Marcas de lo íntimo


Abbey Drucker (1987)

Es con un especial afecto que realizamos inscripciones en el lugar que habitamos.
El prolongado trato que tiene el cuerpo con el lugar en que moramos hace que nuestro cubil resulte acariciado a carta cabal. Con las emociones del amor al lugar conseguimos pulir hasta una única tersura la superficie interior, sensible y trémula de nuestras arquitecturas. De tal forma, las regiones erógenas del lugar se lustran con la vida que las tienta y ésta se prodiga en gestos de una ternura que reservamos para lo mejor de nuestro ámbito íntimo.
Mientras que la operación desgasta los mecanismos y mientras el uso injuria la piel interior de las arquitecturas, la consumación amorosa del lugar hace resplandecer sus penumbras. Y entonces es una gloria de la vida habitar allí.

Inscripciones laboriosas


Annemarieke van Drimmelen (1978)

A pesar de la omnipresencia hegemónica del consumo en la actualidad, el mundo habitado siempre ha contado con marcas claras y distintas del trabajo animoso por habitar los lugares.
Todavía pueden verse, aquí y allá, los pormenores de una faena porfiada de la vida que se prodiga en sobreproducciones, toda vez que a todo trabajo se le agrega un plus simbólico que denota esmero, aplicación y satisfacción con las cosas bien hechas. Y es que estas cosas bien hechas lo son no sólo cuando se consuman en su implementación en el puro uso, sino que lo hacen en el plano superior de la realización, como símbolo de consumación poética del propio homo faber.

Prácticas del horizonte: declinaciones


Annemarieke van Drimmelen (1978)

Una vez que se habita el horizonte, la asimetría coronal del cuerpo articula dos semiplanos.
Ya hemos visto la porción delantera del horizonte, aquella propia de los advenimientos. Ahora es momento de dar cuenta de la recíproca, esto es, de la región hacia donde se dirigen las improntas de la declinación. Allí es donde se hunde la vida vivida, dirección hacia la cual nos volvemos no sin dificultad, región de la memoria y el olvido. El trastero de la existencia, digamos.
Por lo general nos contentamos con lanzar lo vivido por encima del hombro, sin mirar atrás. No sea que el Miedo nos reclame. Hacia atrás va lo que nos acechará el sueño y las nostalgias de lo perdido y las marcas en la faz que nos devuelven los espejos.

Prácticas del horizonte: advenimientos


Annemarieke van Drimmelen (1978)

Erguido sobre los pies, con la faz vuelta ahora hacia la porción de adelante del horizonte recién inaugurado, el cuerpo se vuelca, intrigado de una vez para siempre, para lo que vendrá, que se asoma tras la línea frontera entre el cielo y la tierra.
El cuerpo se dispone proclive a los advenimientos. Inclinado a las manifestaciones emergentes de ese horizonte siempre poblado con inscripciones de expectativa. Por cada signo que podemos entrever, hay una inscripción de una interrogante depositada allí, haciéndole lugar. Porque habitar el horizonte implica perdurar en la tarea obstinada de interrogarlo acerca de lo que vendrá. Habitar el horizonte es, en definitiva, inscribirle el tiempo futuro a título de expectación, de anhelo, de proyecto.

Adentramientos e interiores


Emma Phillips (1990)

El adentramiento del cuerpo en los interiores implica una labor vermiforme.
Adentrarse no se cumple de modo cabal si no es con una prospección del cuerpo que irrumpe en una dimensión sutil y densa a la vez. Es necesario recordar que el cuerpo se hace lugar mediante una proyección variable y circunspecta de sí mismo en el lugar. Alcanzar a sentar sus reales en un interior no es ocupar un sitio vacante, sino una operación corporal y existencial compleja y delicada. Tal operación explora el lugar con la propia piel, hasta conseguir la deseada y posible hospitalidad del hueco. Es por ello que la presencia y población de los interiores es más densa en significado que en los paisajes abiertos. Es por ello que la irradiación del cuerpo adentrado puede llegar a dominar por completo su ámbito, mediante una contundente perturbación habitable. Es por ello que la habitación de las oquedades pasa por ser el caso paradigmático del propio habitar.

