Cuando
soñamos, puede creerse que nuestro deseo expande nuestra subjetividad hasta los
confines últimos de nuestro mundo.
Pero en
la vigilia, la cultura en que habitamos prolifera interponiendo, en cada
dirección en donde se mueva el deseo, la oferta de un engañoso sucedáneo. Así,
podemos desear un lugar para vivir en el mundo, mientras que el mercado nos
ofrece una mercancía a título de vivienda, en donde nos resignamos a recluir
nuestros horizontes. Podemos desear comunicarnos con nuestros semejantes a
efectos de contactar existencialmente con el Otro, mientras que en algún
comercio algún astuto mercader nos seduce con un teléfono celular u otro medio
tecnológico de comunicación equívoca. Podemos desear un lugar en el mundo desde
donde podamos aportar lo nuestro a la humanidad, mientras que nuestro sistema
de producción apenas nos da, en ocasiones, la posibilidad de trabajar y
consumir en consecuencia.
¿Qué
nos sucedería si dejásemos de creer, por un instante, en tales
sucedáneos? ¿Qué desearíamos si fuésemos capaces de romper los recintos que
encarcelan ilusoriamente la libertad del apetito? ¿Hasta dónde llegaríamos en
el goce pleno de una libertad que nos conociera como puros y auténticos
deseantes?
¿Hasta
dónde se extenderían los confines de nuestro mundo si no nos contentáramos con
otra cosa que con un prístino y hondo deseo de lugar?

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