Marcas de lo íntimo


Abbey Drucker (1987)

Es con un especial afecto que realizamos inscripciones en el lugar que habitamos.
El prolongado trato que tiene el cuerpo con el lugar en que moramos hace que nuestro cubil resulte acariciado a carta cabal. Con las emociones del amor al lugar conseguimos pulir hasta una única tersura la superficie interior, sensible y trémula de nuestras arquitecturas. De tal forma, las regiones erógenas del lugar se lustran con la vida que las tienta y ésta se prodiga en gestos de una ternura que reservamos para lo mejor de nuestro ámbito íntimo.
Mientras que la operación desgasta los mecanismos y mientras el uso injuria la piel interior de las arquitecturas, la consumación amorosa del lugar hace resplandecer sus penumbras. Y entonces es una gloria de la vida habitar allí.

Inscripciones laboriosas


Annemarieke van Drimmelen (1978)

A pesar de la omnipresencia hegemónica del consumo en la actualidad, el mundo habitado siempre ha contado con marcas claras y distintas del trabajo animoso por habitar los lugares.
Todavía pueden verse, aquí y allá, los pormenores de una faena porfiada de la vida que se prodiga en sobreproducciones, toda vez que a todo trabajo se le agrega un plus simbólico que denota esmero, aplicación y satisfacción con las cosas bien hechas. Y es que estas cosas bien hechas lo son no sólo cuando se consuman en su implementación en el puro uso, sino que lo hacen en el plano superior de la realización, como símbolo de consumación poética del propio homo faber.

Prácticas del horizonte: declinaciones


Annemarieke van Drimmelen (1978)

Una vez que se habita el horizonte, la asimetría coronal del cuerpo articula dos semiplanos.
Ya hemos visto la porción delantera del horizonte, aquella propia de los advenimientos. Ahora es momento de dar cuenta de la recíproca, esto es, de la región hacia donde se dirigen las improntas de la declinación. Allí es donde se hunde la vida vivida, dirección hacia la cual nos volvemos no sin dificultad, región de la memoria y el olvido. El trastero de la existencia, digamos.
Por lo general nos contentamos con lanzar lo vivido por encima del hombro, sin mirar atrás. No sea que el Miedo nos reclame. Hacia atrás va lo que nos acechará el sueño y las nostalgias de lo perdido y las marcas en la faz que nos devuelven los espejos.

Prácticas del horizonte: advenimientos


Annemarieke van Drimmelen (1978)

Erguido sobre los pies, con la faz vuelta ahora hacia la porción de adelante del horizonte recién inaugurado, el cuerpo se vuelca, intrigado de una vez para siempre, para lo que vendrá, que se asoma tras la línea frontera entre el cielo y la tierra.
El cuerpo se dispone proclive a los advenimientos. Inclinado a las manifestaciones emergentes de ese horizonte siempre poblado con inscripciones de expectativa. Por cada signo que podemos entrever, hay una inscripción de una interrogante depositada allí, haciéndole lugar. Porque habitar el horizonte implica perdurar en la tarea obstinada de interrogarlo acerca de lo que vendrá. Habitar el horizonte es, en definitiva, inscribirle el tiempo futuro a título de expectación, de anhelo, de proyecto.

Adentramientos e interiores


Emma Phillips (1990)

El adentramiento del cuerpo en los interiores implica una labor vermiforme.
Adentrarse no se cumple de modo cabal si no es con una prospección del cuerpo que irrumpe en una dimensión sutil y densa a la vez. Es necesario recordar que el cuerpo se hace lugar mediante una proyección variable y circunspecta de sí mismo en el lugar. Alcanzar a sentar sus reales en un interior no es ocupar un sitio vacante, sino una operación corporal y existencial compleja y delicada. Tal operación explora el lugar con la propia piel, hasta conseguir la deseada y posible hospitalidad del hueco. Es por ello que la presencia y población de los interiores es más densa en significado que en los paisajes abiertos. Es por ello que la irradiación del cuerpo adentrado puede llegar a dominar por completo su ámbito, mediante una contundente perturbación habitable. Es por ello que la habitación de las oquedades pasa por ser el caso paradigmático del propio habitar.

Las manipulaciones y el mundo de las cosas


Ginette Riquelme (1972)

Nuestras manos se perfeccionan constantemente en el arte de proliferar inscripciones sobre el lugar.
El gesto primordial es el asimiento de un objeto que se vuelve una cosa en el acto de ser considerado para su colección, disposición y hasta lanzamiento. Y es un aprendizaje que no cesa: hacemos de los objetos cosas y las manipulamos con intensidad con el fin de conferirles significados propios y conexiones mutuas. Las manos ordenan, limpian, separan los sitios, acondicionan las cosas de vivir según una labor que se origina toda ella en el gesto del asimiento de la piedra fundamental. Esa piedra que pudo adquirir una vocación inédita de proyectil, tanto como se pudo volver una herramienta más o menos sofisticada, pero siempre a título de cosa útil y, también, cosa con valor. Por obra de las manos nos producimos un mundo de cosas que nos envuelve servicial, próximo e insustituible.

