Experiencia estética del tiempo habitado


Bruno Barbey (1941)

 

El imperativo categórico de la ontología agraria: ¡interésate por la cosecha! sólo puede seguirse mientras exista una tensión razonable entre previsión y cumplimiento.

Según eso, la casa de los primeros campesinos sería un reloj habitado. Es el lugar de nacimiento de dos tipos de temporalidad: del tiempo que va al encuentro de los acontecimientos, y del tiempo que, como si anduviera en círculo, sirve al eterno retorno de lo mismo.

Sloterdijk, 2004

 

Es fácil concebir una experiencia estética inmersiva en el espacio, pero más sutil es considerarla, en lo que le es propio, en el tiempo.

Es que aún es una novedad la esclarecida expresión de nuestro filósofo. Toda construcción que haga lugar al habitar humano es una suerte de reloj, de observatorio astronómico que envuelve a los mortales en su observación detenida del paso del tiempo. Una casa es un reloj habitado porque ampara a aquellos que tanto se detienen a verificar con morosidad el decurso siempre progresivo de los acontecimientos de la propia vida, así como observar, impávidos, cómo los ciclos cósmicos se repiten con tenaz regularidad.

Una casa —toda casa— tiene la misión primordial, y es estética, de cotejar entre sí ambas temporalidades con su refinado sentido. Es que así y no de otra manera es que el tiempo se deja habitar.

Experiencia estética inmersiva en su objeto


Bruno Barbey (1941)

 

Habitar supone, entonces, una experiencia estética inmersiva en su objeto.

La contextura del lugar inunda la presencia del sujeto, y éste sólo a costa de una depurada actitud crítica consigue reconocer esta peculiar condición de recepción estética. Al confundirse con una efusión corriente de la vida, la experiencia estética del habitar se vuelve engañosamente diáfana y leve. En tales condiciones, el juicio estético no parece ser otra cosa que el juicio del confort.

Pero, a no dudarlo, este juicio del confort no puede ser quizá nunca un depurado juicio estético como le agradaría a más de un teórico de la especialidad. Porque el juicio de confort, es tanto cognoscitivo como ético. Y también, y concurrentemente, estético.

Experiencia estética del sujeto alojado


Bruno Barbey (1941)

 

Cuando se reflexiona sobre la experiencia estética del habitar, resulta casi inevitable recordar la idea wagneriana de obra de arte total (Gesamtkunstwerk). Esto, toda vez que hay en ambas una común integralidad, una totalidad sensible puesta en síntesis superior. No obstante, existe una crucial diferencia.

Cuando se acerca el final de La caída de los dioses, el talante totalizador del autor envuelve de tal modo al espectador, que lo confina, lo encanta y lo sojuzga de tal suerte que sólo con estentóreos y apasionados aplausos las audiencias consiguen abrir la puerta para recuperarse al fin de su total inmersión. Es de admirar este superior talento artístico y —también hay que decirlo—es de temer algo el espíritu demiúrgico de la empresa.

Pero en la experiencia estética del habitar, el sujeto se enseñorea, libérrimo, en su propio tener lugar. Acaso no hay confinamiento, porque, en la oportunidad de una consumada experiencia estética, el tamaño del alojamiento es en todo caso de magnitud conforme a la plena expansión del ser situado de la persona. Cuando un habitante consigue tener efectivo lugar, su ánimo pacífico vaga alígero sobre el lugar. Tan libre, que puede distraerse de sí, de tal modo que confunda la experiencia estética del habitar allí y en ese entonces, con la respiración morosa de la vida misma.

Estética de la situación


Bruno Barbey (1941)

 

Cuando observo este mundo, no soy de este mundo; me asomo a este mundo.

Antonio Porchia

 

La abrumadora mayoría de las estéticas se han construido sobre el fundamento de la contemplación. Pero la estética del habitar es diferente. Es una estética de la situación.

