Silvia Grav
(1993)
La vida
humana es rumorosa, por lo que el modo de habitar implica prestar oídos al
persistente murmullo en que nos envolvemos.
Por
todas partes se difunden las percusiones cotidianas, los roces con las cosas de
vivir, el entrechocarse de los trastos de la existencia. Es difícil que oigamos
el batir de nuestra propia respiración, salvo en el momento en que nos alcanza
a vencer el sueño. Vivimos sumergidos en músicas, estrépitos y habladurías de
tal forma que alcanzar a percibir el roce de una liviana cortina con la brisa
suele ser la marca oportuna de la calma, tan infrecuente y por ello tan
apreciada. Andamos por todos lados protegiéndonos del ruido ambiente que la
habitación de la orilla del agua se vuelve inenarrable por contraste.
Así
vamos, siempre en la búsqueda de la música apacible de la existencia, de los
rumores asordinados de la vida sosegada, de la respiración queda del mundo, de
la música que sólo puede oír, en el final, Isolda.

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