Ensanches, ampliaciones, latitudes


Noell Oszvald (1991)

Con los brazos liberados de la labor locomotora, el cuerpo los abre hacia los costados en toda su extensión para infligir una marca fundamental en el lugar: la inscripción del abrazo del mundo. Es un gesto de beneplácito sobre la tierra dominada tanto como una imprecación hacia el cielo al que rogarle. El abrazo del mundo preludia toda acción y toda producción, porque ¿de dónde provendrán las energías necesarias para todas y cada una de nuestras empresas. Por ello, cada vez que abrimos con furor alegre los brazos, volvemos a celebrar nuestro gesto arcaico y necesario. Por ello, cada ámbito que ocupamos con latitud conforme es aquél en que podemos, gozosos y satisfechos abrir el abrazo del mundo.


Bipedestación, horizontes, estancias y umbrales


Noell Oszvald (1991)

La conquista de la postura erguida implica una importante operación sobre el lugar
En primer lugar, supone la habitación plena y cabal del horizonte, de la región de articulación entre el cielo y la tierra, entre las nubes inalcanzables y el suelo que hollamos erguidos. El horizonte queda marcado y sobresignificado como tal, como lugar poblado. Según ocupemos una eminencia, así moralizaremos nuestra situación en el mundo; rendidos en el llano, pletóricos de poder simbólico en el altozano. Si sucediera límpido y recto, el horizonte ampliará nuestra comarca, mientras que un alto relieve orográfico nos acogerá en nuestro protector terruño.
Otro caso es la impronta existencial de una estancia fundamental en un aquí que se sobresignifica en el peso de todo el cuerpo sobre los pies. La gravedad nos pone en nuestro lugar y del precario equilibrio sobre nuestras plantas hacemos virtud digna y cardinal.
Por fin, la actitud enhiesta nos marca a nosotros mismos en nuestra condición liminar; acontecemos, de un modo primigenio, como un umbral erguido entre lo que vendrá y lo que ya declina. El peso de esta condición nos inclina la cabeza de modo caviloso.

Inscripciones de la marcha sobre los senderos


Jason Lanier

La índole de la marcha impone desbrozos, trazas, pendientes e improntas superficiales sobre los senderos.
Mientras que en la senda vagarosa del bosque, los pasos erran por la espesura descubriendo los holzwege heideggarianos, el hábito y la persistencia constituyen factores que hacen de las huellas un desbroce. Pero el dominio estratégico del territorio, que implica el enlace de hitos, imprime en la faz de la tierra una traza cada vez más clara, expeditiva y contundente, que se marca como vereda, como calle, como avenida, más rectilíneas, más exclusivas en su tránsito, más categóricas así sea de clara la voluntad de poder sobre el lugar. El sendero se configura de modo cada vez más inequívoco, más impasible y más enfático en su simplicidad cuanto la marcha se depura —y también se empobrece— en circulación.
Mientras tanto, el paisaje se repliega sobre los bordes, los hitos apenas si se anuncian en el foco de la perspectiva y todo adquiere un carácter fatídico de orden.
Un sendero claro se abre al paso majestuoso del hombre, poderoso sujeto que puede, en su condición de tal, tener lugar allí, marchando recto con la mirada en el horizonte que ya avizora y ya comienza por dominar.

Las dimensiones corporales proyectadas sobre el escenario habitado


Noell Oszvald (1991)

El cuerpo irradia marcas, señales y signos sobre el lugar.
Lo hace en forma metódica y estructurada, de donde corresponde que demos cuenta sistemática de la forma en que las dimensiones corporales se proyectan sobre el escenario habitado. De modo introductorio puede señalarse que a cada gesto del cuerpo que desarrolla una dimensión le corresponde la tarea de infligir en la faz del lugar un conjunto específico de improntas sobre la faz del lugar. Habrá entonces que reparar cómo la marcha, la bipedestación, el advenimiento, la declinación y todo el resto de actividades primordiales ya estudiadas del cuerpo van cargando el lugar de inscripciones.

