El centrarse en la experiencia estética
concreta tiene la ventaja de reconstruir cognoscitivamente tanto al sujeto como
al propio objeto estético. En efecto, si fundamos nuestra reflexión en la
experiencia estética propia de los habitantes de un lugar, dirigimos nuestra
atención a la naturaleza y variedad de vínculos que los implican mutuamente,
con lo que tanto los habitantes como el lugar recuperan su concreta
complejidad. Ya no se trata de una estética propia de especialistas, un
conjunto especialmente calificado y segmentado de las personas, sino el
conjunto variopinto de todo ser humano que haga presencia y población. Ya no se
trata de una estética de una operación supuestamente restringida al espacio
operativamente considerado, sino de tratar con el lugar allí donde tienen
concreta y efectiva situación las personas.
La experiencia estética del habitante
será, entonces, nuestro punto de partida.

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