Plumas ajenas: Pedro Azara


El arte se asocia a la verdad, el artificio a la falsedad y al engaño. El arte, curiosamente, se halla del lado de lo natural -el arte no debe exudar esfuerzo, sino parecer una acción espontánea, y las obras, semejantes a entes naturales, en las que no se percibe trabajo-, el artificio se asocia a las máscaras, a un elaborado y calculado trabajo. La valoración ética de ambos maneras responde a esta doble visión o vara de medir.
¿Es justo?
Pedro Azara, 2018

Miserias éticas de la arquitectura


Pieter Bruegel el Viejo (1525-1530 – 1569) Paisaje con caída de Ícaro (1558)

Los derroteros que sigue tanto el ejercicio profesional de la arquitectura, así como la formación académica de los arquitectos están llevando a la propia arquitectura a una situación crítica.
Por una parte, el desarrollo puramente técnico de la construcción apenas si se aplica al abaratamiento de los productos, a la rapidez en la ejecución y al más inapropiado gigantismo que tiene más connotaciones socioeconómicas empresariales que compromiso con los usuarios.
Por otra, el desarrollo autónomo y autosostenido del diseño arquitectónico apenas si se aplica a refinadas operaciones de puro ejercicio ideológico de un arte más deudor de presuntos maestros configuradores de buenas formas que de humildes y atentos servidores sociales comprometidos con la vida humana que allí se aloja.
Algunos —no todos— deberemos ocuparnos y preocuparnos por los destinos de los seres humanos habitantes, que demandan de suyo una arquitectura puesta al servicio de la condición humana de quienes la pueblan.

Oportunidad de distinciones

 


Mi penúltimo libro, La arquitectura de la humana condición situada, ha sido premiada con una mención en el Premio de Ensayo de Divulgación Científica

Habitar el tiempo (V) La noche


Adolf Pirsch (1859- 1929) Dama en escena nocturna (s/f)

Por la noche el cielo se ahonda en beneficio de los desvelados, de los escrutadores de signos, de los lunáticos.
Durante milenios, la noche se reservaba para el retiro, el descanso y el sueño. Pero nunca faltaron las excepciones. Los astros inspiraron adivinaciones y ciencias, sueños y especulaciones, delirios y reflexiones.
En la actualidad, con el uso y el abuso de la iluminación artificial, la noche se desdibuja de su ancestral papel de ocasión para lo Otro, su vocación de alternativa a la razón solar, su escenario de jardines perfumados y pesadillas.
Por ello, es necesario apartarse mucho de la ciudad que homogeneiza el decurso del tiempo. Lejos de allí, aún lucen las estrellas, los presagios y las ensoñaciones.
Porque es para ello que necesitamos las noches límpidas y hondas.

Habitar el tiempo (IV) El atardecer


Oswald Achenbach (1827 – 1905) Atardecer en Nápoles (s/f)

Es preciso observar que la belleza tópica de algunos atardeceres no debe ocultar su valor intrínseco, que es el de la sublimidad inherente al traspaso irrevocable de los umbrales.
Las fatigas cotidianas ceden paso a la hora de la vuelta, la ocasión general del regreso. Ha sido dura la faena y algo magro el resultado, como siempre, pero es un homenaje a la vida habitar el atardecer con el espíritu de quien cree haber cumplido con su vida en la jornada. Los últimos resplandores suelen ser los mejores: signos inequívocos de que, tras el sueño reparador, todo volverá a recomenzar. Tal es la confianza ingenua, la rutina de los días, la inercia de la vida cotidiana.
Toda vida que se precie tiene que disponer de una pausa propia y apropiada, a la hora del crepúsculo.

Habitar el tiempo (III) La tarde


Francis Cadell (1883 –1937) Tarde (1913)

Con el correr de la tarde, la luz vira hacia valores más cálidos, la atmósfera se carga de efluvios y las cosas mudan sus colores a matices más maduros.
Las lasitudes del día van acumulando esperas, las ceremonias se vuelven más cansinas y cada quien busca llegar a término en sus ocupaciones. Atardece y el tiempo vivido parece estirarse en un curso más sosegado.
El ritual inglés del té de las cinco parece señalar una suerte de conclusión de los ajetreos del día, una instancia de pausa social en donde se celebran, tácita y explícitamente, los acuerdos, los cierres, las conclusiones del día.
La vida humana parece madurar a su modo en las tardes y el acondicionamiento arquitectónico de las estancias que entonces se pueblan debe reparar en esta humana condición.

