Adi Dekel (1996)
En
nuestra civilización proliferan las marcas visibles de la habitación de los
lugares.
Así,
las manipulaciones, los adentramientos, los advenimientos, las declinaciones y
todos los otros gestos del cuerpo en el lugar consiguen en grado variable
imprimir improntas sobre el lugar en la medida en que resulten visibilizadas en
el superior juego de luces, penumbras y sombras en que habitamos. Por otra
parte, estamos educados formal e informalmente para prestar honda atención a lo
visual y a creer entender las cosas en la medida en que se nos presentan ante
nuestra mirada. Lo que resulta de todo ello es que aquello que logramos
construir como vivencias de los lugares está referido por sus imágenes
visuales.
Parece
que, por lo pronto, todo a lo que podemos aspirar es a promover el resto de
nuestros sentidos hacia una superior acuidad perceptiva, a efectos de
equipararla a la visión, que reina por ahora en solitario.

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