La diferencia estriba en que una estética de la contemplación se establece sobre un prudente y metódico distanciamiento entre el sujeto y su objeto de referencia. Este distanciamiento es una garantía de pureza y especificidad para el vínculo estético. Pero tal virtud no puede predicarse de una estética del habitar.

Tal estética está necesariamente fundada en la pertenencia total del sujeto al mundo que habita. Es una estética propia de los que son de este mundo y no de los que se pretenden asomados a éste. No hay en el habitar otra situación que pueda aislarse en forma pura y específica. La experiencia estética del habitar tiene a su sujeto totalmente contaminado por su pertenencia a la situación que puebla.

Una experiencia estética omnipresente


Bruno Barbey (1941)

 

En cada ocasión en que tenemos lugar emerge una experiencia estética específica de tal situación.

Podríamos ignorar con contundencia universal cualquier forma de arte, pero no podemos privarnos de la experiencia estética de visitar, un día sí y otro también, el siempre abierto y hospitalario museo del arte del habitar. No hacemos, a lo largo de toda nuestra existencia, más que sumergirnos dóciles en el lugar y así inundarnos de las más variadas sensaciones. Mientras marchamos absortos por los corredores de la vida, se nos hace carne esta inmersión crónica y tópica.

Es acaso tan omnipresente esta experiencia estética que nos damos el lujo de pasar distraídos por ella, olvidados de nuestra constitucional condición de seres situados.

De todos los sentidos el sentido


Denis Roche (1937-2015)

 

Cabe preguntarse por un hipotético protosentido, por un sentido hondo, capaz de unificar el caos de sensaciones implicadas por el habitar, por un sentido superior capaz de consolidar la experiencia arquitectónica como una única experiencia en su complejidad.

Hay quien propone que el sentido del tacto pudiera constituir esta virtud fundamental. Aquí se sospecha en un sentido aún más entrañable, un sentido sin nombre preciso, ni, quizá, órgano puntualmente responsable. Un sentido que se mueva con eficacia en la dimensión del tiempo.

Esta dimensión del tiempo es la que aparece, en principio, en la marcha, aliando la profundidad perspectiva espacial con el desarrollo del desplazamiento inquisitivo. Esta dimensión del tiempo, asimismo, asoma hilvanando el conjunto variado de otras sensaciones en la duración de los eventos de habitación, allí donde la miríada de dimensiones encuentra una disciplina que la ordena y compone. Y, no menos importante, el sentido del tiempo propio de la memoria, que coteja toda novedad con las improntas de lo vivido.

Tal parece que habría, a punto ya de ser distinguido, de todos los sentidos el sentido propio y específico del habitar el cuerpo los lugares. Un sentido capaz de volcar en las profundidades del habitante su total pertenencia al lugar que puebla.

El sentido de la vivencia arquitectónica


Denis Roche (1937-2015)

 

Es preciso capturar el preciso sentido de la vivencia arquitectónica.

Esta vivencia no se agota en aquello que se cree que revela la visión. Antes bien, es una efusión de todo el cuerpo, con toda la sensibilidad puesta en juego y con todo su accionar puesto de manifiesto. Es un contento total de la vida cuando tiene lugar, porque éste y no otro es su sino. Por ello, más que la revelación de un sentido particular, es la síntesis superior y profunda de toda sensación. La vivencia arquitectónica, protagonizada en primera persona por su habitante, es una composición concertada bajo la dirección de un sentido que aúna la calma alegría de vivir propia del cuerpo cuando encuentra el lugar que le conviene.

Una experiencia estética compleja


Denis Roche (1937-2015)

 

La experiencia estética del habitar es una experiencia compleja.

Es preciso reparar en aquello que los habitantes practican cuando tienen lugar. Los habitantes marchan, se yerguen, experimentan las amplitudes. Manipulan las cosas, se adentran en los interiores, trabajan, juegan y aman. Oyen y se arropan, contemplan y huelen. Todas estas prácticas implican miríadas de sensaciones, sutiles sinestesias, complejas asociaciones. Todos los sentidos se confabulan, todas las sensaciones concurren, todas las asociaciones se concertan en la vivencia cabal y honda del habitar.

