Contemplación científica e interpretación humanística


Rembrandt van Rijn (1606- 1669) La lección de anatomía (1632)

Es preciso abordar el tema del habitar bajo una doble condición insoslayable.
La necesaria contemplación científica que observa, mide, describe y clasifica metódicamente conductas, rituales y ceremonias debe acompañarse con una interpretación humanística plena de comprensión y simpatía con su objeto. La tensión entre tales condiciones es imprescindible para dar cuenta de la complejidad del tema afrontado. Todas las miserias y todas las glorias de la condición humana tienen lugar precisamente en la circunstancia de conferir contextura concreta y forma al lugar poblado.
Por ello, no podemos conformarnos con un sesgo a priori, ya científico, ya humanístico, sino debemos dotarnos de un perspicaz sentido dialéctico.

Acerca del origen cartesiano de las dimensiones del habitar


René Descartes. Ilustración en el Tratado del Hombre, 1664

¿Dónde poner ese punto donde se intersectan las coordenadas dimensionales de nuestro habitar? En otras palabras ¿dónde es posible situar un punto cero de la constitución de todo lugar posible?
Pudiera tener lugar concreto en el punto del fuego, allí donde el calor conforta y se cuece, morosa, la pitanza. De un allí concreto podría devenir un punto simbólico; atrás de todos los lugares aguardaría aquella hoguera originaria.
Pudiera encontrarse un punto originario en la región más transparente de la atmósfera buena para respirar a nuestras anchas. Así, el punto de marras pudiera situarse en el aire y de aire se constituirían, en consecuencia, todas las arquitecturas posibles.
Pudiera situarse allí donde se señale un emplazamiento en la tierra. El punto originario tendría, por así decirlo, raíces en lo ctónico. De tal suerte, toda arquitectura tendría un único lugar en la tierra y allí deberíamos situar la intersección cero de todas las coordenadas.
En fin, también pudiera situarse en el espejo quedo del agua, allí donde tenemos la evidencia de constituir un aquí en un paisaje. Tras el reflejo originario, todo lugar tendría su plena constitución con un aquí relativo: allí donde emerge la evidencia de la situación.
¿O pudiera situarse, en definitiva, en el cuerpo del habitante? De tal suerte, cada persona sería portadora una arquitectura tan fundamental como íntima, propia y apropiada. Una arquitectura tan primordial que todas las otras serían apenas emergencias contingentes en su forma, aunque forzosas en su sustancia.

¿Una arquitectura humanista? (III) Principios


Rafael Sanzio (1483- 1520) La escuela de Atenas (detalle)

Una arquitectura humanista tiene, como primer principio rector, un compromiso total y exhaustivo con la adecuación de edificios y lugares a las solicitaciones y demandas de sus habitantes. Tal arquitectura procura superar las restricciones ya clásicas del funcionalismo mecanicista moderno implicadas por la teoría del existenzminimum: la arquitectura humanista busca y procura la escala conforme del acondicionamiento de los lugares habitados.
El segundo principio es el de dignidad. La condición humana es la vara de medir toda práctica arquitectónica. Una arquitectura humanista es una práctica ética que se confronta con la beneficencia que brinda a toda la humanidad, sin exclusiones ni soslayos.
En fin, el principio que cierra esta enumeración general es el del decoro. Se trata, en este caso, de la adecuada conformación y figuración de las cosas del vivir condignas con la condición humana de quienes allí tienen efectivo lugar. La arquitectura humanista tiene así una razón de existir, una ética a la que plegarse y una estética general en la que abrevar.

¿Una arquitectura humanista? (II) Actitud


Villa Bardini, Florencia

Una arquitectura humanista implica una actitud proclive a su desarrollo pleno.
Quizá todo deba partir de una atención, expectante cuanto humilde, ante los pulsos de la vida. Es que antes del arte de diseñar y construir, está la propia vida humana que en su habitar es, a la vez, causa primera y final de cualquier gesta arquitectónica.
Es una cierta arquitectura que deberá, tanto desde el punto de vista ético como político y práctico social, ponerse al servicio de esta habitación humana. No hay, en este sentido, más fasto arquitectónico que la pura y simple alegría de vivir, cabe la posibilidad de ello mediante todos los esfuerzos dirigidos precisa y deliberadamente a esta meta.
En definitiva, una arquitectura cabalmente humanista, más que destacarse como objeto singular en cada emplazamiento señalado, se superpone, punto por punto con todo el paisaje habitado por la humanidad en su conjunto, sin dejar a nadie afuera ni atrás.

