Véase:
https://elpais.com/elpais/2018/02/15/seres_urbanos/1518687024_786917.html
"Sólo por la filosofía puede experimentar la inteligencia cómo sus pasiones llegan a conceptos". Peter Sloterdijk, 1998
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- Pasos dirigidos hacia una estética propia de la ar...
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- Poética de los umbrales
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- La ética arquitectónica y el derecho a habitar
- Sobre el oxímoron en arquitectura y la morada popu...
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Modos de conformar un lugar
Karl Heyden
(1845–1933) Una historia interesante
(s/f)
La
arquitectura del lugar no se circunscribe a que emerge de la construcción del
patio.
El
lugar se origina con energías: el hablante modula el tono y volumen de su voz
para alcanzar y encantar a su audiencia, pero sin asustar a las palomas. La voz
y las escuchas orientan el lugar al configurar los cuerpos las posturas y
actitudes más adecuadas a las circunstancias. El lugar ofrece, por su parte, un
fondo sonoro y una peculiar reverberación, con las que las palabras conmueven
las conciencias y las llevan más allá de los lugares efectivamente ocupados.
Estas
consideraciones se dirigen a poner atención a la dimensión fonotópica del
lugar, esto es, cómo los gradientes del sonido contribuyen a la arquitectura de
los lugares.
Las expectativas sobre el lugar que siempre es allá
Ignace
Spiridon (1860- 1900) Odalisca (s/f)
Là, tout n'est qu'ordre et beauté,
Luxe, calme et volupté.
Charles
Baudelaire
Hay
un allá lejano que siempre promete
cosas —y estados— que aquí escasean o
nos están vedados.
Parece
que algo que anida en lo profundo de nuestro psiquismo anhela lo que sucede, fatalmente,
muy lejos. Para Baudelaire (L'invitation
au voyage) hay un lugar que a su
amante se parece. Pero allí donde moran ellos no es ese lugar; de allí que
sea imperioso emprender un largo viaje, en el vehículo del deseo.
El
semblante de la amada es entonces el preanuncio de ese lugar en donde su
belleza conferiría sus virtudes al escenario. Este es el aspecto que inspiraría
a Henri Matisse una célebre pintura.
Henri Matisse
(1869- 1954) Lujo, calma y voluptuosidad
(1904)
Mientras
que en el poeta se detiene en el atrezzo lujoso, el pintor, con sabiduría, se
centra en aquel lugar en donde todo el
lujo, la calma y la voluptuosidad es el resplandor de las bellas.
Huelga
escribir la moraleja para los arquitectos.
El modo decoroso de cerrar una perspectiva
Alexander
Mikhaillovich Semionov (1922- 1984) Calle
Malaya Sadovaya (1979)
Una
ciudad ofrece a veces ciertos desafíos especialmente seductores a los
arquitectos.
La
oportunidad de cerrar una perspectiva es un buen ejemplo de estos retos. Hay
que interpretar las tensiones que los elementos urbanos proponen al
emplazamiento singular. El edificio deberá responder con decoro a esas
tensiones y conseguir un equilibrio dinámico de fuerzas, de luces, de texturas.
En
una calle tradicional, los edificios imponen uno a uno un ritmo, una cadencia
particular, a la vez que se recortan con acordadas líneas rasantes con el
cielo. La contextura particular de cada fachada contribuye a ofrecer una
textura que progresa hacia la línea crítica en donde contornea el foco de la
escena.
No es
frecuente ocupar el foco de una perspectiva, de manera que hay que esmerarse:
hay que ocupar esta plaza con elegancia, sí, pero también con complicidad.
Luces cautelosas
Paul Hoecker
(1854- 1910) Sala verde (1900)
Antes
de la difusión de la iluminación artificial y de los amplios ventanales la luz
se deslizaba furtiva en los interiores. No es que dominara la oscuridad, sino
que imperaba la magia de las luces discretas. Los interiores se revelaban poco
a poco, alternando la oscuridad de ciertos rincones, la penumbra, las medias
luces y los resplandores. La luz revelaba entonces la rica textura de los
interiores.
En la
actualidad suele dominar una iluminación homogénea, que priva de matices a la
percepción. En nuestros interiores hay quizá un exceso de radiación que angosta
las sombras, mitiga las penumbras y reduce los medios tonos.