El espacio euclidiano es apenas una abstracción operativa, mediante la cual se han conseguido proezas arquitectónicas, por cierto. Pero no es menos cierto que la experiencia concreta del habitar es mucho más rica y compleja y que es una experiencia que está a la mano de todo habitante, soberano poblador de su lugar.

Y este soberano poblador de su lugar, —es preciso reconocerlo— es a la vez el arquitecto responsable de su peculiar contextura, de su particular arquitectura del lugar.

Vindicación del tiempo


Denis Roche (1937-2015)

 

Muchos arquitectos nos hemos formado en la consolidada convicción de que nuestro arte se desarrolla en el espacio.

Así, nuestros maestros y profesores nos han instruido en la necesidad de comprenderlo, esto es, aprehender ciertas nociones operativas del espacio, con el fin de conferirle forma mediante la disposición de masas, volúmenes y vacíos. La clave estaría en adquirir la capacidad de representarlo con el objetivo de mejor manipularlo, en beneficio de la magnificencia del resultado.

No obstante, se echa en falta cualquier mención sensata del tiempo y su papel como dimensión propia de los lugares habitados, y el papel que la duración tiene en la experiencia arquitectónica, por más que a nadie se le escapa que a la arquitectura se la aprecia recorriéndola.

Ahora llegamos a sospechar que, en realidad, creyendo operar sobre el espacio y a pesar de ignorarlo casi todo sobre el tiempo, nuestro oficio radica en realizar lugares, esto es, campos o estructuras espacio-temporales en donde sea posible habitar. Esto tiene consecuencias en la teoría estética, ya que debe enfatizarse el papel del tiempo en la coreografía del habitante, por una parte, y, por otra, el papel de la duración y la memoria en la integración compleja del conjunto variado de sensaciones que supone la experiencia estética del lugar.

La experiencia estética del lugar es una experiencia profunda del tiempo habitado.

La experiencia estética de la vida habitando


Denis Roche (1937-2015)

 

Me explicaré. Para ver una cosa hay que comprenderla. El sillón presupone el cuerpo humano, sus articulaciones y partes; las tijeras, el acto de cortar. ¿Qué decir de una lámpara o de un vehículo? El salvaje no puede percibir la Biblia del misionero; el pasajero no ve el mismo cordaje que los hombres de a bordo. Si viéramos realmente el universo, tal vez lo entenderíamos.

Borges, 1975

 

La tentativa de saber ver la arquitectura es deudora del compromiso de comprenderla, de apreciarla en lo que ésta es, o lo que se presume que es. Mientras tanto, la estética fundada en la experiencia habitable se sigue de un anhelo de conocer la consumación de la vida de las personas en su lugar.

La experiencia estética de la vida que habita no pretende comprender la contextura constructiva o formal del lugar, sino que se aplica a cumplirse sensible y palpitante en cuanto tal. La razón de ser de tal estética no es cognoscitiva, sino existencial. Por ello, la experiencia estética de la vida que habita es una experiencia que ampara la condición humana en sus dimensiones y compromisos más profundos y quizá, fundamentales.

La experiencia estética como punto de partida


Denis Roche (1937-2015)

 

Porque quizá sea una buena idea constituir una estética a partir de una concreta experiencia estética, esto es, de la naturaleza propia de un vínculo de un cierto sujeto con un correspondiente objeto estético.

El centrarse en la experiencia estética concreta tiene la ventaja de reconstruir cognoscitivamente tanto al sujeto como al propio objeto estético. En efecto, si fundamos nuestra reflexión en la experiencia estética propia de los habitantes de un lugar, dirigimos nuestra atención a la naturaleza y variedad de vínculos que los implican mutuamente, con lo que tanto los habitantes como el lugar recuperan su concreta complejidad. Ya no se trata de una estética propia de especialistas, un conjunto especialmente calificado y segmentado de las personas, sino el conjunto variopinto de todo ser humano que haga presencia y población. Ya no se trata de una estética de una operación supuestamente restringida al espacio operativamente considerado, sino de tratar con el lugar allí donde tienen concreta y efectiva situación las personas.

