Edmund Blair
Leighton (1853- 1922) Ella se retira
(1891)
Por
lo pronto, es necesario situarse en el arranque inferior de una escalera y
observar qué les sucede a las mujeres en las escaleras.
Por
lo general, las mujeres suelen constituir personajes de una escena
singularmente interesante, más allá donde decidan situarse. Pero si resuelven
abordar una escalera, entonces sucede todo un espectáculo.
Puede
que estén allá, por todo lo alto y aparezcan, literalmente divinas y ocupantes
a justo título de la Región Superior, territorio de Diosas, Magas o Amadas. La
Región Superior de una escalera aloja lo suprahumano, lo noble, lo íntimo. Como
es natural, la mujer que de allí provenga porta estos atributos con la afectada
distraída despreocupación que le conviene.
Cuando
se decide a descender la escalera, la Mujer nos ofrece la expectativa de una Oportunidad.
Cuando una mujer baja una escalera —y nosotros podemos verlo— hay un anuncio,
una revelación, una epifanía.
Si
nos encontramos con una mujer en el arranque inferior de una escalera, entonces
es lugar propicio para el cortejo: la invitación a subirla en su compañía es un
mensaje, no por tácito, menos elocuente. El arranque de los pasos es entonces
la seducción del momento, la alegría del cuerpo, el acicate del espíritu.
Ahora,
si ella comienza a descender, abandonándonos en el arranque superior de la
escalera, entonces, es seguro que nos abandona, probablemente tan extasiados
como exhaustos en aquel lugar que hemos sido felices. Y desciende entonces a la
región de lo público, de lo plebeyo, de lo meramente mortal. ¿Volverá?
Lo
que les sucede a las mujeres en las escaleras es que suscitan una plétora de
emociones tal que es gran miseria no contar con
mujer-que-transite-por-las-escaleras.
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