Quizá
las nuevas solicitaciones del ahorro energético y un nuevo buen sentido
aconsejen manejar con destreza todas las exquisitas modulaciones de la luz
cautelosa.
Un lugar apacible y bien iluminado
S/d de Autor Biblioteca de Palacio Anichkov. (1869)
Puede
verse en la escena un derroche de lujo y sofisticación. Lo es, ciertamente.
Pero también puede verse un logrado lugar apacible y bien iluminado. También se trata de eso.
El
problema es que, por lo general, nos deslumbran ciertas envolturas que nos
impiden acceder —estética y éticamente— a otros aspectos relativamente más
esenciales.
Geografías e historias
El primer
signo deíctico en la Rambla
Hace
ya algún tiempo se celebró en nuestra ciudad un encuentro de representantes del
Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Para esta ocasión, a un cierto
creativo sujeto se le ocurrió plantar un gigantesco cartel con la palabra Montevideo en la Rambla de los Pocitos,
uno de los lugares más pintorescos. Así ubicado, la leyenda funciona como un
signo deíctico, esto es, una indicación que identifica y nomina una cosa.
Antes, simplemente, teníamos una ciudad hermosa con unas interesantes bahías
hacia el Río de la Plata. Ahora, por si a algún visitante se le pudiera pasar
por alto, le recordamos que este solar se llama y se recuerda como Montevideo.
Las
letras gigantes supusieron, como sería de esperar en estas circunstancias, una
oportunidad para las habilidades trepadoras de los niños, para el
sentimentalismo de los cazadores naïf de recuerdos y también, como no, un desafío
a los vándalos. El gobierno de la ciudad destina sus buenos recursos para
asegurar una razonable durabilidad y mantenimiento.
Las
autoridades municipales han tomado nota del atractivo turístico y de ciertas
posibilidades comunicativas. Así, diversos colectivos se aplican a colorear
diversamente las letras como dispositivo para vehiculizar algunos mensajes
tales como el de la Diversidad Sexual o el duelo por los atentados terroristas
en Francia, sin contar con algún club deportivo que le aplicó sus colores en
ocasión de ganar un campeonato.
Pero
el viernes pasado sucedió otro evento comunicativo de diferente carácter. Las
autoridades municipales decidieron invertir en otro signo deíctico en otra
locación paisajística especialmente relevante. Ahora hay un nuevo cartel en la
falda del Cerro, con vistas a la bahía del Puerto.
En
este blog se ha defendido la idea que enuncia que habitamos, simultánea y recíprocamente,
tanto geografías como historias. Juro que nunca esperé encontrar una verificación
tan risible de tal aserto.
Una segunda
ocurrencia en la falda del Cerro
La medida de los pasos en las escaleras
Hubert Robert
(1733- 1808) Gran escalera en un parque
(1808)
Una
buena escalera es aquella que concuerda ajustadamente con la medida de los
pasos.
Toda
escalera implica una propuesta de marcha y esta puede ser de diferentes tonos:
majestuosa, distraída, apresurada, fatigosa. Ligeras variaciones en la relación
entre la altura y la profundidad de las huellas son capitales para que las
pendientes resulten ya demasiado empinadas, ya excesivamente largas. Una
escalera supone una sucinta propiciación de una coreografía simple, pero que
puede ser espectacular, si consideramos cómo descienden por los escenarios las
vedettes.
Una
buena escalera ofrece un oportuno descanso en el preciso momento en que se
revela la menor fatiga. Dicho de otra manera, ofrece la posibilidad de marchar
según una pauta regular, marcando de manera adecuada y digna el arranque y el
arribo.
Ahora
que se las considera obstáculos a la accesibilidad universal y se les sustituye
por largas rampas o ascensores, se abre la posibilidad para justipreciar todo
aquello que significa una buena escalera.
Quiropraxias en la cocina
Joachim
Beuckelaer (1533- 1575) Escena de cocina
(s/f)
Los problemas más difíciles no
surgen de la búsqueda de una forma para la vida actual, sino más bien del
intento de crear formas que estén basadas sobre verdaderos valores humanos.