Habitar el tiempo (II) La mañana


Alfred Sisley (1839 – 1899) Amanecer en junio en Saint-Mammès (1892)

Por la mañana es cuando la luz natural, el aire y los colores de las cosas relucen límpidos, frescos, recién inaugurados.
Las renovadas energías de los cuerpos se aplican a emprender con ahínco los proyectos del día. Por ello, las cosas suelen lucir en su aspecto más prometedor. Para muchos es la parte de la jornada más propicia para la actividad, el estudio y el ejercicio corporal. Aunque hay excepciones, la habitación de la mañana suele vibrar con una especial intensidad. A través de las ventanas que dan al oriente, la luz solar energiza el fondo de las estancias, la brisa matutina ventila las alcobas aún aturdidas por los vapores del sueño y los colores de las cosas se prodigan en brillos y fulgores nuevos.
La vida humana puebla con cierto entusiasmo las mañanas y las arquitecturas basadas en el servicio atento a la condición humana deberían tener esto en cuenta.

Habitar el tiempo (I) El amanecer


A. Rötting (s/d) En la mañana (1840)

Hay un habitar el tiempo que sigue su caída ineluctable hacia el futuro, hasta el confín de cuando ya nada importe.
Pero también hay un habitar el tiempo que se prodiga en recurrencias cíclicas. Es un continuo recaer en ciertas vivencias que se suceden alternadas y constituyen aquello que llamamos vida, en el sentido cotidiano de la expresión.
Es así que todo parece recomenzar cuando atravesamos el umbral que une y separa el sueño de la vigilia. En el momento que la luz matutina nos inaugura y la frescura del nuevo día por vivir nos disipa las últimas nieblas del sueño.
Hora de levantarse. Hora de retomar la acción, posando los pies en el duro suelo de la vigilia. Hora de afrontar el espejo inclemente y el mundo que no se muestra mucho mejor.
Todo está por hacerse al amanecer. El acondicionamiento arquitectónico de la alcoba debería ajustarse con piedad y simpatía a las hondas solicitaciones de quien que se despereza.

Consigna: ¡Todo el poder a los habitantes!


Scipione Simoni (1853-1918) Patio italiano (1900)

La arquitectura, al servicio de la gente que la habita.
Podría ser una posible consigna sociopolítica para un ejercicio humanista de la profesión arquitectónica.
A sumarse.

Hacer tema de lo infraordinario


Antonio López García Lavabo y espejo (1967)

Ya lo planteó Georges Perec ¿cómo dar cuenta de ello, cómo interrogarlo, cómo describirlo?
Porque lo infraordinario puede constituir la clave secreta de la constitución estructural de la vida cotidiana. De la concurrencia causal de los objetos corrientes podría inferirse una serie sistemática de líneas significativas acerca de la vida de las personas en los lugares. Particularmente en aquellos emplazamientos densos en habituaciones, en actividades distraídas y rutinarias, en aquella vida olvidada de sí.
Todo el significado sobre la constitución efectiva del sujeto en su intimidad podría leerse en un humilde estante sobre un lavabo corriente.

Examen de las prácticas sociales de concepción del habitar (III) Significados


Richard Emil Miller (1875 – 1943) Ensueño (1910)

De la confrontación de los deseos subjetivos con los valores éticos emerge, a título de síntesis, los significados del habitar.
Porque es la cuestión crucial en nuestras prácticas sociales de concepción: ¿Qué significa, tanto en la vida real como en la vida soñada, habitar? Es preciso asociar virtuosamente ambos aspectos mediante un imperioso ejercicio de síntesis superior. Parte no menor del propio significado de nuestro vivir es lo que atribuimos al estatuto de nuestro habitar los lugares. Por ello es que debemos soñar con método, examinar con la imaginación y aunar con rigor significantes y significados de nuestras estancias y tránsitos en los lugares que efectivamente habitamos.
El reconocer y a la vez forjar significados en el habitar es la tarea imperiosa de hurtar nuestra vida cotidiana de la inanidad en que suele sumirse, por imperdonable descuido de nuestra propia condición humana.