Las manipulaciones y el mundo de las cosas


Ginette Riquelme (1972)

Nuestras manos se perfeccionan constantemente en el arte de proliferar inscripciones sobre el lugar.
El gesto primordial es el asimiento de un objeto que se vuelve una cosa en el acto de ser considerado para su colección, disposición y hasta lanzamiento. Y es un aprendizaje que no cesa: hacemos de los objetos cosas y las manipulamos con intensidad con el fin de conferirles significados propios y conexiones mutuas. Las manos ordenan, limpian, separan los sitios, acondicionan las cosas de vivir según una labor que se origina toda ella en el gesto del asimiento de la piedra fundamental. Esa piedra que pudo adquirir una vocación inédita de proyectil, tanto como se pudo volver una herramienta más o menos sofisticada, pero siempre a título de cosa útil y, también, cosa con valor. Por obra de las manos nos producimos un mundo de cosas que nos envuelve servicial, próximo e insustituible.

Ensanches, ampliaciones, latitudes


Noell Oszvald (1991)

Con los brazos liberados de la labor locomotora, el cuerpo los abre hacia los costados en toda su extensión para infligir una marca fundamental en el lugar: la inscripción del abrazo del mundo. Es un gesto de beneplácito sobre la tierra dominada tanto como una imprecación hacia el cielo al que rogarle. El abrazo del mundo preludia toda acción y toda producción, porque ¿de dónde provendrán las energías necesarias para todas y cada una de nuestras empresas. Por ello, cada vez que abrimos con furor alegre los brazos, volvemos a celebrar nuestro gesto arcaico y necesario. Por ello, cada ámbito que ocupamos con latitud conforme es aquél en que podemos, gozosos y satisfechos abrir el abrazo del mundo.


Bipedestación, horizontes, estancias y umbrales


Noell Oszvald (1991)

La conquista de la postura erguida implica una importante operación sobre el lugar
En primer lugar, supone la habitación plena y cabal del horizonte, de la región de articulación entre el cielo y la tierra, entre las nubes inalcanzables y el suelo que hollamos erguidos. El horizonte queda marcado y sobresignificado como tal, como lugar poblado. Según ocupemos una eminencia, así moralizaremos nuestra situación en el mundo; rendidos en el llano, pletóricos de poder simbólico en el altozano. Si sucediera límpido y recto, el horizonte ampliará nuestra comarca, mientras que un alto relieve orográfico nos acogerá en nuestro protector terruño.
Otro caso es la impronta existencial de una estancia fundamental en un aquí que se sobresignifica en el peso de todo el cuerpo sobre los pies. La gravedad nos pone en nuestro lugar y del precario equilibrio sobre nuestras plantas hacemos virtud digna y cardinal.
Por fin, la actitud enhiesta nos marca a nosotros mismos en nuestra condición liminar; acontecemos, de un modo primigenio, como un umbral erguido entre lo que vendrá y lo que ya declina. El peso de esta condición nos inclina la cabeza de modo caviloso.

Inscripciones de la marcha sobre los senderos


Jason Lanier

La índole de la marcha impone desbrozos, trazas, pendientes e improntas superficiales sobre los senderos.
Mientras que en la senda vagarosa del bosque, los pasos erran por la espesura descubriendo los holzwege heideggarianos, el hábito y la persistencia constituyen factores que hacen de las huellas un desbroce. Pero el dominio estratégico del territorio, que implica el enlace de hitos, imprime en la faz de la tierra una traza cada vez más clara, expeditiva y contundente, que se marca como vereda, como calle, como avenida, más rectilíneas, más exclusivas en su tránsito, más categóricas así sea de clara la voluntad de poder sobre el lugar. El sendero se configura de modo cada vez más inequívoco, más impasible y más enfático en su simplicidad cuanto la marcha se depura —y también se empobrece— en circulación.
Mientras tanto, el paisaje se repliega sobre los bordes, los hitos apenas si se anuncian en el foco de la perspectiva y todo adquiere un carácter fatídico de orden.
Un sendero claro se abre al paso majestuoso del hombre, poderoso sujeto que puede, en su condición de tal, tener lugar allí, marchando recto con la mirada en el horizonte que ya avizora y ya comienza por dominar.

