Detalles sintomáticos


Denis Roche (1937-2015)

Puede creerse que, en el estadio embrionario de nuestra actual situación cognoscitiva al respecto, la realidad efectiva de la constitución de la arquitectura del lugar sólo nos permita vislumbrar, aquí y allá, destellos de su manifestación. Por eso, es preciso considerarlos, de momento, como detalles. Y son detalles sintomáticos, ya que sólo un cuidadoso, sistemático y esforzado aunamiento de percepciones podrá, algún día, revelar toda la magnificencia de la arquitectura del lugar. Cuando ésta se perciba, comprenda y deguste en tanto tal.

Configuraciones de la arquitectura del lugar


Duane Michals

Aperturas y conexiones se yuxtaponen a confines y alejamientos: el espacio y el tiempo dejan de ser dimensiones homogéneas para ponerse al servicio de la configuración del campo habitado. Ciertos relojes y circunspectos andares miden de manera particular la contextura de los ámbitos. Por doquier se suceden los signos de una vida que busca sus espejos y sus sistemas de coordenadas. Confortados en su lugar, los sujetos habitantes se permiten soñar tanto la vida ya vivida y poblada de testimonios, tanto así como entrever aquello que asomará un día tras el horizonte acechado.
La arquitectura viva del lugar roza con levedad las texturas del ámbito construido tanto como las regiones hurtadas al furor materializador.

Conformaciones de la arquitectura del lugar


Duane Michals

El lugar, plenamente conformado, tiene una peculiar arquitectura como propiedad.
Esta propiedad es aquella que permite que conozcamos, practiquemos y produzcamos el lugar como performance de la vida. Ya no se trata de la subyacente estructura fundamental, acechante tras la emergencia sensible. La arquitectura del lugar es la forma en que éste se manifiesta, sutil y palpitante, evanescente y manifiesto, patente y potencial.
La arquitectura del lugar conoce de distancias antes que muros y abrigos antes que cubiertas. Y sabe de penumbras, de peculiares resonancias, de señaladas fragancias, de frescuras hospitalarias.
Conoce la arquitectura del lugar poco de estilos y mucho de modos irrepetibles de vivir la vida.

La urbanización sin ciudad



Elio Ciol (1929)

Cuando al anhelo de intimidad protegida se le responde socialmente con meros alojamientos, suceden esos polígonos residenciales que por estas latitudes reciben el nombre equívoco de conjuntos habitacionales.
Esto resulta en una rarificación de la trama ciudadana: una urbanización sin ciudad, una urbanización con virtudes de metástasis constructiva, una urbanización carente. En efecto, el tejido denso de funciones complementarias que supone el escenario urbano se ve invadido por una proliferación de puros alojamientos agrupados masiva y simplificadamente, desprovistos de las complementariedades de la ciudad compacta. Las prácticas sociales de concepción y demanda social resultan, con ello, doblemente traicionadas.
Lo que resulta trágicamente risible es que esta operación se presenta, ante la opinión pública, como una respuesta pública ante una demanda social especificada. ¿Es mejor que nada? Es difícil responder a esta cuestión, porque, si la respuesta pública es omisa, entonces sucede la ciudad informal, orgánica, tal vez, casi espontánea, pero pletórica de infraviviendas.

Añoranzas de la ciudad compacta


Elio Ciol (1929)

Añoramos la ciudad compacta, ahora que la estamos perdiendo, quizá de modo irreversible. Añoramos la buena vida simple, ahora que la tenemos desagradable y complicada. Añoramos aquellos lugares que nos amparaban en nuestra condición constitucional de habitantes. De un modo oscuro, intuimos que no podremos desandar el sentido del tiempo. Pero nada nos priva de la esperanza de acometer un sendero de sensatez que nos suturen las heridas que hemos infligido a la ciudad en que nos hemos criado.