La experiencia estética del habitante será, entonces, nuestro punto de partida.

El leve roce del cuerpo con la arquitectura


Denis Roche (1937-2015)

Cuando las personas habitan un lugar no se separan de éste para apreciarlo como expertos, sino que suelen abandonarse al leve roce del cuerpo con las cosas. Cuando las personas habitan un lugar, antes que contemplar disciplinadamente los pormenores del lugar, se sumergen en él hasta constituir un vínculo inextricable. Cuando las personas habitan un lugar no ponen en juego su eventual calificación académica, sino que se vencen en un mar complejo de sensaciones.
Aquí intentaremos edificar una estética fundamentada en esta naturaleza de experiencia estética.

Saber ver la arquitectura


Denis Roche (1937-2015)

Para muchos, saber ver la arquitectura es apreciar y comprender de modo calificado el juego bien concertado de los elementos constructivos, o distinguir la maestría en que masas y espacios conforman un designio o una voluntad de forma vuelta efectiva y magnífica materialidad.
Saber ver la arquitectura, de este modo, es propio de expertos, de sujetos formados académicamente para ello y de gentes de cultura refinada en una especialidad. Saber ver la arquitectura es asunto de arquitectos y de personas especialmente instruidas en el arte de la arquitectura. Saber ver la arquitectura supone un disciplinamiento de la acuidad estética, una vocación y una implicación con un arte que conoce de reglas y refinamientos, de obras maestras, de historia y de teoría, de formación tanto académica como artesana.
Saber ver la arquitectura es una consigna específica para la edificación de una determinada estética construida desde unas muy especiales condiciones sociales. Aquí exploraremos otros caminos, desde otras condiciones sociales y otros supuestos teóricos.

El derecho a habitar y la buena vida


Moisés Saman (1974)

Es con este emergente que el ejercicio de la arquitectura adopta un punto cardinal en el horizonte. Una arquitectura dirigida de un modo ético por un derecho a habitar surgido de la reflexión sistemática, pone en línea la labor profesional con un compromiso social claro y específico. El compromiso profesional de una arquitectura que no sólo reconoce en el conocimiento del habitar humano su centro epistémico, sino que entiende el extremo ético de su práctica, constituye una opción por la condición humana vívidamente implicada. Empieza realmente a valer entonces la pena destinar toda la capacidad heurística tanto como moral para honrar tal compromiso.

El habitar y la buena vida


Moisés Saman (1974)

Tener lugar, hacer lugar, haber lugar, son aquí significantes éticos de una buena vida, ya que es imperativo habitar bien. La buena vida, de modo recíproco, es el significado, el contenido cabal del habitar, su referencia concreta. La indagación de los aspectos éticos del habitar completa su círculo. Y al hacerlo vuelve manifiesto su principal emergente.

La buena vida (III)



Tom Wood (1951)

Esta última opción quizá resulte más realista con la constitución efectiva de la condición humana: es que somos seres lanzados hacia el futuro. Desde el inconformismo presente divisamos expectantes que ventanas se nos abrirán mañana para la incansable labor de desear. Es de suponer que una buena vida no se evidencie nunca como un estado asentado en ningún presente y sí como una perspectiva de expansión y consumación verificable en los alféizares del tiempo por vivir.

La buena vida (II)


Tom Wood (1951)

No estamos por completo sumidos en nuestra circunstancia, lo que no quiere decir que podamos hacer aquello que nos plazca en forma independiente del amparo de situaciones que nos condicionan. Si algún sentido tiene la locución buena vida es el que la supone como la forja de las condiciones sociales que propician, impulsan y amparan la consumación de la vida de los sujetos que conviven en una comunidad.
Vivimos una buena vida en la medida en que nuestras prácticas sociales vuelven buena la vida posible de nuestros semejantes. No es difícil concebirlo; lo arduo es practicarlo.