Alvar
Aalto
En
los albores heroicos del Movimiento Moderno en arquitectura, la cocina se
redujo a un espacio pequeño y confinado, destinado a las labores mecánicas de
una sola persona a la vez y con el designio de la optimización taylorista del
trabajo
Se
sobresimplificaron y constriñeron de esa manera complejas y ricas quiropraxias,
esto es, labores humanas con profundo carácter y sentido integrador y ordenador
de todo un sistema de lugares habitados.
Se sobresimplifica
la cuestión al reducir a tareas mecánicas el complejo de manipulaciones,
transformaciones y condiciones impuestas en la interacción con el ambiente.
Cocinar es mucho más que guardar, preparar, cocer y lavar. Es una ceremonia y
unos rituales que suponen garantizar el sustento de la reproducción social en
múltiples aspectos de naturaleza cultural.
Quien
cocina tiene mucho que comunicar, aparte de producir alimentos. Quien cocina no
puede soslayar sus compromisos con el cuidado de su prole. Quien cocina no sólo
ejecuta su trabajo, sino que produce y reproduce un modo de vivir. Por ello no
debe constreñirse necesariamente en un reducto ínfimo, sino que debe ocupar un
lugar acorde con todos los compromisos que los personajes portan.
¿Deberemos
necesariamente modernizar nuestro modo de vida a cambio de la pérdida de
significados de nuestras ceremonias cotidianas?
Contundencia
Giuseppe
Abbati (1836- 1868) La ventana (s/f)
Hay
un encanto especial en la contundencia de la arquitectura austera.
Reducidos
a su esencia, los elementos arquitectónicos no se empobrecen necesariamente:
cuando se aúna ética y estética el resultado es simple y terminante. Mientras
que la pobreza —el empobrecimiento— juega vanamente a quiero-y-no-puedo, la
austeridad se ajusta con exactitud a la circunstancia.
Hay
una simplicidad auténtica y valiosa que no es simpleza, sino virtud en la depuración. No se trata de
mezquindad, sino de adecuación a lo necesario. En vez de reducción a un mínimo,
se opta por el tamaño conforme.
Cierto
es que en estas ocasiones se pierden matices, progresiones, elegancias. Pero
siempre se conserva y atesora cuidadosamente la autenticidad.
Las palabras y las cosas
Infraviviendas
El principal objeto de la
sociedad es garantizar el derecho a existir.
Robespierre
En
épocas apasionadas, el verbo se inflama y los enunciados llegan a ser
peligrosos, aún a los que les asiste en alguna medida razón.
Parece
que en tiempos de estancamiento decadente, en cambio, las palabras dejan gran
parte de su sentido para especificarse en despojos apenas significativos.
Proclamar un derecho a existir es
propio de otras épocas diferentes a las nuestras.
Pudiera
considerarse que una sociedad razonablemente impulsada y organizada abriera la
consagración de un derecho humano fundamental para luego especificar todas sus
necesarias dimensiones y albergar a todos en su seno. En nuestros tiempos, por
el contrario, apenas se abren paso, no sin dificultad, derechos humanos
declarativos, pormenorizados y específicos, mientras que el sistema que nos
rige expulsa masivamente a la gente que le sobra.
Sobrevivimos
en una nave de los locos que va dejando náufragos por todos los mares: ¿Es que
somos demasiados? ¿O es que la nave se achica?
Ceremonias cotidianas: comer
Raffaello
Sorbi (1844- 1931) La comida de los
cazadores (1922)
...la comida no es, y nunca lo
ha sido, una mera actividad biológica; constituye algo más que una mera
colección de nutrientes elegidos de acuerdo a una racionalidad estrictamente
dietética o biológica. Asimismo, sus razones o sus implicaciones no son
exclusivamente económicas. Comer es un fenómeno social y cultural, mientras que la nutrición es un asunto fisiológico y de la salud
(...) Si exceptuamos algunos productos de lujo, más valorados por su escasez y
su precio que por su aspecto (caviar, trufas, jamón de bellota, etc), no existe
ningún alimento cuyo significado se derive exclusivamente de sus
características intrínsecas, sino que depende de las asociaciones culturales
que la sociedad le atribuye.