Escenografías urbanas


Elio Ciol (1929)

Uno de los ahuecamientos urbanos que experimenta el habitar contemporáneo consiste en la constitución de escenografías urbanas en beneficio de la industria turística.
Mientras la ciudad vivida languidece en los centros históricos, persisten las superficies portadoras de signos de tiempos pretéritos. Lo que quedan, no obstante, son las piedras y los signos, no la arquitectura palpitante de autenticidad, no el habitar coherente de los naturales en su lugar, sino los portadores de signos vacíos de otro tiempo, de otras vidas, de otras relaciones entre las personas y su entorno construido. Los centros históricos se ahuecan para mejor ser contemplados con extrañeza. Los centros históricos dejan a las piedras dormir al sol su condición de lápidas de lo que fue. Mientras tanto, alguien desde las sombras te ofrece, solícito y voraz, una silla para que contemples el espectáculo y de paso te tomes algo. Entonces, la escenografía urbana no es más que un recurso minuciosa y rapazmente explotado para que pagues el precio del café que allí consumes, extasiado. Es así como consumes la escenografía urbana del enclave histórico. Es así como habitas, por un breve instante, un ahuecamiento urbano.

Vacíos


Yasuhiro Ishimoto (1921-2012)

Por la ciudad consolidada, van abriéndose estos significantes ahuecados donde los ecos de los pasos resultan tan escandalosos que las personas circulan presurosas, apenas atravesándolos. Son los no lugares o, mejor dicho, los lugares que se van vaciando de significado, porque nadie tiene nada que hacer allí, salvo escurrirse rápido, con el andar propio de las cucarachas. Allí cuelgan lacios los significantes vacíos, allí se demoran las cosas huérfanas, allí es hostil el suelo. Allí y entonces se conforman los escenarios de la huida.
Así como la ciudad se desborda en el territorio hacia la abolición de los confines, su interior se rarifica.

Segregación socioespacial


Elio Ciol (1929)

La ciudad contemporánea es ahora un mosaico de enclaves sociales cada vez más nítidamente diferenciados entre sí y más homogéneos a su interior, desde el punto de vista socioeconómico. Los iguales se asocian sobre las teselas territoriales de la ciudad. Cada persona y cada familia queda perfectamente identificada por el estilo de vida que puede pagarse.
Recluidos y aislados, los urbanitas aprenden a temerse y odiarse allende las sendas que separan solidaridades.

La ciudad actual y los agregados residenciales


Elio Ciol (1929)

La lucha por el techo se resigna a la oferta de soluciones habitacionales. Así, un deseo entrañable se encarcela en mínimos y sumarios alojamientos, a veces tildados de viviendas de interés social. Tales viviendas constituyen satisfactores cosificados y mercantilizados de unas demandas mal atendidas y entendidas. Es lo que el sistema hace con nuestros deseos y demandas, en cualquier aspecto de la vida social. Responder a una pulsión honda y humana con una mercancía empobrecida material y simbólicamente. Así es que la ciudad asiste a la proliferación de agregados residenciales, en lugar de lugares orgánicamente dispuestos para amparar las intimidades protegidas.

El jardín de los senderos que se bifurcan


Karin Rosenthal (1945)

Habitar la ética. Se dice fácil.
Sin embargo, es lo que solemos hacer pensando en otra cosa. Parece que las cuestiones morales sólo emergen ante la conciencia cuando nos detenemos a reflexionar al respecto. Pero en verdad es cuando habitamos el jardín de los senderos que se bifurcan y cuando nuestra errancia es una sucesión incesante de opciones, precisamente en tales circunstancias es cuando vivimos moralmente y cuando la verdadera deliberación ética se ve encarnada.
Deberemos aprender a deliberar, entonces, sobre la marcha.

El cruce de los caminos


Karin Rosenthal (1945)

La ética idealista tiene a la buena senda por un sendero rectilíneo, pero la observación de la cruda realidad del día a día da cuenta de intrincados laberintos por donde conseguimos inmiscuirnos apenas para ponernos a salvo. Que ya es mucho, en los tiempos que corren. Es que es de humanos tener ilusiones que perder, certezas que disolver, esperanzas a las cuales nunca conseguir acceder.
Es preciso habitar la ética.