La buena vida (I)


Tom Wood (1951)

Aquí preferimos optar por esta última conjetura, al menos porque nos desafía a reflexionar y a trabajar sobre las condiciones de vida que tenemos más a la mano, quizá a la espera de nuestro despabilamiento. El desafío parece ser triple.
Por una parte, es una provocación cognoscitiva, la que nos confronta con la necesidad de saber reconocer lo bueno de la vida con que ya contamos, y correr el velo de la ideología para escudriñar en aspectos ocultos a nuestro sentido común. También es un reto a nuestra capacidad de actuar, volviendo bueno lo que omitimos hacer y reprimiendo aquello que nos cierra el camino a la buena vida vivida. Y, por último, es una solicitación a nuestra virtud de apreciar y disfrutar aquello que en verdad es bueno y apreciarlo con el buen sentido del gusto que merece.

El derecho de los seres situados


Moisés Saman (1974)

Es de humanos constituirse en situación, en circunstancia, teniendo efectivo lugar. Por ello, es propio de humanos tener derecho, en principio, a consumar de modo efectivo tal condición. Es por ello por lo que los humanos somos, en primer lugar y de modo constitucional, titulares del derecho a habitar.
En consecuencia, también somos, de modo primordial, obligados constructores de las condiciones sociales que nos permitan conferir lugar a nuestra condición fundamental. Es tanto una obligación como un derecho humano ejercer la función que pone en práctica el efecto de tener lugar. El derecho humano es correlativo con el imperativo ético de ejercer la propia facultad del ser situado.
Y, además, y no menos importante, tenemos derecho al disfrute de nuestra condición. Tenemos derecho a consumar con placer, felicidad y entusiasmo tanto la titularidad como el ejercicio creativo de nuestra condición de situados.

El impulso revolucionario y el imperativo ético


Moisés Saman (1974)

La crítica a la ciudad tardo capitalista y su régimen de vida dominante conducen a desear y pensar en un mejor modo de hacer las cosas. Se trata entonces de un impulso revolucionario que busca el renacimiento de la vida urbana en las ruinas de la ciudad cruel, inicua y sórdida que habitamos. A no dudarlo, será preciso sembrar gérmenes palpitantes de una nueva ciudad entre los escombros de la vida contemporánea. A no dudarlo, será necesario poner a los fenómenos urbanos al servicio de la vida humana plena y sustentable.
Mientras tanto, el imperativo ético que vertebra este impulso de cambio no es, ni debe ser otro que el que consiga la composición de la habitación de la buena vida. Una vida que merezca la pena de su constante reproducción superadora. Una buena vida que tenga la dignidad de los seres humanos titulares, constructores y fruidores.

El derecho a habitar como emergente de la Teoría del Habitar


Moisés Saman (1974)

La constitución humana como ser situado implica el imperativo ético de habitar bien el mundo, el que, a su vez, implica el derecho humano a habitar. Dado que no nos es posible advenir como seres humanos si no es bajo la especie de ser unos con nuestra circunstancia, los mortales estamos condenados a tener lugar en la situación allí donde existimos. Pero esta condena no se cumple si no es bajo el imperativo de hacerlo bien, esto es, que nuestro habitar del mundo debe componer una buena vida. Y de ello se desprende, necesariamente, que tenemos el derecho cuanto la obligación ética de asegurarnos construir socialmente las condiciones que aseguren, a todos y a cada uno de nuestros semejantes, la paz de habitar lugares adecuados, dignos y decorosos.
Es razonando de esta manera que el derecho a habitar es un emergente ético de la Teoría del Habitar.