¿Una arquitectura humanista? (I) Objeto


Alvar Aalto (1898- 1976) Biblioteca de Viipuri (1935)

Hay una arquitectura de cosas diseñadas y construidas. Pero una arquitectura de relaciones entre estas cosas y las personas que las habitan es más interesante.
Hay una arquitectura de bienes especialmente apreciados por quienes invierten y ganan con ellos. Pero una arquitectura de valores que alcanzan a todos en su condición de humanos, sin exclusiones, es más interesante.
Hay unas arquitecturas que destacan por su excepcionalidad, por su singularidad en el espacio tanto como en el tiempo. Pero las arquitecturas corrientes y entrañables en su disfrute cotidiano también son interesantes.
El objeto de una arquitectura humanista es, entonces, una arquitectura de relaciones entre las cosas construidas, las personas y los valores que interpretan allí en la vida corriente, que es la vida de las amplias mayorías sociales, si no de la totalidad de la humanidad misma.

Arquitecturas del cuerpo: lo que nos queda atrás


Caspar David Friedrich (1774 1840) Entrada al cementerio (1825)

Así como ponemos cara a lo que vendrá más allá del horizonte, hacia adelante, también damos la espalda a todo aquello ya vivido, atrás, en la sima de lo acontecido.
A lo largo de nuestra vida-y-marcha, la estela de lo ya vivido nos sigue, acechándonos la nuca: apenas si podemos administrar cuotas razonables de memoria y olvido, apenas si podemos recuperar lo ya vivido en el sueño y en la melancolía de aquello que no fue, apenas si dejamos descuidadas improntas de nuestro andar y en ocasiones otras voces, otros ámbitos nos reprochan la desatención.
También con lo que nos queda atrás, en cajones y anaqueles, en reliquias y fotografías, en cicatrices y heridas que no nos cierran, confeccionamos, con nuestros cuerpos, la arquitectura en que habitamos.


Arquitecturas del cuerpo: el porvenir más allá del horizonte


Jean-Baptiste Debret (1768 –1848) Caboclo (1834)

Entre el cielo y la tierra, lo que habitamos es un horizonte.
Este horizonte no nos confina; algo que nunca sabremos definir bien nos impulsa a arrojar(nos), a lanzar(nos), a proyectar(nos) más allá y adelante. Estamos, entonces, acechantes, yectos, expectantes a lo que emergerá. Y no habrá ya ingenios suficientes para alcanzar las profundidades de la sima alethotópica, de ese lugar de donde proviene todo desocultamiento.
Más allá del linde aparente del horizonte están Utopía y todas las Terras Incognitas con que soñamos: otros mundos, otras ciudades, otros lugares, otras arquitecturas con los que vivimos apenas nuestra cabeza se repone de la dura vigilia.

Arquitecturas del cuerpo: prácticas de adentramiento


Christoffel Bisschop (1828 - 1904) Sol en la casa y en el corazón (s/f)

Inmiscuirse en las propicias cavidades, tal la proclividad de nuestra conducta habitable.
Como se ha detallado aquí, quizá en exceso, proliferan las prácticas de adentramiento desde una inaugural coreografía de exploración tentativa hasta conseguir el pleno dominio propio del que sienta sus reales en el lugar. El adentramiento insume tanto la profundidad espacial específica de lo interior como el tiempo efectivamente vivido en términos de morosa experiencia de vida.
Contar con lugares cabalmente profundos en la dimensión histerotópica es detentar un aspecto importante en el derecho social a habitar.