Examen de las prácticas sociales de concepción del habitar (II) Valores


Frieseke, Frederick Carl (1874 - 1939) Tarde en el salón amarillo (1910)

¿Cuáles son los valores efectivamente puestos en juego por las formas profundas y genuinas del deseo?
El mero afloramiento de las formas del deseo de habitar no basta, si bien es una instancia ineludible. Es forzoso discutir a fondo los valores éticos implicados por los impulsores del deseo subjetivo. Cuando se discurre sobre valores éticos es cuando los deseos adquieren efectiva contextura social y no ya meramente individual.
Llegados a este punto debemos interrogarnos sobre las posibilidades materiales y sociales que aseguren a todos los actores sociales una cuota justa y equitativa de satisfacción relativa de tales deseos. No se trata de mínimos racionalizados en una sociedad y una economía inequitativas, sino de suficientes y adecuados consensuados en una organización social de iguales, de libres y de fraternos.
Sólo con el cultivo sociopolítico de valores éticos en el habitar se conseguirá que cada cual consiga, en la medida socialmente alcanzable, vivir como desea.

Examen de las prácticas sociales de concepción del habitar (I) Deseos


Eva Gonzalès (1849 –1883) El té de la tarde en la terraza (1875)

Cabe interrogar a fondo el alma del habitante ¿Cómo deseas habitar?
Para ello hay que desmontar las múltiples imposturas de la cultura y la ideología dominantes. Para llegar a la almendra misma del deseo, allí donde luce en la oscuridad, desnuda y auténtica. Esto exige un análisis en profundidad y un proceso de depuración subjetiva.
Por ello, es equívoco contentarse con las respuestas inmediatas, con las inercias rutinarias, con esas representaciones que primero aparecen en la superficie de la conciencia. Sólo un análisis profundo puede desenmascarar el deseo auténtico y genuino.
Y es ese deseo auténtico y genuino al que deberemos obedecer, si aspiramos a la consecución de las condiciones que nos haga posible alguna felicidad.

El derecho y el deber de cambiar


Joaquín Lavado Quino. Mafalda

El derecho a la ciudad es mucho más que la libertad individual de acceder a los recursos urbanos: se trata del derecho a cambiarnos a nosotros mismos cambiando la ciudad.
David Harvey

Para esto es necesario ejercer el derecho de cambiar la ciudad: para ser protagonistas conscientes de nuestro deber de cambiar como la sociedad que habita en ella.

Plumas ajenas: Manuel Delgado


No se ha pensado lo suficiente lo que implica este pleno derecho a la calle que se vindica para todos, derecho a la libre accesibilidad al espacio público como máxima expresión del derecho universal a la ciudadanía. La accesibilidad de los lugares que llamamos –se supone que no en vano– públicos se muestra entonces como el núcleo que permite evaluar el nivel de democracia de una sociedad. Esa calle de la que estamos hablando es algo más que una vía por la que transitan de un lado a otro vehículos e individuos, un mero instrumento para los desplazamientos en el seno de la ciudad. Es, por encima de todo, el lugar de y para la epifanía de una sociedad que se quisiera de verdad democrática, un escenario vacío a disposición de una inteligencia y de una ética social elementales, basadas en el consenso y en un contrato de ayuda mutua entre desconocidos. Ámbito al mismo tiempo de la evitación y del encuentro, sociedad igualitaria donde, debilitado el control social, inviable una fiscalización política completa, gobierna buena parte del tiempo una mano invisible, es decir nadie.
Manuel Delgado, 2018

Plumas ajenas: Andrew Merrifield


En todas las políticas del encuentro ocurre: no es que las personas actúen en el espacio, es que las personas se convierten en espacio al actuar. Ya nada es escénico, nada es necesariamente urbano; nada es accesorio ni redundante, alienante o similar; toda acción, toda conectividad humana, cada cuerpo, si está realmente conectado, literalmente llena el espacio; la acción respira y los propios cuerpos de los participantes se convierten en el principal elemento escénico, la forma del espacio y al mismo tiempo el contenido del espacio. En este sentido la política del encuentro siempre se configura como un encuentro en alguna parte, un lugar de encuentro espacial. Siempre será un rendezvous ilícito de solidaridad y vinculación humana, un topografía virtual, emocional y material en la que algo arraiga, algo irrumpe e interviene en el paralelismo, en la parálisis.
Andrew Merrifield, 2012

Dimensiones humanas de las ventanas (VII) Magnitudes ergotópica, nomotópica y erotópica


Eyolf Soot (1859 –1928) A la luz de la lámpara (1895)