Jesus
Contreras Hernández, 1999
Puede
sospecharse que, en el comer, como fenómeno social y cultural, lo interesante
es lo que pasa entre bocado y bocado,
lo que sucede antes o después de la
ingesta, lo que, originado remotamente en una necesidad biológica, lo contornea
diferenciado.
En
efecto, antes de comer está el menú. Éste no responde a consideraciones de conveniencia
nutricional cuanto a determinaciones complejas de lo bueno para comer, distinguido de todo aquello que es o tabú o
invisible como alimento.
Entre
bocado y bocado está la conversación, el intercambio significativo y la
socialización: quienes comen juntos comparten mucho más que las viandas y la
mesa. Somos humanos porque parloteamos, aprendemos y enseñamos mientras
constreñimos nuestros gestos con la imposición de la etiqueta.
La
sobremesa puede ponernos filosóficos y el sopor de los alcoholes puede
soltarnos la lengua en la imprudente confidencia. Quienes han compartido comida
y bebida renuevan alianzas y complicidades; a veces cierran negocios.
Celebramos
nuestra condición de humanos contorneando sin tocar apenas el núcleo necesario
de la subsistencia: comer es el exceso más allá del hambre puramente animal.
Homenaje al claustro
Francesco
Guardi (1712- 1793) Claustro en Venecia
(s/f)
En
principio, todo es cerrarse, en latín claudere,
de ahí que encerrarse se diga también enclaustrarse.
Por
imperio de la geometría sencilla, un patio se desarrolla por lo general según
una planta cuadrada, rodeada por una galería que se abre con arcos o pórticos y
distribuye en su contorno a todas las diversas estancias.
De
esta manera, todo claustro es un mundo dentro del Mundo, encerrado sobre sí y
prometiendo una suerte de autosuficiencia más retórica que real, pero
convincente.
Componente
no menor de todo claustro es el cielo
propio del que dispone. Así, en vez de ventanas a la ciudad, hay un gran
vano al cielo y a sus signos. La concentración recogida lo agradece y parece
privilegiar las relaciones entre los habitantes y su cielo.
Esta
concentración es funcional al designio monástico y resulta también apta para
hospitales, escuelas, cuarteles y cárceles. De allí que un claustro sea una
fértil idea arquitectónica, capaz de constituir ya un tipo, ya un paradigma, ya
un patrón complejo.
No se
trata de una idea sencilla. Se trata de una idea fundamental para la
arquitectura, más allá de estilos, culturas y tectónicas: siempre se
ensimismarán allí sus habitantes, su patio y su cielo.
Comportamiento de los bordes
Frederick
Hendrik Kaemmerer (1839- 1904) En las
costas (1895)
El
comportamiento de los bordes es tanto una oportunidad para solazarse en la
dicha como para alarmarse ante las irrupciones ominosas. Y para todo un amplio
arco de experiencias intermedias entre estos extremos.
Un problema de dimensiones
Caspar David
Friedrich (1774- 1840) Umbral en Meissen
(1827)
La historia de la arquitectura
es un problema de distancia.
Santiago
de Molina, 2016
Nuestro
autor citado parece tener razón en lo fundamental: la arquitectura puede contener
un problema crítico. Si así fuera,
quizá también le asista la razón en su proposición: el problema de distancia es
ese problema crítico.
Esto
quiere decir, si uno lo analiza con alguna profundidad, que la arquitectura
opera de modo recurrente disponiendo cualquier tipo de elemento con el fin de
constituir una distancia. En efecto, una cosa es, en principio, extensa y el
lugar de la que es titular denota,
mediante su contorno, su constituyente extensión. Por obra del contorno, se
interpone un aspecto de la entidad que pone
distancia, mínima, pero necesaria, con todo aquello que deja de ser esa
entidad.
Así
discurre un arquitecto: poniendo su atención en la articulación que constituye a cada cosa en su lugar.
Por
mi parte, me pregunto si el problema de distancia es apenas un problema espacial —en el sentido
euclidiano-newtoniano del término— o si es omnipresente en todas las dimensiones físicas y existenciales del sitio habitado. En
estas páginas se ha hablado de otras dimensiones: la primera de estas y
fundamental es el tiempo. Luego vienen todas aquellas propuestas en su momento
por Peter Sloterdijk. Pero de estas y de sus arquitectónicas articulaciones
deberá indagarse más en profundidad.