Las dimensiones corporales proyectadas sobre el escenario habitado


Noell Oszvald (1991)

El cuerpo irradia marcas, señales y signos sobre el lugar.
Lo hace en forma metódica y estructurada, de donde corresponde que demos cuenta sistemática de la forma en que las dimensiones corporales se proyectan sobre el escenario habitado. De modo introductorio puede señalarse que a cada gesto del cuerpo que desarrolla una dimensión le corresponde la tarea de infligir en la faz del lugar un conjunto específico de improntas sobre la faz del lugar. Habrá entonces que reparar cómo la marcha, la bipedestación, el advenimiento, la declinación y todo el resto de actividades primordiales ya estudiadas del cuerpo van cargando el lugar de inscripciones.

Inscripciones en el paisaje


Jason Lanier

¿Cómo comenzar a consignar las innúmeras inscripciones de la existencia humana si no es reparando en el paisaje primordial?
Si desde el cielo nos acecha todo aquello que no podemos alcanzar, oportuno y esperable es que proyectemos allí nuestros sueños, las formas caprichosas del deseo y, sobre todo ello, el miedo reverente sobre todo lo que puede abatirse sobre nuestras atribuladas cabezas. Mientras tanto, nos inclinamos con esfuerzo hacia la tierra, que es en donde encontramos sustento y trabajo, camino y solar, confines y querencias. A cada hallazgo o recurso, le corresponde una clara marca significativa de su precisa condición. Pero lo principal está —y no podría ser de otro modo— en el horizonte. Es en la línea que une tanto como separa el cielo de la tierra donde encontramos el contorno madre de todas las inscripciones sobre el paisaje. En la peculiar configuración de este perímetro fundamental es donde todo comienza a marcarse: la morada yace ahí y entonces erige de todos los umbrales el umbral, las sendas conducen a casa y toda estancia es una situación siempre relativa al lugar al que, tarde o temprano, habremos de volver.

Marcas de población en el lugar


Emily Schiffer (1980)

Así que las marcas de existencia se profieren, las marcas de población se asientan.
Las cosas cobran un sentido en su presencia, orden y disposición. Se abren sendas, estancias y umbrales que colectan, dirigen y acomodan las cosas de vivir como tales. Estas cosas se asocian y se confabulan según un designio extraño a ellas mismas, que las sustrae del caos de lo natural y las resignifica como cuños de vida humana. El lugar prolifera en improntas y significados que sólo existen por imperio de la habitación del poblador. Así se asocian la butaca con la lámpara, las sillas con su mesa y con ésta, la sopera que reina en su centro. Todo esto alumbrado por la ventana próxima que permite, por lo demás, no sólo advertir el jardín, sino que lo incorpora a la escena.


Marca de existencia en el lugar


Emily Schiffer (1980)

La presencia humana hinca en el lugar una marca de existencia.
De un modo tan frágil como poderoso, tan sutil como contundente, tan leve como radical, el cuerpo vivo constituye un aquí. Hacemos sombra y reflejo. Perturbamos la atmósfera tranquila del sitio. Estremecemos el lugar. Inquietamos las circunstancias. Por interposición del cuerpo, tenemos lugar del que un aquí es el origen en el espacio y el tiempo. Tal la marca indeleble de existencia en el lugar.