Las ventanas son dispositivos arquitectónicos especialmente elaborados, por lo que, con su mera presencia, denotan un esfuerzo, un trabajo, una energía aplicada en pos del mejor acondicionamiento del lugar.
Con esto se reconoce una dimensión ergotópica inherente: allí donde hay una ventana, hay trabajo insumido. Es necesario reparar cómo se remunera, económica y simbólicamente tal magnitud.
Asociada a ésta aparece otra dimensión importante: la concepción, diseño y disposición de las ventanas sigue reglas más o menos rigurosas. Cada ventana es un conjunto de reglas aplicadas en su tamaño, composición y distribución. Así, las ventanas suponen, en su alternancia con los llenos, un juego rítmico y un tono general de las fachadas.
Pero la regla más específica humana de toda ventana es que explica la asimetría de los flujos de información. En efecto, las siempre lícitas ganancias del interior, contradicen las subrepticias y eventuales fugas hacia afuera. Las ventanas, entonces, son umbrales asimétricamente delicados.
Esto nos lleva a la más intrigante y secreta magnitud de toda ventana. Se trata de la dimensión erotópica, su constitución de zona erógena de toda arquitectura, región de especial registro de inquietudes trémulas y de sutiles estremecimientos.
En definitiva, una verdadera ventana, que merezca tal denominación, es mucho más que un sumario agujero en una pared.

Dimensiones humanas de las ventanas (VI) Magnitudes alethotópica y tanatópica


Gustave Stoskopf (1869 - 1944) Campesino en la ventana (1930)

Una vez que uno va reconociendo una a una las dimensiones propiamente humanas de las ventanas, se va convenciendo que éstas desempeñan un muy importante papel en la existencia del habitante.
En lo que toca a las dimensiones existenciales, las ventanas se abren, de suyo a todo lo que emerge más allá de los límites de la morada. La ventana se abre sobre lo que sobrevendrá y la perspectiva humana está proporcionada por el diseño de la ventana en concurrencia con la actitud de la persona que la puebla. Obsérvese la humildad campesina en la ventana ilustrada. No es un puro efecto de la modestia material de la construcción, sino resultado de un particular estar-en-el-mundo.
Recíprocamente, por el costado contrario del lugar de la ventana se abre la región de la memoria y el olvido: el lugar de la vida ya vivida, por oposición a lo que vendrá con la brisa vivificante que atraviesa el umbral.
Allí, precisamente en el lugar en donde se articulan estas dos dimensiones, residen los que existen, aquellos que sabemos que vamos a morir, mientras que contemplamos absortos todo aquello que nos muestra la ventana.

Dimensiones humanas de las ventanas (V) Medida histerotópica


Caspar David Friedrich (1774-1840) Vista del estudio en Dresde (1806)

En la cultura del presente, en donde incurrimos una y otra vez en una equívoca cosificación reductiva, apenas si consideramos el escueto espesor de la carpintería de una ventana.
Pero con ello soslayamos una dimensión crucial del lugar que la ventana constituye: el lugar que se puebla con las personas que se asoman por ella. He aquí la verdadera dimensión interior propia de la ventana: la dimensión que ocupamos como habitantes del lugar-ventana. La dimensión que justifica la apertura en el muro, la localización referida al horizonte y la adecuación relativa de su amplitud. Uno puede habitar el lugar de la ventana precisamente porque ésta avía espacio y tiempo para alojarse allí.
¿No será que hemos desatendido el lugar de la ventana porque nuestros arquitectos han dejado de considerarlo y acondicionarlo como sería preciso?

Dimensiones humanas de las ventanas (IV) Magnitudes termotópica, fonotópica, fototópica y osmotópica


Albert Edelfelt (1854 –1905) Bertha (1881)

Las ventanas son lugares umbrales con un notable papel en el acondicionamiento energético.
El término castellano ventana recuerda la asociación del útil con el viento y la ventilación, el refrescamiento. Las energías que circulan por la ventana siempre ofrecen un especial interés. A través de ellas nos llegan los rumores del mundo exterior, así como la luz que se inmiscuye en los interiores. Es por todas estas características que los artistas aprecian tanto y con mucha razón el emplazamiento de sus más queridos modelos en adyacencia a las ventanas, allí donde son disfrutables las condiciones propias de un umbral térmico, acústico y luminoso. Allí donde puede aspirarse la brisa que renueva la atmósfera habitada.
Los arquitectos deberíamos proyectar y construir ventanas en donde fuese siempre bueno y favorecedor retratar a nuestros apreciados habitantes.