Arquitecturas del cuerpo: erótica de los lugares


Jean-Auguste-Dominique Ingres (1780 1867) La gran Odalisca (1814)

¿Por qué contentarse con un erotismo confinado por el estremecimiento de la piel?
Es que el cuerpo irradia, entre otras cosas, un afecto hondo: alegría grave de vivir, sentimientos que conmueven la respiración, rubores que iluminan la hondura de las alcobas. Es por ello que a la belleza de la desnudez rampante y confortable le corresponden las texturas de los cortinados y cobertores, la carne descansa en lo mullido, el aroma fundamental se difunde sobre toda la estancia, embriagándola.
Hay una arquitectura amorosa urdida en la intimidad que reserva la siempre velada manifestación de su misterio sólo a quienes son invitados a ésta.


Arquitecturas del cuerpo: esforzados menesteres


Maître de l'Échevinage Reconstrucción del Templo de Jerusalén

Porque habitamos es que construimos. Habitar implica siempre un conjunto vasto de esforzados menesteres.
Construir quiere decir en este contexto trabajar productivamente. Esto es, seleccionar, combinar, yuxtaponer, ensamblar, estructurar, consolidar, conferir forma y materia, edificar material y moralmente. Construir quiere decir en este contexto aliar formas y funciones mediante artefactos y mediante ahíncos que darán lugar a nuevos y diversos útiles. Construir quiere decir operar concertadamente para conferir forma y sustancia al mundo acondicionado para el cumplimiento de misiones autoimpuestas que se vuelven sagradas para redoblar las energías cuando todo hace desfallecer en la fatiga.

Arquitecturas del cuerpo: las reglas del juego


Abel Manta (1888- 1982) Juego de damas (1927)

Esto de proyectar un conjunto de reglas sobre un campo de juego tiene aspectos tan pueriles como graves.
Quizá sea una primordial actividad política: en vez de la pura agonía de la fuerza bruta, someterse a un orden de reglas de juego supone un gesto civilizador. Sólo con la estricta observancia de tales reglas, una competencia vuelve a los contendores verdaderos cómplices. Pero por otra parte, el hecho de ganar en una circunstancia es apenas una futilidad.
Lo verdaderamente importante radica en la sabiduría intrínseca del imperio de normas, reglas y leyes sobre el espacio habitado en el gozo de puro juego de la vida.

Arquitecturas del cuerpo: deambulando entre las fragancias y el mefitismo

Jan Brueghel el Viejo (1568- 1625) y Peter Paul Rubens (1577- 1640) El olfato (1618)

El cuerpo es el soporte de una oposición imaginativa con respecto al olfato.
Por una parte, un aspecto primitivo, animal, anterior a la cultura que aparece abiertamente menospreciado frente a las evidencias de la vista o las sutilezas del oído. Por otra, un aspecto adjudicado a cierta virtud intelectual, superior a la mera inteligencia que vincula el olfato con la astucia. Así el imaginario escinde de este muy importante sentido dos aspectos extremos, respectivamente infravalorado el uno, sobrevalorado el otro. Pero lo cierto que el olfato es uno, aunque diverso es el uso que hacemos de éste.
El cuerpo va deambulando entre las excelencias de las fragancias que ama y las miserias del mefitismo, pero siempre aspirando a desarrollar una peculiar sagacidad para orientarse en las condiciones propicias al bienestar.

Arquitecturas del cuerpo: las luces y sombras de los lugares


Peter Ilsted (1861–1933) Interior con dos niñas (1904)

Nuestra cultura desarrolla de manera particularmente aguda nuestra sensibilidad hacia los fenómenos de la iluminación: luces, penumbras y sombras.
Por obra de nuestro reconocimiento de las diferencias y contrastes entre estos valores es que tanto los relieves de las masas, los pormenores de las texturas y las calidades de los interiores despliegan todos sus matices. Saber ver la arquitectura supone, antes que una acuidad formada académicamente, una disposición del cuerpo para comprender y fruir ciertas calidades del lugar que uno habita.
Ciertos pintores nos han enseñado y nos siguen instruyendo aún acerca de tal asunto.