Del derecho a la ciudad al derecho a habitar


Lee Chapman

Es preciso mirar lejos. Es preciso entender que sólo la generalizada conciencia social propiciará las condiciones adecuadas y pertinentes para que se produzca el necesario cambio social. Es preciso entender que se debe elaborar, en dicha conciencia social, una nueva concepción de la subjetividad y, con ella, una conciencia de habitar un planeta que ya no soporta nuestro inhumano modo de vida.
Pero lo único que puede aparecer como certeza, es que sólo tendremos una oportunidad para cambiar las cosas a tiempo. Antes que sea demasiado tarde y que el ambiente del planeta, exhausto, se rinda ante la alternativa de no darnos más oportunidades.

La dimensión planetaria del cambio social necesario


Lee Chapman

Sin embargo, constituir una sola humanidad es algo más que integrar pasivamente una hueste de semejantes. Una sola humanidad implica una comunidad planetaria de conciencia y acción, honda y operativa, real y simbólica, teórica y práctica. Y si así se consideran las cosas, reconoceremos que estamos muy lejos de constituir una sola humanidad, sino que, de momento, proliferamos en memorias comarcales, en intereses ilusoriamente localizados, en expectativas diversas y contradictorias de futuro.
Porque sólo cuando concluyamos, al fin y sin remedio, por componer una sola humanidad, entonces y sólo entonces, podremos afrontar el cambio social necesario y de amplitud planetaria.

La dimensión planetaria del habitar


Lee Chapman

Nuestro mundo y el planeta que habitamos han concurrido en la actualidad a superponerse, hasta hacerse indistinguibles. Ya no nos es posible el confinamiento en reducidos reductos tales como fue, hace tiempo, una aldea, porque desde los puntos más distantes de la geografía nos afectan tanto los eventos más menudos, así como la noticia de tales eventos. En cierta forma, ya no hay eventos locales, sino efectos globales.
Ya somos, de modo irremediable, habitantes de la Tierra. De toda una Tierra que ha perdido sus apartamientos, sus ajenidades, sus ignorancias. Apenas si nos falta constituir una sola humanidad.

La dimensión existencial


Lee Chapman

Tal sujeto se ahonda en su condición más propia, íntima y genuina. Es bajo la forma de habitante que el sujeto adquiere la totalidad de sus determinaciones que irradian a toda la extensión de su mundo efectivamente vivido. Como tal, esta dimensión no es ni escalar ni finita, sino vectorial e insondable. En cada ocasión en que una persona haga presencia y población en un lugar, la comprenderemos en proyección a su propio e irrenunciable derecho a habitar el mundo. El constituirse un sujeto una circunstancia, por ello, no es un hecho, sino un conato, un lanzarse el sujeto hacia ella, realizando su existencia.
Por ello, no podemos renunciar nunca a nuestro derecho a habitar, porque no podemos renunciar a ser lo que somos: condición humana encarnada en un aquí y ahora propios.

Sobre la constitución de la esfera del derecho a habitar


Lee Chapman

Todo conduce a formular un derecho a habitar, como derecho humano genérico y absoluto.
Es el derecho a habitar lugares adecuados, dignos y decorosos en toda circunstancia concebible. La esfera del derecho a habitar coincide, punto por punto, con los confines del mundo de los sujetos, allí donde estos son implicados por su condición humana. Por tal razón, todo ser humano, uno con sus circunstancias, es titular de tal derecho, el que sólo puede ser vulnerado por un injusto e inhumano estado de cosas. Tal injusto e inhumano estado de cosas es, precisamente y con todas las letras, nuestro actual y concreto estado de cosas. Es un derecho de magnitud absoluta, en la medida que podamos llegar algún día a sondar la profundidad última y definitiva de cada ser humano. Y tiene la extensión propia de todo aquello que le concierne al habitante del mundo, tal como lo mal conocemos en la actualidad, así como lo conoceremos en el futuro.

¿Son las dimensiones del urbanita las propias del ser humano?