Inscripciones en el paisaje


Jason Lanier

¿Cómo comenzar a consignar las innúmeras inscripciones de la existencia humana si no es reparando en el paisaje primordial?
Si desde el cielo nos acecha todo aquello que no podemos alcanzar, oportuno y esperable es que proyectemos allí nuestros sueños, las formas caprichosas del deseo y, sobre todo ello, el miedo reverente sobre todo lo que puede abatirse sobre nuestras atribuladas cabezas. Mientras tanto, nos inclinamos con esfuerzo hacia la tierra, que es en donde encontramos sustento y trabajo, camino y solar, confines y querencias. A cada hallazgo o recurso, le corresponde una clara marca significativa de su precisa condición. Pero lo principal está —y no podría ser de otro modo— en el horizonte. Es en la línea que une tanto como separa el cielo de la tierra donde encontramos el contorno madre de todas las inscripciones sobre el paisaje. En la peculiar configuración de este perímetro fundamental es donde todo comienza a marcarse: la morada yace ahí y entonces erige de todos los umbrales el umbral, las sendas conducen a casa y toda estancia es una situación siempre relativa al lugar al que, tarde o temprano, habremos de volver.

Marcas de población en el lugar


Emily Schiffer (1980)

Así que las marcas de existencia se profieren, las marcas de población se asientan.
Las cosas cobran un sentido en su presencia, orden y disposición. Se abren sendas, estancias y umbrales que colectan, dirigen y acomodan las cosas de vivir como tales. Estas cosas se asocian y se confabulan según un designio extraño a ellas mismas, que las sustrae del caos de lo natural y las resignifica como cuños de vida humana. El lugar prolifera en improntas y significados que sólo existen por imperio de la habitación del poblador. Así se asocian la butaca con la lámpara, las sillas con su mesa y con ésta, la sopera que reina en su centro. Todo esto alumbrado por la ventana próxima que permite, por lo demás, no sólo advertir el jardín, sino que lo incorpora a la escena.


Marca de existencia en el lugar


Emily Schiffer (1980)

La presencia humana hinca en el lugar una marca de existencia.
De un modo tan frágil como poderoso, tan sutil como contundente, tan leve como radical, el cuerpo vivo constituye un aquí. Hacemos sombra y reflejo. Perturbamos la atmósfera tranquila del sitio. Estremecemos el lugar. Inquietamos las circunstancias. Por interposición del cuerpo, tenemos lugar del que un aquí es el origen en el espacio y el tiempo. Tal la marca indeleble de existencia en el lugar.

Presencia y población en la estructura fundamental del lugar


Emily Schiffer (1980)

La presencia y la población efectivas del habitante constituyen las acciones necesarias y complementarias mediante las cuales el cuerpo consigue imprimir en el lugar esto que denominamos aquí estructura fundamental del lugar.Será interesante constatarlo y reflexionarlo, con el fin de entrever esta estructura, elemento clave en el acceso cognoscitivo a la contextura íntima del lugar habitado. A estos efectos, será oportuno pasar a observar e interpretar las inscripciones provocadas sobre el semblante del lugar.

Presencia y población en el paisaje


Emily Schiffer (1980)

En lo que toca al paisaje, es preciso determinar que ésta condición sobreimpuesta al ambiente habitado es efecto de presencia y población.
En efecto, el escenario ofrecido a la consideración del habitante es mérito y hechura de la constitución de este agente en el lugar mediante las dos operaciones complementarias que ya hemos visto. Es la presencia lo que transforma un reducto ambiental en un paisaje. Es la presencia enhiesta y anhelante del sujeto la que confiere sentido de estructura a la concurrencia de la tierra, el cielo y el horizonte. Y es la población del habitante la responsable de la hechura de la figura efectivamente percibida del enclave ambiental. Es la proyección del cuerpo en la habitación del lugar la que distribuye significantes y significados. Es la irradiación de la estructura del cuerpo la que obra configurando el paisaje en tanto tal.

Presencia como habla y población como escritura


Emily Schiffer (1980)

Podemos, sin incurrir necesariamente en metáforas expresivas, equiparar la presencia con el habla y a la población con la escritura
Después de todo, la presencia es un decirse el sujeto de su propia condición de tal. Y también es forzoso reconocer el carácter durativo de los gestos asentados por el cuerpo habitante en el lugar, toda vez que su situación y acontecimiento mueve las cosas a los emplazamientos debidos y tiende a mantenerlos, no sin esfuerzo, en el emplazamiento con el auxilio del cual, el mismo cuerpo puede realizar su acción concreta y acomodada de tener lugar allí. Así es que se despliega la operación compleja y recurrente de habitar: mediante de una instauración poética que dice a la vez que escribe en el palimpsesto del lugar todo y nada más que lo que tiene que decir y registrar al respecto.


Población


Emily Schiffer (1980)

Mientras que la presencia es asunto existencial, la población es tema específico de la habitación del lugar.
Por población entenderemos aquí el conjunto estructurado de proyecciones del cuerpo del habitante que marcan el lugar con signos de vida situada. Así, la presencia se corresponde con el hecho de tener efectivo lugar, mientras que la población tiene relación con la conducta que se aplica a hacer lugar. Con ello se establece una diferencia y complementariedad peculiarmente importante. La presencia puede ser fugaz, episódica, circunstancial, pero la población tiende a perdurar, a subsistir e incluso a sobrevivir. Puede entonces haber población en ausencia, así como formas vagarosas, menguadas y evanescentes de la presencia. Pero lo importante aquí es tratar de lo que sucede cuando a una presencia en acto le corresponde una población honda y aplicada.

