Experiencia estética del tiempo habitado


Bruno Barbey (1941)

 

El imperativo categórico de la ontología agraria: ¡interésate por la cosecha! sólo puede seguirse mientras exista una tensión razonable entre previsión y cumplimiento.

Según eso, la casa de los primeros campesinos sería un reloj habitado. Es el lugar de nacimiento de dos tipos de temporalidad: del tiempo que va al encuentro de los acontecimientos, y del tiempo que, como si anduviera en círculo, sirve al eterno retorno de lo mismo.

Sloterdijk, 2004

 

Es fácil concebir una experiencia estética inmersiva en el espacio, pero más sutil es considerarla, en lo que le es propio, en el tiempo.

Es que aún es una novedad la esclarecida expresión de nuestro filósofo. Toda construcción que haga lugar al habitar humano es una suerte de reloj, de observatorio astronómico que envuelve a los mortales en su observación detenida del paso del tiempo. Una casa es un reloj habitado porque ampara a aquellos que tanto se detienen a verificar con morosidad el decurso siempre progresivo de los acontecimientos de la propia vida, así como observar, impávidos, cómo los ciclos cósmicos se repiten con tenaz regularidad.

Una casa —toda casa— tiene la misión primordial, y es estética, de cotejar entre sí ambas temporalidades con su refinado sentido. Es que así y no de otra manera es que el tiempo se deja habitar.

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