Cuando
al anhelo de intimidad protegida se le responde socialmente con meros alojamientos,
suceden esos polígonos residenciales que por estas latitudes reciben el nombre
equívoco de conjuntos habitacionales.
Esto
resulta en una rarificación de la trama ciudadana: una urbanización sin ciudad,
una urbanización con virtudes de metástasis constructiva, una urbanización
carente. En efecto, el tejido denso de funciones complementarias que supone el
escenario urbano se ve invadido por una proliferación de puros alojamientos
agrupados masiva y simplificadamente, desprovistos de las complementariedades
de la ciudad compacta. Las prácticas sociales de concepción y demanda social
resultan, con ello, doblemente traicionadas.
Lo que
resulta trágicamente risible es que esta operación se presenta, ante la opinión
pública, como una respuesta pública ante una demanda social especificada. ¿Es
mejor que nada? Es difícil responder a esta cuestión, porque, si la respuesta
pública es omisa, entonces sucede la ciudad informal, orgánica, tal vez, casi
espontánea, pero pletórica de infraviviendas.

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