Presencia y población en la estructura fundamental del lugar


Emily Schiffer (1980)

La presencia y la población efectivas del habitante constituyen las acciones necesarias y complementarias mediante las cuales el cuerpo consigue imprimir en el lugar esto que denominamos aquí estructura fundamental del lugar.Será interesante constatarlo y reflexionarlo, con el fin de entrever esta estructura, elemento clave en el acceso cognoscitivo a la contextura íntima del lugar habitado. A estos efectos, será oportuno pasar a observar e interpretar las inscripciones provocadas sobre el semblante del lugar.

Presencia y población en el paisaje


Emily Schiffer (1980)

En lo que toca al paisaje, es preciso determinar que ésta condición sobreimpuesta al ambiente habitado es efecto de presencia y población.
En efecto, el escenario ofrecido a la consideración del habitante es mérito y hechura de la constitución de este agente en el lugar mediante las dos operaciones complementarias que ya hemos visto. Es la presencia lo que transforma un reducto ambiental en un paisaje. Es la presencia enhiesta y anhelante del sujeto la que confiere sentido de estructura a la concurrencia de la tierra, el cielo y el horizonte. Y es la población del habitante la responsable de la hechura de la figura efectivamente percibida del enclave ambiental. Es la proyección del cuerpo en la habitación del lugar la que distribuye significantes y significados. Es la irradiación de la estructura del cuerpo la que obra configurando el paisaje en tanto tal.

Presencia como habla y población como escritura


Emily Schiffer (1980)

Podemos, sin incurrir necesariamente en metáforas expresivas, equiparar la presencia con el habla y a la población con la escritura
Después de todo, la presencia es un decirse el sujeto de su propia condición de tal. Y también es forzoso reconocer el carácter durativo de los gestos asentados por el cuerpo habitante en el lugar, toda vez que su situación y acontecimiento mueve las cosas a los emplazamientos debidos y tiende a mantenerlos, no sin esfuerzo, en el emplazamiento con el auxilio del cual, el mismo cuerpo puede realizar su acción concreta y acomodada de tener lugar allí. Así es que se despliega la operación compleja y recurrente de habitar: mediante de una instauración poética que dice a la vez que escribe en el palimpsesto del lugar todo y nada más que lo que tiene que decir y registrar al respecto.


Población


Emily Schiffer (1980)

Mientras que la presencia es asunto existencial, la población es tema específico de la habitación del lugar.
Por población entenderemos aquí el conjunto estructurado de proyecciones del cuerpo del habitante que marcan el lugar con signos de vida situada. Así, la presencia se corresponde con el hecho de tener efectivo lugar, mientras que la población tiene relación con la conducta que se aplica a hacer lugar. Con ello se establece una diferencia y complementariedad peculiarmente importante. La presencia puede ser fugaz, episódica, circunstancial, pero la población tiende a perdurar, a subsistir e incluso a sobrevivir. Puede entonces haber población en ausencia, así como formas vagarosas, menguadas y evanescentes de la presencia. Pero lo importante aquí es tratar de lo que sucede cuando a una presencia en acto le corresponde una población honda y aplicada.

Presencia


Emily Schiffer (1980)

Si le creemos al Diccionario, presencia es la circunstancia de existir alguien o algo en determinado lugar. También puede decirse que, mientras que, en ausencia, el ser de alguien es siempre una conjetura que debe probarse, en presencia es que se verifica cabalmente ese su ser. Con la presencia, el ser se muestra y se demuestra, esto es, uno puede, a la vez, presentarse y representarse probadamente. Es por imperio de la presencia habitante de un sujeto que un sitio adquiere, en parte y de modo necesario, su estatuto de lugar. La presencia de un habitante, entonces es, a la vez y recíprocamente, perfeccionamiento y manifestación perceptible de su existencia y prueba contundente y necesaria que tiene lugar allí y entonces.