Presencia


Emily Schiffer (1980)

Si le creemos al Diccionario, presencia es la circunstancia de existir alguien o algo en determinado lugar. También puede decirse que, mientras que, en ausencia, el ser de alguien es siempre una conjetura que debe probarse, en presencia es que se verifica cabalmente ese su ser. Con la presencia, el ser se muestra y se demuestra, esto es, uno puede, a la vez, presentarse y representarse probadamente. Es por imperio de la presencia habitante de un sujeto que un sitio adquiere, en parte y de modo necesario, su estatuto de lugar. La presencia de un habitante, entonces es, a la vez y recíprocamente, perfeccionamiento y manifestación perceptible de su existencia y prueba contundente y necesaria que tiene lugar allí y entonces.

El sentido de ser vivo


Kati Horna (1912-2000)

Todo es lenguaje en el mundo humano, pero de ninguna manera sólo lenguaje. El sentido no es algo que aprendamos como seres del lenguaje, sino como seres vivos
Najmanovich 2001

En definitiva, la arquitectura no puede aspirar ni más ni menos que resultar una escritura, una emergencia lingüística más de la condición humana.
Sin embargo, subsiste algo que asoma en el trasfondo de toda manifestación lingüística, que es el sentido. Y si nos preguntamos por este sentido, primero y último de toda empresa humana, lo cierto es que es un emergente ya no de la humana condición, sino del estatuto de los seres vivos. Es pues la vida la que confiere sentido a toda la arquitectura y —lo que queríamos demostrar— es el habitar humano un sentido contenido e inexcusable y quizá el primordial de todo texto arquitectónico.

La escritura de la habitación del mundo


Kati Horna (1912-2000)

Hay una arquitectura ajada por la vida que allí tiene lugar.
Hay una arquitectura laxa, que conserva la tibieza de los cuerpos, las fragancias del deseo, los ecos de la pasión, que se estremece con la agitación anhelante. Hay una arquitectura honda de existencia, carácter patente de sí misma, gloria de su condición humana respirada. Hay una arquitectura tenue como las brisas que disipan las atmósferas cargadas en las alcobas, como el agua que refresca las abluciones rituales, como la llama que enardece a los amantes. Hay, en suma, una arquitectura del lugar. Hay, en suma, una arquitectura que es la escritura de la habitación del mundo.

La expresión como conjuro de la poética de la vida


Alec Soth (1969)

La poética del habitar, entonces, es la poética de aquellas cosas de la vida que pueden informar a una expresión literaria que obre como conjuro.
Es imperioso salir en busca de un arte poético que se aplique a dar cuenta de la vida corriente como objeto de atención, tratamiento y referencia. La poesía de la vida no es tanto una hacedera del fenómeno poético en sí, sino apenas un registro prolijo y atento, sensible y perspicaz, fértil y fructuoso de un objeto portador de verdad y belleza intrínsecas.
El arte poético del habitar es oficio ancilar y manifestación vehemente de los estremecimientos gozosos y cordiales de la propia vida. Así, la poética tiene su propia voz y también su peculiar forma de escritura, así como exige un modo señalado de recepción.

La poética del habitar, una poética de acción vital, en principio


Vadim Stein (1967)

¿Dónde buscar la poética del habitar?
Es preciso buscarla en la poética de la acción vital. La más consumada estetización de esta poética la constituye la danza, arte de la práctica corporal del espacio y el tiempo. Pero no debe uno quedarse con la maravilla de estos cuerpos gráciles y sobredisciplinados. Se debe entender que las danzantes vuelven excelente y excepcional una virtud cotidiana de todos los cuerpos humanos. Tal virtud es la conquista del lugar mediante la acción vital, según las coreografías propias de las urgencias y hábitos de la vida cotidiana.
De este modo, conmovidos por la belleza de lo excelente, tornaremos a dirigir nuestra atención a las danzas corrientes de las personas que se afanan en tener su lugar allí donde pueblen, donde su vida ocupe espacios y tiempos, donde su vida corriente encuentra su morada.
Y aprender mucho de ello.