Ética del habitar como proceso crónico, contingente y revisable


Karin Rosenthal (1945)

Henos aquí. Siempre en el punto de partida de un discurrir que no hace otra cosa que recomenzar cada día. Un discurrir que avanza siempre por el jardín en donde sus senderos que se bifurcan. Y ante cada cruce de sendas, una instancia peculiar de decisión que en cada ocasión se estrena prístina. Casi cada paso puede ser, en todo caso, desandado, pero hay rumbos irremisibles. Aun así, puede uno detenerse a pensarlo todo de nuevo, resignificando principios y valores según las circunstancias los vayan iluminando.
En todo caso, parece que apenas si delineamos sobre nuestro escenario una límpida configuración de silueta que aloja en su seno la más honda sima de interrogantes intestinas.


Ética de la conducta habitable


Karin Rosenthal (1945)

Henos aquí. Una ética de la conducta habitable puede adoptar la forma operativa de una ética de la vida cotidiana. Una ética ésta que se aplica a los desvelos corrientes del día a día. Una ética al alcance de la mano, una ética en pantuflas, estratégicamente distanciada de las grandes y graves decisiones existenciales y próxima a las operaciones, usos e implementaciones recurrentes del lugar y situación habitados.
Puede pensarse en una ética de circunstancias, una ética de los exámenes de las situaciones concretas. Pero estas situaciones, en su variopinta constitución, no por ello dejarán de interrogar a una conciencia reflexiva, la misma que pertrecha a la vida de ideales y valores superiores. De este modo, el discurrir moral podría acaso construirse o reconstituirse desde abajo.
En todo caso, puede intuirse que se desarrollaría así una ética de la sostenibilidad (social, cultural, económica). Porque el lugar ocupado por cada uno de nosotros puede ser ocupado por cualquiera de nosotros y serán las mismas circunstancias las que nos interpelarán, aunque diversas sean los modos concretos en que se construya, en cada uno de nosotros, la peculiar contextura moral que nos hace únicos.

Cuestiones éticas de la situación: henos aquí


Karin Rosenthal (1945)

Henos aquí. No puede formularse de modo más conciso la condición situada que preludia al menos tres cuestiones principales.
La primera interrogante versa sobre la propia constitución situada, sobre su contextura y sobre las posibilidades efectivas de conocerla. Así, en principio sólo sabemos a ciencia cierta que estamos sumidos en una situación, pero de ahí a poder hacer plena y cabal conciencia hay un trecho fatigoso.
La segunda cuestión es qué hacer, esto es, conseguir dar con los márgenes de libertad e indeterminación que nos hacen humanos y no, simplemente, un componente sumergido del todo en la situación. ¿Andaremos siempre a tientas, ensayando con nuestro precario albedrío o asiremos con plena responsabilidad el margen de acción que la situación misma nos brinda?
La última aplica al extremo que la condición humana nos hace posible la producción constructiva de ciertos aspectos de nuestra situación. Se trata aquí de la cuestión poética que cierra nuestra condición humana de criaturas situadas.

Prácticas sociales y patologías del habitar


Karin Rosenthal (1945)

En efecto, es significativo que de los sueños de los sujetos apenas si se consigan unas consecuciones traidoras y desiguales, estafas sociales, defraudaciones que nos pueblan las vigilias. Así nos situamos, postrados, incapaces de erguirnos sobre nuestros pies y de hacernos cargo de la construcción histórica de nuestra condición de habitantes del mundo que poblamos.
¿O será que toda práctica social estribe en un soterramiento relativo del deseo en oposición pertinaz con una consecución material y efectiva?