El sentido de ser vivo


Kati Horna (1912-2000)

Todo es lenguaje en el mundo humano, pero de ninguna manera sólo lenguaje. El sentido no es algo que aprendamos como seres del lenguaje, sino como seres vivos
Najmanovich 2001

En definitiva, la arquitectura no puede aspirar ni más ni menos que resultar una escritura, una emergencia lingüística más de la condición humana.
Sin embargo, subsiste algo que asoma en el trasfondo de toda manifestación lingüística, que es el sentido. Y si nos preguntamos por este sentido, primero y último de toda empresa humana, lo cierto es que es un emergente ya no de la humana condición, sino del estatuto de los seres vivos. Es pues la vida la que confiere sentido a toda la arquitectura y —lo que queríamos demostrar— es el habitar humano un sentido contenido e inexcusable y quizá el primordial de todo texto arquitectónico.

La escritura de la habitación del mundo


Kati Horna (1912-2000)

Hay una arquitectura ajada por la vida que allí tiene lugar.
Hay una arquitectura laxa, que conserva la tibieza de los cuerpos, las fragancias del deseo, los ecos de la pasión, que se estremece con la agitación anhelante. Hay una arquitectura honda de existencia, carácter patente de sí misma, gloria de su condición humana respirada. Hay una arquitectura tenue como las brisas que disipan las atmósferas cargadas en las alcobas, como el agua que refresca las abluciones rituales, como la llama que enardece a los amantes. Hay, en suma, una arquitectura del lugar. Hay, en suma, una arquitectura que es la escritura de la habitación del mundo.

La expresión como conjuro de la poética de la vida


Alec Soth (1969)

La poética del habitar, entonces, es la poética de aquellas cosas de la vida que pueden informar a una expresión literaria que obre como conjuro.
Es imperioso salir en busca de un arte poético que se aplique a dar cuenta de la vida corriente como objeto de atención, tratamiento y referencia. La poesía de la vida no es tanto una hacedera del fenómeno poético en sí, sino apenas un registro prolijo y atento, sensible y perspicaz, fértil y fructuoso de un objeto portador de verdad y belleza intrínsecas.
El arte poético del habitar es oficio ancilar y manifestación vehemente de los estremecimientos gozosos y cordiales de la propia vida. Así, la poética tiene su propia voz y también su peculiar forma de escritura, así como exige un modo señalado de recepción.

La poética del habitar, una poética de acción vital, en principio


Vadim Stein (1967)

¿Dónde buscar la poética del habitar?
Es preciso buscarla en la poética de la acción vital. La más consumada estetización de esta poética la constituye la danza, arte de la práctica corporal del espacio y el tiempo. Pero no debe uno quedarse con la maravilla de estos cuerpos gráciles y sobredisciplinados. Se debe entender que las danzantes vuelven excelente y excepcional una virtud cotidiana de todos los cuerpos humanos. Tal virtud es la conquista del lugar mediante la acción vital, según las coreografías propias de las urgencias y hábitos de la vida cotidiana.
De este modo, conmovidos por la belleza de lo excelente, tornaremos a dirigir nuestra atención a las danzas corrientes de las personas que se afanan en tener su lugar allí donde pueblen, donde su vida ocupe espacios y tiempos, donde su vida corriente encuentra su morada.
Y aprender mucho de ello.

Una virtud poética para cultivar la estructura fundamental del lugar


Jehad Nga

La sensibilidad, el entendimiento y la comprensión no son de modo alguno suficientes para dar cumplimiento a la estructura fundamental del lugar.
También es preciso coronar todo el proceso con un decidido resultado poético. Con la percepción, el entendimiento y la comprensión sólo tenemos sobre nuestras espaldas los recursos cognoscitivos y ético-prácticos, pero es imperativo hacer algo con ellos. Y hacer algo es una tarea poética, por definición. Para ello es necesario percibir y entender cómo es que la propia vida llega a producir la estructura fundamental del lugar, esto es, cómo es que la condición humana habita su lugar produciéndolo a su imagen y semejanza. Porque la tarea arquitectónica de la hora es una interpretación atenta, sensible y facilitadora de los pujos de la vida en los lugares.
Dejemos entonces a la vida llegar a ser y aprendamos la sabia humildad de ponernos a su servicio.