La lucha por el suelo


Bieke Depoorter (1986)

Uno de tales trasfondos es la esperanza de hincar raíces, que implica disponer de un lugar relativamente quieto en el frenesí de la vida signada por idas y vueltas. Se trata aquí de disponer de un componente sésil en la danza recurrente de la vida.
Otra forma de esperanza que propulsa la consecución de un emplazamiento en el suelo lo constituye el anhelo de fundar una estructura estable y durable, tanto material como simbólica. Habitar, en cierto sentido constituye la excavación que busca el sustrato resistente, la consolidación de la existencia, la edificación material y moral de la vida.
Por último, y no por ello menos importante, fijar un punto propio en el suelo supone establecer un origen de coordenadas particular para el mundo de lugares habitados. A partir de tal punto de referencia se distribuirá metódicamente el orden de vecindades y lejanías, de solidaridades y distanciamientos, de familiaridades y extrañezas.

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