Una virtud poética para cultivar la estructura fundamental del lugar


Jehad Nga

La sensibilidad, el entendimiento y la comprensión no son de modo alguno suficientes para dar cumplimiento a la estructura fundamental del lugar.
También es preciso coronar todo el proceso con un decidido resultado poético. Con la percepción, el entendimiento y la comprensión sólo tenemos sobre nuestras espaldas los recursos cognoscitivos y ético-prácticos, pero es imperativo hacer algo con ellos. Y hacer algo es una tarea poética, por definición. Para ello es necesario percibir y entender cómo es que la propia vida llega a producir la estructura fundamental del lugar, esto es, cómo es que la condición humana habita su lugar produciéndolo a su imagen y semejanza. Porque la tarea arquitectónica de la hora es una interpretación atenta, sensible y facilitadora de los pujos de la vida en los lugares.
Dejemos entonces a la vida llegar a ser y aprendamos la sabia humildad de ponernos a su servicio.


El entendimiento y comprensión de la estructura fundamental del lugar


Katy Grannan (1969)

El desarrollo de una sensibilidad especial para percibir la estructura fundamental del lugar lleva de la mano a su entendimiento y comprensión.
En primer lugar, es necesario reparar que podríamos acaso entender y comprender tal estructura sin llegar a percibirla en sus pormenores, pero esto resultaría en una aprehensión puramente intelectual y conjetural. Poco podríamos avanzar al respecto desprovistos de la capacidad de percibirla por detrás de sus manifestaciones más emergentes. Pero, por otro lado, es necesario rendirse a la evidencia que, a los efectos de actuar práctica y productivamente sobre los lugares efectivamente habitados, nos será ineludible tanto el entendimiento como la comprensión profunda de la realidad operativa de una estructura que no percibiremos nunca desnuda en su ser, sino como ley interior de una patente y palpable arquitectura del lugar.
Por ahora —y quizá, como siempre— vemos las cosas a través de un cristal o espejo oscuro. No estoy seguro si algún día disiparemos la niebla epistemológica, pero confío en que podremos encontrar los instrumentos de observación adecuados para alcanzar en alguna forma, a la vida que acecha del otro lado.

Una sensibilidad destinada a percibir la estructura fundamental del lugar


Jake Borden

La estructura fundamental del lugar es una estructura resultante de la presencia y población del habitante en el campo espaciotemporal en donde tiene lugar.
Es una estructura estructurante en el sentido que confiere forma a su lugar proyectada de modo preciso por obra de la presencia y población del cuerpo del habitante. Es una estructura fundamental en el sentido en que se entiende que la figuración efectiva del lugar es resultado de una vocación de forma propia de este sustento primero y último. Es una estructura, en el sentido en que confiere coherencia a la red de vínculos entre sus componentes, coherencia que no puede faltar en cualquier combinación compleja de elementos con vocación de forma.
Podemos —y debemos—desarrollar una sensibilidad especial para percibir esta estructura fundamental del lugar, en la medida en que, recíprocamente, tal estructura opera sobre el lugar que habitamos. Porque debemos mirarnos con una especial atención en tal espejo.

Las actividades que dan lugar a las distintas dimensiones corporales del habitar (XIV) La visión

Aleksey Myakishev (1971)

Por su lado, la visión, en nuestro actual estadio civilizatorio, configura el más sofisticado herramental sensible.
Hemos equiparado el poder de la mirada al desvelamiento de la verdad de las cosas y fenómenos del mundo, a título de evidencia. Hemos hecho del atisbo el dispositivo heurístico primordial toda vez que discutimos de perspectivas epistémicas. Hemos multiplicado nuestra acuidad mediante instrumentos que acercan lo lejano, que amplían lo invisible y que nos separan a nosotros sujetos de conocimiento de aquello que apartamos para apreciarlo cognoscitivamente mejor.
Y así vamos por la vida, maravillados con los fantasmas de la luz, la penumbra y la sombra. Hemos hecho del mundo y por imperio de la visión una mágica fantasmagoría y anhelamos esta condición para los lugares que habitamos.

Las actividades que dan lugar a las distintas dimensiones corporales del habitar (XIII) Confortación térmica


Thomas Freteur

Toda peripecia del habitar puede comenzar con una sensación térmica en la piel.
Una de nuestras actividades más básicas, en efecto, es medir las cualidades del lugar mediante el ajuste de las emisiones de calor a través de la piel. El mundo se juzga por su frescura o tibieza y para ello hay valores precisos, aunque variables según las circunstancias. Se trata de medidas complejas, pero claras y distintas, a partir de las cuales se empieza por apreciar un grado claro y distinto de confort térmico. Es por la piel que comenzamos a juzgar nuestra relación con el mundo, desde antes de huir del vientre materno.
Con ello, el confort medido con la piel es una vivencia profunda, arcaica, primitiva. Hay quien la considera la madre de todas las sensaciones.