Aquí
se agregaría, a la proposición citada: La historia de la arquitectura es un problema de
distancia, esto es, de las articulaciones interpuestas en todas las dimensiones
del lugar.
Juego
John Lavery (1856-
1941) Partida de tenis (1885
Cuando examinamos hasta el
fondo, en la medida de lo posible, el contenido de nuestras acciones, puede
ocurrírsenos la idea de que todo el hacer del hombre no es más que un jugar.
Johan
Huizinga, 1954
Tenemos
que agradecer a los ingleses la afición a los deportes, pero sobre todo,
debemos reconocer mucho a todos los que juegan y con ello, enseñan.
Hay
en el juego la institución de un tiempo diferente al rutinario. Hay un instante
crucial en donde las reglas cambian de aspecto. Es tiempo de jugar, privilegio
que a nadie debería negársele.
…Es más clara la limitación espacial del juego.
Todo juego se desenvuelve dentro de su campo, que, material o tan sólo
idealmente, de modo expreso o tácito, está marcado de antemano. Así como por la
forma no existe diferencia alguna entre un juego y una acción sagrada, es
decir, que ésta se desarrolla en las mismas formas que aquel, tampoco el lugar
sagrado se puede diferenciar formalmente del campo de juego. El estadio, la
mesa de juego, el círculo mágico, el templo, la escena, la pantalla, el estrado
judicial, son todos ellos, por la forma y la función, campos o lugares de
juego; es decir, terreno consagrado, dominio santo, cercado, separado, en los
que rigen determinadas reglas. Son mundos temporarios dentro del mundo
habitual, que sirven para la ejecución de una acción que se consuma en sí
misma.
Johan
Huizinga, 1954
Mucho
antes que a nuestros antiguos antepasados de les ocurriera levantar muros o
cubiertas, ya había arquitectos y arquitecturas del lugar: cuando se establecían
reglas alternativas y se señalaba el lugar en donde se llevaba a cabo ese
cambio. En términos estrictos, lo que se constituye y señala es una articulación en el lugar habitado: dentro del recinto marcado, unas reglas,
fuera, otras. Con el tiempo, este gesto primordial quedó reducido al
trazado metódico de críticas líneas de cal.
El quid
de la arquitectura se inauguraba así, con la seria levedad de un juego
Políticas de integración social y segregación sistémica
n hurgador de
residuos en Montevideo sale de un contenedor luego de buscar algún objeto
comercializable
En
nuestro país, en los últimos años se ha desarrollado una multiplicidad de
políticas sociales de inclusión social.
Son
políticas que buscan combatir diversos fenómenos de discriminación de variados
tipos. Es así que hay políticas enfocadas a la segregación económica, en lucha
contra la pobreza extrema, asistiendo a
la población pobre y aún indigente con dinero, alimentos, asistencia médica y
servicios educativos públicos. También hay programas de reasentamiento que
buscan —para quienes residen en infraviviendas ocupando informalmente ciertas
zonas— que pasen a residir en localizaciones regulares, saneadas y con
disposición de servicios. También hay políticas en contra de la discriminación
étnica, de edad o de género. Todo esto, en principio y más allá del juicio
sobre su efectividad y eficacia relativa, está bien y debe apoyarse.
Pero
cabe una observación: mientras que las políticas sociales de integración social
son discretas y específicas, esto es, atienden de a uno y problema a problema a
los afectados, mientras sucede efectivamente esto, por otra parte, la sociedad
y su economía persiste en una masiva y generalizada segregación sistémica.
Así,
el proceso de segregación socio-espacial persiste en nuestras ciudades. Los
nuevos conjuntos habitacionales se sitúan en las periferias, mientras que en
las áreas centrales se vacían progresivamente en un deplorable espectáculo de
fincas y comercios vacíos, a la espera de una sustitución inmobiliaria que
tarda en concretarse. Los pobres, aún con viviendas adecuadas, se sitúan en
locaciones alejadas de todo servicio urbano, el que será provisto, no sin dificultades
y retrasos, por la inversión pública.
Todo
parece indicar que mientras que las políticas públicas gotean hacia el espacio
social, la segregación socioeconómica sigue inundando las cuencas.
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