Hacerse un lugar


Mario De Biasi, (1923-2013)

Esto de hacerse uno su lugar implica, de suyo, un hacer social, una realización de vida, una factura existencial y un gesto tan inaugural como apropiador. Con ello, se consigna una intrínseca complejidad y compromiso vital a la vez que se menciona una labor morosa desarrollada en el campo habitado, territorio en disputa y en concierto sociales. Este hacerse un lugar es el proceso que debe ser comprendido en toda su hondura y compromiso para comprender en dónde arraiga el fondo de toda demanda de acondicionamiento arquitectónico en primera persona.

Luchas por el territorio


Mario De Biasi, (1923-2013)

En los territorios habitados, más allá de un orden impuesto por el poder político, existe un escenario de luchas, no siempre sosegadas, por ganarse un lugar en un orden de disponibilidades que, si bien nunca es abierto de modo absoluto, tampoco es hermético. Habitar los territorios es, para muchos, un continuo proceso de entremeterse de los sujetos y sus actividades en los entresijos de los lugares habitados hasta dar con el enclave oportuno a sus intereses y expectativas.
A fuerza de codazos a diestra y siniestra, los sujetos se hacen propios y apropiados sus territorios.

La lucha por la ciudad


La lucha por una intimidad protegida se complementa con una estratégica lucha por un lugar en la ciudad.
Es que la ciudad no está abierta, disponible y hospitalaria per se, sino que los urbanitas deben aplicar no poco trabajo para su apertura, adentramiento y población. La condición de urbanita es una conquista de los sujetos, no algo con lo que se nazca. La conciencia al respecto es aún una novedad y por ello a la reivindicación tradicional del derecho a la vivienda le sigue ahora la entrevisión del derecho a la ciudad. Sólo ahora que la ciudad se nos revela extraña, progresivamente privatizada y discriminadora es que nos damos cuenta que nos pasamos la vida entera luchando por encontrar un lugar propio en la ciudad que habitamos. Lo que ha sucedido es que la conquista de lugares de estudio, trabajo y amenidad se nos ha superpuesto con la dura lucha por la existencia, toda vez que hemos soslayado el carácter concreto y localizado de este afán.

La lucha por el techo


Mario De Biasi, (1923-2013)

El imperio del realismo convierte esta entrañable iniciativa en una obstinada lucha por un techo. Un techo, en este caso, es la sinécdoque de un deseo de amparo fundamental. El más precario de los alojamientos, la choza más humilde, la habitación más modesta son las prefiguraciones idealizadas de un deseo de hacerse de un lugar íntimo y resguardado. Luego será asunto de la peripecia social y económica el conjunto de pormenores en donde el núcleo originario de la intimidad protegida devenga eso que aún acostumbramos a llamar casa. En efecto, sólo con el tiempo vivido, la casa irá construyendo memoria, presente y futuro alrededor de este sueño fundamental. ¿Hasta qué punto las casas que hoy habitamos conservan en su seno esa oscura almendra del deseo de aquel entonces?

Movilización



Llamamos iniciativa al impulso dirigido a marchar en una dirección y sentido cuando a la tarea de anhelar le sigue la movilización. El primer paso es, con mucho, el más arduo, pues implica abandonar el reposo para ganar movimiento. Este primer paso, entonces, debe dirigirse hacia una meta intermedia, a un objetivo relativamente más alcanzable. ¿Cómo administrar la proporción entre las magnitudes entre la posición inicial, las metas intermedias y los sueños? Esto es tarea de toda la vida.
Marchar es necesario.

De qué hablamos cuando hablamos de actividad social de producción


Beaumont Newhall

Hablamos, en todo caso, de pasiones socialmente concertadas, de vidas estremecidas por el padecimiento de habitar como exiliados del Paraíso, de existencias que siempre buscan una ventana para contemplar lo que se recorta en el horizonte y lo que de este parece emerger. Hablamos de lenguajes sobreentendidos, de deseos sólo a medias formulados, de conatos de acción. Hablamos de sueños, sí, pero de realidades otras que un día serán a su turno negadas. Hablamos de proyectos, de diseño minucioso de utopías y también de heridas en lo real por obra de golpes de signos de lo que vendrá. Hablamos de construcciones demoledoras y constructos fértiles. Hablamos de la vida reflejada en las sombras del lugar. Hablamos de este condenado mundo nuestro, del que nos tenemos que hacer cargo.