Arquitecturas del cuerpo: prestar oídos


Abraham Bosse (1604 – 1676) Alegoría del oído (1635)

Prestamos una exagerada atención a lo que vemos de la arquitectura, pero también es necesario prestar oídos.
Con apenas una discreta modulación del volumen de la voz podemos crear junto a nosotros un ámbito discreto de confidencia que deje afuera a todo inoportuno. Es con la reverberación del sonido en nuestras estancias que apreciamos los sutiles pormenores de la música. Desplegamos toda una arquitectura sonora al distribuir aquí y allá sonidos significativos y rumores de fondo.
Por otra parte, nuestras estancias responden, cada una de ellas, con un peculiar comportamiento acústico, que obra como señal de identidad muy sutil, pero operativa. Allí en donde resuena adecuadamente las voces familiares, es el lugar que constituimos en la casa. Nos envuelve y ampara el rumor quedo de la vida que nos alegra compartir.
Es que andamos por el mundo prestando oído tanto como desoyendo. Y complaciéndonos con ciertos casi silencios en aquellos lugares en donde nos retiramos a prudente distancia de lo circundante.

Nueve años


Albrecht Dürer (1471-1528) Gaitero (1514)

Ya van nueve años desarrollando el viejo tema y sus variaciones.


Arquitecturas del cuerpo: los estremecimientos de la piel


Delphin Enjolras (1857 –1945) Desnudo frente al fuego (s/f)

Uno de los gestos arquitectónicos más antiguos del cuerpo mueve a éste a buscar las condiciones allí en donde éste se conforte.
La piel busca controlar el equilibrio térmico y esto se traduce en la necesidad imperiosa de amparo, reparo o protección según las circunstancias. La piel se duplica a sí misma en cubiertas y muros y administra rigurosamente los flujos de puertas, ventanas y hogares. El valor intrínseco y primitivo de cada pliegue, cada anfractuosidad, cada rincón propicio radica en su interacción próxima con los estremecimientos de la piel.
Es por ello que toda humilde y soñada choza comienza por cuidar un fuego sagrado como signo primero de todo confort. Es por ello que la casa vivida tiene una arquitectura conformada por gradientes térmicos por donde el cuerpo deambula buscando su situación conforme.


Arquitecturas del cuerpo: las cosas a la mano


Johann Herz (1599-1634) Autorretrato como Juan el Bautista (1627)

El asimiento con las manos animales es sólo un escalón previo de la configuración del mundo. Sólo cuando una mano coge las cosas, las encuentra manualmente o las arregla manipulándolas, comienza la transformación de lo que está y queda en derredor en algo utilizable.
(Sloterdijk, 2004)

Mientras que una plétora de objetos se opone y separa de nuestra condición de sujetos que conocen, ciertos ejemplares se vuelven cosas por obra de la aprehensión y por la consideración de un eventual estatuto de útil.
Es así que por obra de las manos, una vez que nos distanciamos de los objetos, encontramos un camino de retorno para las cosas. Es así que el cuerpo opera distribuyendo apartamientos y cercanías con las cosas de vivir.
Es así que con las manos se construye el mundo desde sus fundamentos primeros y últimos.
Y así vivimos, envueltos para siempre en una tupida trama de cosas que son signos y que todos estos concurren en señalarnos como habitantes manipuladores especialmente dotados.

Plumas ajenas: Laín Entralgo


Como en tanto que realidad cósmica soy espacial, porque mi cuerpo me espacializa, por la misma razón soy temporal —realidad que es fluyendo y pasando—, porque mi cuerpo me temporaliza. Ser cuerpo me hace ser temporolocalmente; ser un cuerpo vivo me hace vivir de un modo local y temporal. Pues bien: para mí, el hecho primero de esa mi temporalidad, de esa mi temporeidad, más bien, es el tener que sentir o decir «ahora» cada vez que de un modo o de otro me sitúo ante el constante fluir de mi vida. Sólo por referencia tácita o expresa a un «ahora» existen para mí el «antes» (el tiempo a que se refiere la memoria, el estado anterior de un sistema que fluye), el «después» (el tiempo de la expectativa y el proyecto, el estado ulterior de un sistema en movimiento), el «no sé cuándo» (la ignorancia o la perplejidad respecto del antes o el después), el «pronto» o el «tarde» (la inminencia y la lejanía temporal de lo que espero o temo). La tardanza (o la prontitud), la futurición (el existir en la serie que forman el pasado, el presente o el futuro) y el emplazamiento (la referencia de lo que me sucede al cumplimiento de un determinado plazo) son las tres determinaciones básicas de la duración humana (Zubiri). Mi existencia es cursiva, y esa esencial cursividad suya me la impone mi cuerpo, la también esencial condición corpórea de mi realidad. La mutación del hombre puede ser rápida, más no instantánea. Antes lo hice notar: el motus instantaneus de los antiguos no es posible en la vida del hombre; y no lo es, repetiré mi fórmula, porque el hombre es su cuerpo, porque es cuerpo.
Laín Entralgo, 1988