Las actividades que dan lugar a las distintas dimensiones corporales del habitar (XII) Prestar oídos


Julie Blackmon (1966)

Los seres humanos habitamos unas campanas sonoras pobladas de rumores, estrépitos y ecos.
Hay una dimensión sonora que poblamos prestando oídos y profiriendo lo nuestro. Hacemos presencia y población con músicas, palabras, gritos y susurros. Medimos la contextura de los ámbitos mediante la reverberación y nos solazamos en las raras y silenciosas calmas. Cuán honda es nuestra casa, nuestra aula, nuestro estudio es una medida de la que da cuenta el sonido al extinguirse en los rincones. Cuán despojada es nuestra alcoba lo informa la brillantez de la conversación apenas susurrada que no se adormila sino en cortinas y alfombras. Cuán imponente es una nave de un templo sólo se verifica cuando se escucha del órgano la voz majestuosa que fulgura en las bóvedas.
Por todo ello es necesario temperar las habitaciones, como si de instrumentos musicales se tratase

Las actividades que dan lugar a las distintas dimensiones corporales del habitar (XI) Husmeos


Vivienne Mok (1986)

Nada más arrancado el infante de su vientre materno, el cosmos irrumpe a través de su primera inhalación. El mundo, en su inaugural acontecimiento, comienza por oler.
El husmeo, por ello, es la más primitiva actividad que pueda experimentarse en la vida. Y el olor del lugar nos inunda para siempre. El anhelo por la supervivencia biológica nos exige respirar y el olfato es el sentido que da cuenta de lo que irrumpe con el aire. ¿Es posible concebir una vivencia más intensa, honda y primitiva? Cierto es que, con los años y el aprendizaje a través de otros sentidos, también aprendemos a sepultar nuestra fragante experiencia originaria en las profundidades de la memoria y el olvido. Cierto es que, con los años y el aprendizaje la cultura nos rodea de un lenguaje de aromas cuidadosamente seleccionados y clasificados para evocar, seducir y también para abominar. Cierto es que habitamos una dimensión que se mide de modo primitivo pero infalible con la nariz.
Pero, en el fondo de nuestro psiquismo, debe yacer aún aquel aroma inaugural del mundo que daríamos tanto por recuperar.

Las actividades que dan lugar a las distintas dimensiones corporales del habitar (X) Juegos


Emmanuel Smague (1968)

Quieren las cosas de la condición humana que a cada gesto en cada situación se le sobreimprima el imperio de una regla.
Es que las personas vivimos jugando en todas y cada una de las más circunstancias que no alojen. Quizá porque lo circunstante lo es efectivamente por esa reduplicación del ademán en la regla. Por ello nuestra conducta nunca es espontánea como lo apreciaría la ingenuidad dominante, sino es una observancia aprendida de normas. Habitamos, entonces, también una dimensión que delinea los contornos espaciotemporales de cada juego de la vida, que impone regulaciones y que hace de toda acción una jugada.

Las actividades que dan lugar a las distintas dimensiones corporales del habitar (IX) Afectos


Pedro Isztin (1964)

Llamamos erototopo al campo o dominio de deseos insular-humano, porque el deseo erótico ofrece el paradigma de cómo la competición afectiva en los grupos estimula y controla, a la vez, la vida del deseo de quienes viven juntos.  
Sloterdijk, 2004
Los seres humanos palpitan de vida y de deseo.
Hay en el habitar de las personas una dimensión propia de los afectos; proximidades y lejanías relativas que sólo se aprecian en términos de vida del deseo. Todo un mundo de vida puede caber en un abrazo peculiarmente ceñido, mientras que no hay distancia más insalvable que la del desamor, del odio o del desprecio. Hay una dimensión que se aprecia con el roce leve de la piel, con los pormenores del aliento, con las urgencias del deseo. Hay una dimensión que se practica con caricias, con delicados asimientos, con intensas pasiones. Hay una dimensión que se produce con el calor propio del cuerpo, con la vocación de acercarse a Uno y tomar distancia de todos los Demás.
Hay en el habitar humano espacio y tiempo para alojarse en los reductos más apretados e intensamente vividos.

Las actividades que dan lugar a las distintas dimensiones corporales del habitar (VIII) Trabajos


Pedro Isztin (1964)

Habitar supone una labor esforzada del cuerpo. Habitar insume trabajo y tal aspecto es una dimensión específica que es necesario descubrir, practicar y también producir.
No es muy a menudo que reflexionamos cuánto hemos hecho y cuánto esfuerzo hemos acumulado para conseguir llegar a la posición que ocupamos tanto en términos físicos como sociales. Este lugar que poblamos y que no puede ser ocupado por otro sin nuestra aquiescencia hospitalaria, es no sólo un territorio conquistado, sino es un lugar cultivado y desarrollado por nuestra obstinación tópica, además que conforma un valor que madura históricamente. La obstinación tópica es la denominación ética específica aplicada en la labor productiva del lugar como tal. En cada lugar habitado, entonces, hay una dimensión propia de las fatigas acumuladas por su locatario, que, en cierta oportunidad, puede detenerse a considerar la cuestión sólo cuando dispone de la facultad del descanso reflexivo.

