Experiencia estética del sujeto alojado


Bruno Barbey (1941)

 

Cuando se reflexiona sobre la experiencia estética del habitar, resulta casi inevitable recordar la idea wagneriana de obra de arte total (Gesamtkunstwerk). Esto, toda vez que hay en ambas una común integralidad, una totalidad sensible puesta en síntesis superior. No obstante, existe una crucial diferencia.

Cuando se acerca el final de La caída de los dioses, el talante totalizador del autor envuelve de tal modo al espectador, que lo confina, lo encanta y lo sojuzga de tal suerte que sólo con estentóreos y apasionados aplausos las audiencias consiguen abrir la puerta para recuperarse al fin de su total inmersión. Es de admirar este superior talento artístico y —también hay que decirlo—es de temer algo el espíritu demiúrgico de la empresa.

Pero en la experiencia estética del habitar, el sujeto se enseñorea, libérrimo, en su propio tener lugar. Acaso no hay confinamiento, porque, en la oportunidad de una consumada experiencia estética, el tamaño del alojamiento es en todo caso de magnitud conforme a la plena expansión del ser situado de la persona. Cuando un habitante consigue tener efectivo lugar, su ánimo pacífico vaga alígero sobre el lugar. Tan libre, que puede distraerse de sí, de tal modo que confunda la experiencia estética del habitar allí y en ese entonces, con la respiración morosa de la vida misma.

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