Arquitecturas del cuerpo: la amplitud


Max Slevogt (1868 –1932) Marietta di Rigardo (1904)

Todo triunfo emocional sobre la angustia comienza con una gozosa apertura de brazos.
Hay una erótica profunda y entrañable en la holgura, en la libérrima práctica de la amplitud. Por otra parte, toda persona sabia y razonable dispone de una considerable amplitud de miras, que permite considerar y ponderar los extremos de toda cuestión. Una extensión considerable de campo constituye un lati/fundio, esto es, una propiedad ancha.
No por casualidad, el escritor peruano Ciro Alegría consideraba que el Mundo es ancho y ajeno. Es que la opulencia de los pocos se hincha oprimiendo las angosturas con las que se las arreglan los más.

Plumas ajenas: Laín Entralgo


En el sentido cosmológico de la palabra mundo —y a la postre en todos sus posibles sentidos; por ejemplo, cuando hablo del «mundo literario» o del «mundo musical»—, el mundo es espacial; y, por serlo, mi estar en el mundo me espacializa, me sitúa en el espacio cósmico. Desde las primeras intuiciones de Husserl, en la referencia del cuerpo propio al espacio se ha visto el fundamento fenomenològico y psicológico de la noción de mi espacialidad y la espacialidad. Pues bien: la noción del aquí es la que originariamente da lugar a la noción de espacio. A ella se refieren tácticamente todas las expresiones con que yo nombro mis distintos modos de hallarme espacialmente situado: ahí, allí, en tal parte, yo no sé dónde, lejos, cerca, etc. En tanto que vividas, todas ellas sirven de presupuesto y materia a la noción de espacio, sea ésta vulgar, científica o filosófica. Llámese Newton, Einstein o Perico el de los Palotes, el hombre puede hablar del espacio porque, como dice Zubiri, es y siente que es espacioso: las cosas son para él espaciosas porque son corpóreas, y él lo advierte porque es un cuerpo entre cuerpos. Así lo demostrará un rápido examen de los dos modos cardinales de percibir el aquí: el aquí del espacio extracorpóreo y el del espacio intracorpóreo.
En este momento, mi aquí extracorpóreo es la habitación en que escribo: yo estoy en ella, a ella refiero los objetos que perciben mis ojos y los ruidos que llegan a mis oídos, y desde ella establezco la situación de los diversos ámbitos de mi condición espacial: una calle, una ciudad, etc. Esta habitación me sitúa en el espacio, y mis sentidos corporales —en definitiva, mi cuerpo— son los mediadores de tal conciencia de situación. El niño aprende que su cuerpo y su mundo son espaciosos —sutilmente lo apuntó Ortega y lo ha estudiado Piaget— tropezando con las cosas, advirtiendo con la limitación y la torpeza de su cuerpo que las cosas tienen un terco límite propio. Nuestro aquí de adultos y nuestra idea de la espaciosidad y la espacialidad del mundo, en esas corpóreas experiencias infantiles tienen su origen psicológico.
A la vez que el aquí extracorpóreo, y adecuada o inadecuadamente fundido con él, hay para mí un espacio intracorpóreo, el que yo señalo en mi cuerpo cuando siento o digo «me duele aquí» o, con los ojos cerrados, «tengo flexionado mi brazo derecho». Y si mi idea del aquí extracorpóreo tiene su fundamento en mi corporalidad, tanto más habrá de tenerla mi capacidad para localizar en mi cuerpo lo que en él pasa o para percibir desde dentro de él su posición en el espacio.
Laín Entralgo, 1988