El concepto de pasión


Lotte Jacobi

Aquello que sufrimos es una pasión. Pero, por otro lado, lo que nos impulsa apetitivamente a algo, lo que mueve nuestro ánimo para hacer las más diversas cosas, también es una pasión. Porque el doble significado refiere al hilvanado interno de la propia vida, la que puede ser tanto entendida como el resultado esforzado de un impulso vital, así como puede verse, retrospectivamente, como la hechura fatal del destino. Así es que se ve la pasión, así es que se ve la vida
Hablar de la pasión, en este contexto, es mentar la combustión interna de la vida y, al hacerlo, tener la oportunidad de observar cómo la vida humana del habitante se involucra en forma total con la arquitectura. Mucho más allá de lo que lo hacen los propios arquitectos, que apenas animan un conjunto limitado de aspectos.

Pasiones de la implementación


Lewis Hine (1874-1940)

Desde ya, es forzoso considerar que la implementación habitable implica una pasión de vida que es mucho más profunda, amplia y entrañable que la pura operación de una máquina de habitar. También forzoso es considerar que la implementación habitable es mucho más compleja y rica que un mero servirse de un artefacto útil. Es forzoso considerar, entonces, que la pasión habitable consuma el lugar, porque proyecta sobre éste toda su carga de identidad y referencia con la que la vida cobra sentido precisamente allí y en ese entonces. La pasión habitable hace del tener ésta su lugar una implementación radical, constituyente y absoluta.

Pasiones de la construcción


Lewis Hine (1874-1940)

¿Pueden acaso las cosas ser de otro modo? Pudiera pensarse en un construir concebido como un cultivar respetuoso, en donde se interrogaría con circunspección al genio del lugar para asegurarse que nuestra novedad es bienvenida allí. Luego, todo sería asunto de abrir el lugar hospitalario a una irrupción de aquello que le estaba haciendo falta. Entonces, el lugar cerraría con salud la herida infligida apenas y una construcción habría tenido origen, crecimiento y lugar oportunos y felices.

Pasiones de la producción social: los sueños, los proyectos, los diseños


Lewis Hine (1874-1940)

Somos de la materia de los sueños porque somos nuestro propio proyecto. Resultamos autodiseñados por un gesto antiguo de lanzarnos hacia adelante, hacia el futuro. Vivimos así en carne propia cómo nos sujeta el deseo, nos agita una vehemencia de vivir y nos lanza lejos, distantes y distintos. Somos sueños febriles, proyectos insensatos, diseños improbables.
Y así, apasionados en la flecha del tiempo, hacemos el mundo a nuestra imagen y semejanza. Todo proyecto, toda elucubración de estados futuros es apenas un eco operativo de un furor por habitar un mundo que negamos es su penosa actualidad, para arrojarnos hacia lo que vendrá.

Pasiones de la producción social: las demandas


Lewis Hine (1874-1940)

Es que hacerse un lugar en el mundo es más aún que forjarse una posición social, más aún que conseguir una situación relativamente satisfactoria en lo que toca a las condiciones materiales de la existencia y la reproducción, es más aún que arreglárselas para suceder en un acontecimiento favorable a las expectativas de realización. Hacerse un lugar en el mundo es una construcción morosa, microsocial, esforzada a partir de la cual uno puede lanzarse a desear un destino, un emplazamiento de partida, una morada mundana. Es dentro de esta pasión que debemos comprender, en toda su dimensión humana, la demanda por lugares que habitar con la familia, los compañeros de trabajo y estudio, con los nuestros, los próximos y aún con los extraños.

