Sebastião
Salgado (1944)
Puede pensarse que existe, en el género
humano, un talante originario proclive a la aproximación, a la ayuda, a la
conmiseración. La mención al principio de solidaridad o fraternidad parece
evocar ancestrales sentimientos básicos. El pensar en la noción de solidaridad,
entonces, parece un ejercicio de anamnesis, un gesto
que desvela algo del que guardamos un genérico y atávico recuerdo. Allá en los
albores de la vida social, nuestra condición gregaria era apenas una efusión
resultante de un sentido de alianza, complicidad o fraternidad consustancial a
nuestra condición de semejantes por humanos.
Lo que ha sucedido, de manera crítica y
aguda, que esta semejanza genérica se ha visto minada por un orden social,
económico y político de cariz decididamente antihumanista, que se ha
desarrollado históricamente destruyendo estos recónditos resabios de venerable
sensibilidad. Hoy, contemplamos con estupor y angustia cómo nuestros congéneres
se han vuelto extraños, hostiles y distintos. Apenas si nos arrebujamos en un
timorato ámbito que reservamos para los últimos a los que, de momento, tenemos
por semejantes.

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