Las actividades que dan lugar a las distintas dimensiones corporales del habitar (VII) Declinaciones


Jake Borden

El ser humano, pues, se emplaza enhiesto en el horizonte a la vez que constituye, en sí mismo, un umbral entre el advenimiento al que enfrenta y a la declinación que deja atrás.
La vida ya vivida fluye hacia las regiones que se abisman tras el horizonte y hacia atrás, hacia las simas de la memoria y el olvido, hacia las sombras de la muerte. Pero no se pierde. Acecha el umbral y sobrevuela los sueños. La vida vivida debe dejarse atrás, que es el lugar apropiado a su peculiar condición. La vida vivida no se echa atrás por su propia vocación sino con una actividad persistente que la arroja allí.
Porque con las declinaciones también se vive. Siempre que nos vigilen la espalda. Siempre que habitemos de espaldas a la vida ya vivida

Las actividades que dan lugar a las distintas dimensiones corporales del habitar (VI) Advenimientos


Pedro Isztin (1964)

Erguido sobre la tierra, el cuerpo humano abre ante sí el horizonte y en una cierta dirección dirige toda su atención, talante y vocación.
Hacia adelante y tras la línea que separa la tierra del cielo se agazapan los advenimientos y a ellos se proyecta el ser humano. Vivimos pendientes de lo que vendrá, de lo que concluirá por manifestarse, aquello que emerge de su escondrijo. En tal dirección del horizonte tenemos no sólo la mirada acechante, sino también allí dirigimos los oídos, también hacia allí dirigimos nuestros pasos y nuestro ánimo. Somos seres animados por la esperanza. Y ésta no es un estado pasivo del espíritu, sino el motor que nos mueve el arrojo. Porque hacia lo que vendrá es que estamos siempre proclives, siempre deseosos, siempre dispuestos. Habitamos entonces también la dimensión fluida de los advenimientos.

Las actividades que dan lugar a las distintas dimensiones corporales del habitar (V) Adentramientos


Margaret Stratton (1953)

Cualquier animal semoviente puede irrumpir en una madriguera, pero quizá sólo al ser humano le sea dado poblar una dimensión propia del lugar que es el adentramiento.
Adentrarse en un interior es más que simplemente inmiscuirse. Es prospectar la sustancia íntima del lugar, es hender la interioridad como tal, es trasponer no sólo un umbral, sino también una cierta profundidad, que sólo puede habitarse como tal por un adentramiento humano. No es la marcha, el mero deambular por el ámbito el que da cuenta de tal dimensión, sino de una metódica inmersión en el medio interior, en donde a la vivencia se le superpone la práctica y la producción del propio adentramiento. Esta actividad, práctica consciente de las cavidades, produce y reproduce la profundidad a veces hermética de los ámbitos interiores. Porque hacerse uno un lugar en un interior no es una simple conducta, sino la producción esforzada de una obra de arte.

Las actividades que dan lugar a las distintas dimensiones corporales del habitar (IV) Asimientos

Emmanuel Smague (1968)

Una vez que los brazos consiguen apartarse, liberados del compromiso locomotor, las manos aprenden una estratégica habilidad de asir.
Con los asimientos, se arrancan de la naturaleza las cosas. Se colectan, se consideran y se coleccionan. Con el perdurable hábito del prendimiento, el mundo que nos rodea es un mundo ahora a la mano, esto es, un concierto de cosas aprehendidas al ambiente. El mundo es vasto, pero allí donde hacemos presencia y población, allí nos rodeamos de enseres, de un orden de chucherías, de cosas hurtadas. El asimiento es el primer gesto que hace de las cosas unos bienes. Una región próxima del mundo se hace con el gesto prensil de las manos. Y quizá la idea de proximidad en sí misma. El mundo circunvecino es aquel en donde proliferan las cosas que ultrajamos con la manipulación.

Las actividades que dan lugar a las distintas dimensiones corporales del habitar (III) Anchuras


Tyler Mitchell (1995)

Al erguirse sobre sus pies, el cuerpo humano eleva física, moral y simbólicamente sus brazos.
Al situarse sobre el horizonte, las extremidades superiores —ahora lo son— abrazan las anchuras del mundo. Es que ahora hay un mundo que ceñir con un gesto. Es que ahora hay una dimensión nueva en mundo, que es la amplitud, producto del ademán. Es que ahora hay un nuevo repertorio de signos de la holgura y del constreñimiento.
Así es que se inaugura el desahogo del lugar. Abriendo los miembros superiores.