Arquitectura como actividad social de producción: el concepto de pasión


Lewis Hine (1874-1940)

En efecto, pasión es el apetito de algo o afición vehemente a ello, profesada por comitentes, empresarios y arquitectos, que se corresponde con el padecimiento —corporal, emocional, reflexivo— que experimentan los trabajadores que se encaraman sobre el vacío para que se dé efectivo curso a la consecución de obras magníficas. Un aspecto de la misma pasión es complementado por otro. Por ello, el furor arquitectónico no se desencadena si no es con una perturbación o afecto desordenado del ánimo. Erigir edificios es asunto apasionado, en todas las acepciones del término.
Mas la consecución de lugares para habitar es aún más apasionada, porque es una labor más rica y compleja que la empresa de erigir edificios. Aun así, debemos comenzar por reparar en la honda meditación que puede realizar el obrero, acaballado en las alturas, allí donde las vigas consiguen unirse. Desde tal punto de vista, las cosas adquieren un cariz especial y revelador.
Convendrá reparar en el concepto mismo de pasión, para entender a fondo la arquitectura como actividad social de producción.

Arquitecturas de acontecimientos y referencia


André de Dienes (1913-1985)

Una arquitectura de acontecimientos es una que ofrece hitos firmes al sucederse de los actos de habitación en el tiempo.
Una arquitectura de acontecimientos no se hunde en el marasmo de lo que ocurre mudando de aires, sino que guarda registro claro y preciso de lo que permanece en la medida en que sus relaciones con lo que cambia es precisamente lo que permite percibir y conceder sentido a lo ocurrido. Porque todo cambia, sí, pero también es cierto que todo cambio es relativo. Y esta relatividad generalizada tiene, en la teoría del habitar, un nombre propio y un mandato: arquitectura como escenario de la vida.

Arquitecturas de situación e identidad


Denis Roche (1937-2015)

Mediante la forja de la propia situación, los sujetos construyen su propia identidad localizada.
Por esto, una arquitectura de situaciones es una arquitectura que permite a quienes la pueblan proyectar allí su propia identidad y, al hacerlo, conseguir imponer su propio y legítimo dominio. Una arquitectura de situaciones es aquella que prodiga espejos en donde las personas gustan percibirse. ¿Será posible acaso una arquitectura que deje que sea la vida de quienes la pueblen las que se apropien del lugar en forma honda, legítima y absoluta?

Arquitectura viva


Duane Michals

Bienvenida la eclosión agitada de vida en los lugares.
En vez de la maravilla del espacio despoblado, nos estremeceremos con la agitación de las manifestaciones de cambio y crecimiento. En vez de las estáticas armonías de tres dimensiones cuidadosamente seleccionadas, abogaremos por las complejas mutaciones de lo que se desarrolla en el tiempo. En vez de la arquitectura reposada en el vacío, una arquitectura por fin grávida de existencia.
Una arquitectura como matriz.

Arquitectura de actos de habitar


Garry Winogradpie

A las magníficas vacuidades de la arquitectura metafísica será posible, un cierto día, oponerle unas arquitecturas turgentes de vida humana, unas arquitecturas pletóricas de actos de habitar.
Mientras tanto, podemos observar, aquí y allá, ciertos fugaces emergentes en aquellos lugares en donde el habitar humano tiene éxito sobre los constreñimientos acostumbrados. Podríamos entrever cierta esperanza, acaso, en los lugares en donde la vida humana consigue prevalecer sobre el implacable disciplinamiento del poder que se ensaña sobre los cuerpos. Hacia donde, de un modo preciso, los cuerpos humanos encuentren su territorio de expansión libérrima, de cómodas holguras, de celebrada felicidad, hacia allí deberemos dirigir nuestra atención. Para aprender de los ejemplos.