Lee Chapman

Cabe precaverse que la ciudad, tal como la conocemos y concebimos en la actualidad es un producto históricamente construido y hoy en proceso de crítica disolución. Cabe considerar que nuestro mundo, hoy, trasciende con mucho los confines de nuestra comunidad de asentamiento urbana. Cabe considerar, que nuestra supervivencia está afectada por un orden planetario y que nuestro mundo va perdiendo, irremisiblemente, sus regiones remotas.
Aún situados en el umbral de nuestra morada, debemos mirar lejos, mucho más lejos y, recíprocamente, mirar dentro nuestro, a mayor profundidad aún.

Sobre la constitución del sujeto del derecho a la ciudad


Lee Chapman

En efecto, si se considera que uno es uno con sus circunstancias, la comprensión de la amplia extensión de éstas permite vislumbrar la hondura de la sima que constituye el sujeto. De lo que se infiere que el entendimiento cabal del sujeto radica en la comprensión cabal en cómo éste es implicado por el mundo en que habita. La formulación revolucionaria del derecho a la ciudad es, entonces y en primer lugar, una comprensión más cabal del sujeto habitante, que extiende su legítimo derecho bastante más allá de los umbrales de su morada. También reconsidera con más amplitud y profundidad su esfera de acción ética y política. También reconsidera, con no menos amplitud y profundidad, su compromiso productivo social.

Del derecho a la vivienda al derecho a la ciudad


Hally Pancer (1961)

Mientras que el derecho social a la vivienda es, en el mejor de los casos, una concesión del sistema a la movilización popular, en el marco posible de un estado del bienestar hoy en crisis, el aún incipiente y apenas formulado derecho a la ciudad emerge como quizá genuino producto revolucionario. No es para nada despreciable tal diferencia, pero es preciso observar los resultados concretos de ambas formulaciones. De cualquier forma, el derecho a la vivienda ha dado lugar tanto a políticas reductivas y asistencialistas, así como a políticas más o menos estructuradas en pos del bienestar social, todas ellas con un relativo proceso de institucionalización duradera. Mientras tanto, las movilizaciones ciudadanas, dispersas, poco estructuradas y aún incipientes, no han hecho más que generar muy tímidos avances en la conciencia social. Las ciudades rebeldes a las que aspira David Harvey todavía no mueven la aguja de los sismógrafos sociales. Pero habrá que darle tiempo al tiempo y mientras tanto, redoblar el esfuerzo reflexivo. Porque aún no se ha dicho la última palabra al respecto del acuciante cambio social que nos es necesario.

Nuevas centralidades urbanas


Polly Braden

La centralidad de un espacio supone que en él se haga tangible la condición heterogenética, escindida y contradictoria de la vida urbana, aunque también su capacidad integradora. Es lo que hace de ese espacio realmente el corazón de la ciudad, y lo es en doble valor metafórico que contiene la analogía orgánica: músculo que impulsa y recoge los flujos urbanos y lugar que acoge los sentimientos básicos de los habitantes de la ciudad. Ahí tiene que esta no el centro de la ciudad, sino de lo urbano como forma de vida
Delgado, 2020

Aquí se ha conjeturado por la emergencia de urbanógenos, designados así por su constitución seminal de nueva ciudad. Desde otros cursos de reflexión disciplinar, se piensa en corazones de nueva vida urbana. Todo hace sospechar en la provisión, en el ánimo reflexivo sobre la ciudad, de una esperanza generalizada en nuevos fenómenos urbanos, cuyo comportamiento y configuración formal no nos es dado precisar con suficiente claridad, pero que aparecen impelidos por un resanar de la vida urbana que nos es imperiosa, urgente y deseable.