Las actividades que dan lugar a las distintas dimensiones corporales del habitar (II) Bipedestación


Stanley Kubrick (1928-1999)

La bipedestación es un hábito que se aprende no sin esfuerzo y con importantes consecuencias.
Constituye un primer aprendizaje que se reduplica virtuosamente: aprendemos a aprender y ya no nos detenemos. Pararse no es contentarse con adquirir un trabajoso equilibrio apenas estable, sino hincar una presencia en la tierra, abrir un horizonte y cubrirse con todo el cielo. Pararse, quizá, es una operación necesaria para comenzar a situarse, tarea compleja que sólo culminará cuando, con el auxilio de un espejo, comprendamos íntimamente que tenemos lugar en un orden de cosas que aprenderemos a llamar mundo. Pararse es adquirir un primer bien constitucional.
Parándose, las personas se encaraman en su condición de tales.

Las actividades que dan lugar a las distintas dimensiones corporales del habitar (I) Marcha


Stanley Kubrick (1928-1999)

Los animales semovientes practican el lugar hendiéndolo con la marcha.
Pero quizá sólo a los seres humanos le es dado construir, con tal práctica, una dimensión primordial en su mundo. Un mundo que no cesa en abismarse hacia adelante. Porque es posible desandar el camino o detenerse para reordenar las cosas del mundo, entonces la vida puede ser comprendida como una marcha pertinaz, en una asociación inescindible de espacio y tiempo. Porque es posible y oportuno discurrir mientras se marcha, duplicando simbólicamente la actividad en una producción de sentido. Porque es posible y acaso inevitable dolerse con la marcha sin retorno del ser querido y más deseado. Porque vivir, en un sentido fundamental, es marchar, perduramos en el hábito que comienza por rasgar el lugar.

Antropología del habitar ¿Especialidad disciplinar o interdisciplina?


Chris Killip (1946)

En el marco expectante acerca de una antropología del habitar de constitución tan urgente como necesaria, es de prudentes preguntarse si acaso ésta constituiría una especialidad disciplinar o un caso de interdisciplina asociada con el ejercicio arquitectónico.
Es de creer que haya puristas que exijan un desarrollo autónomo y autosuficiente de la ciencia, deslastrándola de los compromisos de la práctica profesional y de toda implementación ulterior. Pero, por otro lado, puede oponerse con buen sentido que las urgencias sociales demandan una interacción intensa de la teoría antropológica comprometida con la práctica social. Hoy es difícil decidir de modo concluyente en tan delicada cuestión.

Antropología del habitar


Cristina García Rodero (1949)

Puede sospecharse que la antropología del habitar pudiera resultar de la interacción de dos vertientes convergentes.
Por un lado, la que elabora un asedio cognoscitivo al cuerpo habitante, mientras que, por otro, avanza una complementaria que estudia los lugares de la vida cotidiana. Toda vez que se constate que, en definitiva, no es posible escindir comprensivamente a las personas del lugar que pueblan, ambos avances resultarán necesariamente concurrentes.
La antropología de los lugares de la vida cotidiana puede construirse sobre una mirada sobre los enclaves que ofician de escenarios a la vida, según las diversas condiciones sociales, culturales y económicas. Puede constituir una mirada complementaria y un importante recurso metódico.

Antropología del cuerpo habitante


Ruth Bernhard (1905-2006)

Por nuestra parte, las urgencias propias nos impiden esperar con paciencia la emergencia de una antropología científica y apropiada.
A modo de sucedáneo de esta podría acaso diseminarse el terreno circundante con improntas de futuros desarrollos, a los efectos de que los más avisados encuentren por fin y al menos ciertas sendas desbrozadas. Así que puede abrirse un camino en el bosque teórico que bien pudiera denominarse una antropología del cuerpo habitante.
El objeto de tal antropología es el estudio descriptivo e interpretativo de la acción del cuerpo habitante, esto es, de las actividades cotidianas de las personas cuando tienen efectivo lugar.

Antropología de las interacciones personales, las percepciones y las vivencias


Cristina García Rodero (1949)

...una antropología responsable, comprometida, encarnada en la sociedad, necesita de la economía, la política y el análisis de las estructuras, pero también del estudio de las interacciones personales, las percepciones y las vivencias. Y ésta es una aportación fundamental que puede hacer una antropología del cuerpo...
Esteban, 2013

Necesitamos una antropología cortada a medida. Necesitamos una antropología otra.
Necesitamos una antropología que explore lo infraordinario, que se aplique a la hermenéutica minuciosa de las escenas de la vida cotidiana. Una antropología de las interacciones personales cuando las personas que las protagonizan tienen lugar. Una antropología de las percepciones acerca de cómo las personas se hacen un lugar. Una antropología de las vivencias que resultan cuando las personas encuentran que, a ciertos efectos, hay lugar.
Mientras Mari Luz Esteban propone al efecto una antropología del cuerpo, Luisa Urrejola ha abordado una antropología del espacio. Se puede cultivar la esperanza que ciertas trayectorias lleguen, más temprano que tarde, a intersectarse.