Arquitecturas de acontecimientos: escenarios de la vida


Garry Winogradpie

De la comprensión honda de la contextura de acontecimientos se deriva una correspondiente arquitectura de acontecimientos, esto es, una arquitectura que oficia con plenitud su carácter de escenario de la vida.
Esta arquitectura de acontecimientos refiere mutua y significativamente a la vida como estructura de sucesos y a los escenarios que le confieren pleno sentido como contexto. Hay, entonces, una arquitectura frenética, apasionada y febril de los acontecimientos de la vida que interactúan con un escenario que sirve de referencia de sentido: un marco significativo para los sucesos. De esta manera, los acontecimientos no se recortan del lugar como figuras sobre un fondo amorfo, sino como historias que se desarrollan con diversos decursos temporales: uno, apresurado con las urgencias de la vida y otro, más lerdo, con la duración flemática de lo construido.

Contexturas de acontecimientos


Garry Winograd

La atención a las situaciones debe complementarse con el examen profundo de las contexturas de acontecimientos.
Estas contexturas de acontecimientos no son otra cosa que las secuencias coherentes de acciones que se suceden en un lugar habitado y que hacen de este último el escenario continente de la vida humana. Mientras que las situaciones tratan de los órdenes de coexistencias que fijan y establecen los elementos constitutivos del habitar, los acontecimientos son las sucesiones, los progresos y desarrollos de la acción en su dimensión temporal. En lo que toca a los acontecimientos, es la consecución de la acción la que dicta una ley interior que solicita al escenario constituir un continente adecuado para su logro efectivo, acomodado y estéticamente logrado.

Arquitecturas de situación: cada cosa en su lugar


Garry Winograd

La comprensión profunda de las contexturas de situación conduce a la consecución de unas correspondientes arquitecturas de situación.
En efecto, a la consideración de la constitución necesaria de una situación le corresponde un orden arquitectónico consecuente en donde personas y cosas se disponen mutuamente en sus lugares respectivos. Así, es la situación vital la que empuja desde dentro a la forma arquitectónica, sin imponerle una forma necesaria, sino introduciendo las ajustadas solicitaciones para que la vida se desarrolle con plena expansión, de un modo digno y decoroso.
Reservar para cada persona y para cada cosa del vivir su lugar adecuado según el orden que dicta la propia situación de habitación es una tarea de amparo de la vida, más que una imposición de una regla extraña a ella.

Contexturas de situación


Bruce Davidson

Puede comenzarse un nuevo camino si desarrollamos una peculiar acuidad perceptiva y una adecuada comprensión de las contexturas de situación.
Por contexturas de situación se entiende aquí y en principio las formas emergentes y perceptibles de la condición situada de cada habitante. Es preciso dirigir la atención a los distanciamientos y proximidades relativas que guardan las personas entre sí y con respecto a las cosas de vivir. Dar con las contexturas de situación implica dar cuenta del orden de coexistencias que los componentes y procesos de la habitación guardan entre sí, a efectos de descubrir la ley interior que la vida humana dicta a los lugares habitados.
Percibir y comprender las contexturas de situación es, entonces, dar con los elementos que las estructuras fundamentales del lugar fijan, establecen y equilibran sus elementos en el campo habitado.

Arquitectura de situaciones y acontecimientos


Diana Markosian (1989)

¿Por qué no una arquitectura de situaciones y acontecimientos?
Frente a una arquitectura de muros y cubiertas, puertas y ventanas, suelos y terrazas, una arquitectura que tenga origen en los amparos de las situaciones existenciales, en las trasposiciones de umbrales, en los tránsitos. Una arquitectura, entonces, de actos de habitación antes que facturas constructivas, que devendrían después y en consecuencia de las primeras. Una arquitectura dibujada por las danzas de la vida, antes que por las elucubraciones autoritarias de los administradores del aire.
Una arquitectura que nos debe ser posible.

La vida empuja a las arquitecturas desde dentro


Sam Abell (1945)

Mientras que al arquitecto demiurgo le complace el empoderamiento del lápiz que empuña implacable sobre un papel siempre en blanco, que origina en el tablero abstraído de su conciencia de hacedor de arquitecturas corsé, debemos darnos al menos la oportunidad de imaginar una arquitectura empujada desde dentro por los gestos de la vida.
Una arquitectura que crecería con los ademanes del cuerpo, con las figuras magníficas de su coreografía, con las parsimonias del modo biológico de suceder. Una arquitectura que resultara del contorneo cuidadoso de las envolventes de la existencia. Ni más, ni menos. Una arquitectura originada en su única simiente legítima y razonable: la vida vivida en situación y acontecimiento.