Las dimensiones del derecho a la ciudad


Hally Pancer (1961)

Una de ellas es la individual. Todo urbanita es titular en primera persona de un derecho humano fundamental, toda vez que es de humanos construirse un lugar en una ciudad. En forma recíproca, hay en la ciudad —debe haberlo, preceptivamente— lugar para cada uno en su singular constitución efectiva.
Pero también hay una dimensión colectiva, cuando los urbanitas se aplican tozudamente a conformar pequeños y palpitantes arreglos microsociales tales como la familia, las tertulias, los grupos de afinidad. Tales agrupaciones, cada una con su peculiar inserción en la vida urbana es, en otra dimensión, sujeto del derecho de los urbanitas a la ciudad.
Así mismo, el entramado global, el arreglo total de la comunidad de asentamiento que supone una ciudad, también es sujeto del derecho a la ciudad, en una dimensión superior y compleja. Tal entramado social, como tal, es un sujeto toda vez que tiene efectivo lugar en la vida urbana. En esta forma, la constitución subjetiva del derecho a la ciudad consigue poner de manifiesto un ser social complejo, profundo y concreto, bajo la figura constituida de lo urbanita.

Doce años


Albrecht Dürer. San Cristóbal, 1521

Ya son doce años portando nuestro más preciado tema a través del río. Y no hemos llegado a la otra orilla aún.

Los titulares del derecho comunitario a la ciudad


Hally Pancer (1961)

El término urbanita evoca, como referente inmediato, a todo sujeto que habita una ciudad, en un sentido amplio y a la vez muy profundo de la expresión. No es un ciudadano, que es una categoría político-institucional, sino un habitante que hace efectiva presencia y población en una cierta comunidad de asentamiento con unos semejantes con los que constituye un centro urbano rodeado de un territorio tributario. A la vez, es urbanita todo aquel que su vida social es afectada por la propia vida y arreglo de la comunidad según su funcionamiento, de donde no hay urbanitas sólo en el territorio interior del núcleo denso poblado, sino también hay urbanitas localizados en el territorio dependiente. Aquello que determina la condición necesaria de urbanita es la intensidad y profundidad de interacciones sociales, políticas y económicas que se verifican en el fenómeno urbano. Ser urbanita es estar implicado por una ciudad. Así es que puede formularse con claridad que a los urbanitas, a todos y a cada uno, les alcanza en profundidad de su condición humana, el derecho a la ciudad.

El derecho comunitario a la ciudad


Hally Pancer (1961)

Ahora se trata de enfocarse en el clásico zoon politikon, en su doble acepción, esto es, considerar tanto al urbanita habitante como al agente político empoderado, precisamente allí donde estas condiciones se superponen en una sola.
Por último, es preciso notar, antes que nada, que la proclamación en viva voz del derecho a la ciudad supone esgrimir una vindicación de lo humano por sobre la exclusión sistémica contemporánea. Algo de luz se empieza a divisar, en el oscuro panorama actual.

Los beneficiarios efectivos de las políticas sociales de vivienda


Hally Pancer (1961)

Conviene observar con algún detenimiento que, en primer lugar, nunca son alcanzados todos los sujetos afectados por el déficit habitacional; y, por otra parte, es necesario especificar qué figuras sociales son las concretas formas objetivo de las políticas sociales al respecto. El potencial productivo y financiero de los estados nunca resulta suficiente para que haya soluciones para todos los necesitados. Esto se asegura mediante el expediente de la clasificación de la población pobre según criterios de su menesterosidad relativa, so pretexto de enfocarse en los sectores “más necesitados”. De este modo, siempre hay pobres que resultan no tan necesitados que deberán esperar indefinidamente a que se atienda primero a los más apurados. Sin embargo, también es exigible por la autoridad que tal población sea mínimamente solvente para el repago de los créditos, con lo que se asegure que la política se aplica a trabajadores con ingresos más o menos regulares y previsibles.
En segundo lugar, es verificable que las políticas sociales de vivienda tienen como beneficiarios las familias convencionalmente constituidas. Con tal expediente se asegura que una política social de vivienda sea también una política social de promoción de la infancia. Y también se consigue así que el proletariado cumpla disciplinadamente con el papel social de reproducirse, y, al hacerlo, ampliar sostenidamente las huestes del trabajo. Con lo que una política social de vivienda también supone una política disciplinante de la clase trabajadora.