Abbey Drucker
(1987)
Es con
un especial afecto que realizamos inscripciones en el lugar que habitamos.
El
prolongado trato que tiene el cuerpo con el lugar en que moramos hace que
nuestro cubil resulte acariciado a carta cabal. Con las emociones del amor al
lugar conseguimos pulir hasta una única tersura la superficie interior,
sensible y trémula de nuestras arquitecturas. De tal forma, las regiones erógenas
del lugar se lustran con la vida que las tienta y ésta se prodiga en gestos de
una ternura que reservamos para lo mejor de nuestro ámbito íntimo.
Mientras
que la operación desgasta los mecanismos y mientras el uso injuria la piel
interior de las arquitecturas, la consumación amorosa del lugar hace
resplandecer sus penumbras. Y entonces es una gloria de la vida habitar allí.

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