuestro filósofo. Toda construcción que haga lugar al habitar humano es una suerte de reloj, de observatorio astronómico que envuelve a los mortales en su observación detenida del paso del tiempo. Una casa es un reloj habitado porque ampara a aquellos que tanto se detienen a verificar con morosidad el decurso siempre progresivo de los acontecimientos de la propia vida, así como observar, impávidos, cómo los ciclos cósmicos se repiten con tenaz regularidad.

Una casa —toda casa— tiene la misión primordial, y es estética, de cotejar entre sí ambas temporalidades con su refinado sentido. Es que así y no de otra manera es que el tiempo se deja habitar.

Experiencia estética inmersiva en su objeto


Bruno Barbey (1941)

 

Habitar supone, entonces, una experiencia estética inmersiva en su objeto.

La contextura del lugar inunda la presencia del sujeto, y éste sólo a costa de una depurada actitud crítica consigue reconocer esta peculiar condición de recepción estética. Al confundirse con una efusión corriente de la vida, la experiencia estética del habitar se vuelve engañosamente diáfana y leve. En tales condiciones, el juicio estético no parece ser otra cosa que el juicio del confort.

Pero, a no dudarlo, este juicio del confort no puede ser quizá nunca un depurado juicio estético como le agradaría a más de un teórico de la especialidad. Porque el juicio de confort, es tanto cognoscitivo como ético. Y también, y concurrentemente, estético.

Experiencia estética del sujeto alojado


Bruno Barbey (1941)

 

Cuando se reflexiona sobre la experiencia estética del habitar, resulta casi inevitable recordar la idea wagneriana de obra de arte total (Gesamtkunstwerk). Esto, toda vez que hay en ambas una común integralidad, una totalidad sensible puesta en síntesis superior. No obstante, existe una crucial diferencia.

Cuando se acerca el final de La caída de los dioses, el talante totalizador del autor envuelve de tal modo al espectador, que lo confina, lo encanta y lo sojuzga de tal suerte que sólo con estentóreos y apasionados aplausos las audiencias consiguen abrir la puerta para recuperarse al fin de su total inmersión. Es de admirar este superior talento artístico y —también hay que decirlo—es de temer algo el espíritu demiúrgico de la empresa.

Pero en la experiencia estética del habitar, el sujeto se enseñorea, libérrimo, en su propio tener lugar. Acaso no hay confinamiento, porque, en la oportunidad de una consumada experiencia estética, el tamaño del alojamiento es en todo caso de magnitud conforme a la plena expansión del ser situado de la persona. Cuando un habitante consigue tener efectivo lugar, su ánimo pacífico vaga alígero sobre el lugar. Tan libre, que puede distraerse de sí, de tal modo que confunda la experiencia estética del habitar allí y en ese entonces, con la respiración morosa de la vida misma.