Danzas de la vida



Sam Abell (1945)

Es preciso abrir el lugar señalado para las danzas de la vida.
Que no es de modo alguno hacer un sitio; es mucho más complejo que eso. Porque hacer un sitio es negar a algo su lugar para aviar un espacio. Pero abrir el lugar para las danzas de la vida es descubrir, aquí y allá, los puntos sensibles del campo habitado por donde discurrirá la vida cuando tenga lugar allí. Es ser capaz de percibir los derroteros, las derivas, la trama de senderos que se abren a las marchas de los viandantes. Es ser sensible para dar cuenta de las moradas del cuerpo, allí donde se detendrán, cada tanto y a su aire, los ligeros habitantes. Es ser cuidadoso en la tutela decorosa de los umbrales que los cuerpos gustarán trasponer, estremecidos de existencia vivida. Para que la vida celebre su ocurrencia plena, gozosa y libre, para eso es preciso abrir el lugar señalado para las danzas de la vida.

Cuerpos palpitantes


Sam Abell (1945)

Una arquitectura concreta debe abandonar la geometría abstracta del espacio para abordar la compleja estructura dimensional del lugar vivido.
Es que no se trata ya del espacio, sino del lugar. La arquitectura concreta tiene efectiva existencia allí donde los cuerpos palpitantes estremecen el campo habitado. La arquitectura concreta, por otra parte, no se reduce a ser operada mecánicamente, ni a ser usada reductivamente. La arquitectura concreta se consuma en el acto de habitarla según unos modos que deberemos aprender a percibir, respetar y cultivar.
La arquitectura guante es aquella concreción servicial, digna de la condición humana y decorosa en un plano superior estético, en donde la vida humana tiene su lugar señalado.

Arquitectura como guante


Henri de Toulouse-Lautrec (1864–1901) Mujer con guantes (1890)

A la arquitectura metafísica es preciso oponerle una concreta. Y a una arquitectura corsé debe oponérsele una arquitectura guante.
¿Cómo caracterizar a una arquitectura guante? Como una arquitectura que sigue las líneas de la vida, que ampara los gestos más sutiles del cuerpo, que contornea sutil y elegante la figura del habitante. Mientras que la arquitectura corsé disciplina el cuerpo con un poder extraño al cuerpo, la arquitectura guante obedece de buen grado a cada ademán del cuerpo vivo y empoderado.
La arquitectura guante es, de modo cabal, una arquitectura concreta pues está henchida de vida humana, a diferencia de la arquitectura metafísica, que reposa en su magnífica vacuidad autosuficiente. La arquitectura guante es una arquitectura concreta porque se estremece con las palpitaciones de la vida que allí tiene lugar. La arquitectura guante es una arquitectura concreta porque adquiere su significado propio con el roce del cuerpo.

Arquitectura como corsé de la vida


Newsha Tavakolian (1981)

La arquitectura centrada en el objeto construido como fin en sí mismo constituye un corsé para la vida que en ella habita.
Tal arquitectura resulta de la imposición del poder sobre el cuerpo sometido del habitante, cuerpo de un sujeto paciente, cuerpo de un puro consumidor. El cuerpo del habitante está constreñido por un diseño que lo soslaya, por un proyecto social que lo olvida, por una estructura productiva que se aplica apenas a maximizar beneficios y tiempos de recuperación del capital invertido. El cuerpo del habitante está angostado en máquinas deficientes de alojar, precarias en su constitución formal y material y carentes de contenido simbólico, como no sea su inconmovible desesperanza. La vida languidece allí, respira con dificultad y se proyecta como una sombra abandonada sobre los tabiques demasiado próximos que amparan su soledad esencial.